Deja que la gente sufra

El otro día, estaba en la fila para tomar un camión y una chica se me acercó a preguntarme si era el que iba para X.

Noté que no era de aquí porque tenía un acento bastante evidente (aunque no logré descifrar de dónde era) pero hablaba un español muy bueno, no dudaba de las palabras que escogía para hablar y le funcionaba más que bien para comunicarse.

Mi primer impulso fue preguntarle de dónde era para ver si yo conocía su lengua materna y poder practicar con ella, o simplemente para ver si hablaba inglés. Lo típico que nos dan ganas de hacer con los extranjeros.

Pero me detuve porque ya lo he pensado y me estresa que la gente haga eso.

¿Por qué?, te preguntarás

Supongamos que tu lengua materna es el español y que has estado practicando y estudiando francés como si no hubiera mañana.

Un buen día vas a Francia como turista, o a tomar un curso de gastronomía, y hablas francés. Como te sale, con todo y acento, con todo y pausas y muletillas.

Y la gente lo nota y te pregunta de dónde eres. De [hispanohablantelandia], dices. ¡AH!, te contestan,

y se ponen

a hablar

en #$%&

español.

En ese momento, odias tu vida porque no fuiste a Francia a que los franceses practicaran su español. Estás ahí para practicar tu francés.

Y si hablan contigo en tu lengua no te están dejando practicar. Están siendo un poco egoístas…

Otro escenario

Supongamos que pasa lo mismo que en la situación de arriba excepto que la persona con la que estás conversando no habla español.

Tú estás intentando hablar francés y tiene la paciencia de escucharte aunque se desespere porque todavía no hablas tan rápido.

Te va corrigiendo de vez en cuando y de repente quieres decir un número (sí, es normal que a los estudiantes de lenguas nos cueste, en general, mucho trabajo decir rápido los números) y estás buscando en tu mente el recuerdo de tus primeras clases y haciendo tipo matemáticas mentales y en eso la persona te interrumpe: “Quatre-vingt dix!”

Tú la odias porque no te dejó acordarte pero sonríes porque hay que ser amables y hasta le das las gracias, pero en el fondo hubieras preferido que te dejara traer esa información de tu cerebro a tu lengua.

Otra historia

Un día estaba con unas amigas en un café en un lugar muy turístico de la ciudad y llegó una chica con un acento muy marcado (que sonaba como si su lengua materna fuera ruso o uno de esos idiomas) para hacernos un par de preguntas y pedirnos que le tomáramos una foto con un adorno que había en la pared.

Sabía muy poco español pero se veía que lo estaba intentando. He visto cómo muchos otros extranjeros ni siquiera lo intentan y te hablan en inglés aunque saben que no es la lengua oficial de México, por ejemplo, pero este no era el caso. 

Yo la estaba viendo con mucha atención para escuchar lo que decía y tener más probabilidades de entenderle y se veía que le estaba costando trabajo, por lo que una de mis amigas me dijo: Tú sabes inglés, ¿no? ¿Por qué no la ayudaste?

Le contesté que era porque si estaba aquí era probablemente porque quería practicar o aprender español.

Porque si ella quisiera hablar inglés o su lengua materna, hablaría inglés o su lengua materna, o preguntaría si alguien usa esos idiomas.

Porque hay que dejar que a la gente le cueste trabajo hablar tu lengua porque sólo así algún día los caminos neuronales en su cerebro se van a consolidar, a través de la práctica, hasta que algún día sean automáticos.

Porque si les hablamos en inglés o si les adivinamos las palabras o les soplamos las respuestas cuando no nos las piden, no les estamos ayudando.

Porque a menos que sea una situación de emergencia o de vida o muerte, no tiene ningún sentido apresurar la conversación de la persona que no domina la lengua, sobre todo si se ve feliz de que lo está logrando.

Porque muchas veces interrumpimos a alguien preguntándole de dónde es y qué lengua habla por nuestras razones, no por las suyas.

Piénsalo: la última vez que abordaste a un extranjero ¿fue por ayudarlo o fue por presumir que conoces su lengua? No tiene nada de malo, pero la honestidad es una cosa hermosa.

Porque queremos sentirnos como los héroes del día al “evitarle el sufrimiento” a la persona que está teniendo dificultades encontrando las palabras.

A menos que de verdad veas que están sufriendo (lo vas a ver en su cara), o te lo digan, o te pidan ayuda con señas o empiecen a gritar en otra lengua para ver si alguien puede entenderlos, deja que la gente “sufra”.

No seas ese nacional incómodo que impide que las personas que quieren aprender la lengua practiquen.

Si en tu escuela o trabajo o algún lugar que frecuentes seguido hay una persona de otro país o que hable otra lengua, con el paso del tiempo te enterarás de dónde es y qué lengua habla y cuánto tiempo piensa estar aquí. No necesita ser lo primero que le preguntes.

Si es alguien que te pide ayuda en la fila del camión, quizá puedas ahorrártelo. (Recuerda, es tu curiosidad lo que te está motivando, piensa en que la otra persona probablemente tiene que responder esa pregunta 34.5 veces en un día).

Si ves que una persona tiene acento al intentar hablar tu lengua, deja que se esfuerce, no le hables más fuerte de lo normal (!), usa palabras normales y sólo da información que crees que es útil si te pregunta.

Sé que no voy a poder cambiar este hábito tan arraigado que tenemos en muchos países de hacerle una fiesta extrema a las y los extranjeros (DE DÓNDE ERES QUÉ BIEN HABLAS QUÉ BONITOS OJOS SAL CONMIGO PARA QUE ME ENVIDIEN) pero sí puedo influir en ti para que pienses más en la otra persona y en lo incómodo que debe ser que no te dejen hablar en la lengua que estás intentando aprender y perfeccionar.

Además, qué triste es pensar que si no le tienes paciencia a las personas que están practicando tu lengua, no les estás dejando sentir la satisfacción de:

Wow, hoy tuve una conversación entera con una persona en la fila del camión sin que me preguntara de dónde soy, tal vez eso significa que ya me estoy pudiendo comunicar a un nivel de comunicación y no de persona que solo balbucea y nunca lo logrará.

¿No te gustaría sentir eso tú con las lenguas que has aprendido o estás estudiando?

Obviamente, tú tendrás el mejor juicio in situ y sabrás si es momento de adivinarle la palabra a la persona con la que estás o no, o si es una situación riesgosa y es importante comunicarse como sea y rápido.

Desde luego, no estoy hablando por todos los extranjeros del mundo. Habrá quien sí ame que le pregunten todo el tiempo de dónde es y que le hagan la gran fiesta del mundo por su acento o su color de piel. Hay de todo en la viña del señor. 

El único mensaje de este texto es:

Deja de lado tu ego y tus ganas de impresionar y si ves que alguien está haciendo un esfuerzo por practicar tu lengua, y sientes que necesitas salvarla(o) de su “sufrimiento”, no lo hagas.

Deja que lo intente. Deja que las palabras vengan a su mente. Deja de querer lucirte frente a ella o las personas que están alrededor.

Paradójicamente, vas a acabar dando una mejor impresión.

O al menos eso pienso yo.

¿Qué opinas?

¿Puedes dejar ir ese idioma?

Esta entrada habla sobre algo tal vez controversial pero muy importante desde mi punto de vista.

Mucha gente viene cargando una lengua o más (casi siempre el inglés), como un innecesario lastre.

Y si una parte de su mente siquiera sugiere abandonarla, entra todo un ejército de voces a decirle NO QUÉ TE PASA NO PUEDES HACER ESO.

¿Y si sí puedes?

Quiero proponerte, sólo como una idea que guardes en tu mente (si se siente como algo demasiado alocado), que dejes ir a esa lengua que, hablando con honestidad, no quieres estudiar.

Ya no intentes estudiarla.

Ya no digas que la tienes pendiente.

Ya no te propongas cada nuevo año retomar las clases o dominarla de una vez por todas.

Ya déjala ir y ponte a hacer otras cosas.

¿Cómo se siente leer eso?

En caso de que sientas alivio, disfrútalo y llévalo a tu vida.

Sin embargo, si eres como muchas personas con las que he hablado, seguramente estás sintiendo miedo mezclado con culpa y hasta algo de agobio, temor sobre tu futuro y ganas de salir corriendo.

Tal vez estás pensando que me volví medio loca porque mi “deber” como persona que lleva años escribiendo sobre idiomas es promover su aprendizaje, no su abandono.

Pero no, es real: si en el fondo (o el no-tan-fondo) no te interesa aprender esa lengua, o si ya pasó de moda en tu vida o ya aprendiste todo lo que sentías que tenías que aprender aunque no la domines, suéltala. Tienes permiso.

Muchas veces, decirnos a nosotras mismas que seguimos teniendo pendiente el inglés nos da cierta tranquilidad mental.

Sobre todo cuando lo comentamos frente a los demás.

No es lo mismo mencionar: “No sé mucho inglés” y arriesgarnos a las reacciones de otras personas —casi siempre cargadas de juicios, proyecciones y repeticiones de ideas que crecieron escuchando— a decir: “Tengo un nivel intermedio pero el próximo mes empiezo otro curso, mira qué buena persona soy y lo bien que encajo en este grupo social”. 

Es comprensible: cuando una lengua (aquí sí es como 90% inglés para los hispanohablantes) se convierte en una insignia de prestigio social, admitir que no la hablamos es casi como decir que no nos importa pertenecer a nuestra sociedad. Y nadie nadie nadie quiere eso.

Por ello, entre otras razones, nos resulta tan fácil convencernos de que queremos seguir aprendiendo la lengua y a veces hasta mentirnos de que nos importa mucho más de lo que realmente lo hace.

Lo que no estoy diciendo:

No estoy diciendo que aprender o dominar X lengua no vaya a ser benéfico para ti.

Ni que el hecho de que lleves años y años sin ponerte a estudiarla implica automáticamente que no te importa. (No, no, tus razones tendrás y son válidas). 

No digo que todas las personas deben dejar ir las lenguas que se sienten obligadas a estudiar sólo porque así lo perciben.

Ni que, si sientes que no es el momento de dejarla ir, TENGAS QUE hacerlo.

Sólo estoy diciendo lo siguiente:

Si sientes que quieres mandar muy lejos una lengua pero notas mucha presión, de ti misma(o) o de la gente que te rodea, para seguirte forzando a estudiarla, tienes permiso de hacerlo

Si una lengua te causa más dolores de cabeza que beneficios o entusiasmo, déjala ir.

Sin culpa.

Puedes decir: 

Ya no voy a intentar aprender X y ya no voy a hacerme creer que me importa si la verdad es que no lo hace. Voy a dedicar mi valioso tiempo y energía a cosas que sí quiero hacer y que si me satisfagan y que estén alineadas con lo que siento que es mi propósito en esta vida

Claro que probablemente haya consecuencias. Aunque, seguramente, algunas ya las estás viviendo en este momento.

Y tienes que estar dispuesta(o) a enfrentarlas. (A pesar de que también es probable que no pase absolutamente nada). 

Pero si estás dejando ir una lengua desde un buen lugar de tu ser (es decir, no como una reacción de enojo o de impotencia o de frustración, sino desde la seguridad de que no es algo que desees hacer en esta vida), vas a poder con lo que surja.

Quédate con esto

No toda la gente necesita, para ser feliz o lo que sea, saber la lengua que vienes arrastrando.

Quizá viniste a este mundo a tener tu propia definición de éxito, y eso no incluye el inglés (o el idioma que sea).

Hay gente que ha logrado muchas cosas muy hermosas sin hablar la lengua con más prestigio en su momento y geografía.

Y está bien.

Aunque te mentiría si te dijera que el 100% del proceso de aprendizaje es un lecho de rosas, sí estoy convencida de que es algo que en general se necesita disfrutar más que sufrir.

Y si lo estás padeciendo demasiado o te estás forzando a hacerlo, incluso después de haberlo intentado de muchas formas, quizás sea momento de dejar partir ese idioma y sentir la libertad que eso te puede otorgar.

¿Qué opinas?

Comparte este texto con una persona torturada por la obligación moral de aprender una lengua.

Si no sólo no te parece descabellada esta idea, sino que te interesaría intentarlo pero no sabes muy bien cómo, escríbemelo en un comentario a fin de que redacte un tutorial para dejar ir una lengua. Solo lo haré si recibo comentarios. 🙂

Cómo perdí el miedo a hablar inglés

Durante varios años, no hablé inglés a pesar de que ya sabía inglés.

Si has estudiado (en mayor o menor medida) esta lengua toda tu vida, como muchas personas en países de habla hispana, seguramente entiendes a qué me refiero.

Tienes toda la gramática en la cabeza, entiendes lo que escuchas y lees, hasta encuentras errores en posts de Facebook escritos en ese idioma, pero no lo usas mucho que digamos para hablar-hablar.

Yo estuve así muchos años, hasta que me empecé a obsesionar con los blogs por ahí del 2010. Hasta creé uno, el que estás leyendo, hola.

Los que leía eran escritos por personas de Irlanda, Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Australia. Y aunque empecé leyendo a Benny, el políglota irlandés, poco a poco los links me comenzaron a llevar a páginas de coaches y gente por el estilo que ya no tenía nada que ver con los idiomas.

Algunos de ellos, en diferentes ocasiones, ofrecían sesiones gratuitas para que conocieras sus servicios, por ejemplo, o para que averiguaras si eras un buen match con su forma de trabajar.

Yo las tomaba porque de verdad me interesaba genuinamente eso. Y hablaba inglés como efecto secundario.

Las primeras veces me ponía super nerviosa y me daba cuenta de que no me entendían bien. Una vez, quise decir “medicamentos” y dije drugs porque en ciertos contextos así se dice, pero por una mezcla rara de sociolingüística y dialectología, acabé dando a entender que me drogaba, cosa que no hago ni me interesa.

Poco a poco, y a lo largo de todos estos años, he ido participando llamadas (casi todas por Skype) de infinidad de temas, individuales y grupales, en cursos, conferencias, webinars, y decenas de horas de interacciones con personas de habla inglesa, de muchos lugares del mundo.

Cuando menos me di cuenta, ya no me sentía nerviosa. Ya no me encontraba en situaciones vergonzosas. Ya hasta podía hacer bromas y la gente se reía.

Cuando eran llamadas grupales, empezaba a escuchar cómo decían “As Georgina said…”, y me llenaba de emoción y felicidad que otra persona no solo comprendiera mi mensaje sino que hiciera referencia a él.

Debo confesar que me hice adicta a esa sensación.

A poder decir:

yo
hablo
inglés

y la gente me entiende

siempre había soñado esto

Disculpa

Al principio, antes de empezar a hablar, decía —como para sentir que estaba evitando burlas o algo parecido—: “Perdón, es que el inglés no es mi lengua materna”.

Después vi que era totalmente innecesario, no porque hable como nativa (creo que me acerco mucho pero dudo que alguien pudiera confundirme con una estadounidense, por ejemplo) sino porque cuando no lo decía, nadie hacía ningún comentario al respecto del tipo: “¡Qué bien hablas!”.

(Eso se le suele decir a la gente cuando no habla bien, pero se ve que lo intenta mucho. ¿Lo has notado?).

Como no eran personas con las que estaba hablando para aprender inglés, sino con el fin de usar la lengua como medio de comunicación, no me corregían.

Seguramente te estarás preguntando cómo fui subsanando mis errores si no me hacían correcciones.

La respuesta:

si de algo me sirvió estudiar lingüística durante más de cuatro años, además de toda la experiencia que he acumulado al escribir este blog y hablar con sus lectores, fue para mejorar mi inglés con una minuciosidad deliciosa.

Yo misma iba usando mis propios métodos y mis conocimientos (sobre todo de fonética) para ajustar los detalles que veía que me faltaban.

Ahora, después de ocho años de hacer eso (y otras cosas más, como literal ponerme a practicar vocales), me siento profundamente confiada cuando tengo que hablar inglés.

Y, obviamente, como es un proceso que realmente nunca se termina, lo sigo haciendo.

¿Mi inglés es perfecto? No.

Ni siquiera mi español lo es. Y estoy bien con eso.

Aun así, busco todas las oportunidades que puedo (no solo en Internet, también en la vida real) para usar mi inglés, porque lo amo y porque me parece maravilloso cada vez.

Creo que es una sensación que nunca voy a dar por hecha en el sentido de decir, Ah sí, hablo inglés pero también duermo todos los días, como sea.

Es algo que me genera endorfinas cada vez que siquiera pienso en ello.

Esto no quiere decir que te vas a tardar ocho años en pasar del estado de “sé inglés pero no lo hablo tan bien” a “hablar inglés es parte inherente de mi vida y lo amo”. Yo no me tardé tanto, en realidad fue mucho menos.

Hay gente que pasa por este proceso en pocos meses cuando tiene gente que le corrija y le enseñe, por ejemplo. Hay gente que se va a vivir a un país de habla inglesa y en semanas lo logra.

Solo te estoy contando mi historia porque así fueron los hechos.

Entonces,

le perdí el miedo a hablar inglés…

Lanzándome a hablar antes de que me sintiera realmente lista.

Aprendiendo a tomarme un poco menos en serio.

Tomando oportunidades para practicar pero no necesariamente con esa finalidad.

Usando mis conocimientos de fonética y lingüística y adquisición de lenguas extranjeras.

Escuchando música, podcasts y entrevistas con devoción fonológica.

Hablando con un montón de gente de varios dialectos del inglés.

Imitando a las personas cuando decían ciertas cosas que no había oído.

Cazando muletillas y copiándolas.

Dejando de pedir disculpas por que el inglés no sea mi lengua materna.

Soltando la idea de perfección.

Atreviéndome a sonar ridícula.

Dándome permiso de cometer errores, incluso frente a otras personas.

Haciendo que no importara cuando se reían (no burlaban) de mí por decir palabras que no eran.

Queriendo mucho hacerme entender y solo dejándome llevar por las conversaciones.

En resumen, el miedo se me fue quitando solo a medida que veía que no se iba acabando el mundo.

Los nervios se fueron reduciendo.

La satisfacción y la alegría tomaron su lugar.

Y ahora sé que eso es accesible para cualquier persona que lo intente con los medios adecuados. No es nada que otra persona no podría hacer. 

Si lo has intentado por tu cuenta o con clubes de conversación en academias y no ha funcionado, pon mucha atención a tu correo (si te has suscrito al blog) porque estoy por mandarte información que te puede interesar.

¿Y si el secreto es irse todavía más lento?

Nota: Esta entrada me quedó un poco más larga que otras. Pero también mucho más bonita, if I may say so myself.

Cero

Seguramente has escuchado que las personas vamos por la vida enseñando lo que necesitamos aprender, y en general yo he visto que es cierto. No sé si se pueda generalizar al 100% pero tampoco es falso.

En los casi ocho años que llevo escribiendo este blog, que es uno de mis principales espacios de “enseñanza”, he notado distintos matices de este fenómeno.

A veces escribo sobre algo que tengo super trabajado y en cierto sentido ya “aprendí”.

En ocasiones me animo a escribir algo que todavía no tengo tan claro, como para comprenderlo mejor, y casi siempre que hago eso el resultado de la entrada no me convence y suelo borrarla unas semanas después, o editarla considerablemente.

Y, curiosamente, estas entradas son de las que menos resuenan con la gente, lo cual muchas veces noto por la falta de likes en mi página de FB o por los comentarios que no recibo.

Casi siempre escribo desde un punto medio. Temas que ya experimenté y de los cuales vi varias aristas (no sé si sea posible verlas todas), y ya puedo dar mi perspectiva. Todavía no es algo que se siente “obvio”, pero ya es un espacio desde donde me puedo mover libremente.

La presente entrada es un tema que todavía no domino en la práctica pero me veo motivada a compartir desde ahora. Para entenderlo un poco mejor pero también para recordármelo a mí misma. Porque cuando ya publiqué sobre algo, se vuelve más real de cierta forma para mí.

En ese sentido, te invito a ser testigo de lo que suceda, quizá notes que está siendo un texto distinto a los que normalmente escribo.

Uno

Me cuesta mucho trabajo hacer las cosas lentamente.

Es como si me moviera entre dos extremos: hacer todo con un frenesí alocado en pos de una eficiencia que siento como un mandato irrefutable, o quedarme estancada, aferrada casi al lugar donde estoy, donde quizá pasan cosas tras bambalinas pero externamente no se ve que se mueva nada.

El año pasado fue para mí un tiempo en el que me acerqué mucho más a aprender a llevármela lento.

A inicios de año, estaba creando un proyecto y sentía una gran urgencia por terminarlo. Sentía que si no lo acababa antes de julio-agosto, más o menos, algo malo iba a pasar.

Como que se me iba a ir la idea, a pesar de que ya la había escrito y ya le había dado la bienvenida.

El resultado fue que me presioné a mí misma. Me forcé a trabajar cuando no tenía ganas, en nombre de una “disciplina” mal comprendida (¿te ha pasado con los idiomas?).

Cada vez que me sentaba a escribir, tenía una sensación muy fuerte de prisa (que nadie más que yo creaba y reforzaba) y quería hacerlo todo rápido.

Quería aprovechar al máximo el tiempo y escribir millones de palabras por segundo. Cuando me cansaba, me obligaba a seguir “solo cinco minutos más” o “hasta terminar esta idea”.

De verdad creía que estaba haciendo lo correcto, que así era como las grandes obras se creaban.

Y puede ser que a algunas personas les funcione, no estoy diciendo que no.

Pero para mí fue contraproducente.  

Yo no funciono así y mi cuerpo me lo cobró: a la mitad de este frenesí, un dia de lluvia me caí en un hoyo.

Independientemente de si estás de acuerdo o no con estas ideas de que los síntomas o las enfermedades son metáforas de lo que está pasando en nuestra vida, o una forma de comunicación de nuestro ser hacia nuestros necios egos, para mí fue muy claro.

Me esguincé el tobillo y me vi forzada a caminar lento. En cuanto acompañé a mi hermano al aeropuerto un día después y había que correr para alcanzar la hora del registro y yo tenía que ir despacio, más despacio, dolorosamente despacio, tuve la revelación:

este es el mensaje de que voy muy rápido

Y aun si no lo es, decido tomarlo como tal y aprender la lección.

Dos

En ese momento dejé de lado mi proyecto. Me gustaría decir que fue desde un lugar de comprensión profunda de la vida pero más bien fue desde el berrinche de Nada de lo que intento me sale bien, y desde el miedo a que me volviera a pasar algo o que me enfermara.

Me prometí que descansaría un mes o dos, y después lo retomaría, pero simplemente ya no podía. Me acercaba al proyecto y sentía mucho rechazo desde mi cuerpo. Y ya no quería forzarme, ya no le veía ningún sentido.

Entonces lo dejé ir, confiando en que en algún momento iba a sentir que era el momento de retomarlo, y si nunca lo sentía, entonces significaba que la misión de ese proyecto en mi vida no era que yo lo trajera al mundo, sino solo enseñarme que forzarme a ir más rápido y negar mis necesidades de descanso no me llevaban a nada bueno.

Ahora que ya pasaron más o menos ¾ de año desde que pasó eso, por fin estoy sintiendo que es momento de retomar el proyecto, así como de escribir otras cosas.

Tres

He estado pensando mucho en esto de la forzación. Hasta escribí una entrada sobre ello, y creo que ya estoy llegando a una comprensión mucho más clara de cuáles son los patrones que me hacen ponerme a trabajar a marchas forzadas.

No ha sido fácil porque es algo que la cultura no sólo promueve sino que premia.

“Si no duele no sirve”, “todos tenemos 24 horas en el día” y frases parecidas nos han lavado el cerebro y nos han convencido de que si escuchamos a nuestros cuerpos cuando nos dicen que tenemos que descansar (o si admitimos que solo podemos hacer algo durante 15 minutos al día antes de agotarnos) nos vamos a meter en problemas y no vamos a lograr lo que queremos.

La verdad es que en cierto sentido fue un golpe al ego darme cuenta de que yo también caí en eso.

Creía que ya lo tenía “superado” porque ya había pensado mucho en torno a cómo nos violentamos a nosotras/os mismas/os en un afán de obtener lo que queremos o lo que nos han convencido de que será bueno para nosotras/os.

Pero siempre hay puntos ciegos que podemos seguir descubriendo con nuestra experiencia, y es mucho mejor eso que ir por la vida creyendo que ya lo tenemos todo resuelto.

Eso también aprendí.

Cuatro

Como dije, ahora quiero retomar mis proyectos. Casi todos tienen que ver con escribir.

Me he enfrentado en el pasado a la sensación de que si solo escribo x palabras en un día nunca voy a acabar.

El futuro de mi texto da una especie de vértigo y eso hace que prefiera no escribir nada, mintiéndome a mí misma y diciéndome que voy a encontrar no solo un momento sino también la energía con los que pueda escribir 4 horas al día todos los días y acabar rápido.

Pero no es verdad, y no funciono así.

La única forma en la que he visto que se pueden hacer los proyectos es como la trilladísima gota en la piedra. Poco a poco. Día a día.

A mí me ha ganado la impaciencia muchas veces. Y también un poco la falta de fe. No en mí necesariamente, sino que muchas veces, por mi historia de vida, me ha pasado que llego con mucha ilusión a una [tarea] y algo sale mal muy mal, tan mal que lo tengo que abandonar.

Cinco

Estoy segura de que no soy la única persona a la que esto le pasa. Lo veo todo el tiempo en las personas que conozco que están haciendo su tesis, por ejemplo.

Me dicen que llevan años sin avanzar porque no tienen tiempo. Que les gustaría dedicarle dos horas al día a redactar o a investigar. Pero que están muy ocupados.

Cuando les pregunto si podrían encontrar 20 minutos al día, me dicen que sí, pero que así nunca van a terminar.

Yo los entiendo, y les digo (y me digo a mí misma) que en todos estos meses (y a veces hasta años) que llevan esperando que dos horas al día les caigan del cielo, ya habrían terminado si le dedicaran 20 minutos al día.

Lo mismo con la gente que quiere encontrar 10 horas a la semana para aprender un idioma.

No lo digo para hacerlos sentir culpables —como dije, es una trampa en la que también caigo muy seguido—, sino para escucharme a mí misma y ver si se puede grabar en mi ser.

Seis

Algo que me ayudó mucho fue una cita de Anaïs Nin (que Karen compartió conmigo antes de que me obsesionara, como ahora, con Anaïs) que dice, en escencia, que la mayoría de las personas adquirimos la verdad fragmento por fragmento, como un detallado mosaico.

Y mira que ella sabe de lo que habla porque escribió MUCHÍSIMO a lo largo de su vida, entre sus diarios, sus novelas, sus ensayos y sus poemas.

He decidido que, ahora, voy a ver todo lo que quiero hacer como un mosaico.

De hecho, hay cosas que siento que quieren ser llevadas a cabo así. No sé muy bien cómo explicarlo, pero esa sensación me da.

Cuando te acercas mucho a un mosaico, lo único que ves son pequeños cuadritos de colores, uno al lado del otro, sin mucho sentido. Pero después de un tiempo de haberlos puesto uno por uno, te alejas y lo que ves te deja sin palabras: una imagen hermosa, que construiste tú misma/o, día a día, con mucha paciencia y constancia, con mucha fe y llevándotela tan lento como tu cuerpo te lo pidiera.

Eso quiero hacer y recordar este año. Espero estar lista para recibir esa lección. Me gustaría muchísimo que fuera como me acerco ya por default a los proyectos.

Quizá esa sea el secreto, o la única forma de hacer cosas a largo plazo.

Si no lo es, de cualquier forma prefiero intentarlo así. Siento que hay mucho más espacio.  

¿Qué opinas?

Mujeres políglotas

Hice una divertídisima investigación de varias semanas para realizar una lista de mujeres que han hablado varias lenguas a lo largo de la historia.

Obviamente, no es ni la milésima parte de todas las que han existido, sino que hice una selección muy personal de algunas mujeres que me han llamado la atención por algo que me reflejan o que me resuena personalmente, o que me resultó increíble no haber sabido antes.

Espero que descubras algo que no conocías.

(No están en ningún orden en específico).

En el apartado de “Lenguas:”, me refiero a las que estudiaron, conocen, hablan, dominan, pueden leer, o una mezcla de las anteriores.

1. Reina Victoria de Inglaterra

Nació en 1819 y murió en 1901, es decir, vivió casi todo el siglo XIX.

Por qué la elegí:
Porque vi la película
Victoria & Abdul (corre a verla) y me obsesioné, pues no podía creer que yo no supiera que sobrevivieron 13 volúmenes de los diarios de la reina escritos en urdu, que es la versión del hindustaní que se escribe con el alfabeto árabe, lengua que estudió durante 13 años.

Trece. Años.

Shrabani Basu, la autora del libro en el que está basada la película de la que hablo, tradujo los diarios. No solo los hechos que narra la película son fascinantes, sino la historia del libro de Basu en sí y de los diarios de su maestro de urdu, el famoso Munshi (los cuales no se conocían cuando ese libro fue publicado, en el 2011).

Que no te extrañe si escribo una entrada solamente de esto próximamente.

Lenguas:
inglés, alemán, francés, italiano, latín y urdu.

Algo más que debes saber sobre ella:
Cuando decidió estudiar urdu tenía casi 70 años. Cada vez que te sientas demasiado mayor para empezar a aprender una lengua, di “Victoria Regina” tres veces, como un mantra, y se te pasará.

2. Aung San Suu Kyi

Nació en 1945 y sigue vivita y coleando en su país natal, Burma / Birmania / Myanmar.

Por qué la elegí:
Porque si hay algo que me admira en la vida son las personas que luchan por los derechos humanos de los demás, sobre todo cuando no la han tenido fácil.

Suu Kyi ganó el premio Nobel de la Paz en 1991 mientras estaba confinada por arresto domiciliario, durante el cual no podía ver a su esposo (quien murió de cáncer sin que ella pudiera estar con él) ni a sus hijos. En esos momentos se ponía a practicar idiomas, meditaba y tocaba el piano.

Lenguas:
Birmano, inglés, japonés y francés.

Algo más que debes saber sobre ella:
Hay una película del 2011 sobre su vida hasta ese momento, donde puedes ver lo admirable de su lucha pacífica. Actualmente tiene varios cargos en el gobierno de su país.

3. Lomb Kató / Kató Lomb

Vivió de 1909-2003, casi todo el siglo XX. Nació en Hungría y viajó mucho por el mundo.

Por qué la elegí:
Porque le dedicaba muchísimo tiempo a estudiar y conocer las lenguas que aprendió de manera autodidacta, y aunque estudió formalmente física y química, vivía de los idiomas que sabía al interpretarlos o traducirlos.

Además, porque escribió libros compartiendo su amor por las lenguas y la interpretación, así como lo que aprendía gracias a esas actividades. 

Lenguas:
De 17 a 28, según a quién le preguntes.

Su lengua materna era el húngaro. Ruso, alemán, inglés, francés eran aquellas que podía interpretar. Hablaba español, italiano, japonés, chino y polaco. Podía leer sueco, noruego, rumano, portugués, holandés, búlgaro y checo. Llegó a decir que ganaba dinero, además de algunas lenguas de las arriba mencionadas, con danés, hebreo, latín, eslovaco y ucraniano, y entendía algunas otras más que ya perdí de vista.

Algo más que debes saber sobre ella:
Fue una de las primeras intérpretes (en el sentido moderno de la palabra) y gracias a su trabajo como tal conoció al menos 40 países. Escribió cuatro libros sobre sus métodos de aprendizaje y sus experiencias al viajar.

4. Maya Angelou

Nació en Estados Unidos en 1928 y murió en el 2014.

Por qué la elegí:
Siempre que leo acerca de Maya, me da la sensación de que vivió muchas vidas en una, siendo además una escritora prolífica.

Fue una mujer que sufrió, escribió y vivió y, a juzgar por sus propias palabras en algunas entrevistas que le hicieron, disfrutaba la vida de una manera en la que pocas personas llegan a hacerlo.

No he leído muchos de sus textos pero los poemas que conozco me gustan bastante, y fue la primera mujer negra en hacer muchas cosas, incluyendo ganar algunos premios específicos por su obra literaria.

Lenguas:
Al menos 6: inglés (su lengua materna), francés, español, hebreo, italiano y fanti, un dialecto de la lengua akan, que se habla en Ghana.

Viajó a varios países en las giras que hacía con sus compañías de danza y teatro. Vivió algunos años en Egipto y Ghana, y le gustaba aprender las lenguas de los países en los que estaba, aun si lo hacía solo con un diccionario. También podía cantar en griego y en algunos lugares dice que estudió algo de serbo-croata y árabe*.

Algo más que debes saber sobre ella:
Era amiga de Martin Luther King Jr, a quien asesinaron el día del cumpleaños de ella. Grabó un disco de música y además creó un documental de 10 episodios sobre la influencia de los afroamericanos en Estados Unidos. Tuvo un hijo a los 16 años y estuvo en un montón de trabajos para mantenerlo. Nunca fue a la universidad a estudiar formalmente, pero recibió más de un doctorado honoris causa.


5. Elif Şafak / Elif Shafak

Nació en Francia de padres turcos en 1971 y vive actualmente en Londres.

Por qué la elegí:
Porque es una de las escritoras más interesantes de las que he tenido noticia, y cada que la leo o la oigo hablar me deja pensando mucho en cosas que siento que son muy importantes. Por su mezcla poco común de culturas, lenguas e ideas. Y porque comparto cumpleaños con ella 🙂

Lenguas:
Según
esta página, turco, inglés, francés, español, árabe y alemán.

Su madre se hizo diplomática cuando ella era niña y viajó por muchos países desde joven.

Por más que googleé, no encontré referencias fidedignas de las últimas dos, aunque sí lo hice de que vivió un tiempo en Jordania, donde se habla árabe, y de que ha visitado Berlín. 

De lo que no nos queda duda alguna es que escribe libros tanto en turco como en inglés, lengua que aprendió posteriormente con mucha conciencia de lo que hacía.  

Algo más que debes saber sobre ella:
Está muy bien “saber” datos sobre esta autora, pero realmente hay que leerla.

Ha escrito 15 libros, de los cuales 10 son novelas. Tiene muchas ideas muy poéticas y hermosas sobre el lenguaje, los idiomas, la diversidad, el multiculturalismo y la escritura.

Puedes empezar con sus dos charlas TED. Y te recomiendo leer todas las entrevistas que encuentres.

6. Nombre desconocido / (doña) Marina / Malintzin / Malinche

Vivió en México en el siglo XVI (c.1502 – c.1529), justo en la época de la Conquista española. 

Por qué la elegí:
Porque es una de las primeras mujeres políglotas, si no es que la única, que nos enseñan en la escuela aquí en México, y porque es un personaje muy controvertido y poco comprendido, en general. (Si me preguntas mi opinión, no, no fue una traidora).

Lenguas:
náhuatl en varios registros, maya chontal, maya yucateco, español castellano.

Antes de la llegada de Hernán Cortés a México, Jerónimo de Aguilar llevaba varios años viviendo con los mayas, (lee parte de su historia aquí), lo que hizo que aprendiera la lengua maya. Malintzin nació en Coatzacoalcos, lo que ahora es Veracruz, y hablaba náhuatl (su lengua materna).

Tras ser entregada (a una temprana edad) como esclava a una comunidad en Tabasco, aprendió maya chontal y un poco de maya yucateco. Tiempo después, Cortés llegó a Tabasco, ya habiendo “rescatado” a Jerónimo de Aguilar, y por un cuestiones políticas les regalaron 20 mujeres a él y a sus hombres, mismas que fueron con ellos durante sus avances hacia el interior del país en sus búsquedas de riquezas y poder.

Cuando abandonaron la zona donde se hablaba maya y entraron a la región donde se hablaba náhuatl, las habilidades lingüísticas de De Aguilar no servían y Malintzin decidió hacerles saber que ella sí comprendía, traduciendo de esta lengua al maya.

Por lo tanto, se comunicaba con Jerónimo, quien traducía del maya al español para Cortés y entonces todos se comprendían, más o menos, hasta que ella aprendió la lengua europea y pudo comunicarse sin intermediarios con los españoles.

Algo más que debes saber sobre ella:
El nombre de Malintzin, contrario a lo que se cree, no era su nombre original; de hecho, ese apelativo viene de Marina, el nombre con el que la bautizaron los españoles (porque en el náhuatl no existe el sonido “r” y se interpreta como “l”= Marina > Malina > Malintzin).

Se desconoce cuál era su nombre original, o si lo tenía incluso, debido a la configuración, en esa época, de la sociedad en la que nació. Parece que hemos vivido engañados.


Investigar sobre estas mujeres le dio mucha alegría a mi vida.

Mi deseo es haber podido contagiarte un poco de ella y de curiosidad para que leas a Maya y a Elif;

para que investigues sobre la Conquista no solo de México sino de América (seas de donde seas, pero sobre todo si eres de un país conquistador) desde una perspectiva distinta a la que nos enseñan en la escuela;

que te intrigue saber más sobre la larga vida de Victoria y cómo rayos fue que aprendió una lengua tan distante a ella;

que te pongas en el lugar de Aung San mientras estudiaba lenguas aunque no tenía con quién practicarlas porque estaba encerrada en su propia casa;

y que intentes imaginar qué se sentía vivir de, por y para las palabras y las lenguas como Kató.

Si logré aunque fuera algo de eso, mi objetivo fue cumplido y por ahora no tengo más que decir.

En los comentarios, te invito a compartir a) qué te sorprendió mientras leías esto y b) nombres de mujeres políglotas de las que tú sepas.

(Y si cometí un error garrafal en algo de lo que puse arriba, corrígeme con amabilidad).


Notas:

*Si buscas en algunos otros lugares, encontrarás que Maya Angelou hablaba árabe, lo cual tendría sentido dado que vivió un tiempo en El Cairo, Egipto, donde se habla esta lengua.

Sin embargo, decidí creerle a este artículo de The Atlantic en torno a que hablaba hebreo porque se ve muy legítima la lista que la autora del mismo publicó al escribir su reportaje sobre la entrevista que le hizo.

Pero por más que busqué no encontré referencias mucho más certeras. Si tienes información fidedigna al respecto (o eres especialista en Maya Angelou), por favor compártela conmigo.

Fuentes:

TOWNSEND, Camilla. Malintzin: Una Mujer Indígena en la Conquista de México, (2006 / 2015 en español). 

(Libro ALTAMENTE recomendado si te interesa el tema. Fue de donde saqué toda la información sobre Malintzin [porque, si soy sincera, no sabía NADA de ella]).

Páginas web:

Mujeres en la historia (Recomendada)
Wikipedia
Tandem
Living Language
Create Your Worldbook
History Extra 
BBC News

Mi lista de lectura del reto para el 2018

El otro día encontré, sin buscarlo, un reto de lectura para este año de la sorprendente página Librópatas, la cual no tenía el gusto de conocer.

Empecé a leer los 24 puntos que proponen y me emocioné muchísimo. Después, no podía dejar de pensar en ello.

Luego dije, bueno, sólo haré la lista, no creo leer ningún libro de ella. Pero mientras la hacía me iba dando cuenta de que quería leerlos prácticamente todos, y mucho.

Al final me terminé obsesionando y me puse a investigar como loca para crear mi lista de lectura. Y cuando la tenía… lista, casi lloro de lo hermosa que era y quise compartirla.

(Además de que no he podido hablar de otra cosa; ya traigo mareada a la gente cercana a mí).

He aquí mi lista #Retópata18 del reto de lectura de Librópatas para este año.

Róbatela, úsala como inspiración, hazle lo que quieras excepto ignorarla. (Es broma). (Sabes que no).

Notas:

  • No sé si voy a leer todos los libros. En ese sentido, no “entré” al reto. No estoy comprometida, pues. Pero en una de esas sí lo logro.
  • Sí estoy decidida a leer algunos libros, pero no en orden. Empezaré por los que ya tengo en mi haber o los que son muy fáciles de encontrar en pdf (sobre todo porque fueron editados hace mucho tiempo).
  • Si comienzo a leer alguno y no me gusta o me aburre o me distraigo, no me forzaré a leerlo. La vida es demasiado corta como para leer un libro que no me resuena.
  • Puede que mi investigación esté un poco… mal hecha. La hice medio de prisa, en Google y en mis tiempos libres. Tampoco me quise poner tan estricta, por lo que probablemente notes que algunos libros no encajan al 100% en su categoría. Sin embargo, si notas un error atroz, por favor corrígeme en los comentarios de esta entrada.
  • Me compliqué la vida un poco más y decidí que todos los libros tenían que estar escritos por mujeres.
  • Más o menos la mitad son libros de autoras que en mi vida había escuchado, así es que no tengo idea de si me vayan a gustar, o si alguien que sepa mucho de literatura y el famoso canon los consideraría “buenos”. Eso está por verse conforme los lea. De todos modos, no estoy tan casada con el canon. (Ya pasé esa etapa).

Sin mayor preámbulo, he aquí los 24 libros que elegí:

  1. Novela epistolar: Lady Susan de Jane Austen
  2. Poesía de alguien que nació en la Ciudad de México: Poesía no eres tú, de Rosario Castellanos
  3. Novela ambientada en Grecia: La curandera de Atenas, de Isabel Martín
  4. Novela que transcurre en Navidad: Silent Night, de Mary Higgins Clark.
  5. Libro en el que esté basada una película que ya vi: Victoria & Abdul: The True Story of the Queen’s Closest Confidant, de Shrabani Basu
  6. Novela clásica de detectives: The golden slipper, de  Anne Katharine Green
  7. Novela río: Homegoing, de Yaa Gyasi
  8. Literatura árabe contemporánea: Farewell, Damascus, de Ghada Samman
  9. Con fantasma: Beloved, de Toni Morrison. [Este libro lo intenté leer en inglés, su original, hace no mucho y entré en pánico por el tipo de lenguaje que usa. Quiero hacer una lectura simultánea con la versión traducida al español].
  10. Ensayo científico: Woman: An Intimate Geography, de Natalie Angier
  11. Obra de teatro: Las voces de Penélope, de Itziar Pascual
  12. Libro escrito por una persona famosa en un ámbito distinto a la literatura: Everything to live for, de Turia Pitt
  13. Antigüedad clásica: Poesía de Safo
  14. Ganadora del premio Cervantes: Algunos muchachos, de Ana María Matute
  15. Libro con un triángulo amoroso: Henry and June, de Anaïs Nin
  16. Autora latinoamericana publicada en el 2017: Dicen de mí, de Gabriela Wiener
  17. Novela que originalmente haya sido por entregas: La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe
  18. Libro LGBTIQ: The Color Purple, de Alice Walker
  19. Libro recomendado por un desconocido: AYÚDAME* (Edit: una lectora llamada Nuria me recomendó Mutant Message Down Under de Marlo Morgan, ¡GRACIAS!)
  20. Novela situada en Moscú: Bequest, de Anna Schevchenko
  21. Cómic de la guerra: Persépolis, de Marjane Satrapi
  22. Libro publicado en 1890: Una cristiana, de Emilia Pardo Bazán
  23. Testimonio histórico: Voces de Chernobyl – Svetlana Alexievich
  24. Óscar al mejor guión adaptado: The Little Foxes – Lillian Hellman

* Para el punto 19 necesito que me recomiendes un libro. Lo único que te pido es que esté escrito por una mujer, sea un libro que te guste mucho, y no sea de una autora que ya está en la lista ni que el título se repita en mi página de Libros que me encantan. YA ESTÁ LISTA LA LISTA, pero si lees esto y quieres recomendarme un libro, no te detengas. 🙂

Y para fines prácticos, cuentas como desconocida/o aun si te ubico por tu nombre y tu correo debido a que ya has comentado en el blog con anterioridad. No dejes que eso te intimide.

Si entras al reto, ¡avísame! Nada me gustaría más que ayudarte a conseguir lecturas o darte ideas sobre qué leer.

Gracias de antemano por tus recomendaciones; y ya te iré contando qué hago con los libros.


He aquí la lista original, copiada y pegada de la página oficial:

“¡Aquí están los 24 puntos a cumplir!

  1. Una novela epistolar o una recopilación de cartas.
  2. Un libro de poesía de un autor de tu región.
  3. Un libro ambientado en un país cuya inicial coincida con la de tu nombre (si tu nombre empieza por O, Q, X o alguna otra letra con la que no haya muchos países, te dejamos que escojas la inicial de tu apellido).
  4. Un libro que transcurra en Navidad.
  5. Un libro en el que se haya basado una película que ya viste.
  6. Una novela clásica de detectives.
  7. Una novela río.
  8. Un libro contemporáneo escrito originalmente en árabe.
  9. Un libro en el que aparezcan fantasmas.
  10. Un ensayo sobre un tema científico.
  11. Una obra de teatro.
  12. Un libro escrito por alguien famoso en otro ámbito (diferente de la literatura).
  13. Un libro de la antigüedad clásica.
  14. Un libro de un autor que haya ganado el premio Cervantes.
  15. Un libro en el que haya un triángulo amoroso.
  16. Un libro de una autora latinoamericana publicado en el último año.
  17. Una novela publicada originariamente por entregas.
  18. Una novela LGTBIQ.
  19. Un libro que te recomiende un desconocido.
  20. Un libro ambientado en una ciudad que esté a más de 10.000 km de distancia de la tuya.
  21. Un cómic sobre la guerra.
  22. Un libro publicado 100 años antes de tu nacimiento.
  23. Un testimonio histórico (un libro de tema histórico, pero publicado en un momento cercano al episodio que trata).
  24. Un libro cuya adaptación al cine se llevó el Óscar al mejor guión adaptado.”