No es tu culpa o: Querer no siempre es poder

Voy a escribir de algo controversial.

No porque ame la controversia (soy de esas personas que preferirían que el conflicto no existiera) sino porque es importante y porque el silencio al respecto perjudica más de lo que ayuda.

Se trata de esto:

Aprendí idiomas gracias a mis privilegios.

Sí, soy muy buena con el lenguaje y lo amo, pero eso no fue lo que más me ayudó.

Lo que más ha contribuido a que domine el inglés, pueda platicar en francés, entienda algo de alemán y sepa qué dice el latín es que mi vida ha sido mucho más fácil que la de la mayoría de la población mundial.

Decir esto no resulta sencillo porque vivimos en una sociedad en la que se glorifica el sufrimiento.

Pero es necesario, es muy importante.

Si esto no tiene mucho sentido para ti aún, voy a explicarlo de otra forma:

Es más probable que una persona llegue a los 20 años teniendo un buen nivel de inglés si sus padres tienen formación universitaria y ellos mismos saben algo de esa lengua y le enseñaron palabras sueltas desde que era bebé y le pudieron pagar una escuela bilingüe y viajes al extranjero.

Es más probable que puedas meterte a estudiar alemán en la universidad si solo estás estudiando (y no también teniendo que trabajar para pagar tus estudios).

Es más probable que tengas más tiempo para repasar tus lecciones de un idioma si no tienes que dedicarle varias horas al día a ir a buscar agua, preparar comida, limpiar tu casa y cuidar a otras personas (porque nadie más lo va a hacer), además de trabajar.

Es más probable que aprendas otra lengua si la zona en la que vives sea un lugar donde te sientes con relativa seguridad a que si hay mucha violencia y no puedes relajarte por temor (pavor) a que pase algo que amenace tu integridad física o psicológica.

Es más probable que estudies un idioma si no estás en una relación tóxica de esas de las que no te puedes zafar.

Es más probable que te arriesgues a hablar con extraños para practicar si no tienes miedo que te discriminen por tu orientación o identidad sexual o de género.

Es más probable que estudies otro idioma si tu país no está en crisis o en guerra o con alguna especie de caos político.

Es más probable que le puedas dedicar el tiempo necesario a una lengua si no estás deprimido, o si no estás teniendo ataques de pánico o si no tienes algún otro desafío de salud mental.

Es más probable que puedas memorizar palabras y frases si vives cerca de tu trabajo (vs hacer 4 horas al día de trayecto, como mucha gente que conozco).

Es más probable que hagas cualquier cosa que podría acelerar tu aprendizaje de una lengua si no tienes miedo de que te juzguen por el tamaño o apariencia de tu cuerpo, por tu color de piel o por tu nivel sociocultural.

Es más probable que puedas pagar clases particulares o de cualquier tipo si ganas más que el salario mínimo.

Es más probable que hables y escribas una lengua con fluidez si no tienes ningún tipo de discapacidad física o intelectual.

Y la lista podría seguir hasta el fin de los tiempos.

Si no has podido aprender una lengua a pesar de haberlo intentado decenas de veces, muy probablemente no sea tu culpa, sino la de un montón de factores, la mayoría sociales, que te lo han impedido.

Voy a decirlo otra vez pero quiero que mientras lo lees dejes que te entre cada palabra en lo más profundo de tu ser:

NO

ES

TU

CULPA.

No eres floja.

No eres indisciplinado.

No eres tonta ni “malo” para los idiomas.

El “secreto del éxito” no es más esfuerzo, ni más ganas, ni más decisión ni más autoabuso.

Claro que la dedicación ayuda, no estoy diciendo que no.

Claro que hay decenas de ejemplos de personas que lograron aprender lenguas (o lograr cualquier cosa) contra todo pronóstico y en situaciones adversas.

Y qué bueno, de verdad me da mucho gusto que eso exista y te felicito si ese ha sido tu caso.

Solo ten en cuenta que no es la norma.

Lo común es que mientras más cuestiones de este tipo tengas, más difícil te van a resultar muchas cosas. Y aprender otro idioma no es una excepción.

La vida es difícil para todas las personas. A todos nos pueden pasar cosas catastróficas en cualquier momento, nadie es inmune.

Pero hay elementos que hacen que tu vida sea más fácil por el simple hecho de haber nacido así.

Por ejemplo, si tu color de piel es blanco o más blanco que el del grueso de la población del lugar donde vives.

O si naciste en un país desarrollado o en una zona próspera (como una capital) en un país en vías de desarrollo.

Si no tienes ninguna discapacidad o enfermedad crónica.

Todo eso hace que tu vida sea más fácil y que tengas más espacio para aprender una, dos tres o cinco lenguas.

Esto podría explicar por qué muchas personas admiran tanto a quienes hablan más de una lengua o quienes tienen un nivel alto de inglés, por ejemplo. Porque necesitas muchas ventajas sociales para hacerlo.

Necesitas tener tus necesidades básicas cubiertas, necesitas TIEMPO, que en un mundo como este es un lujo. Necesitas una estabilidad emocional relativa.

Yo fui notando esto con el paso de los años.

Si lees mis posts de hace nueve años (ay), verás que tenía el discurso de Si quieres puedes. Si yo pude, tú puedes. 

Pero ahora que me jacto de ser una persona más consciente de lo que era antes, veo cuán ignorante yo era*, cuán equivocado es ese discurso y cuán prevalente sigue siendo.

*Ya lo estoy admitiendo yo,
no necesitas recalcármelo en
los comentarios, gracias. 

Pon atención y verás que muchas de las personas que usan ese discurso, no solo para los idiomas, sino que te venden ayuda para lograr cualquier cosa, tienden a ser más o menos iguales: hombres blancos heterosexuales de un país de primer mundo.

(Y si no, son mujeres blancas heterosexuales).

No estoy aquí para decirte que no los contrates o que no los leas.

Solo que cuestiones cuando te dicen “Si yo pude tú puedes” porque lo más seguro es que no tengan en cuenta que a veces no es cuestión de querer, sino de que te lo permitan todos los factores alrededor de tu vida y de tu voluntad de aprender o de hacer algo.

Y, sobre todo, que no te compares con ellos. (!)

Si no has encontrado el tiempo, el espacio emocional, o no has tenido la capacidad o siquiera la voluntad de aprender otra lengua, o si lo has intentado muchas veces pero no has podido, no es tu culpa.

No son defectos psicológicos o de carácter, como nos han hecho creer.

Son factores sociales, muchos de los cuales, si no es que todos, están fuera de tu control.

Esta realidad es muy dura.

No es que no se pueda hacer nada al respecto. Pero lo primero que hay que hacer es ser conscientes y nombrarlo.

Voy a escribir más sobre esto y sobre qué se puede hacer.

_____

Sé que muchas personas van a estar en desacuerdo conmigo.

Que van a comentar que estoy exagerando, que no es para tanto, que el que quiere puede.

Me van a contar historias de cómo su prima Pachita logró lo inconcebible y por lo tanto lo que digo no es verdad.

No busco que todo mundo esté de acuerdo conmigo. Escribo esto para quien necesita escucharlo.

Si sientes que algo se libera dentro de tu ser al leer esto, házmelo saber, porque eso significa que estas palabras son para ti.

Hola, hola. This thing on?

Un dos tres probando probando. Is this thing on? *chirrido de micrófono*

Uno

Es muy difícil, después de casi un año (!) de no hacerlo, escribir sin mencionar el hecho de que llevo casi un año (!) sin publicar algo aquí.

Por lo tanto, decidí contar, como me saliera, una historia de qué ha pasado en todo este tiempo.

No digo “la historia” porque no quiero restringir lo que sea que vaya a acabar diciendo esta entrada con una secuencia de hechos.

Quiero que fluya lo que quiera fluir, porque está fluyendo y porque todo este tiempo no había fluido.

Solo estoy dejándome llevar, respetando el impulso de escribir de la misma forma que respeté la incapacidad (¿o “involuntad”?) de hacerlo.

Dos

Cada vez más, pienso que las personas que creamos cosas (quién me viera metiéndome en esta categoría) no somos más que canales a través de los cuales pasan nuestras creaciones.

Que nuestra voluntad al respecto es en verdad poca. Podemos hacer berrinches y bloquearnos e intentar desbloquearnos pero en el fondo nosotros no somos realmente los que decidimos qué crear ni qué características va a tener lo que hacemos.

Es como si el trabajo ya existiera en algún lugar etéreo y nosotros solo lo descargáramos, como si de bajar una película de Internet se tratara.

La primera vez que leí esto me pareció absurdo y hasta amenazó un poco la visión (escéptica y racional) que tenía del mundo, pero ahora no puedo no pensar así.

Tres

Durante este casi-año que no escribí, lo hice porque el blog no quería que lo hiciera. Yo me acercaba y él me alejaba.

Buscaba forzarme a escribir y lo único que obtenía era un gran No.

(Quizá porque ya no me fuerzo a hacer casi nada, no lo sé).

Pero simplemente no tenía lo que se necesitaba para sentarme a redactar.

Sí tenía ideas, sí tenía razones, sí tenía ganas. Aun así, no era el momento. Necesitaba esperar algo, aprender algo. Quién sabe qué era.

A veces me desesperaba, a veces me angustiaban un poco los mensajes de algunos lectores (nota curiosa: todos fueron hombres) que me escribieron para preguntarme si seguía viva, a veces me frustraba no poder mover el switch que me permitiera escribir, pero lo único que me daba paz al respecto era saber que la respuesta era confiar.

Que si el blog es una entidad aparte de mí, entonces sus razones tendrá para no dejarme escribir y no puedo sino confiar en ellas.

Cuatro

He “trabajado” mucho en aprender a confiar en la vida.

Me gustaría decir que soy toda una experta o algo así pero ni de broma. Cada vez confío en más detalles, en que quizá el universo no está en nuestra contra sino que tal vez y en una de esas es nuestro amigo.

Entonces, cuando me daba por flagelarme a mí misma por no escribir, confiaba. Cuando me preocupaba no poder hacerlo nunca más, confiaba.

Tenía la confianza de saber que si algún día iba a retomar este proyecto (y lanzar el curso que creé en el ínter) iba a hacerlo y que si no, que si todo esto había llegado a su fin, sería por una buena razón, porque vendría algo mejor.

Cinco

Mentiría si dijera que no tuve miles de distractores que de alguna forma me “ayudaron” a confiar.

He aquí algunos:

  • Un trabajo. En octubre del año pasado entré al primer trabajo de tiempo completo que he tenido en mi vida. Solo diré que ahora entiendo muchas cosas. Whew.
  • Un hombre. Ligeramente vergonzoso pero cierto. 
  • Un corazón roto. Shit happens.
  • Un examen de más de 200 preguntas. 
  • Un montón de problemas menores pero incómodos de salud.
  • Unos libros, podcasts, cursos, videos, artículos y todas esas cosas que nos dan la sensación de que estamos haciendo algo super útil para nosotros. Spoiler alert: probablemente solo nos estamos distrayendo. No digo que esté mal, solo lo enuncio porque es útil nombrar las cosas. 
  • Un año llamado 2018. (¡Sé que no fui la única!) 
  • Un corto etcétera.

La versión resumida es que antes no podía escribir y ahora ya pude. No sé por cuánto tiempo más, pero por ahora es lo que hay.

Seis

Siento que una persona totalmente distinta a mí fue quien escribió el resto del blog, y no ocultaré que más de una vez he pensado en borrar todo y comenzar a escribir con mi perspectiva actual pero no me atrevo.

(No temas, si algún día llego a hacerlo voy a avisar con antelación).

Todavía no tengo claro qué es lo que tenía que esperar o entender o descubrir en todo este tiempo pero creo que parte de ello es la idea de que ciertas cosas no pertenecen a ciertos momentos y que no está mal.

Esta fue una lección que la vida me presentó mes tras mes, en varias circunstancias.

Estamos ridículamente acostumbrados a la gratificación inmediata pero la vida no es así. Las cosas tienen su propia lógica interna, sus propios ciclos, sus ritmos, y forzar rara vez (si no es que nunca) da los frutos que pensamos que dará.

Algo me dice que no van a pasar otros 10 meses para una siguiente entrada pero quién sabe.

Confío en que lo que acabe pasando será lo mejor.

Siempre es así, aun cuando parece que no.

Y casi quiero decir: sobre todo cuando parece que no.

___

¡Si estás leyendo esto, dame señales de vida! Lo necesito :3

Deja que la gente sufra

El otro día, estaba en la fila para tomar un camión y una chica se me acercó a preguntarme si era el que iba para X.

Noté que no era de aquí porque tenía un acento bastante evidente (aunque no logré descifrar de dónde era) pero hablaba un español muy bueno, no dudaba de las palabras que escogía para hablar y le funcionaba más que bien para comunicarse.

Mi primer impulso fue preguntarle de dónde era para ver si yo conocía su lengua materna y poder practicar con ella, o simplemente para ver si hablaba inglés. Lo típico que nos dan ganas de hacer con los extranjeros.

Pero me detuve porque ya lo he pensado y me estresa que la gente haga eso.

¿Por qué?, te preguntarás

Supongamos que tu lengua materna es el español y que has estado practicando y estudiando francés como si no hubiera mañana.

Un buen día vas a Francia como turista, o a tomar un curso de gastronomía, y hablas francés. Como te sale, con todo y acento, con todo y pausas y muletillas.

Y la gente lo nota y te pregunta de dónde eres. De [hispanohablantelandia], dices. ¡AH!, te contestan,

y se ponen

a hablar

en #$%&

español.

En ese momento, odias tu vida porque no fuiste a Francia a que los franceses practicaran su español. Estás ahí para practicar tu francés.

Y si hablan contigo en tu lengua no te están dejando practicar. Están siendo un poco egoístas…

Otro escenario

Supongamos que pasa lo mismo que en la situación de arriba excepto que la persona con la que estás conversando no habla español.

Tú estás intentando hablar francés y tiene la paciencia de escucharte aunque se desespere porque todavía no hablas tan rápido.

Te va corrigiendo de vez en cuando y de repente quieres decir un número (sí, es normal que a los estudiantes de lenguas nos cueste, en general, mucho trabajo decir rápido los números) y estás buscando en tu mente el recuerdo de tus primeras clases y haciendo tipo matemáticas mentales y en eso la persona te interrumpe: “Quatre-vingt dix!”

Tú la odias porque no te dejó acordarte pero sonríes porque hay que ser amables y hasta le das las gracias, pero en el fondo hubieras preferido que te dejara traer esa información de tu cerebro a tu lengua.

Otra historia

Un día estaba con unas amigas en un café en un lugar muy turístico de la ciudad y llegó una chica con un acento muy marcado (que sonaba como si su lengua materna fuera ruso o uno de esos idiomas) para hacernos un par de preguntas y pedirnos que le tomáramos una foto con un adorno que había en la pared.

Sabía muy poco español pero se veía que lo estaba intentando. He visto cómo muchos otros extranjeros ni siquiera lo intentan y te hablan en inglés aunque saben que no es la lengua oficial de México, por ejemplo, pero este no era el caso. 

Yo la estaba viendo con mucha atención para escuchar lo que decía y tener más probabilidades de entenderle y se veía que le estaba costando trabajo, por lo que una de mis amigas me dijo: Tú sabes inglés, ¿no? ¿Por qué no la ayudaste?

Le contesté que era porque si estaba aquí era probablemente porque quería practicar o aprender español.

Porque si ella quisiera hablar inglés o su lengua materna, hablaría inglés o su lengua materna, o preguntaría si alguien usa esos idiomas.

Porque hay que dejar que a la gente le cueste trabajo hablar tu lengua porque sólo así algún día los caminos neuronales en su cerebro se van a consolidar, a través de la práctica, hasta que algún día sean automáticos.

Porque si les hablamos en inglés o si les adivinamos las palabras o les soplamos las respuestas cuando no nos las piden, no les estamos ayudando.

Porque a menos que sea una situación de emergencia o de vida o muerte, no tiene ningún sentido apresurar la conversación de la persona que no domina la lengua, sobre todo si se ve feliz de que lo está logrando.

Porque muchas veces interrumpimos a alguien preguntándole de dónde es y qué lengua habla por nuestras razones, no por las suyas.

Piénsalo: la última vez que abordaste a un extranjero ¿fue por ayudarlo o fue por presumir que conoces su lengua? No tiene nada de malo, pero la honestidad es una cosa hermosa.

Porque queremos sentirnos como los héroes del día al “evitarle el sufrimiento” a la persona que está teniendo dificultades encontrando las palabras.

A menos que de verdad veas que están sufriendo (lo vas a ver en su cara), o te lo digan, o te pidan ayuda con señas o empiecen a gritar en otra lengua para ver si alguien puede entenderlos, deja que la gente “sufra”.

No seas ese nacional incómodo que impide que las personas que quieren aprender la lengua practiquen.

Si en tu escuela o trabajo o algún lugar que frecuentes seguido hay una persona de otro país o que hable otra lengua, con el paso del tiempo te enterarás de dónde es y qué lengua habla y cuánto tiempo piensa estar aquí. No necesita ser lo primero que le preguntes.

Si es alguien que te pide ayuda en la fila del camión, quizá puedas ahorrártelo. (Recuerda, es tu curiosidad lo que te está motivando, piensa en que la otra persona probablemente tiene que responder esa pregunta 34.5 veces en un día).

Si ves que una persona tiene acento al intentar hablar tu lengua, deja que se esfuerce, no le hables más fuerte de lo normal (!), usa palabras normales y sólo da información que crees que es útil si te pregunta.

Sé que no voy a poder cambiar este hábito tan arraigado que tenemos en muchos países de hacerle una fiesta extrema a las y los extranjeros (DE DÓNDE ERES QUÉ BIEN HABLAS QUÉ BONITOS OJOS SAL CONMIGO PARA QUE ME ENVIDIEN) pero sí puedo influir en ti para que pienses más en la otra persona y en lo incómodo que debe ser que no te dejen hablar en la lengua que estás intentando aprender y perfeccionar.

Además, qué triste es pensar que si no le tienes paciencia a las personas que están practicando tu lengua, no les estás dejando sentir la satisfacción de:

Wow, hoy tuve una conversación entera con una persona en la fila del camión sin que me preguntara de dónde soy, tal vez eso significa que ya me estoy pudiendo comunicar a un nivel de comunicación y no de persona que solo balbucea y nunca lo logrará.

¿No te gustaría sentir eso tú con las lenguas que has aprendido o estás estudiando?

Obviamente, tú tendrás el mejor juicio in situ y sabrás si es momento de adivinarle la palabra a la persona con la que estás o no, o si es una situación riesgosa y es importante comunicarse como sea y rápido.

Desde luego, no estoy hablando por todos los extranjeros del mundo. Habrá quien sí ame que le pregunten todo el tiempo de dónde es y que le hagan la gran fiesta del mundo por su acento o su color de piel. Hay de todo en la viña del señor. 

El único mensaje de este texto es:

Deja de lado tu ego y tus ganas de impresionar y si ves que alguien está haciendo un esfuerzo por practicar tu lengua, y sientes que necesitas salvarla(o) de su “sufrimiento”, no lo hagas.

Deja que lo intente. Deja que las palabras vengan a su mente. Deja de querer lucirte frente a ella o las personas que están alrededor.

Paradójicamente, vas a acabar dando una mejor impresión.

O al menos eso pienso yo.

¿Qué opinas?

¿Puedes dejar ir ese idioma?

Esta entrada habla sobre algo tal vez controversial pero muy importante desde mi punto de vista.

Mucha gente viene cargando una lengua o más (casi siempre el inglés), como un innecesario lastre.

Y si una parte de su mente siquiera sugiere abandonarla, entra todo un ejército de voces a decirle NO QUÉ TE PASA NO PUEDES HACER ESO.

¿Y si sí puedes?

Quiero proponerte, sólo como una idea que guardes en tu mente (si se siente como algo demasiado alocado), que dejes ir a esa lengua que, hablando con honestidad, no quieres estudiar.

Ya no intentes estudiarla.

Ya no digas que la tienes pendiente.

Ya no te propongas cada nuevo año retomar las clases o dominarla de una vez por todas.

Ya déjala ir y ponte a hacer otras cosas.

¿Cómo se siente leer eso?

En caso de que sientas alivio, disfrútalo y llévalo a tu vida.

Sin embargo, si eres como muchas personas con las que he hablado, seguramente estás sintiendo miedo mezclado con culpa y hasta algo de agobio, temor sobre tu futuro y ganas de salir corriendo.

Tal vez estás pensando que me volví medio loca porque mi “deber” como persona que lleva años escribiendo sobre idiomas es promover su aprendizaje, no su abandono.

Pero no, es real: si en el fondo (o el no-tan-fondo) no te interesa aprender esa lengua, o si ya pasó de moda en tu vida o ya aprendiste todo lo que sentías que tenías que aprender aunque no la domines, suéltala. Tienes permiso.

Muchas veces, decirnos a nosotras mismas que seguimos teniendo pendiente el inglés nos da cierta tranquilidad mental.

Sobre todo cuando lo comentamos frente a los demás.

No es lo mismo mencionar: “No sé mucho inglés” y arriesgarnos a las reacciones de otras personas —casi siempre cargadas de juicios, proyecciones y repeticiones de ideas que crecieron escuchando— a decir: “Tengo un nivel intermedio pero el próximo mes empiezo otro curso, mira qué buena persona soy y lo bien que encajo en este grupo social”. 

Es comprensible: cuando una lengua (aquí sí es como 90% inglés para los hispanohablantes) se convierte en una insignia de prestigio social, admitir que no la hablamos es casi como decir que no nos importa pertenecer a nuestra sociedad. Y nadie nadie nadie quiere eso.

Por ello, entre otras razones, nos resulta tan fácil convencernos de que queremos seguir aprendiendo la lengua y a veces hasta mentirnos de que nos importa mucho más de lo que realmente lo hace.

Lo que no estoy diciendo:

No estoy diciendo que aprender o dominar X lengua no vaya a ser benéfico para ti.

Ni que el hecho de que lleves años y años sin ponerte a estudiarla implica automáticamente que no te importa. (No, no, tus razones tendrás y son válidas). 

No digo que todas las personas deben dejar ir las lenguas que se sienten obligadas a estudiar sólo porque así lo perciben.

Ni que, si sientes que no es el momento de dejarla ir, TENGAS QUE hacerlo.

Sólo estoy diciendo lo siguiente:

Si sientes que quieres mandar muy lejos una lengua pero notas mucha presión, de ti misma(o) o de la gente que te rodea, para seguirte forzando a estudiarla, tienes permiso de hacerlo

Si una lengua te causa más dolores de cabeza que beneficios o entusiasmo, déjala ir.

Sin culpa.

Puedes decir: 

Ya no voy a intentar aprender X y ya no voy a hacerme creer que me importa si la verdad es que no lo hace. Voy a dedicar mi valioso tiempo y energía a cosas que sí quiero hacer y que si me satisfagan y que estén alineadas con lo que siento que es mi propósito en esta vida

Claro que probablemente haya consecuencias. Aunque, seguramente, algunas ya las estás viviendo en este momento.

Y tienes que estar dispuesta(o) a enfrentarlas. (A pesar de que también es probable que no pase absolutamente nada). 

Pero si estás dejando ir una lengua desde un buen lugar de tu ser (es decir, no como una reacción de enojo o de impotencia o de frustración, sino desde la seguridad de que no es algo que desees hacer en esta vida), vas a poder con lo que surja.

Quédate con esto

No toda la gente necesita, para ser feliz o lo que sea, saber la lengua que vienes arrastrando.

Quizá viniste a este mundo a tener tu propia definición de éxito, y eso no incluye el inglés (o el idioma que sea).

Hay gente que ha logrado muchas cosas muy hermosas sin hablar la lengua con más prestigio en su momento y geografía.

Y está bien.

Aunque te mentiría si te dijera que el 100% del proceso de aprendizaje es un lecho de rosas, sí estoy convencida de que es algo que en general se necesita disfrutar más que sufrir.

Y si lo estás padeciendo demasiado o te estás forzando a hacerlo, incluso después de haberlo intentado de muchas formas, quizás sea momento de dejar partir ese idioma y sentir la libertad que eso te puede otorgar.

¿Qué opinas?

Comparte este texto con una persona torturada por la obligación moral de aprender una lengua.

Si no sólo no te parece descabellada esta idea, sino que te interesaría intentarlo pero no sabes muy bien cómo, escríbemelo en un comentario a fin de que redacte un tutorial para dejar ir una lengua. Solo lo haré si recibo comentarios. 🙂

Cómo perdí el miedo a hablar inglés

Durante varios años, no hablé inglés a pesar de que ya sabía inglés.

Si has estudiado (en mayor o menor medida) esta lengua toda tu vida, como muchas personas en países de habla hispana, seguramente entiendes a qué me refiero.

Tienes toda la gramática en la cabeza, entiendes lo que escuchas y lees, hasta encuentras errores en posts de Facebook escritos en ese idioma, pero no lo usas mucho que digamos para hablar-hablar.

Yo estuve así muchos años, hasta que me empecé a obsesionar con los blogs por ahí del 2010. Hasta creé uno, el que estás leyendo, hola.

Los que leía eran escritos por personas de Irlanda, Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Australia. Y aunque empecé leyendo a Benny, el políglota irlandés, poco a poco los links me comenzaron a llevar a páginas de coaches y gente por el estilo que ya no tenía nada que ver con los idiomas.

Algunos de ellos, en diferentes ocasiones, ofrecían sesiones gratuitas para que conocieras sus servicios, por ejemplo, o para que averiguaras si eras un buen match con su forma de trabajar.

Yo las tomaba porque de verdad me interesaba genuinamente eso. Y hablaba inglés como efecto secundario.

Las primeras veces me ponía super nerviosa y me daba cuenta de que no me entendían bien. Una vez, quise decir “medicamentos” y dije drugs porque en ciertos contextos así se dice, pero por una mezcla rara de sociolingüística y dialectología, acabé dando a entender que me drogaba, cosa que no hago ni me interesa.

Poco a poco, y a lo largo de todos estos años, he ido participando llamadas (casi todas por Skype) de infinidad de temas, individuales y grupales, en cursos, conferencias, webinars, y decenas de horas de interacciones con personas de habla inglesa, de muchos lugares del mundo.

Cuando menos me di cuenta, ya no me sentía nerviosa. Ya no me encontraba en situaciones vergonzosas. Ya hasta podía hacer bromas y la gente se reía.

Cuando eran llamadas grupales, empezaba a escuchar cómo decían “As Georgina said…”, y me llenaba de emoción y felicidad que otra persona no solo comprendiera mi mensaje sino que hiciera referencia a él.

Debo confesar que me hice adicta a esa sensación.

A poder decir:

yo
hablo
inglés

y la gente me entiende

siempre había soñado esto

Disculpa

Al principio, antes de empezar a hablar, decía —como para sentir que estaba evitando burlas o algo parecido—: “Perdón, es que el inglés no es mi lengua materna”.

Después vi que era totalmente innecesario, no porque hable como nativa (creo que me acerco mucho pero dudo que alguien pudiera confundirme con una estadounidense, por ejemplo) sino porque cuando no lo decía, nadie hacía ningún comentario al respecto del tipo: “¡Qué bien hablas!”.

(Eso se le suele decir a la gente cuando no habla bien, pero se ve que lo intenta mucho. ¿Lo has notado?).

Como no eran personas con las que estaba hablando para aprender inglés, sino con el fin de usar la lengua como medio de comunicación, no me corregían.

Seguramente te estarás preguntando cómo fui subsanando mis errores si no me hacían correcciones.

La respuesta:

si de algo me sirvió estudiar lingüística durante más de cuatro años, además de toda la experiencia que he acumulado al escribir este blog y hablar con sus lectores, fue para mejorar mi inglés con una minuciosidad deliciosa.

Yo misma iba usando mis propios métodos y mis conocimientos (sobre todo de fonética) para ajustar los detalles que veía que me faltaban.

Ahora, después de ocho años de hacer eso (y otras cosas más, como literal ponerme a practicar vocales), me siento profundamente confiada cuando tengo que hablar inglés.

Y, obviamente, como es un proceso que realmente nunca se termina, lo sigo haciendo.

¿Mi inglés es perfecto? No.

Ni siquiera mi español lo es. Y estoy bien con eso.

Aun así, busco todas las oportunidades que puedo (no solo en Internet, también en la vida real) para usar mi inglés, porque lo amo y porque me parece maravilloso cada vez.

Creo que es una sensación que nunca voy a dar por hecha en el sentido de decir, Ah sí, hablo inglés pero también duermo todos los días, como sea.

Es algo que me genera endorfinas cada vez que siquiera pienso en ello.

Esto no quiere decir que te vas a tardar ocho años en pasar del estado de “sé inglés pero no lo hablo tan bien” a “hablar inglés es parte inherente de mi vida y lo amo”. Yo no me tardé tanto, en realidad fue mucho menos.

Hay gente que pasa por este proceso en pocos meses cuando tiene gente que le corrija y le enseñe, por ejemplo. Hay gente que se va a vivir a un país de habla inglesa y en semanas lo logra.

Solo te estoy contando mi historia porque así fueron los hechos.

Entonces,

le perdí el miedo a hablar inglés…

Lanzándome a hablar antes de que me sintiera realmente lista.

Aprendiendo a tomarme un poco menos en serio.

Tomando oportunidades para practicar pero no necesariamente con esa finalidad.

Usando mis conocimientos de fonética y lingüística y adquisición de lenguas extranjeras.

Escuchando música, podcasts y entrevistas con devoción fonológica.

Hablando con un montón de gente de varios dialectos del inglés.

Imitando a las personas cuando decían ciertas cosas que no había oído.

Cazando muletillas y copiándolas.

Dejando de pedir disculpas por que el inglés no sea mi lengua materna.

Soltando la idea de perfección.

Atreviéndome a sonar ridícula.

Dándome permiso de cometer errores, incluso frente a otras personas.

Haciendo que no importara cuando se reían (no burlaban) de mí por decir palabras que no eran.

Queriendo mucho hacerme entender y solo dejándome llevar por las conversaciones.

En resumen, el miedo se me fue quitando solo a medida que veía que no se iba acabando el mundo.

Los nervios se fueron reduciendo.

La satisfacción y la alegría tomaron su lugar.

Y ahora sé que eso es accesible para cualquier persona que lo intente con los medios adecuados. No es nada que otra persona no podría hacer. 

Si lo has intentado por tu cuenta o con clubes de conversación en academias y no ha funcionado, pon mucha atención a tu correo (si te has suscrito al blog) porque estoy por mandarte información que te puede interesar.

¿Y si el secreto es irse todavía más lento?

Nota: Esta entrada me quedó un poco más larga que otras. Pero también mucho más bonita, if I may say so myself.

Cero

Seguramente has escuchado que las personas vamos por la vida enseñando lo que necesitamos aprender, y en general yo he visto que es cierto. No sé si se pueda generalizar al 100% pero tampoco es falso.

En los casi ocho años que llevo escribiendo este blog, que es uno de mis principales espacios de “enseñanza”, he notado distintos matices de este fenómeno.

A veces escribo sobre algo que tengo super trabajado y en cierto sentido ya “aprendí”.

En ocasiones me animo a escribir algo que todavía no tengo tan claro, como para comprenderlo mejor, y casi siempre que hago eso el resultado de la entrada no me convence y suelo borrarla unas semanas después, o editarla considerablemente.

Y, curiosamente, estas entradas son de las que menos resuenan con la gente, lo cual muchas veces noto por la falta de likes en mi página de FB o por los comentarios que no recibo.

Casi siempre escribo desde un punto medio. Temas que ya experimenté y de los cuales vi varias aristas (no sé si sea posible verlas todas), y ya puedo dar mi perspectiva. Todavía no es algo que se siente “obvio”, pero ya es un espacio desde donde me puedo mover libremente.

La presente entrada es un tema que todavía no domino en la práctica pero me veo motivada a compartir desde ahora. Para entenderlo un poco mejor pero también para recordármelo a mí misma. Porque cuando ya publiqué sobre algo, se vuelve más real de cierta forma para mí.

En ese sentido, te invito a ser testigo de lo que suceda, quizá notes que está siendo un texto distinto a los que normalmente escribo.

Uno

Me cuesta mucho trabajo hacer las cosas lentamente.

Es como si me moviera entre dos extremos: hacer todo con un frenesí alocado en pos de una eficiencia que siento como un mandato irrefutable, o quedarme estancada, aferrada casi al lugar donde estoy, donde quizá pasan cosas tras bambalinas pero externamente no se ve que se mueva nada.

El año pasado fue para mí un tiempo en el que me acerqué mucho más a aprender a llevármela lento.

A inicios de año, estaba creando un proyecto y sentía una gran urgencia por terminarlo. Sentía que si no lo acababa antes de julio-agosto, más o menos, algo malo iba a pasar.

Como que se me iba a ir la idea, a pesar de que ya la había escrito y ya le había dado la bienvenida.

El resultado fue que me presioné a mí misma. Me forcé a trabajar cuando no tenía ganas, en nombre de una “disciplina” mal comprendida (¿te ha pasado con los idiomas?).

Cada vez que me sentaba a escribir, tenía una sensación muy fuerte de prisa (que nadie más que yo creaba y reforzaba) y quería hacerlo todo rápido.

Quería aprovechar al máximo el tiempo y escribir millones de palabras por segundo. Cuando me cansaba, me obligaba a seguir “solo cinco minutos más” o “hasta terminar esta idea”.

De verdad creía que estaba haciendo lo correcto, que así era como las grandes obras se creaban.

Y puede ser que a algunas personas les funcione, no estoy diciendo que no.

Pero para mí fue contraproducente.  

Yo no funciono así y mi cuerpo me lo cobró: a la mitad de este frenesí, un dia de lluvia me caí en un hoyo.

Independientemente de si estás de acuerdo o no con estas ideas de que los síntomas o las enfermedades son metáforas de lo que está pasando en nuestra vida, o una forma de comunicación de nuestro ser hacia nuestros necios egos, para mí fue muy claro.

Me esguincé el tobillo y me vi forzada a caminar lento. En cuanto acompañé a mi hermano al aeropuerto un día después y había que correr para alcanzar la hora del registro y yo tenía que ir despacio, más despacio, dolorosamente despacio, tuve la revelación:

este es el mensaje de que voy muy rápido

Y aun si no lo es, decido tomarlo como tal y aprender la lección.

Dos

En ese momento dejé de lado mi proyecto. Me gustaría decir que fue desde un lugar de comprensión profunda de la vida pero más bien fue desde el berrinche de Nada de lo que intento me sale bien, y desde el miedo a que me volviera a pasar algo o que me enfermara.

Me prometí que descansaría un mes o dos, y después lo retomaría, pero simplemente ya no podía. Me acercaba al proyecto y sentía mucho rechazo desde mi cuerpo. Y ya no quería forzarme, ya no le veía ningún sentido.

Entonces lo dejé ir, confiando en que en algún momento iba a sentir que era el momento de retomarlo, y si nunca lo sentía, entonces significaba que la misión de ese proyecto en mi vida no era que yo lo trajera al mundo, sino solo enseñarme que forzarme a ir más rápido y negar mis necesidades de descanso no me llevaban a nada bueno.

Ahora que ya pasaron más o menos ¾ de año desde que pasó eso, por fin estoy sintiendo que es momento de retomar el proyecto, así como de escribir otras cosas.

Tres

He estado pensando mucho en esto de la forzación. Hasta escribí una entrada sobre ello, y creo que ya estoy llegando a una comprensión mucho más clara de cuáles son los patrones que me hacen ponerme a trabajar a marchas forzadas.

No ha sido fácil porque es algo que la cultura no sólo promueve sino que premia.

“Si no duele no sirve”, “todos tenemos 24 horas en el día” y frases parecidas nos han lavado el cerebro y nos han convencido de que si escuchamos a nuestros cuerpos cuando nos dicen que tenemos que descansar (o si admitimos que solo podemos hacer algo durante 15 minutos al día antes de agotarnos) nos vamos a meter en problemas y no vamos a lograr lo que queremos.

La verdad es que en cierto sentido fue un golpe al ego darme cuenta de que yo también caí en eso.

Creía que ya lo tenía “superado” porque ya había pensado mucho en torno a cómo nos violentamos a nosotras/os mismas/os en un afán de obtener lo que queremos o lo que nos han convencido de que será bueno para nosotras/os.

Pero siempre hay puntos ciegos que podemos seguir descubriendo con nuestra experiencia, y es mucho mejor eso que ir por la vida creyendo que ya lo tenemos todo resuelto.

Eso también aprendí.

Cuatro

Como dije, ahora quiero retomar mis proyectos. Casi todos tienen que ver con escribir.

Me he enfrentado en el pasado a la sensación de que si solo escribo x palabras en un día nunca voy a acabar.

El futuro de mi texto da una especie de vértigo y eso hace que prefiera no escribir nada, mintiéndome a mí misma y diciéndome que voy a encontrar no solo un momento sino también la energía con los que pueda escribir 4 horas al día todos los días y acabar rápido.

Pero no es verdad, y no funciono así.

La única forma en la que he visto que se pueden hacer los proyectos es como la trilladísima gota en la piedra. Poco a poco. Día a día.

A mí me ha ganado la impaciencia muchas veces. Y también un poco la falta de fe. No en mí necesariamente, sino que muchas veces, por mi historia de vida, me ha pasado que llego con mucha ilusión a una [tarea] y algo sale mal muy mal, tan mal que lo tengo que abandonar.

Cinco

Estoy segura de que no soy la única persona a la que esto le pasa. Lo veo todo el tiempo en las personas que conozco que están haciendo su tesis, por ejemplo.

Me dicen que llevan años sin avanzar porque no tienen tiempo. Que les gustaría dedicarle dos horas al día a redactar o a investigar. Pero que están muy ocupados.

Cuando les pregunto si podrían encontrar 20 minutos al día, me dicen que sí, pero que así nunca van a terminar.

Yo los entiendo, y les digo (y me digo a mí misma) que en todos estos meses (y a veces hasta años) que llevan esperando que dos horas al día les caigan del cielo, ya habrían terminado si le dedicaran 20 minutos al día.

Lo mismo con la gente que quiere encontrar 10 horas a la semana para aprender un idioma.

No lo digo para hacerlos sentir culpables —como dije, es una trampa en la que también caigo muy seguido—, sino para escucharme a mí misma y ver si se puede grabar en mi ser.

Seis

Algo que me ayudó mucho fue una cita de Anaïs Nin (que Karen compartió conmigo antes de que me obsesionara, como ahora, con Anaïs) que dice, en escencia, que la mayoría de las personas adquirimos la verdad fragmento por fragmento, como un detallado mosaico.

Y mira que ella sabe de lo que habla porque escribió MUCHÍSIMO a lo largo de su vida, entre sus diarios, sus novelas, sus ensayos y sus poemas.

He decidido que, ahora, voy a ver todo lo que quiero hacer como un mosaico.

De hecho, hay cosas que siento que quieren ser llevadas a cabo así. No sé muy bien cómo explicarlo, pero esa sensación me da.

Cuando te acercas mucho a un mosaico, lo único que ves son pequeños cuadritos de colores, uno al lado del otro, sin mucho sentido. Pero después de un tiempo de haberlos puesto uno por uno, te alejas y lo que ves te deja sin palabras: una imagen hermosa, que construiste tú misma/o, día a día, con mucha paciencia y constancia, con mucha fe y llevándotela tan lento como tu cuerpo te lo pidiera.

Eso quiero hacer y recordar este año. Espero estar lista para recibir esa lección. Me gustaría muchísimo que fuera como me acerco ya por default a los proyectos.

Quizá esa sea el secreto, o la única forma de hacer cosas a largo plazo.

Si no lo es, de cualquier forma prefiero intentarlo así. Siento que hay mucho más espacio.  

¿Qué opinas?