Dos lecciones salseras para los idiomas y la vida

Llevo poco más de un año yendo a clases de salsa.

(Más específicamente, salsa on one) (por si quieres buscar videos).

Era uno de mis sueños más anhelados; hasta llegué a escribir aquí hace algunos años que quería hacerlo.

Un buen día de febrero, un amigo me dijo que había un lugar bueno, bonito y barato cerca de mi casa y que a él le gustaba mucho, que intentara ir.

Entonces fui y algo se acomodó dentro de mí y ahora no puedo dejar de ir.

LITERAL.

En todo este tiempo, he notado y entendido un montón de cosas que se pueden aplicar a cualquier tipo de aprendizaje. Obviamente, eso incluye al aprendizaje de idiomas.

Lecciones aprendidas:

  1. “Si solo sigo yendo, no puedo no seguir aprendiendo”.

Soy una de las personas más impacientes que conozco. Quiero que las cosas se den ya, y bien a la primera.

Pero la vida no es así. Nonono.

Donde tomo clases hay nueve niveles. Puedes ver todos al mismo tiempo. Cuando llevaba como un mes de clases y no estaba avanzando tan rápido como según yo me hubiera gustado (un parámetro totalmente arbitrario, por cierto), me empecé a desesperar.

Quería avanzar más rápido pero las cosas simplemente llevan el tiempo que necesitan llevar. No se puede forzar el aprendizaje.

Estuve a punto de abandonar las clases varias veces por esa misma desesperación y porque #perfeccionismo pero me detuve a mí misma y me dije:

Esto no se aprende en un día. Es un proceso. Que lleva tiempo. Los procesos se dan a lo largo de las semanas, los meses y los años. La única forma de permitir que el proceso se lleve a cabo es evitar que se interrumpa.

Por lo tanto, la clave es seguir viniendo y confiar en el proceso. Si no dejo de venir, va a ser inevitable aprender. Solo va a suceder, haga lo que haga. Necesito dejarme llevar y confiar.

(Easier said than done, I know!).

Y entonces escribí en un lugar donde lo podía ver frecuentemente: “Si solo sigo yendo, no puedo no seguir aprendiendo”.

Como por arte de magia, dejé de sentir esa prisa interna y la desesperación.

Sé que muchos aprendices de idiomas, sobre todo adultos que intentan adquirir el inglés por enésima vez, sienten esta misma prisa, esta sensación de que deberían reponer el tiempo “perdido”.

Si tienes un buen método, y si ya por fin encontraste un momento en tus semanas para rodearte de la lengua en cuestión, el siguiente paso es confiar en el proceso y seguir “yendo”.

El aprendizaje va a suceder. Lo que te está haciendo ruido es tu mente. Pero la buena noticia es que le puedes decir: “Gracias por tu opinión, pero te voy a dejar de poner atención”.

Nota: Si tu método es malo o no te gusta o no te funciona, quizá esto no aplica tanto. Esta lección probablemente le sea más útil a las personas, como yo, a las que les cuesta confiar en los procesos y en que las cosas llevan tiempo. Toma lo que te sirva y deja el resto 🙂

2. Algunos días van a ser mejores que otros y está bien

Aunque amo ir a mis clases y cuando dejo de ir por un par de semanas me empiezo a sentir mal hasta físicamente, hay días en que no me siento tan feliz de haber ido.

Algunas clases son increíblesnoinventeslomáximo pero otras solo son… clases.

A veces he ido con dolor de estómago, con tos, con cansancio extremo (nivel: me he tenido que ir a la mitad).

Una vez un [hombre] me dijo algo que me generó mucho enojo y como no pude defenderme porque estoy programada, al igual que el 98% de las mujeres, a solo sonreír y no buscar conflictos, mucho menos con los hombres, me enfermé de la garganta.

Pensé en dejar ir porque se había hecho un trauma en mi cuerpo (además de que me duró como dos semanas la gripa) pero después dije, no le voy a dar tanto poder a un #”$%!” y no voy a dejar que me arruine mi alegría.

Otras veces ha habido clases super aburridas en las que sentí que no aprendí nada.

Pero, por el contrario, ha habido momentos de mucha pero mucha felicidad, de placer genuino, de risas, de conexión dancística y de conocer gente bonita.

Ha sido toda una prueba para mi resiliencia y mi capacidad de adaptación (la cual, lo admito, no suele ser mi fuerte).

Pero he seguido yendo porque ver arriba. Y ha valido la pena.

Lo que he notado es que solemos detenernos a la mitad de un proceso cuando hay una situación desagradable. Es decir, tiramos la toalla al primer “día feo”.

Esto tiene todo el sentido del mundo, y mentiría si dijera que yo no he abandonado algunos proyectos o cursos por eventos dolorosos.

Nuestro organismo nos quiere proteger de lo que nos puede generar daño, y asociamos una sensación desagradable o sentirnos “mal” con un potencial riesgo. Obviamente lo queremos evitar.

Pero, en ocasiones, le damos demasiado poder a un evento negativo. Borramos de nuestra memoria todos los momentos buenos o neutrales y la totalidad de nuestro proyecto se tiñe del único momento desagradable que hubo.

Ayuda mucho ponerlo en perspectiva y decir:

Este momento desagradable fue solo uno de tantos momentos, tanto agradables como feos, que va a haber.

No necesito darle tanta importancia. No significa que siempre va a ser así. No significa que estoy en peligro.

(A menos que realmente lo estés, en cuyo caso tú sabrás mejor dadas tus circunstancias específicas).

Puedo lidiar con la incomodidad. Las sensaciones incómodas en mi cuerpo solo son eso; no tengo por qué añadirles un significado apocalíptico que no tienen.

Algunos días son mejores que otros y está bien. No significa nada malo sobre ti ni sobre el mundo.

Salsa = terapia

He aprendido y me he dado cuenta de infinidad de cosas sobre mí y el mundo (sobre todo de las relaciones entre hombres y mujeres) gracias a la salsa.

Siempre digo que es como otra terapia para mí.

Podría escribir más lecciones de este tipo pero por hoy estas dos están bien. 🙂

¿Qué opinas?

¿Algo “totalmente” no relacionado con los idiomas te ha dado pistas o claves sobre cómo mejorar tu aprendizaje o tu acercamiento a las lenguas?

O: ¿qué lecciones puedes extrapolar de alguna actividad que lleves a cabo (pintar con acuarelas, meditar, o incluso tu trabajo del día)?

Hagamos un compendio fabuloso en los comentarios. :3

No es tu culpa o: Querer no siempre es poder

Voy a escribir de algo controversial.

No porque ame la controversia (soy de esas personas que preferirían que el conflicto no existiera) sino porque es importante y porque el silencio al respecto perjudica más de lo que ayuda.

Se trata de esto:

Aprendí idiomas gracias a mis privilegios.

Sí, soy muy buena con el lenguaje y lo amo, pero eso no fue lo que más me ayudó.

Lo que más ha contribuido a que domine el inglés, pueda platicar en francés, entienda algo de alemán y sepa qué dice el latín es que mi vida ha sido mucho más fácil que la de la mayoría de la población mundial.

Decir esto no resulta sencillo porque vivimos en una sociedad en la que se glorifica el sufrimiento.

Pero es necesario, es muy importante.

Si esto no tiene mucho sentido para ti aún, voy a explicarlo de otra forma:

Es más probable que una persona llegue a los 20 años teniendo un buen nivel de inglés si sus padres tienen formación universitaria y ellos mismos saben algo de esa lengua y le enseñaron palabras sueltas desde que era bebé y le pudieron pagar una escuela bilingüe y viajes al extranjero.

Es más probable que puedas meterte a estudiar alemán en la universidad si solo estás estudiando (y no también teniendo que trabajar para pagar tus estudios).

Es más probable que tengas más tiempo para repasar tus lecciones de un idioma si no tienes que dedicarle varias horas al día a ir a buscar agua, preparar comida, limpiar tu casa y cuidar a otras personas (porque nadie más lo va a hacer), además de trabajar.

Es más probable que aprendas otra lengua si la zona en la que vives sea un lugar donde te sientes con relativa seguridad a que si hay mucha violencia y no puedes relajarte por temor (pavor) a que pase algo que amenace tu integridad física o psicológica.

Es más probable que estudies un idioma si no estás en una relación tóxica de esas de las que no te puedes zafar.

Es más probable que te arriesgues a hablar con extraños para practicar si no tienes miedo que te discriminen por tu orientación o identidad sexual o de género.

Es más probable que estudies otro idioma si tu país no está en crisis o en guerra o con alguna especie de caos político.

Es más probable que le puedas dedicar el tiempo necesario a una lengua si no estás deprimido, o si no estás teniendo ataques de pánico o si no tienes algún otro desafío de salud mental.

Es más probable que puedas memorizar palabras y frases si vives cerca de tu trabajo (vs hacer 4 horas al día de trayecto, como mucha gente que conozco).

Es más probable que hagas cualquier cosa que podría acelerar tu aprendizaje de una lengua si no tienes miedo de que te juzguen por el tamaño o apariencia de tu cuerpo, por tu color de piel o por tu nivel sociocultural.

Es más probable que puedas pagar clases particulares o de cualquier tipo si ganas más que el salario mínimo.

Es más probable que hables y escribas una lengua con fluidez si no tienes ningún tipo de discapacidad física o intelectual.

Y la lista podría seguir hasta el fin de los tiempos.

Si no has podido aprender una lengua a pesar de haberlo intentado decenas de veces, muy probablemente no sea tu culpa, sino la de un montón de factores, la mayoría sociales, que te lo han impedido.

Voy a decirlo otra vez pero quiero que mientras lo lees dejes que te entre cada palabra en lo más profundo de tu ser:

NO

ES

TU

CULPA.

No eres floja.

No eres indisciplinado.

No eres tonta ni “malo” para los idiomas.

El “secreto del éxito” no es más esfuerzo, ni más ganas, ni más decisión ni más autoabuso.

Claro que la dedicación ayuda, no estoy diciendo que no.

Claro que hay decenas de ejemplos de personas que lograron aprender lenguas (o lograr cualquier cosa) contra todo pronóstico y en situaciones adversas.

Y qué bueno, de verdad me da mucho gusto que eso exista y te felicito si ese ha sido tu caso.

Solo ten en cuenta que no es la norma.

Lo común es que mientras más cuestiones de este tipo tengas, más difícil te van a resultar muchas cosas. Y aprender otro idioma no es una excepción.

La vida es difícil para todas las personas. A todos nos pueden pasar cosas catastróficas en cualquier momento, nadie es inmune.

Pero hay elementos que hacen que tu vida sea más fácil por el simple hecho de haber nacido así.

Por ejemplo, si tu color de piel es blanco o más blanco que el del grueso de la población del lugar donde vives.

O si naciste en un país desarrollado o en una zona próspera (como una capital) en un país en vías de desarrollo.

Si no tienes ninguna discapacidad o enfermedad crónica.

Todo eso hace que tu vida sea más fácil y que tengas más espacio para aprender una, dos tres o cinco lenguas.

Esto podría explicar por qué muchas personas admiran tanto a quienes hablan más de una lengua o quienes tienen un nivel alto de inglés, por ejemplo. Porque necesitas muchas ventajas sociales para hacerlo.

Necesitas tener tus necesidades básicas cubiertas, necesitas TIEMPO, que en un mundo como este es un lujo. Necesitas una estabilidad emocional relativa.

Yo fui notando esto con el paso de los años.

Si lees mis posts de hace nueve años (ay), verás que tenía el discurso de Si quieres puedes. Si yo pude, tú puedes. 

Pero ahora que me jacto de ser una persona más consciente de lo que era antes, veo cuán ignorante yo era*, cuán equivocado es ese discurso y cuán prevalente sigue siendo.

*Ya lo estoy admitiendo yo,
no necesitas recalcármelo en
los comentarios, gracias. 

Pon atención y verás que muchas de las personas que usan ese discurso, no solo para los idiomas, sino que te venden ayuda para lograr cualquier cosa, tienden a ser más o menos iguales: hombres blancos heterosexuales de un país de primer mundo.

(Y si no, son mujeres blancas heterosexuales).

No estoy aquí para decirte que no los contrates o que no los leas.

Solo que cuestiones cuando te dicen “Si yo pude tú puedes” porque lo más seguro es que no tengan en cuenta que a veces no es cuestión de querer, sino de que te lo permitan todos los factores alrededor de tu vida y de tu voluntad de aprender o de hacer algo.

Y, sobre todo, que no te compares con ellos. (!)

Si no has encontrado el tiempo, el espacio emocional, o no has tenido la capacidad o siquiera la voluntad de aprender otra lengua, o si lo has intentado muchas veces pero no has podido, no es tu culpa.

No son defectos psicológicos o de carácter, como nos han hecho creer.

Son factores sociales, muchos de los cuales, si no es que todos, están fuera de tu control.

Esta realidad es muy dura.

No es que no se pueda hacer nada al respecto. Pero lo primero que hay que hacer es ser conscientes y nombrarlo.

Voy a escribir más sobre esto y sobre qué se puede hacer.

_____

Sé que muchas personas van a estar en desacuerdo conmigo.

Que van a comentar que estoy exagerando, que no es para tanto, que el que quiere puede.

Me van a contar historias de cómo su prima Pachita logró lo inconcebible y por lo tanto lo que digo no es verdad.

No busco que todo mundo esté de acuerdo conmigo. Escribo esto para quien necesita escucharlo.

Si sientes que algo se libera dentro de tu ser al leer esto, házmelo saber, porque eso significa que estas palabras son para ti.

Deja que la gente sufra

El otro día, estaba en la fila para tomar un camión y una chica se me acercó a preguntarme si era el que iba para X.

Noté que no era de aquí porque tenía un acento bastante evidente (aunque no logré descifrar de dónde era) pero hablaba un español muy bueno, no dudaba de las palabras que escogía para hablar y le funcionaba más que bien para comunicarse.

Mi primer impulso fue preguntarle de dónde era para ver si yo conocía su lengua materna y poder practicar con ella, o simplemente para ver si hablaba inglés. Lo típico que nos dan ganas de hacer con los extranjeros.

Pero me detuve porque ya lo he pensado y me estresa que la gente haga eso.

¿Por qué?, te preguntarás

Supongamos que tu lengua materna es el español y que has estado practicando y estudiando francés como si no hubiera mañana.

Un buen día vas a Francia como turista, o a tomar un curso de gastronomía, y hablas francés. Como te sale, con todo y acento, con todo y pausas y muletillas.

Y la gente lo nota y te pregunta de dónde eres. De [hispanohablantelandia], dices. ¡AH!, te contestan,

y se ponen

a hablar

en #$%&

español.

En ese momento, odias tu vida porque no fuiste a Francia a que los franceses practicaran su español. Estás ahí para practicar tu francés.

Y si hablan contigo en tu lengua no te están dejando practicar. Están siendo un poco egoístas…

Otro escenario

Supongamos que pasa lo mismo que en la situación de arriba excepto que la persona con la que estás conversando no habla español.

Tú estás intentando hablar francés y tiene la paciencia de escucharte aunque se desespere porque todavía no hablas tan rápido.

Te va corrigiendo de vez en cuando y de repente quieres decir un número (sí, es normal que a los estudiantes de lenguas nos cueste, en general, mucho trabajo decir rápido los números) y estás buscando en tu mente el recuerdo de tus primeras clases y haciendo tipo matemáticas mentales y en eso la persona te interrumpe: “Quatre-vingt dix!”

Tú la odias porque no te dejó acordarte pero sonríes porque hay que ser amables y hasta le das las gracias, pero en el fondo hubieras preferido que te dejara traer esa información de tu cerebro a tu lengua.

Otra historia

Un día estaba con unas amigas en un café en un lugar muy turístico de la ciudad y llegó una chica con un acento muy marcado (que sonaba como si su lengua materna fuera ruso o uno de esos idiomas) para hacernos un par de preguntas y pedirnos que le tomáramos una foto con un adorno que había en la pared.

Sabía muy poco español pero se veía que lo estaba intentando. He visto cómo muchos otros extranjeros ni siquiera lo intentan y te hablan en inglés aunque saben que no es la lengua oficial de México, por ejemplo, pero este no era el caso. 

Yo la estaba viendo con mucha atención para escuchar lo que decía y tener más probabilidades de entenderle y se veía que le estaba costando trabajo, por lo que una de mis amigas me dijo: Tú sabes inglés, ¿no? ¿Por qué no la ayudaste?

Le contesté que era porque si estaba aquí era probablemente porque quería practicar o aprender español.

Porque si ella quisiera hablar inglés o su lengua materna, hablaría inglés o su lengua materna, o preguntaría si alguien usa esos idiomas.

Porque hay que dejar que a la gente le cueste trabajo hablar tu lengua porque sólo así algún día los caminos neuronales en su cerebro se van a consolidar, a través de la práctica, hasta que algún día sean automáticos.

Porque si les hablamos en inglés o si les adivinamos las palabras o les soplamos las respuestas cuando no nos las piden, no les estamos ayudando.

Porque a menos que sea una situación de emergencia o de vida o muerte, no tiene ningún sentido apresurar la conversación de la persona que no domina la lengua, sobre todo si se ve feliz de que lo está logrando.

Porque muchas veces interrumpimos a alguien preguntándole de dónde es y qué lengua habla por nuestras razones, no por las suyas.

Piénsalo: la última vez que abordaste a un extranjero ¿fue por ayudarlo o fue por presumir que conoces su lengua? No tiene nada de malo, pero la honestidad es una cosa hermosa.

Porque queremos sentirnos como los héroes del día al “evitarle el sufrimiento” a la persona que está teniendo dificultades encontrando las palabras.

A menos que de verdad veas que están sufriendo (lo vas a ver en su cara), o te lo digan, o te pidan ayuda con señas o empiecen a gritar en otra lengua para ver si alguien puede entenderlos, deja que la gente “sufra”.

No seas ese nacional incómodo que impide que las personas que quieren aprender la lengua practiquen.

Si en tu escuela o trabajo o algún lugar que frecuentes seguido hay una persona de otro país o que hable otra lengua, con el paso del tiempo te enterarás de dónde es y qué lengua habla y cuánto tiempo piensa estar aquí. No necesita ser lo primero que le preguntes.

Si es alguien que te pide ayuda en la fila del camión, quizá puedas ahorrártelo. (Recuerda, es tu curiosidad lo que te está motivando, piensa en que la otra persona probablemente tiene que responder esa pregunta 34.5 veces en un día).

Si ves que una persona tiene acento al intentar hablar tu lengua, deja que se esfuerce, no le hables más fuerte de lo normal (!), usa palabras normales y sólo da información que crees que es útil si te pregunta.

Sé que no voy a poder cambiar este hábito tan arraigado que tenemos en muchos países de hacerle una fiesta extrema a las y los extranjeros (DE DÓNDE ERES QUÉ BIEN HABLAS QUÉ BONITOS OJOS SAL CONMIGO PARA QUE ME ENVIDIEN) pero sí puedo influir en ti para que pienses más en la otra persona y en lo incómodo que debe ser que no te dejen hablar en la lengua que estás intentando aprender y perfeccionar.

Además, qué triste es pensar que si no le tienes paciencia a las personas que están practicando tu lengua, no les estás dejando sentir la satisfacción de:

Wow, hoy tuve una conversación entera con una persona en la fila del camión sin que me preguntara de dónde soy, tal vez eso significa que ya me estoy pudiendo comunicar a un nivel de comunicación y no de persona que solo balbucea y nunca lo logrará.

¿No te gustaría sentir eso tú con las lenguas que has aprendido o estás estudiando?

Obviamente, tú tendrás el mejor juicio in situ y sabrás si es momento de adivinarle la palabra a la persona con la que estás o no, o si es una situación riesgosa y es importante comunicarse como sea y rápido.

Desde luego, no estoy hablando por todos los extranjeros del mundo. Habrá quien sí ame que le pregunten todo el tiempo de dónde es y que le hagan la gran fiesta del mundo por su acento o su color de piel. Hay de todo en la viña del señor. 

El único mensaje de este texto es:

Deja de lado tu ego y tus ganas de impresionar y si ves que alguien está haciendo un esfuerzo por practicar tu lengua, y sientes que necesitas salvarla(o) de su “sufrimiento”, no lo hagas.

Deja que lo intente. Deja que las palabras vengan a su mente. Deja de querer lucirte frente a ella o las personas que están alrededor.

Paradójicamente, vas a acabar dando una mejor impresión.

O al menos eso pienso yo.

¿Qué opinas?

Cómo perdí el miedo a hablar inglés

Durante varios años, no hablé inglés a pesar de que ya sabía inglés.

Si has estudiado (en mayor o menor medida) esta lengua toda tu vida, como muchas personas en países de habla hispana, seguramente entiendes a qué me refiero.

Tienes toda la gramática en la cabeza, entiendes lo que escuchas y lees, hasta encuentras errores en posts de Facebook escritos en ese idioma, pero no lo usas mucho que digamos para hablar-hablar.

Yo estuve así muchos años, hasta que me empecé a obsesionar con los blogs por ahí del 2010. Hasta creé uno, el que estás leyendo, hola.

Los que leía eran escritos por personas de Irlanda, Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Australia. Y aunque empecé leyendo a Benny, el políglota irlandés, poco a poco los links me comenzaron a llevar a páginas de coaches y gente por el estilo que ya no tenía nada que ver con los idiomas.

Algunos de ellos, en diferentes ocasiones, ofrecían sesiones gratuitas para que conocieras sus servicios, por ejemplo, o para que averiguaras si eras un buen match con su forma de trabajar.

Yo las tomaba porque de verdad me interesaba genuinamente eso. Y hablaba inglés como efecto secundario.

Las primeras veces me ponía super nerviosa y me daba cuenta de que no me entendían bien. Una vez, quise decir “medicamentos” y dije drugs porque en ciertos contextos así se dice, pero por una mezcla rara de sociolingüística y dialectología, acabé dando a entender que me drogaba, cosa que no hago ni me interesa.

Poco a poco, y a lo largo de todos estos años, he ido participando llamadas (casi todas por Skype) de infinidad de temas, individuales y grupales, en cursos, conferencias, webinars, y decenas de horas de interacciones con personas de habla inglesa, de muchos lugares del mundo.

Cuando menos me di cuenta, ya no me sentía nerviosa. Ya no me encontraba en situaciones vergonzosas. Ya hasta podía hacer bromas y la gente se reía.

Cuando eran llamadas grupales, empezaba a escuchar cómo decían “As Georgina said…”, y me llenaba de emoción y felicidad que otra persona no solo comprendiera mi mensaje sino que hiciera referencia a él.

Debo confesar que me hice adicta a esa sensación.

A poder decir:

yo
hablo
inglés

y la gente me entiende

siempre había soñado esto

Disculpa

Al principio, antes de empezar a hablar, decía —como para sentir que estaba evitando burlas o algo parecido—: “Perdón, es que el inglés no es mi lengua materna”.

Después vi que era totalmente innecesario, no porque hable como nativa (creo que me acerco mucho pero dudo que alguien pudiera confundirme con una estadounidense, por ejemplo) sino porque cuando no lo decía, nadie hacía ningún comentario al respecto del tipo: “¡Qué bien hablas!”.

(Eso se le suele decir a la gente cuando no habla bien, pero se ve que lo intenta mucho. ¿Lo has notado?).

Como no eran personas con las que estaba hablando para aprender inglés, sino con el fin de usar la lengua como medio de comunicación, no me corregían.

Seguramente te estarás preguntando cómo fui subsanando mis errores si no me hacían correcciones.

La respuesta:

si de algo me sirvió estudiar lingüística durante más de cuatro años, además de toda la experiencia que he acumulado al escribir este blog y hablar con sus lectores, fue para mejorar mi inglés con una minuciosidad deliciosa.

Yo misma iba usando mis propios métodos y mis conocimientos (sobre todo de fonética) para ajustar los detalles que veía que me faltaban.

Ahora, después de ocho años de hacer eso (y otras cosas más, como literal ponerme a practicar vocales), me siento profundamente confiada cuando tengo que hablar inglés.

Y, obviamente, como es un proceso que realmente nunca se termina, lo sigo haciendo.

¿Mi inglés es perfecto? No.

Ni siquiera mi español lo es. Y estoy bien con eso.

Aun así, busco todas las oportunidades que puedo (no solo en Internet, también en la vida real) para usar mi inglés, porque lo amo y porque me parece maravilloso cada vez.

Creo que es una sensación que nunca voy a dar por hecha en el sentido de decir, Ah sí, hablo inglés pero también duermo todos los días, como sea.

Es algo que me genera endorfinas cada vez que siquiera pienso en ello.

Esto no quiere decir que te vas a tardar ocho años en pasar del estado de “sé inglés pero no lo hablo tan bien” a “hablar inglés es parte inherente de mi vida y lo amo”. Yo no me tardé tanto, en realidad fue mucho menos.

Hay gente que pasa por este proceso en pocos meses cuando tiene gente que le corrija y le enseñe, por ejemplo. Hay gente que se va a vivir a un país de habla inglesa y en semanas lo logra.

Solo te estoy contando mi historia porque así fueron los hechos.

Entonces,

le perdí el miedo a hablar inglés…

Lanzándome a hablar antes de que me sintiera realmente lista.

Aprendiendo a tomarme un poco menos en serio.

Tomando oportunidades para practicar pero no necesariamente con esa finalidad.

Usando mis conocimientos de fonética y lingüística y adquisición de lenguas extranjeras.

Escuchando música, podcasts y entrevistas con devoción fonológica.

Hablando con un montón de gente de varios dialectos del inglés.

Imitando a las personas cuando decían ciertas cosas que no había oído.

Cazando muletillas y copiándolas.

Dejando de pedir disculpas por que el inglés no sea mi lengua materna.

Soltando la idea de perfección.

Atreviéndome a sonar ridícula.

Dándome permiso de cometer errores, incluso frente a otras personas.

Haciendo que no importara cuando se reían (no burlaban) de mí por decir palabras que no eran.

Queriendo mucho hacerme entender y solo dejándome llevar por las conversaciones.

En resumen, el miedo se me fue quitando solo a medida que veía que no se iba acabando el mundo.

Los nervios se fueron reduciendo.

La satisfacción y la alegría tomaron su lugar.

Y ahora sé que eso es accesible para cualquier persona que lo intente con los medios adecuados. No es nada que otra persona no podría hacer. 

Si lo has intentado por tu cuenta o con clubes de conversación en academias y no ha funcionado, pon mucha atención a tu correo (si te has suscrito al blog) porque estoy por mandarte información que te puede interesar.

¿Y si el secreto es irse todavía más lento?

Nota: Esta entrada me quedó un poco más larga que otras. Pero también mucho más bonita, if I may say so myself.

Cero

Seguramente has escuchado que las personas vamos por la vida enseñando lo que necesitamos aprender, y en general yo he visto que es cierto. No sé si se pueda generalizar al 100% pero tampoco es falso.

En los casi ocho años que llevo escribiendo este blog, que es uno de mis principales espacios de “enseñanza”, he notado distintos matices de este fenómeno.

A veces escribo sobre algo que tengo super trabajado y en cierto sentido ya “aprendí”.

En ocasiones me animo a escribir algo que todavía no tengo tan claro, como para comprenderlo mejor, y casi siempre que hago eso el resultado de la entrada no me convence y suelo borrarla unas semanas después, o editarla considerablemente.

Y, curiosamente, estas entradas son de las que menos resuenan con la gente, lo cual muchas veces noto por la falta de likes en mi página de FB o por los comentarios que no recibo.

Casi siempre escribo desde un punto medio. Temas que ya experimenté y de los cuales vi varias aristas (no sé si sea posible verlas todas), y ya puedo dar mi perspectiva. Todavía no es algo que se siente “obvio”, pero ya es un espacio desde donde me puedo mover libremente.

La presente entrada es un tema que todavía no domino en la práctica pero me veo motivada a compartir desde ahora. Para entenderlo un poco mejor pero también para recordármelo a mí misma. Porque cuando ya publiqué sobre algo, se vuelve más real de cierta forma para mí.

En ese sentido, te invito a ser testigo de lo que suceda, quizá notes que está siendo un texto distinto a los que normalmente escribo.

Uno

Me cuesta mucho trabajo hacer las cosas lentamente.

Es como si me moviera entre dos extremos: hacer todo con un frenesí alocado en pos de una eficiencia que siento como un mandato irrefutable, o quedarme estancada, aferrada casi al lugar donde estoy, donde quizá pasan cosas tras bambalinas pero externamente no se ve que se mueva nada.

El año pasado fue para mí un tiempo en el que me acerqué mucho más a aprender a llevármela lento.

A inicios de año, estaba creando un proyecto y sentía una gran urgencia por terminarlo. Sentía que si no lo acababa antes de julio-agosto, más o menos, algo malo iba a pasar.

Como que se me iba a ir la idea, a pesar de que ya la había escrito y ya le había dado la bienvenida.

El resultado fue que me presioné a mí misma. Me forcé a trabajar cuando no tenía ganas, en nombre de una “disciplina” mal comprendida (¿te ha pasado con los idiomas?).

Cada vez que me sentaba a escribir, tenía una sensación muy fuerte de prisa (que nadie más que yo creaba y reforzaba) y quería hacerlo todo rápido.

Quería aprovechar al máximo el tiempo y escribir millones de palabras por segundo. Cuando me cansaba, me obligaba a seguir “solo cinco minutos más” o “hasta terminar esta idea”.

De verdad creía que estaba haciendo lo correcto, que así era como las grandes obras se creaban.

Y puede ser que a algunas personas les funcione, no estoy diciendo que no.

Pero para mí fue contraproducente.  

Yo no funciono así y mi cuerpo me lo cobró: a la mitad de este frenesí, un dia de lluvia me caí en un hoyo.

Independientemente de si estás de acuerdo o no con estas ideas de que los síntomas o las enfermedades son metáforas de lo que está pasando en nuestra vida, o una forma de comunicación de nuestro ser hacia nuestros necios egos, para mí fue muy claro.

Me esguincé el tobillo y me vi forzada a caminar lento. En cuanto acompañé a mi hermano al aeropuerto un día después y había que correr para alcanzar la hora del registro y yo tenía que ir despacio, más despacio, dolorosamente despacio, tuve la revelación:

este es el mensaje de que voy muy rápido

Y aun si no lo es, decido tomarlo como tal y aprender la lección.

Dos

En ese momento dejé de lado mi proyecto. Me gustaría decir que fue desde un lugar de comprensión profunda de la vida pero más bien fue desde el berrinche de Nada de lo que intento me sale bien, y desde el miedo a que me volviera a pasar algo o que me enfermara.

Me prometí que descansaría un mes o dos, y después lo retomaría, pero simplemente ya no podía. Me acercaba al proyecto y sentía mucho rechazo desde mi cuerpo. Y ya no quería forzarme, ya no le veía ningún sentido.

Entonces lo dejé ir, confiando en que en algún momento iba a sentir que era el momento de retomarlo, y si nunca lo sentía, entonces significaba que la misión de ese proyecto en mi vida no era que yo lo trajera al mundo, sino solo enseñarme que forzarme a ir más rápido y negar mis necesidades de descanso no me llevaban a nada bueno.

Ahora que ya pasaron más o menos ¾ de año desde que pasó eso, por fin estoy sintiendo que es momento de retomar el proyecto, así como de escribir otras cosas.

Tres

He estado pensando mucho en esto de la forzación. Hasta escribí una entrada sobre ello, y creo que ya estoy llegando a una comprensión mucho más clara de cuáles son los patrones que me hacen ponerme a trabajar a marchas forzadas.

No ha sido fácil porque es algo que la cultura no sólo promueve sino que premia.

“Si no duele no sirve”, “todos tenemos 24 horas en el día” y frases parecidas nos han lavado el cerebro y nos han convencido de que si escuchamos a nuestros cuerpos cuando nos dicen que tenemos que descansar (o si admitimos que solo podemos hacer algo durante 15 minutos al día antes de agotarnos) nos vamos a meter en problemas y no vamos a lograr lo que queremos.

La verdad es que en cierto sentido fue un golpe al ego darme cuenta de que yo también caí en eso.

Creía que ya lo tenía “superado” porque ya había pensado mucho en torno a cómo nos violentamos a nosotras/os mismas/os en un afán de obtener lo que queremos o lo que nos han convencido de que será bueno para nosotras/os.

Pero siempre hay puntos ciegos que podemos seguir descubriendo con nuestra experiencia, y es mucho mejor eso que ir por la vida creyendo que ya lo tenemos todo resuelto.

Eso también aprendí.

Cuatro

Como dije, ahora quiero retomar mis proyectos. Casi todos tienen que ver con escribir.

Me he enfrentado en el pasado a la sensación de que si solo escribo x palabras en un día nunca voy a acabar.

El futuro de mi texto da una especie de vértigo y eso hace que prefiera no escribir nada, mintiéndome a mí misma y diciéndome que voy a encontrar no solo un momento sino también la energía con los que pueda escribir 4 horas al día todos los días y acabar rápido.

Pero no es verdad, y no funciono así.

La única forma en la que he visto que se pueden hacer los proyectos es como la trilladísima gota en la piedra. Poco a poco. Día a día.

A mí me ha ganado la impaciencia muchas veces. Y también un poco la falta de fe. No en mí necesariamente, sino que muchas veces, por mi historia de vida, me ha pasado que llego con mucha ilusión a una [tarea] y algo sale mal muy mal, tan mal que lo tengo que abandonar.

Cinco

Estoy segura de que no soy la única persona a la que esto le pasa. Lo veo todo el tiempo en las personas que conozco que están haciendo su tesis, por ejemplo.

Me dicen que llevan años sin avanzar porque no tienen tiempo. Que les gustaría dedicarle dos horas al día a redactar o a investigar. Pero que están muy ocupados.

Cuando les pregunto si podrían encontrar 20 minutos al día, me dicen que sí, pero que así nunca van a terminar.

Yo los entiendo, y les digo (y me digo a mí misma) que en todos estos meses (y a veces hasta años) que llevan esperando que dos horas al día les caigan del cielo, ya habrían terminado si le dedicaran 20 minutos al día.

Lo mismo con la gente que quiere encontrar 10 horas a la semana para aprender un idioma.

No lo digo para hacerlos sentir culpables —como dije, es una trampa en la que también caigo muy seguido—, sino para escucharme a mí misma y ver si se puede grabar en mi ser.

Seis

Algo que me ayudó mucho fue una cita de Anaïs Nin (que Karen compartió conmigo antes de que me obsesionara, como ahora, con Anaïs) que dice, en escencia, que la mayoría de las personas adquirimos la verdad fragmento por fragmento, como un detallado mosaico.

Y mira que ella sabe de lo que habla porque escribió MUCHÍSIMO a lo largo de su vida, entre sus diarios, sus novelas, sus ensayos y sus poemas.

He decidido que, ahora, voy a ver todo lo que quiero hacer como un mosaico.

De hecho, hay cosas que siento que quieren ser llevadas a cabo así. No sé muy bien cómo explicarlo, pero esa sensación me da.

Cuando te acercas mucho a un mosaico, lo único que ves son pequeños cuadritos de colores, uno al lado del otro, sin mucho sentido. Pero después de un tiempo de haberlos puesto uno por uno, te alejas y lo que ves te deja sin palabras: una imagen hermosa, que construiste tú misma/o, día a día, con mucha paciencia y constancia, con mucha fe y llevándotela tan lento como tu cuerpo te lo pidiera.

Eso quiero hacer y recordar este año. Espero estar lista para recibir esa lección. Me gustaría muchísimo que fuera como me acerco ya por default a los proyectos.

Quizá esa sea el secreto, o la única forma de hacer cosas a largo plazo.

Si no lo es, de cualquier forma prefiero intentarlo así. Siento que hay mucho más espacio.  

¿Qué opinas?

Cómo frustrarse mejor

La frustración suele tener la capacidad de hacer que nos tiremos al piso y de que perdamos de vista incluso el objetivo más convincente que teníamos.

Pasa más o menos así:

Has intentado estudiar francés unas tres o cuatro o 15 veces, y aunque ya estabas dejándolo de lado, algo dentro de ti quiere volverlo a intentar.

Decides que ahora sí, que este intento será el bueno y no dejarás que nada te detenga.

Pero pasa algo (por lo visto, siempre pasa algo, es inevitable).

Ya sea que tu mente comience a recordarte todas las razones por las que seguramente fallarás, o porque la maestra que te caía bien se va, o por cualquier otra situación, regresas a un lugar conocido:

la frustración

El conocido “Ay, esta vez tampoco fue la buena porque algo se cruzó en mi camino”.

Le damos mucho poder

El problema no es frustrarnos, sino qué hacemos cuando empezamos a sentir la frustración.

Es lo que hacemos que signifique y el poder que le damos sobre nuestras decisiones.

Si algo no te sale como querías, es natural y sano sentirte frustrada/o. Si no lo sintieras así, probablemente es porque no te importaba aquello que estabas intentando conseguir.

Las cosas se ponen feas, sin embargo, cuando permitimos que esa frustración opaque todo lo demás que podemos sentir y pensar. Cuando dejamos que arrase con nuestros logros de este intento, e incluso con los de intentos anteriores.

Lo que sucede es que nos dejamos llevar por lo que sentimos en nuestro cuerpo y por los recuerdos de situaciones anteriores.

Es curioso porque, por un lado, culturalmente no le damos tanta importancia a las emociones y tratamos de reprimirlas 24/7 pero por otro, las hacemos lo más grande del mundo cuando encajan en nuestra visión de nosotros mismos.

Si yo me cuento la historia a mí misma de “Nada de lo que intento funciona”, y de repente me conecto con mi poder o mi optimismo e intento algo, y ese algo falla, me siento frustrada y permito que esa frustración me abrume y sea la confirmación de mi historia.

Una persona que no tiene esa historia, sino que se cuenta algo distinto, como “Es de esperarse que no todo salga como lo estoy imaginando y el fracaso es algo temporal”, que intenta hacer algo nuevo y ese algo falla, se puede sentir frustrada pero no permite que esa frustración abarque toda su existencia y puede seguir adelante.

Al final, también se acaba confirmando su historia.

Es como un iceberg

Es muy raro que, a estas alturas del partido, una emoción sea nueva en nosotros. Es decir, si te sientes muy frustrada/o porque tu último intento de aprender francés no funcionó y te está haciendo querer tirar todo por la borda a tal punto que una parte de ti siente que no es proporcional lo que sientes con lo que sucedió, seguramente es porque estás reviviendo algo del pasado.

Ni siquiera te tienes que acordar o ser consciente de qué es para que tenga efectos en ti. De hecho, muchas cosas que estamos reviviendo todo el tiempo, a nivel emocional, vienen desde que éramos muy bebés o incluso desde el vientre materno.

Una vez una maestra me dijo que prácticamente cualquier reacción emocional que podamos tener (sobre todo aquellas que sentimos como “fuertes”) son 20% de ahora y 80% de “antes”, es decir, de todas las veces que hemos sentido algo parecido y se ha ido quedando la emoción reprimida o sin procesarse en nuestro ser.

Algo así como un iceberg del que sólo podemos ver una parte pero su mayor porción se encuentra debajo del mar.

Pero es muy real

Lo que menos quiero es que al leer esto sientas que si tienes frustración en tu interior la intentes evadir o minimizar, intentando convencer a tu mente de que no es real. Nonono.

Mi intención es que logremos llegar a un punto —y sé que es difícil y, en mi experiencia, lleva años de práctica— en el que le podamos quitar un poco del poder que actualmente le damos a la frustración.

Es decir, que aprendamos a identificar cómo se siente en nuestro cuerpo (yo lo siento como un nudo en la boca del estómago) y poco a poco digamos, solo es una sensación en mi cuerpo, y después recordar, si se siente tan fuerte en este momento probablemente sea porque algo de mi pasado la está aumentando, y luego pensar, no tiene por qué significar nada malo sobre mí.

Significado

¿Qué significa para ti sentir frustración?

Como dije arriba, está muy relacionado con el tipo de historias que nos contamos a nosotros mismos.

Seguramente has visto cómo, de entre dos personas que están peleando, una de ellas (A) dice algo y la otra persona (B) se SUPEROFENDE y pone palabras en la boca de la otra persona. Tipo:

A: —Yo no vi que la puerta estuviera cerrada

B: —¿Entonces yo estoy loco y alucino y no se puede confiar en mí?

A: —¿?

No sé qué opines tú, pero yo veo claramente que, en mi ejemplo, redactado con una creatividad desbordante, B está poniendo significados que no son inherentes a lo que A dice. Los trae de su experiencia, de su pasado, o no tengo idea, pero no están ahí ahí.

Lo mismo hacemos con… todo. Pero, en este caso, con las emociones, y con la frustración en específico.

Queríamos tener nuestra primera plática con un francés y creíamos que nuestro nivel era bueno pero, al no entender nada y al trabarnos intensamente, nos damos cuenta de que todavía necesitamos practicar más.

Entonces: frustración.

En vez de decir un templado “Bueno, me hace falta practicar, no pasa nada, eso haré”, acabamos poniendo palabras en la boca de la frustración, por decirlo de algún modo, y terminamos pensando:

“Por ESTO no intento nada, seguramente el amigo francés pensó que soy una perdedora, no sirvió de nada todo lo que estudié estos meses, sabía que esto de aprender otra lengua no iba a ser fácil para mí, ya mejor me doy de baja del curso”.

¡Uouououo! 

En este caso, el significado que se añade al hecho “Mi nivel de francés no es tan alto como creía como para tener una conversación fluida” (lo cual es comprobable objetivamente) es:

-Es una prueba de que cada vez que intento algo, no sale como esperaba y mi destino es fallar por siempre

-Puedo leer la mente de la gente y estoy 100% segura de que el amigo francés piensa que cuando alguien no habla bien su lengua, implica que ese alguien es un perdedor (what)

-Todas las palabras que sí aprendí (y que me convencieron en primer lugar de que mi nivel era lo suficientemente alto) dejaron de existir porque “no sirvió de nada lo que estudié”.

-Todo lo nuevo que hago tiene que ser fácil para mí o no vale la pena intentarlo. Y cuando algo es difícil, implica que yo soy una mala persona y debo sentirme avergonzada porque la gente buena aprende bien y rápido.

-La única respuesta que se le puede dar a esta situación es abandonar el estudio de la lengua porque claramente no tiene otra solución y tiene que ser “todo o nada” para que valga.

-Etcétera

Qué se puede hacer

Ahora ya vimos más o menos cómo se va haciendo que la frustración sea uno de Los Obstáculos.

Se siente en el cuerpo y se le da mucha importancia. Se le dan significados —que no necesariamente son inherentes a la misma—, sobre nuestro valor como personas. Se le otorga mucho poder para decidir qué camino tomar después de una “falla” o situación inesperada.

Quizá solo con haber leído lo anterior algo se aclaró en tu mente.

También puedes, de ahora en adelante, poner atención en cómo se siente la frustración en tu cuerpo para que la identifiques más rápido. Saber que puedes tolerar esa sensación, por más desagradable que sea, y que no te va a hacer daño. Puedes convivir con ella. (De hecho, entre más te permitas sentirla, menos fuerte se hará).

Y si quieres ir más allá…

  1. Haz una lista de las veces que has intentado estudiar [idioma] y la frustración te ha detenido. Analiza cada una de ellas: ¿Qué tanto poder le diste? ¿Cómo fue el proceso?
  2. Recuerda o deduce qué significado le añadiste a esa sensación de frustración. Dicho de otra forma, si la frustración fuera una “señal” que confirma algo, ¿qué sería? (Por ejemplo, “la señal de que no debo intentar cosas nuevas”).
  3. Escribe cómo te gustaría reaccionar de ahora en adelante a la sensación de frustración. ¿Qué te gustaría pensar? ¿Cómo te gustaría actuar después de un “fracaso”? ¿Qué necesitas recordar para llegar a ello?

Espero que esto contribuya a que la frustración ya no te detenga, o al menos no tan fácilmente.

¿Y si vuelve a suceder? No pasa nada. De lo que se trata es de ir recabando información e ir practicando nuevas formas de relacionarnos con lo que nos pasa.

Tenemos toda la vida para hacerlo. Literal 🙂


Cuéntame en los comentarios cómo sueles reaccionar cuando te frustras y, sobre todo, qué pasó si intentaste algo de lo que escribí en esta entrada.

Y, si sientes que necesitas un tipo de apoyo más personalizado con una situación frustrante, considera apuntarte a una sesión de Orientación