Cómo frustrarse mejor

La frustración suele tener la capacidad de hacer que nos tiremos al piso y de que perdamos de vista incluso el objetivo más convincente que teníamos.

Pasa más o menos así:

Has intentado estudiar francés unas tres o cuatro o 15 veces, y aunque ya estabas dejándolo de lado, algo dentro de ti quiere volverlo a intentar.

Decides que ahora sí, que este intento será el bueno y no dejarás que nada te detenga.

Pero pasa algo (por lo visto, siempre pasa algo, es inevitable).

Ya sea que tu mente comience a recordarte todas las razones por las que seguramente fallarás, o porque la maestra que te caía bien se va, o por cualquier otra situación, regresas a un lugar conocido:

la frustración

El conocido “Ay, esta vez tampoco fue la buena porque algo se cruzó en mi camino”.

Le damos mucho poder

El problema no es frustrarnos, sino qué hacemos cuando empezamos a sentir la frustración.

Es lo que hacemos que signifique y el poder que le damos sobre nuestras decisiones.

Si algo no te sale como querías, es natural y sano sentirte frustrada/o. Si no lo sintieras así, probablemente es porque no te importaba aquello que estabas intentando conseguir.

Las cosas se ponen feas, sin embargo, cuando permitimos que esa frustración opaque todo lo demás que podemos sentir y pensar. Cuando dejamos que arrase con nuestros logros de este intento, e incluso con los de intentos anteriores.

Lo que sucede es que nos dejamos llevar por lo que sentimos en nuestro cuerpo y por los recuerdos de situaciones anteriores.

Es curioso porque, por un lado, culturalmente no le damos tanta importancia a las emociones y tratamos de reprimirlas 24/7 pero por otro, las hacemos lo más grande del mundo cuando encajan en nuestra visión de nosotros mismos.

Si yo me cuento la historia a mí misma de “Nada de lo que intento funciona”, y de repente me conecto con mi poder o mi optimismo e intento algo, y ese algo falla, me siento frustrada y permito que esa frustración me abrume y sea la confirmación de mi historia.

Una persona que no tiene esa historia, sino que se cuenta algo distinto, como “Es de esperarse que no todo salga como lo estoy imaginando y el fracaso es algo temporal”, que intenta hacer algo nuevo y ese algo falla, se puede sentir frustrada pero no permite que esa frustración abarque toda su existencia y puede seguir adelante.

Al final, también se acaba confirmando su historia.

Es como un iceberg

Es muy raro que, a estas alturas del partido, una emoción sea nueva en nosotros. Es decir, si te sientes muy frustrada/o porque tu último intento de aprender francés no funcionó y te está haciendo querer tirar todo por la borda a tal punto que una parte de ti siente que no es proporcional lo que sientes con lo que sucedió, seguramente es porque estás reviviendo algo del pasado.

Ni siquiera te tienes que acordar o ser consciente de qué es para que tenga efectos en ti. De hecho, muchas cosas que estamos reviviendo todo el tiempo, a nivel emocional, vienen desde que éramos muy bebés o incluso desde el vientre materno.

Una vez una maestra me dijo que prácticamente cualquier reacción emocional que podamos tener (sobre todo aquellas que sentimos como “fuertes”) son 20% de ahora y 80% de “antes”, es decir, de todas las veces que hemos sentido algo parecido y se ha ido quedando la emoción reprimida o sin procesarse en nuestro ser.

Algo así como un iceberg del que sólo podemos ver una parte pero su mayor porción se encuentra debajo del mar.

Pero es muy real

Lo que menos quiero es que al leer esto sientas que si tienes frustración en tu interior la intentes evadir o minimizar, intentando convencer a tu mente de que no es real. Nonono.

Mi intención es que logremos llegar a un punto —y sé que es difícil y, en mi experiencia, lleva años de práctica— en el que le podamos quitar un poco del poder que actualmente le damos a la frustración.

Es decir, que aprendamos a identificar cómo se siente en nuestro cuerpo (yo lo siento como un nudo en la boca del estómago) y poco a poco digamos, solo es una sensación en mi cuerpo, y después recordar, si se siente tan fuerte en este momento probablemente sea porque algo de mi pasado la está aumentando, y luego pensar, no tiene por qué significar nada malo sobre mí.

Significado

¿Qué significa para ti sentir frustración?

Como dije arriba, está muy relacionado con el tipo de historias que nos contamos a nosotros mismos.

Seguramente has visto cómo, de entre dos personas que están peleando, una de ellas (A) dice algo y la otra persona (B) se SUPEROFENDE y pone palabras en la boca de la otra persona. Tipo:

A: —Yo no vi que la puerta estuviera cerrada

B: —¿Entonces yo estoy loco y alucino y no se puede confiar en mí?

A: —¿?

No sé qué opines tú, pero yo veo claramente que, en mi ejemplo, redactado con una creatividad desbordante, B está poniendo significados que no son inherentes a lo que A dice. Los trae de su experiencia, de su pasado, o no tengo idea, pero no están ahí ahí.

Lo mismo hacemos con… todo. Pero, en este caso, con las emociones, y con la frustración en específico.

Queríamos tener nuestra primera plática con un francés y creíamos que nuestro nivel era bueno pero, al no entender nada y al trabarnos intensamente, nos damos cuenta de que todavía necesitamos practicar más.

Entonces: frustración.

En vez de decir un templado “Bueno, me hace falta practicar, no pasa nada, eso haré”, acabamos poniendo palabras en la boca de la frustración, por decirlo de algún modo, y terminamos pensando:

“Por ESTO no intento nada, seguramente el amigo francés pensó que soy una perdedora, no sirvió de nada todo lo que estudié estos meses, sabía que esto de aprender otra lengua no iba a ser fácil para mí, ya mejor me doy de baja del curso”.

¡Uouououo! 

En este caso, el significado que se añade al hecho “Mi nivel de francés no es tan alto como creía como para tener una conversación fluida” (lo cual es comprobable objetivamente) es:

-Es una prueba de que cada vez que intento algo, no sale como esperaba y mi destino es fallar por siempre

-Puedo leer la mente de la gente y estoy 100% segura de que el amigo francés piensa que cuando alguien no habla bien su lengua, implica que ese alguien es un perdedor (what)

-Todas las palabras que sí aprendí (y que me convencieron en primer lugar de que mi nivel era lo suficientemente alto) dejaron de existir porque “no sirvió de nada lo que estudié”.

-Todo lo nuevo que hago tiene que ser fácil para mí o no vale la pena intentarlo. Y cuando algo es difícil, implica que yo soy una mala persona y debo sentirme avergonzada porque la gente buena aprende bien y rápido.

-La única respuesta que se le puede dar a esta situación es abandonar el estudio de la lengua porque claramente no tiene otra solución y tiene que ser “todo o nada” para que valga.

-Etcétera

Qué se puede hacer

Ahora ya vimos más o menos cómo se va haciendo que la frustración sea uno de Los Obstáculos.

Se siente en el cuerpo y se le da mucha importancia. Se le dan significados —que no necesariamente son inherentes a la misma—, sobre nuestro valor como personas. Se le otorga mucho poder para decidir qué camino tomar después de una “falla” o situación inesperada.

Quizá solo con haber leído lo anterior algo se aclaró en tu mente.

También puedes, de ahora en adelante, poner atención en cómo se siente la frustración en tu cuerpo para que la identifiques más rápido. Saber que puedes tolerar esa sensación, por más desagradable que sea, y que no te va a hacer daño. Puedes convivir con ella. (De hecho, entre más te permitas sentirla, menos fuerte se hará).

Y si quieres ir más allá…

  1. Haz una lista de las veces que has intentado estudiar [idioma] y la frustración te ha detenido. Analiza cada una de ellas: ¿Qué tanto poder le diste? ¿Cómo fue el proceso?
  2. Recuerda o deduce qué significado le añadiste a esa sensación de frustración. Dicho de otra forma, si la frustración fuera una “señal” que confirma algo, ¿qué sería? (Por ejemplo, “la señal de que no debo intentar cosas nuevas”).
  3. Escribe cómo te gustaría reaccionar de ahora en adelante a la sensación de frustración. ¿Qué te gustaría pensar? ¿Cómo te gustaría actuar después de un “fracaso”? ¿Qué necesitas recordar para llegar a ello?

Espero que esto contribuya a que la frustración ya no te detenga, o al menos no tan fácilmente.

¿Y si vuelve a suceder? No pasa nada. De lo que se trata es de ir recabando información e ir practicando nuevas formas de relacionarnos con lo que nos pasa.

Tenemos toda la vida para hacerlo. Literal 🙂


Cuéntame en los comentarios cómo sueles reaccionar cuando te frustras y, sobre todo, qué pasó si intentaste algo de lo que escribí en esta entrada.

Y, si sientes que necesitas un tipo de apoyo más personalizado con una situación frustrante, considera apuntarte a una sesión de Orientación

¿Tienes una decisión que tomar?

A lo largo de toda mi vida me he considerado una persona indecisa.

Soy el tipo de persona que se agobia ante la incertidumbre y ante las posibilidades, y mi principal obstáculo para tomar decisiones es que pienso mucho y siento mucho.

Y no ayuda que mi mente automáticamente se viaja (se malviaja, mejor dicho) al futuro, pero no a una utopía, sino a todo lo que puede estar mal y va a salir mal.

Me gustaría decir que ahora soy un as de tomar decisiones pero estaría mintiendo. A veces, sobre todo entre más importante sea lo que necesito decidir, me agobio, me angustio y se me cierra el mundo.

Sin embargo, he encontrado una forma que me ha ayudado bastante, sobre todo con las decisiones binarias, es decir, aquellas que solo se tratan de sí o no.

El proceso completo (que viene del focusing) es mucho más complejo de lo que podría explicar aquí, pero en esencia es lo siguiente:

Ejemplo

Supongamos que llevas mucho tiempo luchando contra el inglés y ya te hartaste porque no ves progreso y sientes en el fondo que no sirves para eso y jamás lo vas a aprender y que de todos modos ni siquiera te lo han pedido para los trabajos a los que has aspirado.

Supongamos, también, que te estás convenciendo a ti misma/o de darle una última oportunidad al inglés pero no está funcionando, sobre todo porque hay otra vocecita en tu cabeza que te hace cuestionarte y dice algo así como:

¿Y si mejor solo lo dejas ir y decides que te vas a quedar con el nivel de inglés que tienes y eliges vivir feliz con eso?

(Que quede claro que esto último no es una “excusa” ni nada parecido, es una opción genuina que está surgiendo de un lugar sano en la mente de la persona que lo está diciendo).

Ahora, siguiendo con lo que estamos suponiendo, pensemos que estás considerando ambas opciones, que ves beneficios en ambas y no puedes tomar una decisión.

Has hecho tus listas de pros y contras y como que ninguna te acaba de convencer del todo. Te sigue dando vueltas en la cabeza y solo te agobias cada día más.

Te propongo lo siguiente

La esencia de esta manera de tomar decisiones consiste no tanto en pensar, sino en sentir.

Por ello, necesitas cierta tranquilidad y relajamiento para llevarla a cabo.

Se trata de que tengas muy claro cuáles son tus opciones, y sientas, con cada una de ellas, qué opinarías de ti misma/o.

Siguiendo con el ejemplo de arriba, las opciones serían:

a) Darle una oportunidad más al inglés (con algo que sí creo que tiene posibilidades de funcionar, no con lo mismo que he intentado siempre)

y

b) Dejar ir al 100% la presión de saber más inglés y dedicarle mi energía física mental y hasta espiritual a otras cosas que quiero o necesito hacer

Ahora, el paso siguiente sería respirar profundamente hasta encontrar cierta calma interna, y pasar la “película” de la opción a) como si ya la hubiera elegido, poniendo atención en cómo se siente en mi cuerpo y,

muy importante,

notando qué opino de mí después de haber tomado esa decisión

es decir, cómo embona esa elección en la imagen que tengo de mí misma.

Aquí necesitas tener cuidado y dejar que surja dentro de ti esa sensación, es decir, no intentes forzarlo con tu mente pensando en qué es lo que opinarías. Y mucho menos en qué es lo que opinarían otras personas.

Este ejercicio es algo muy personal, una oportunidad de que nuestra sabiduría interna se comunique con nosotros.

Cuando termines, tomas nota de lo que te “llegó” y lo escribes (o, si no quieres, lo guardas en tu mente y lo tienes muy muy claro).

Después, tomas la opción b) y vuelves a hacer lo mismo: imaginarte que ya elegiste eso y preguntarte qué opinas sobre ti al haber tomado esa decisión.

Al final registras qué sentiste en esta segunda ocasión y, si no es claro para entonces (lo más probable es que sí lo sea), comparas ambas notas.

¿Cuál de las dos opciones te hizo sentir mejor contigo misma/o?

¿Con qué decisión te quedas con una imagen más positiva de ti?

¿Cuál se siente bien, en general?

Listo, usted ha tomado una decisión.

😀

Resumen

Si necesitas tomar una decisión y tu lista de pros y contras simplemente no funciona, prueba relajarte y sentir en tu cuerpo qué opinarías de ti misma/o después de elegir cada una de las opciones.

Es un proceso que lleva práctica, como todo, por lo que te invito a intentarlo al menos unas tres veces, con decisiones pequeñas que sientas que no son tan fuertes (desde qué ponerte hasta qué comer o adónde salir) para que le vayas “agarrando la onda”, como se dice por acá.

También sirve para elegir qué lengua estudiar si estás en un dilema, o incluso para decidirte por un método o un libro o ese tipo de cosas.

Esta herramienta es hermosamente útil (sobre todo si recuerdas que existe).

Si la usas, no dudes en comentarme qué descubriste sobre ti y, sobre todo, qué decisión te ayudó a tomar.

Y si sientes que necesitas un poco más de apoyo para tomar alguna decisión, pon atención a tu correo, pues estoy por enviarte información sobre algo que te puede servir para eso.

¿Te suele costar trabajo tomar decisiones? ¿Qué te ha servido para hacerlo de manera más fácil? ¿Qué acaba pasando cuando te enfrentas a una decisión?

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Traumas lingüísticos

¿Qué es lo primero en lo que piensas cuando escuchas la palabra “trauma”?

Seguramente, algo muy desagradable, relacionado con eventos muy fuertes y terribles, todas esas cosas que nos cimbran tanto que nos dejan una especie de cicatriz emocional.

Sin embargo, existen traumas de muchos tamaños, formas y colores.

Cualquier experiencia que percibimos como negativa y que hace que nuestro sistema nervioso entre en modo de lucha o huida por mucho tiempo se puede considerar un trauma.

Cuando alguien (incluso nosotras mismas) nos fuerza a hacer cosas que no queremos hacer, después nos queda una sensación de malestar cuando pensamos en eso. Yo he visto que esto pasa mucho en la escuela en general, y en las academias de idiomas en particular.

Cosas relativamente pequeñas como que…

  • nos hacen pasar al frente cuando no queremos (o cuando nos da igual pero al final se terminan burlando de nosotros)
  • nos fuerzan a presentar exámenes altamente estresantes para los que ni siquiera nos prepararon bien
  • nos obligan a tomar clases con un maestro que no nos cae bien o que no nos gusta cómo es o cómo nos trata
  • nos convencemos, contra nuestra voluntad, de escribir ensayos, preparar exposiciones, trabajos, etcétera
  • incluso, que nuestros padres nos obliguen ir al colegio cuando les hemos dicho más de una vez que no queremos hacerlo
  • nos quieren meter a la fuerza el inglés cuando ni siquiera nos gusta y no le vemos caso
  • y muchos más eventos del tipo

Si al leer esta lista sentiste cómo tu estómago se apretó, ¡no estás sola/o!

Es casi imposible llegar a cierta edad, después de haber pasado por los diferentes niveles escolares, sin haber tenido al menos uno de estos traumas (o muchos otros que no tienen que ver directamente con el proceso de enseñanza-aprendizaje pero que se dieron al interior de la escuela, como el bullying).

Estos a-veces-mini traumas son resultado de la mala preparación de los maestros, de todo lo que está mal en los sistemas escolarizados y del paradigma dominante de la educación (sobre todo en América Latina).

En teoría, una vez que terminamos la escuela esto no tendría por qué ser un problema, excepto por una triste e importante razón:

Esos a-veces-mini traumas nos impiden estudiar idiomas (o lo que sea) por nuestra cuenta.

Una alumna me decía que, por alguna razón, el simple hecho de usar un cuaderno nuevo para un curso genera en ella una sensación horrible de “noquieronoquieronoquiero” porque le recuerda todas las veces que estrenó un cuaderno solo para dejarlo a la mitad.

O, por ejemplo, las tablas de verbos. Si le das a ciertas personas una tabla de verbos irregulares en inglés, sufren por dentro.

Cosas por el estilo, que si lo piensas fríamente no tienen mucho sentido, pues no son un tigre de bengala o un mamut del cual se tenga que huir porque nuestra vida está en riesgo, pero son y se sienten reales.

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Traumas lingüísticos

Este término, que yo inventé (o si alguien más ya lo usó antes, juro que es coincidencia), son esos pequeños y no tan pequeños malestares que nos surgen, a raíz de una o varias experiencias negativas no deseadas en algún intento anterior por aprender una lengua, y que nos impiden retomar o iniciar el estudio de un idioma (o disfrutarlo si lo hacemos).

¿Cómo identificarlos?

El primer paso para saber si tienes un trauma lingüístico es responder a esta pregunta:

¿La idea de ponerme a estudiar [idioma] me genera alguna especie de sensación o emoción desagradable?

Si la respuesta es sí, es muy probable que tengas uno o varios.

(Aunque, claro está, también puede ser que simplemente no te guste ni te interese aprender una lengua o esa lengua en específico y está bien. No te tiene que gustar todo ni mucho menos).

En caso de que hayas leído hasta aquí y este texto haya resonado en ti, también es muy probable que tengas a-veces-mini traumas por ahí.

Muchos de estos a-veces-mini traumas suelen venir, como dije, de las clases que hemos tenido, pero también muchos vienen de nuestra propia frustración.

Si has intentado estudiar una lengua (o empezar cualquier proyecto) pero algo se interpuso entre tus planes y tú y te frustraste, ten por seguro que algo se quedó calcificado en tu interior —sobre todo si no lograste procesar esa emoción— que no te está permitiendo volverlo a intentar.

Señales

Si te identificas con alguna de las siguientes señales (no quiero llamarlas “síntomas” porque no estoy a favor de la medicalización de las cosas), probablemente esto de los traumas sea algo de lo que te detiene:

  • Odias una lengua (casi siempre es el inglés el que acaba siendo odiado, pero puede ser cualquier otra)
  • No te gustan las clases de idiomas pero tampoco estás logrando estudiar por tu cuenta, o no por más de un par de semanas seguidas
  • Algo feo (de cualquier tipo) te sucedió y has notado que desde entonces te cuesta mucho trabajo establecer rutinas, respetar lo que dices que harás y en general tienes problemas con la autoridad que no tenías antes de El Evento Feo
  • Sientes un hoyo en la panza cuando piensas que tienes que estudiar una lengua que no quieres aprender
  • No tienes claro por qué, pero te da enojo, tristeza o angustia (o una mezcla de todo) la idea de sentarte a estudiar una lengua
  • Hay algún tipo de material de aprendizaje (podcasts, listas de palabras, canciones, etcétera) que preferirías no volver a tocar en tu vida
  • Te da una sensación de malestar pasar por el instituto donde estudiaste una lengua y preferirías depilarte las pestañas antes de regresar
  • Fuiste a un viaje para aprender una lengua y pasaste por momentos de mucho estrés o incertidumbre o no te sentías del todo lista/o y fue más bien una experiencia desagradable
  • Tienes detonadores: ciertas actividades, ideas, palabras, materiales, frases que alguien dice, nombres, lo que sea, que poseen la capacidad de cambiar tu estado de ánimo o te hace sentir profundamente mal solo que te recuerden que existen
  • Piensas que algo anda mal contigo porque no deberías sentirte así y no entiendes de dónde viene eso y ves que otras personas se ven muy felices aprendiendo lenguas pero tú simplemente… no

En caso de que te hayas identificado con alguna o varias de estas señales, no temas.

Hay mucho que se puede hacer. No todo está perdido ni mucho menos. Al contrario. Esto es una oportunidad magnífica de conocerte y relacionarte mejor contigo misma/o.

Como dije, lo que menos quiero es que ahora vayas por la vida con la etiqueta de “persona traumada”. Las etiquetas apestan. La idea es solo que comprendas un poco mejor qué te ha pasado (si es tu caso) porque poderlo nombrar es mucho mejor que no ser capaces de hacerlo.

El paso más básico y bebé que puedes dar en este momento, si te interesa ir un poco más lejos, es tomar una hoja o un documento en tu computadora / ordenador y responder estas preguntas con lo primero que te venga a la cabeza:

  1. ¿Qué me hace pensar que tengo un trauma lingüístico? ¿Cuáles serían las “señales” que muestro?
  2. ¿Cuál es la situación que más me genera el malestar o el recuerdo del trauma? ¿Cuáles son mis detonantes?
  3. ¿Cuándo empezó esta sensación? ¿Qué estaba pasando en mi vida?
  4. ¿Cuál es la emoción (o las emociones, ¡pueden ser muchas!) que me generan los detonantes (miedo, tristeza, enojo, angustia, frustración, impotencia…)?
  5. ¿Cómo puedo comenzar a mostrarle a mi sistema nervioso que ahora estoy a salvo?

Conclusión

Sea lo que sea te haya pasado, y si es un mini trauma o un maxi trauma o algo en medio, es importante que recuerdes una cosa:

Las reacciones que tienes, aun si son profundamente desagradables, lo único quieren hacer es cuidarte, evitar que vuelva a pasarte algo feo.

Si les das las gracias por protegerte, es más probable que se reduzca su intensidad a que si te peleas con ellas (de hecho, eso es lo peor que puedes hacer, forzarte y luchar para hacer cosas que no tienes ganas de hacer, porque solo te estás creando traumas a ti misma/o).

Esta entrada es solo una brevísima introducción a los traumas lingüísticos.

Con lo que quiero que te quedes si te viste reflejada/o aquí es lo siguiente:

Hay esperanza.

Se pueden hacer muchas cosas para solucionar esto.

Nada anda mal contigo.

Todas las personas traemos traumas de todo tipo a cuestas.

No es tu culpa.

Algo bueno saldrá de esto.

¿Cómo ves? ¿Te suena familiar? Te invito a crear una conversación interesante en los comentarios.

Hazte la vida más fácil con este sencillo cambio

¿Qué tan amable eres con tu Yo del futuro?

La procrastinación–la tendencia a dejar las cosas para después a través de la realización de una actividad no relacionada con lo que nos ocupa–, parte de una idea que, a decir verdad, es bastante absurda:

“Mañana seré una mejor persona de la que soy hoy”.

De hecho, es una falacia reconocida y documentada, y se han hecho numerosos estudios al respecto.

Así, vamos por la vida engañándonos “sin querer queriendo”, lo que nos lleva a sobresaturar a nuestro pobre Yo del futuro con las consecuencias de nuestras decisiones actuales.

Es normal, a todos nos pasa

Desde hace unos años, comencé a implementar la idea de ser amable con mi Yo del futuro, al menos en ese sentido; dándole la vuelta a ese sesgo de mi pensamiento y recordando que mi Yo del futuro también es… yo.

Y asumiendo, sobre todo, que a pesar de mis mejores intentos y de que me hacía a mí misma las promesas más contundentes que podía, seguía sin poseer las características que le ponía como expectativas a la “persona mejor” que pensaba que sería más adelante.

Un buen día empecé a identificar los momentos en los que le ponía las cosas complicadas a mi Yo-de-después.

Cosas tan sencillas como dejar mi ropa en mi cama en lugar de ponerla en el cesto de la ropa sucia, o cosas más complicadas y difíciles de cachar.

Como que después de romperme la cabeza por averiguar cómo pagar en línea el plan de mi celular, no guardé el link del portal de pago, haciendo que mi yo del mes siguiente perdiera una cantidad absurda de tiempo buscando la bendita página y hablando a servicio al cliente para preguntar. Todo esto, cuando la factura ya estaba vencida y el sistema no me dejaba entrar. Oops.

Muchas de las cosas que le encargamos a nuestro Yo del futuro son realmente fáciles de hacer en el momento, y casi no llevan tiempo en su mayoría, pero conforme van pasando los días se van complicando a un nivel bola de nieve que no es nada fácil de resolver para nuestro Yo-de-luego.

Pero aun así lo hacemos.

Luces, cámara, acción

Es verdad: pensar en determinado momento qué está haciéndonos la vida más difícil en el futuro y qué podría hacérnosla más fácil conlleva mucha energía mental.

Y, como seguramente sabes, es bastante limitada la cantidad de recursos mentales que tenemos cada día (como la energía, la cantidad de fuerza de voluntad, la capacidad de tomar decisiones, etc.).

De hecho, estoy convencida de que esto es un factor fundamental en que nuestro pobre Yo del futuro se la pase tan mal cuando ya es el presente:

Si la fuerza de voluntad que tenemos disponible durante el día la agotamos en no gritarle a la gente en el transporte público, cuando llegamos en la noche a casa lo único que queremos es aventar todo y dormir, y que el resto del mundo se las arregle como pueda.

Sin embargo, no está tan mal abrirle la puerta la posibilidad de observar si hay algunas cositas que podamos hacer, sobre todo si no llevan mucho tiempo, para que nuestro Yo del futuro no se meta en tantos líos.

Cosas que yo hago (o por lo menos de verdad, de verdad, intento hacer) para ser amable con mi Yo del futuro:

  • Quitarme de la cabeza la idea de que mañana o la semana que entra voy a tener más fuerza de voluntad, más capacidad, más energía o más juventud. We’re not getting any younger!
  • Dejar a la mano lo que voy a necesitar antes de sentarme en la computadora o a leer o a estudiar (ir al baño, llenar mi botella de agua, poner una libreta / post-it y una pluma al alcance, llevar mi cuaderno donde tengo anotadas mis ideas, acercarme una cobija por si me da frío, tener quizá algo de comer, dependiendo de la hora, todo eso).Esto es muy, muy difícil de establecer como un hábito, pero nunca me he arrepentido de hacerlo. Al contrario; me siento cuidada, como que hay suficiente para mí, y como que hay esperanza en el mundo.
  • Preparar mis cosas para el día siguiente.
  • Poner suficiente dinero en mi tarjeta del metro aunque todavía tenga saldo, para no tener que hacer una larga fila cuando lleve prisa.
  • Aunque tengo una “regla” de no comer en mi cuarto nunca, a veces llevo tazas o vasos y mi primer impulso es dejarlas ahí hasta el fin de los tiempos.Pero hago una pausa y le regalo a mi Yo futuro el sacarlas de ahí. Sobre todo porque sé que dejar cosas sucias a la vista afecta considerablemente mi estado de ánimo.
  • Cuando hago algo complicado en Internet (como sacar facturas o ese tipo de cosas) y sé que no lo voy a hacer diario, como para aprenderme los pasos de memoria, los escribo.Me anoto a mí misma un mapa súper detallado, como si estuviera escrito para un marciano que no sabe qué es una computadora (ok, no tanto, pero tienes la idea). Y lo guardo donde sé que lo voy a encontrar.
  • Al ser la persona más desorientada que conozco viviendo en una de las ciudades más grandes y caóticas del mundo, me proveo de mapas, explicaciones geo-friendly (jaja) de cómo llegar a lugares (sobre todo aquellos a los que no voy seguido), recordatorios que quizá para otras personas serían absurdos pero para mí no.
  • En resumen, parto de que me conozco a mí misma y de ver y reconocer mis necesidades, (aun si no me terminan de gustar o si preferiría ser diferente o más “normal”) y proveerme lo que sé que me hará bien.

Mucho de esto, como seguramente viste, consiste en hacer lo contrario de pensar que nuestro Yo del futuro es una especie de genio que soluciona todos los problemas bajo presión.

Ser amable con nuestro Yo-del-viernes-que-entra consiste en llegar a la conclusión de que es mejor tratarlo como una persona más tonta, lenta y con menos energía de lo que somos actualmente.

No porque realmente vayamos a ser menos brillantes, sino porque—en mi experiencia—es una buena manera de ser amables con nosotros mismos y de dejarnos de complicar la existencia, recordando que de cualquier forma la vida se encargará de hacer lo propio.

Es mejor si no contribuimos al caos, o hacemos lo posible por reducirlo.

Y tú, ¿podrías ser más amable con tu Yo del futuro? ¿Qué se te ocurre que podrías hacer?

Tutorial para aprender idiomas con música

Las canciones son LA herramienta para aprender idiomas.

En este tutorial aprenderás todo lo que necesitas saber para mejorar cualquier idioma con canciones, una de las mejores herramientas que puedes tener a tu alcance para mejorar tu pronunciación, tu sintaxis, para recordar palabras, aprender a usarlas de manera adecuada y hasta aprender palabras coloquiales o “slang”, entre muchas otras cosas.

Como este artículo supera las 3,000 palabras (!), decidí convertirlo en un práctico archivo PDF que puedes llevarte contigo para referirte a él cada que lo necesites.

Haz clic aquí para iniciar la descarga.


Lo primero que tienes que hacer es hallar las canciones.

1) Cómo encontrar canciones en el idioma que estás aprendiendo

Si estás aprendiendo inglés o francés, la tienes muy fácil en este sentido, pues es muy sencillo acceder a canciones en estas lenguas.

Solo hace falta hacer una búsqueda en YouTube con el nombre de algún artista que ya conozcas y disfrutar las miles y miles de recomendaciones que esa página te hace automáticamente hasta que encuentres algo que te guste.

Si te interesa aprender otras lenguas no tan famosas y hasta “raras”, YouTube y Google te pueden ayudar, pero solo hasta cierto punto. Lo que puedes hacer en ese caso es algo o una mezcla de lo siguiente:

  1. Buscar dónde queda la embajada del país donde se habla [idioma] y llamar para preguntar si tienen una especie de colección de música.
  2. Averiguar si hay algún centro de cultura de ese mismo país, o algún “barrio” donde nativos de ahí vivan en el lugar donde vives (algo así como el barrio chino de tu localidad, etc). Si piensas que ya sabrías si algo así existiera, te invito a dejar esa idea de lado y a ponerte a investigar.
  3. Ponte de acuerdo con algún habitante de ese país por Skype, y deja que parte de tu conversación con ella o él sea pedirle recomendaciones de artistas que canten en su idioma. Y, si sientes que es adecuado, pídele que te envíe por correo o Dropbox o WeTransfer, uno que otro mp3 de alguna canción que le guste. Lo peor que puede pasar es que te digan que no o que no sepan cómo, pero hay tutoriales en internet. También puedes conseguir esta información si dejas un mensaje en algún foro de idiomas o de aprendizaje de la lengua que te interesa.

Si estás estudiando una lengua indígena, lo más probable es que haya por ahí un centro de estudios musicales o algo parecido donde tengan un registro de esa lengua, y si no, ve a la Facultad de Filosofía y Letras o de Lenguas o como se llame de tu universidad más cercana y ponte a investigar si existe algún investigador que se dedique a estudiar la lengua de estas personas. Quizá ella o él conozcan a alguien que investigue la música de esos pueblos, o si tienes suerte, quizá hasta tengan ya música grabada. Cuestión de no rendirse a la primera.

4. Ya que tengas nombres de artistas / bandas / cantantes, búscalos en Google poniendo “canciones” después de su nombre. Por ejemplo, si buscas “Wir Sind Helden canciones”, automáticamente te saldrá una lista de las pistas más populares de esa banda, y te buscará automáticamente si existen videos de las mismas en todo el internet (no solo en YouTube).

5. Busca en Jango. para encontrar artistas similares a aquellos que ya has ido encontrando y toma nota sobre cuáles te gustan para buscar sus canciones. Puedes hacer lo mismo en Spotify (aunque prefiero Jango porque tiene menos anuncios).

La idea es que consigas unas 3-5 canciones para empezar (entre más tengas, mejor). Si te acomoda, puedes ver el video que hallaste en YouTube una y otra vez, pero lo que yo te recomiendo es tener la canción, es decir, poder hacer con el archivo mp3 lo que quieras.

Para esto, conviene comprar los discos que te gusten en iTunes o en las páginas oficiales de los artistas, pero si por alguna razón no quieres o no puedes hacer esto, hay una forma de obtener canciones a través de videos en la red.

No le digas a nadie que te dije, pero existen páginas de Internet como onlinevideoconverter, por ejemplo, con los que puedes descargar audios desde videos (hay muchas, muchas más).

2) Qué hacer una vez que tienes las canciones

¿Ya conseguiste unas cuantas canciones? ¡Excelente!

En este momento es hora de hacer varias cosas:

  • Solo escucharlas
  • “Sacar” la letra
  • Buscar la letra
  • Escucharla mientras lees la letra
  • Aprendértela de memoria
  • Cantarla

a) Solo escucharlas

Hay quienes afirman que se puede aprender una lengua exponiéndose a ella de manera pasiva, y aunque creo que hasta cierto punto eso tiene sentido, lo realmente útil es escucharlas con mucha pero mucha atención, incluso dedicarle un momento específico del día a sentarse a oírlas y no hacer nada más.

b) “Sacar” la letra

Dependiendo del nivel que tengas y la complejidad de la canción, suele ser una buena idea “sacar” las letras, es decir, hacer como si la voz de quien canta te estuviera dictando y tu trabajo fuera escribirla en papel.

Hacer esto suele ser muy divertido y también, en ocasiones, bastante frustrante (sobre todo si no conoces mucho vocabulario o si apenas estás comenzando con la lengua), por lo que te invito a hacer una prueba y ver qué tanto te podrías beneficiar de tal actividad en este momento de tu aprendizaje.

En general es una gran práctica que te ayuda a afinar muchísmo tu oído, a deducir, imaginar y sorprenderte por todo lo que podrían decir las palabras que escuchas, y a sentir una gran satisfación cuando aciertas, después de varios intentos, con la palabra exacta.

Lo cierto es que lleva bastante tiempo, además de que necesitas escuchar una canción muchas veces, tal vez hasta una docena, y puedes terminar odiándola después de esto, pero vale mucho la pena por lo menos intentarlo.

Digo, de cualquier forma puedes hacerlo en el transcurso de varios días, no necesita ser toda la canción de golpe. Y tienes todo el permiso del mundo de dejar espacios vacíos si de plano no entiendes qué dice.

A mí me suele suceder, cuando hago esto, que dejo una canción con varios espacios vacíos, no busco cuál es la letra oficial, y después de unos días, cuando la vuelvo a escuchar, las palabras se me revelan como si fueran lo más obvio del mundo.

Es bastante sorprendente y hace que ame más a mi cerebro.

¿Cómo sabes si las palabras que escuchaste y escribiste son las correctas?

Buscando la letra en Google y comparándola con tu escrito.

c) Buscar la letra

Puedes buscar el nombre de la canción + “lyrics”, una palabra que suele resultar bastante universal para encontrar letras en el buscador de Internet. Si no encuentras nada así, investiga cómo se dice “letra de canción” en el idioma que estás aprendiendo y añádele esa palabra a tu búsqueda.

Y si es una lengua muy rara y nadie ha subido las letras, siempre puedes pedirle a algún nativo que conozcas que la escriba para ti (a cambio de algo).

Yo me he topado decenas de veces con que las letras subidas a Internet tienen “errores”, por así decirlo. Por ejemplo, que cambian “peace of mind” (lo correcto, “paz mental”) por “piece of mind” (¿qué rayos es eso?), o que cometen faltas de ortografía, o que simplemente escucharon mal las frases, por lo que unas lyrics de Internet no deben ser consideradas la última palabra del mundo.

De hecho, conforme tu nivel en la lengua vaya subiendo, te darás cuenta de estos errores y quién sabe, quizá hasta tú misma(o) subas las correcciones 🙂 (yo lo he hecho muchas veces con canciones en inglés, y me hace sentir poderosa).

Sin embargo, no dejes que esto te detenga, es parte del proceso de adquisición de una lengua aprender cosas que no son y después corregirlas sobre la marcha.

d) Escucharlas mientras lees la letra

Ahora que tienes la letra, ya sea porque la sacaste de oído o porque la buscaste en Internet, es momento de leer cada palabra al tiempo que la escuchas.

Hay varias formas de hacer y de beneficiarse de esto:

  • Ir aprendiendo frases hechas o incluso verbos con preposiciones (como los famosos phrasal verbs).
  • Ver cuáles palabras riman con otras (muchas veces, sobre todo en inglés, esto resulta sorpresivo, sobre todo por la grafía).
  • Ir tomando nota de la pronunciación de cada palabra escrita
  • Que las frases se vayan grabando en tu memoria por siempre para que puedas acceder a ellas de manera automática.
  • Comprender poco a poco el significado de las oraciones que contiene la canción
  • Entender cabalmente el mensaje o el feeling de la canción en conjunto, es decir, la intención comunicativa que tenía quien la escribió.

La idea es crear toda una experiencia audiovisual a la que, como dije más arriba, le debes dedicar toda tu atención para obtener los mejores resultados.

Una manera súper agradable de escuchar una canción mientras lees la letra suele ser buscando videos de lyrics o de Karaoke en YouTube.

Evidentemente, esto suele ser más fácil de encontrar en las lenguas más comunes, pero quién sabe qué puedas encontrar si buscas.

Solo necesitas poner en la cajita de búsqueda cosas como: “[nombre de la canción] + lyrics” o “[nombre de la canción] karaoke”.

Incluso hay canales enteros de YouTube que se dedican a subir canciones con las letras en el video. Cuestión de buscar.

La clave aquí (y en todo lo que tenga que ver con los idiomas) es la repetición. Entre más escuches una canción, mejor. Lo que nos lleva al siguiente punto:

e) Aprendértelas de memoria

Los resultados que yo he visto en mi propia fluidez vienen en gran parte de que me he aprendido un montón y medio de canciones, sobre todo en inglés.

Cuando te gusta una canción, suele ser inevitable comenzar a aprenderte el coro, o ciertas frases, pero la idea aquí es—como ya repetí varias veces—hacer un esfuerzo para sentarse a memorizar la canción en turno.

Seguramente tienes claro el hecho de que las canciones populares, como las rimas de niños y ese tipo de rimas, se han ido pasando a través de los siglos, de generación en generación, gracias a que son cantadas y no solo recitadas.

La música tiene algo muy especial que nos ayuda a que la información se grabe en nuestro cerebro, muchas veces incluso más tiempo del que nos gustaría (como muchos jingles de anuncios de productos y marcas en la tele o el radio).

Como aprendices de idiomas, podemos beneficiarnos muchísimo de esto, pues de lo que se trata es de que el orden “oficial” de las frases se grabe en nuestra memoria de tal manera que, cuando necesitamos decir una oración que no estamos seguros cómo se dice, una canción memorizada en algún rinconcito de nuestra mente nos puede salvar en el momento exacto.

Además de que es muy agradable darse cuenta de cómo las canciones van formando parte de nosotros mismos, el hecho de repetir las palabras y escuchar repetidas veces las piezas va haciendo que veamos más significados que antes habían permanecido ocultos.

Me refiero, por ejemplo, a muchos tintes metafóricos que en ocasiones las (los) compositoras(es) le dan a sus letras, o cosas como juegos de palabras.

Claro que esto depende de qué tan artísticas(os)/poéticas(os) sean quienes escriben, pero cuando escuchamos canciones de manera “normal” no solemos revisar tantas veces el texto (a veces ni le ponemos atención) y es muy común que nos perdamos de todo ese mundo sorprendente que se busca transmitir con la composición de una melodía.

Lo anterior, además de resultar muy satisfactorio, nos permite tener cierta idea de la cultura de un país, pues un japonés, por ejemplo, no hace las mismas alegorías o símiles que una francesa, y es una buena ventana hacia la forma de ver el mundo de otras culturas.

Una vez que te aprendas la canción de memoria, será inevitable que la comiences a cantar.

f) Cantarla

Cantar la canción por sí sola, en la regadera o cuando nadie te escucha, es un gran ejercicio para tu aparato fonador (lengua, labios, cuerdas vocales, etc) sobre todo si te esmeras por sonar como la (el) cantante.

Cantar la canción mientras la escuchas muy atentamente es la manera más óptima de mejorar tu pronunciación y descubrir sonidos que no sabías que existían.

Cuando estaba aprendiendo francés me aprendí muchísimas canciones de Tryo (las que había en ese momento; gracias a todos los santos del cielo han seguido sacando más discos).

Y recuerdo que un buen día, mientras cantaba al unísono una de ellas, escuché algo raro con la “t”, como un ruidito extraño que generaba una discrepancia entre la forma en la que yo la pronunciaba y en la que sonaba.

Después de sentir que estaba descubriendo el hilo negro, y de escuchar con mucha atención esa canción y otras más, y unos podcasts que tenía a la mano, me di cuenta de que la “t” francesa, cuando es seguida por una “i”, no es como la española, sino que tiene una pequeña aspiración después, lo que la hace sonar como “tsi” (más o menos).

Whoa.

Y me han seguido pasando muchas cosas así, las cuales amo.

Al aprenderte las canciones de memoria tienes más probabilidades y disponibilidad para enfocarte en este tipo de cosas, por eso (también) es importante hacerlo.

Si no te gusta cantar, lo entiendo (yo canto súper feo). No se trata de un concurso de canto ni mucho menos, nadie tiene que escucharte, solamente es un ejercicio (fonético) para tu aparato fonador, como las pesas son un ejercicio para el resto de tus músculos.

En realidad, no importa qué tan afinada(o) estés, porque lo que importa son los sonidos de la lengua y, sobre todo, la práctica que eso te da al pronunciar y hablar. Te hace una perosna más espontánea en [idioma]. Entonces, vale la pena aguantar un poco la vergüenza y atreverse a hacer un poco el ridículo.

(Aunque si no te gusta, tienes todo el permiso del mundo de no hacerlo).

3) Otras cosas que debes saber sobre las canciones:

Esta lista (no exhaustiva) son un conjunto de ideas que he querido escribir desde el inicio de este blog y nunca había hecho. Espero que te guste.

a) Sobre los géneros

En general es una buena idea practicar con canciones que te gustan (y mucho) para que escucharlas no solo sea agradable sino que te salga natural.

Pero entre más rara sea una lengua, más difícil se vuelve esto, y hay que adecuarse a lo que haya.

Sin embargo, parte de hacer toda esta investigación sobre el mundo de la música en [idioma] es eso, salir de lo conocido, encontrar sonidos ajenos a lo que nos ponen en el radio en nuestro lugar de origen y descubrir qué ocurre dentro de nosotras(os) mismas(os) con esa novedad.

Por ejemplo, a mí me encanta la música de Bollywood, la disfruto mucho cuando la llego a escuchar, pero hay algo que hace que me resista a ponerla yo. Es decir, nunca llega un momento en que digo:

Bien, ahora es el momento de poner música de Bollywood.

No lo vuelvo una prioridad en mi vida.

Pero a ti te recomiendo no cerrarte a los diferentes géneros que te vayas encontrando. Por ejemplo, si no escuchas rap en español, ¿por qué no intentas hacerlo en francés?

Incluso si no termina gustándote (no todo es para todos), puede que te dé un montón de palabras extremadamente coloquiales que no habrías encontrado de otra forma.

Y también puede que sientas otro tipo de cosas nuevas:

b) Sobre las emociones

La música en general (tenga o no letra en cualquier lengua) es una forma de conectarnos de manera muy directa con nuestras emociones.

A veces nos impedimos sentir algo o admitir que lo sentimos, pero por naturaleza, la música puede despertar sentimientos dormidos en nosotros sin que pase por nuestro intelecto.

Por lo tanto, tiene la capacidad de cambiar nuestro ánimo (temporalmente).

Y como seguramente ya has notado, cuando nos sentimos de determinada manera, tendemos a buscar música que nos refleje esas emociones.

Si esto te sucede y de repente te pones triste por una canción que estás “sacando” o estudiando, te recomiendo que no intentes fingir que esa emoción no existe; solo reconócela, ubica en qué parte de tu cuerpo la estás sintiendo y decide si quieres seguir con esa actividad en el momento.

He aprendido en la vida que las emociones quieren ser sentidas, y que si las “reprimimos” y las ignoramos, se hacen más fuertes (lo que resistes persiste, como se dice en inglés).

Así, solo permítete sentir la emoción e intenta averiguar el mensaje que te quiere dar.

Si hay cierto nivel de determinada emoción ya en tu sistema, una canción puede despertar una reacción más fuerte en ti que en otra persona que tengas menos de esa emoción “atrapada” en su organismo.

Es decir, si una melodía te pone muy triste, más de lo que crees que “debería”, es porque está resonando con una tristeza que tú ya traes.

Por lo tanto, vale la pena aventurarse a sentirla para que logre procesarse.

De otra forma, al ser una emoción no procesada, va a encontrar otras maneras de expresarse y salir, así que yo diría que es mejor que una emoción “brinque” a la conciencia cuando estás escuchando música a que surja cuando estás teniendo una conversación complicada con un ser querido y arda Troya.

Todo esto te lo digo solo para que seas consciente, no hay nada de qué preocuparse. Seguramente te ha pasado varias veces esto y todo ha estado bien 🙂

c) Sobre las asociaciones

Parte de la relación tan cercana entre música y emociones ayuda a un fenómeno muy interesante: las canciones se suelen “cargar”.

Por ejemplo, cuando escucho las canciones de Incubus recuerdo automáticamente y sin quererlo mi época de la preparatoria (bachillerato), y todo lo bueno y díficil que me pasó entonces.

Esto tiene varias implicaciones:

La primera es que a veces me resisto a escuchar esas piezas, es decir, me las salto cuando salen en modo aleatorio en mi biblioteca musical.

(Lo anterior te puede ayudar a entender por qué te resistes, si es que lo haces, a estudiar un idioma con canciones).

La segunda implicación de que las canciones se carguen es que las canciones que escuches en este momento de tu vida, sobre todo si las repites mucho, van a recordarte siempre la “esencia” de este momento de tu vida.

La tercera es que puedes usar esto a tu favor y cargar canciones a propósito. Si un día estás muy enojada(o), por ejemplo, y te pones a escuchar una canción para estudiar, es muy probable que la siguiente vez que lo hagas te vuelvas a sentir enojada(o) sin razón aparente.

Así, puedes escuchar una canción que nunca has oído (de preferencia de un artista que no tienda a la depresión) en un momento en que estás muy feliz, para que escucharla después sea una especie de píldora mágica para subir tu ánimo cuando no tengas ganas de hacer algo.

O como mi amiga B, que siempre que escucha la canción Believe de Cher le dan ganas de lavar los trastes porque tiene una lista de reproducción específica para hacer este tipo de tareas y ya lo asocia automáticamente.

Conclusión

Muy pocas cosas son tan buena herramienta para aprender un idioma como las canciones (de hecho yo diría que nada es mejor).

Si estás aprendiendo una lengua muy común, no te rindas hasta encontrar música que te haga estúpidamente feliz cuando la escuchas. Si tu idioma no es tan común, haz lo posible por buscar la mayor cantidad de canciones que puedas (siempre hay forma).

Pon mucha atención mientras escuchas las palabras de la música y apréndetela de memoria, para cantarla al unísono o solo para disfrutarla.

Recuerda que la clave es la repetición y estate atenta(o) a las emociones que te genera lo que escuchas.

Y eso es todo lo que quería que supieras sobre las canciones.

Sin embargo, no es todo lo que hay que saber, por lo que si sientes que me faltó algo que a ti te suele funcionar para adquirir una lengua con música, escríbelo en los comentarios.

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Cómo mejorar tu pronunciación y dejar de sonar como hispanohablante

En este artículo hablo sobre todo del inglés, pero también aplica para otras lenguas que se escriben diferente a como realmente suenan, o sea, lenguas no fonéticas.

Lo primero que hay que hacer para pronunciar mejor el inglés es: desconfiar de la grafía (grafía = “modo de escribir o representar los sonidos”).

Es conveniente asumir que lo que estás leyendo en inglés no suena para nada como está escrito.

Curiosamente, los hispanohablantes solemos ir por la vida pensando que cada palabra que suena muy distinto a como “debería” sonar por la manera en la que está escrita es la excepción a la regla, y seguimos manteniéndonos firmes a nuestra hipótesis (inconsciente) de que el inglés suena como está escrito.

Sin embargo, si pensamos que la excepción es lo contrario, es decir, que prácticamente ninguna palabra suena como está escrita, tendremos más oportunidades de mejorar nuestra pronunciación.

Lo que más importa es desconfiar, es pensar:

Ok, veo una palabra escrita así, y probablemente no se pronuncia así.

Voy a investigar cómo se pronuncia, y si no quiero o puedo hacerlo ahora, no me casaré con la idea que tengo de su pronunciación.

Lo dejaré pendiente como “palabra que no estoy segura(o) de cómo se pronuncia”.

Porque lo que solemos hacer es que nos encontramos una palabra nueva, nos imaginamos cómo suena—confiamos en la grafía—y luego, cuando vemos que no sonaba así, lo corregimos y tenemos que desaprender nuestra hipótesis, lo cual quita tiempo y genera frustraciones.

Ahora bien, es imposible erradicar del todo esta situación, siempre va a pasar en mayor o menor medida porque la influencia de la lengua materna en las lenguas que aprendemos es y siempre será enorme. Incluso en niveles altos de adquisición.

Pero es un gran avance comenzar a desconfiar más, pues se nos abre todo un universo de sonidos que no se tienen que adecuar a los del español.

A mí, por ejemplo, me acaba de pasar.

En una conversación con una estadounidense, dije la palabra “mud” (lodo) en un momento en el que carecía de contexto que le ayudara a ella a entender qué palabra era (no me preguntes cómo puede pasar eso, solo créeme).

Ella no entendió qué palabra era, me preguntó What? y le volví a repetir lo mismo y me dijo “mock”? y yo así de Noo, hasta que por fin le describí qué era lo que quería decir y me entendió y me dijo Ahhhmud” pero lo pronunció de manera muy distinta, la vocal se parecía más a una “a” que a una “o”, (que era como yo lo estaba diciendo).

(En realidad, esa vocal es una ʌ, una especie de “mezcla” entre la “a” y la “o” hispanas).

Y ya aprendí.

Otra cosa que puedes hacer para no dejarte llevar por la grafía es escuchar miles y miles de canciones.

Si no estás aprendiendo una lengua con música, te sugiero que lo empieces a hacer ya.

Si te das a la tarea de escuchar al menos una canción al día mientras ves la letra, tu pronunciación mejorará exponencialmente cada día que pase.

Lo “más mejor” es aprenderte las canciones de memoria y cantarlas al unísono.

Lo segundo mejor es solo aprenderlas o solo cantarlas.

Lo tercero mejor es leer la letra mientras la escuchas.

Lo cuarto mejor es solo escucharla con mucha atención, con la intención de adquirir la lengua.

Lo quinto mejor es solo leer la letra.

Y así.

Nada supera memorizar canciones, aunque tu pronunciación también puede mejorar con videos tipo TED Talks con subtítulos en inglés y escuchar al mismo tiempo que los lees.

Pare de sufrir

Poco a poco, tu cerebro irá reconociendo los patrones y aprenderás a pronunciar las palabras bien a la primera, pero no te agobies si te vuelve a pasar que no lo logras: el inglés es profundamente ilógico en sus grafías, y lo peor que puedes hacer es tomártelo personal y/o hacer que signifique algo negativo sobre ti.

(Por ejemplo: “Si pronuncio mal y no me entendieron, significa que nunca voy a aprender / que soy una fracasada(o) / que no nací para los idiomas”).

No serías la primera(o) ni la única(o) que se frustra con la grafía del inglés. Si no me crees, lee sobre la divertida historia del Alfabeto Shaviano.

Y piensa que, aun si todo falla, a veces entre hispanohablantes no nos entendemos por la manera en la que pronunciamos nuestros dialectos (el ceceo, las “s” aspiradas, las vocales perdidas, las consonantes ignoradas…).

A cualquiera le puede pasar.

Quizá tu pronunciación nunca sea idéntica a la de un gringo o un inglés (a menos que tomes clases de fonética o que te ayude un accent / dialect coach como los de Hollywood) pero te prometo que tendrás una pronunciación lo suficientemente  buena como para darte a comprender de manera satisfactoria.

Y si todavía sientes que no es suficiente solo darte a comprender y quieres tener la mejor pronunciación del mundo, considera que tal vez haya un poco de perfeccionismo asomando la cabeza, lo cual no tiene nada de malo.

Es loable buscar la excelencia, siempre y cuando sepas que lo imperfecto suele ser suficiente en la mayoría de los casos.

En resumen,

desconfía de la grafía, escucha y apréndete todas las canciones que puedas, cántalas mientras las escuchas y las lees y tómalo con calma.

Tu pronunciación puede mejorar y lo hará.  🙂