Deja que la gente sufra

El otro día, estaba en la fila para tomar un camión y una chica se me acercó a preguntarme si era el que iba para X.

Noté que no era de aquí porque tenía un acento bastante evidente (aunque no logré descifrar de dónde era) pero hablaba un español muy bueno, no dudaba de las palabras que escogía para hablar y le funcionaba más que bien para comunicarse.

Mi primer impulso fue preguntarle de dónde era para ver si yo conocía su lengua materna y poder practicar con ella, o simplemente para ver si hablaba inglés. Lo típico que nos dan ganas de hacer con los extranjeros.

Pero me detuve porque ya lo he pensado y me estresa que la gente haga eso.

¿Por qué?, te preguntarás

Supongamos que tu lengua materna es el español y que has estado practicando y estudiando francés como si no hubiera mañana.

Un buen día vas a Francia como turista, o a tomar un curso de gastronomía, y hablas francés. Como te sale, con todo y acento, con todo y pausas y muletillas.

Y la gente lo nota y te pregunta de dónde eres. De [hispanohablantelandia], dices. ¡AH!, te contestan,

y se ponen

a hablar

en #$%&

español.

En ese momento, odias tu vida porque no fuiste a Francia a que los franceses practicaran su español. Estás ahí para practicar tu francés.

Y si hablan contigo en tu lengua no te están dejando practicar. Están siendo un poco egoístas…

Otro escenario

Supongamos que pasa lo mismo que en la situación de arriba excepto que la persona con la que estás conversando no habla español.

Tú estás intentando hablar francés y tiene la paciencia de escucharte aunque se desespere porque todavía no hablas tan rápido.

Te va corrigiendo de vez en cuando y de repente quieres decir un número (sí, es normal que a los estudiantes de lenguas nos cueste, en general, mucho trabajo decir rápido los números) y estás buscando en tu mente el recuerdo de tus primeras clases y haciendo tipo matemáticas mentales y en eso la persona te interrumpe: “Quatre-vingt dix!”

Tú la odias porque no te dejó acordarte pero sonríes porque hay que ser amables y hasta le das las gracias, pero en el fondo hubieras preferido que te dejara traer esa información de tu cerebro a tu lengua.

Otra historia

Un día estaba con unas amigas en un café en un lugar muy turístico de la ciudad y llegó una chica con un acento muy marcado (que sonaba como si su lengua materna fuera ruso o uno de esos idiomas) para hacernos un par de preguntas y pedirnos que le tomáramos una foto con un adorno que había en la pared.

Sabía muy poco español pero se veía que lo estaba intentando. He visto cómo muchos otros extranjeros ni siquiera lo intentan y te hablan en inglés aunque saben que no es la lengua oficial de México, por ejemplo, pero este no era el caso. 

Yo la estaba viendo con mucha atención para escuchar lo que decía y tener más probabilidades de entenderle y se veía que le estaba costando trabajo, por lo que una de mis amigas me dijo: Tú sabes inglés, ¿no? ¿Por qué no la ayudaste?

Le contesté que era porque si estaba aquí era probablemente porque quería practicar o aprender español.

Porque si ella quisiera hablar inglés o su lengua materna, hablaría inglés o su lengua materna, o preguntaría si alguien usa esos idiomas.

Porque hay que dejar que a la gente le cueste trabajo hablar tu lengua porque sólo así algún día los caminos neuronales en su cerebro se van a consolidar, a través de la práctica, hasta que algún día sean automáticos.

Porque si les hablamos en inglés o si les adivinamos las palabras o les soplamos las respuestas cuando no nos las piden, no les estamos ayudando.

Porque a menos que sea una situación de emergencia o de vida o muerte, no tiene ningún sentido apresurar la conversación de la persona que no domina la lengua, sobre todo si se ve feliz de que lo está logrando.

Porque muchas veces interrumpimos a alguien preguntándole de dónde es y qué lengua habla por nuestras razones, no por las suyas.

Piénsalo: la última vez que abordaste a un extranjero ¿fue por ayudarlo o fue por presumir que conoces su lengua? No tiene nada de malo, pero la honestidad es una cosa hermosa.

Porque queremos sentirnos como los héroes del día al “evitarle el sufrimiento” a la persona que está teniendo dificultades encontrando las palabras.

A menos que de verdad veas que están sufriendo (lo vas a ver en su cara), o te lo digan, o te pidan ayuda con señas o empiecen a gritar en otra lengua para ver si alguien puede entenderlos, deja que la gente “sufra”.

No seas ese nacional incómodo que impide que las personas que quieren aprender la lengua practiquen.

Si en tu escuela o trabajo o algún lugar que frecuentes seguido hay una persona de otro país o que hable otra lengua, con el paso del tiempo te enterarás de dónde es y qué lengua habla y cuánto tiempo piensa estar aquí. No necesita ser lo primero que le preguntes.

Si es alguien que te pide ayuda en la fila del camión, quizá puedas ahorrártelo. (Recuerda, es tu curiosidad lo que te está motivando, piensa en que la otra persona probablemente tiene que responder esa pregunta 34.5 veces en un día).

Si ves que una persona tiene acento al intentar hablar tu lengua, deja que se esfuerce, no le hables más fuerte de lo normal (!), usa palabras normales y sólo da información que crees que es útil si te pregunta.

Sé que no voy a poder cambiar este hábito tan arraigado que tenemos en muchos países de hacerle una fiesta extrema a las y los extranjeros (DE DÓNDE ERES QUÉ BIEN HABLAS QUÉ BONITOS OJOS SAL CONMIGO PARA QUE ME ENVIDIEN) pero sí puedo influir en ti para que pienses más en la otra persona y en lo incómodo que debe ser que no te dejen hablar en la lengua que estás intentando aprender y perfeccionar.

Además, qué triste es pensar que si no le tienes paciencia a las personas que están practicando tu lengua, no les estás dejando sentir la satisfacción de:

Wow, hoy tuve una conversación entera con una persona en la fila del camión sin que me preguntara de dónde soy, tal vez eso significa que ya me estoy pudiendo comunicar a un nivel de comunicación y no de persona que solo balbucea y nunca lo logrará.

¿No te gustaría sentir eso tú con las lenguas que has aprendido o estás estudiando?

Obviamente, tú tendrás el mejor juicio in situ y sabrás si es momento de adivinarle la palabra a la persona con la que estás o no, o si es una situación riesgosa y es importante comunicarse como sea y rápido.

Desde luego, no estoy hablando por todos los extranjeros del mundo. Habrá quien sí ame que le pregunten todo el tiempo de dónde es y que le hagan la gran fiesta del mundo por su acento o su color de piel. Hay de todo en la viña del señor. 

El único mensaje de este texto es:

Deja de lado tu ego y tus ganas de impresionar y si ves que alguien está haciendo un esfuerzo por practicar tu lengua, y sientes que necesitas salvarla(o) de su “sufrimiento”, no lo hagas.

Deja que lo intente. Deja que las palabras vengan a su mente. Deja de querer lucirte frente a ella o las personas que están alrededor.

Paradójicamente, vas a acabar dando una mejor impresión.

O al menos eso pienso yo.

¿Qué opinas?

Cómo perdí el miedo a hablar inglés

Durante varios años, no hablé inglés a pesar de que ya sabía inglés.

Si has estudiado (en mayor o menor medida) esta lengua toda tu vida, como muchas personas en países de habla hispana, seguramente entiendes a qué me refiero.

Tienes toda la gramática en la cabeza, entiendes lo que escuchas y lees, hasta encuentras errores en posts de Facebook escritos en ese idioma, pero no lo usas mucho que digamos para hablar-hablar.

Yo estuve así muchos años, hasta que me empecé a obsesionar con los blogs por ahí del 2010. Hasta creé uno, el que estás leyendo, hola.

Los que leía eran escritos por personas de Irlanda, Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Australia. Y aunque empecé leyendo a Benny, el políglota irlandés, poco a poco los links me comenzaron a llevar a páginas de coaches y gente por el estilo que ya no tenía nada que ver con los idiomas.

Algunos de ellos, en diferentes ocasiones, ofrecían sesiones gratuitas para que conocieras sus servicios, por ejemplo, o para que averiguaras si eras un buen match con su forma de trabajar.

Yo las tomaba porque de verdad me interesaba genuinamente eso. Y hablaba inglés como efecto secundario.

Las primeras veces me ponía super nerviosa y me daba cuenta de que no me entendían bien. Una vez, quise decir “medicamentos” y dije drugs porque en ciertos contextos así se dice, pero por una mezcla rara de sociolingüística y dialectología, acabé dando a entender que me drogaba, cosa que no hago ni me interesa.

Poco a poco, y a lo largo de todos estos años, he ido participando llamadas (casi todas por Skype) de infinidad de temas, individuales y grupales, en cursos, conferencias, webinars, y decenas de horas de interacciones con personas de habla inglesa, de muchos lugares del mundo.

Cuando menos me di cuenta, ya no me sentía nerviosa. Ya no me encontraba en situaciones vergonzosas. Ya hasta podía hacer bromas y la gente se reía.

Cuando eran llamadas grupales, empezaba a escuchar cómo decían “As Georgina said…”, y me llenaba de emoción y felicidad que otra persona no solo comprendiera mi mensaje sino que hiciera referencia a él.

Debo confesar que me hice adicta a esa sensación.

A poder decir:

yo
hablo
inglés

y la gente me entiende

siempre había soñado esto

Disculpa

Al principio, antes de empezar a hablar, decía —como para sentir que estaba evitando burlas o algo parecido—: “Perdón, es que el inglés no es mi lengua materna”.

Después vi que era totalmente innecesario, no porque hable como nativa (creo que me acerco mucho pero dudo que alguien pudiera confundirme con una estadounidense, por ejemplo) sino porque cuando no lo decía, nadie hacía ningún comentario al respecto del tipo: “¡Qué bien hablas!”.

(Eso se le suele decir a la gente cuando no habla bien, pero se ve que lo intenta mucho. ¿Lo has notado?).

Como no eran personas con las que estaba hablando para aprender inglés, sino con el fin de usar la lengua como medio de comunicación, no me corregían.

Seguramente te estarás preguntando cómo fui subsanando mis errores si no me hacían correcciones.

La respuesta:

si de algo me sirvió estudiar lingüística durante más de cuatro años, además de toda la experiencia que he acumulado al escribir este blog y hablar con sus lectores, fue para mejorar mi inglés con una minuciosidad deliciosa.

Yo misma iba usando mis propios métodos y mis conocimientos (sobre todo de fonética) para ajustar los detalles que veía que me faltaban.

Ahora, después de ocho años de hacer eso (y otras cosas más, como literal ponerme a practicar vocales), me siento profundamente confiada cuando tengo que hablar inglés.

Y, obviamente, como es un proceso que realmente nunca se termina, lo sigo haciendo.

¿Mi inglés es perfecto? No.

Ni siquiera mi español lo es. Y estoy bien con eso.

Aun así, busco todas las oportunidades que puedo (no solo en Internet, también en la vida real) para usar mi inglés, porque lo amo y porque me parece maravilloso cada vez.

Creo que es una sensación que nunca voy a dar por hecha en el sentido de decir, Ah sí, hablo inglés pero también duermo todos los días, como sea.

Es algo que me genera endorfinas cada vez que siquiera pienso en ello.

Esto no quiere decir que te vas a tardar ocho años en pasar del estado de “sé inglés pero no lo hablo tan bien” a “hablar inglés es parte inherente de mi vida y lo amo”. Yo no me tardé tanto, en realidad fue mucho menos.

Hay gente que pasa por este proceso en pocos meses cuando tiene gente que le corrija y le enseñe, por ejemplo. Hay gente que se va a vivir a un país de habla inglesa y en semanas lo logra.

Solo te estoy contando mi historia porque así fueron los hechos.

Entonces,

le perdí el miedo a hablar inglés…

Lanzándome a hablar antes de que me sintiera realmente lista.

Aprendiendo a tomarme un poco menos en serio.

Tomando oportunidades para practicar pero no necesariamente con esa finalidad.

Usando mis conocimientos de fonética y lingüística y adquisición de lenguas extranjeras.

Escuchando música, podcasts y entrevistas con devoción fonológica.

Hablando con un montón de gente de varios dialectos del inglés.

Imitando a las personas cuando decían ciertas cosas que no había oído.

Cazando muletillas y copiándolas.

Dejando de pedir disculpas por que el inglés no sea mi lengua materna.

Soltando la idea de perfección.

Atreviéndome a sonar ridícula.

Dándome permiso de cometer errores, incluso frente a otras personas.

Haciendo que no importara cuando se reían (no burlaban) de mí por decir palabras que no eran.

Queriendo mucho hacerme entender y solo dejándome llevar por las conversaciones.

En resumen, el miedo se me fue quitando solo a medida que veía que no se iba acabando el mundo.

Los nervios se fueron reduciendo.

La satisfacción y la alegría tomaron su lugar.

Y ahora sé que eso es accesible para cualquier persona que lo intente con los medios adecuados. No es nada que otra persona no podría hacer. 

Si lo has intentado por tu cuenta o con clubes de conversación en academias y no ha funcionado, pon mucha atención a tu correo (si te has suscrito al blog) porque estoy por mandarte información que te puede interesar.

¿Y si el secreto es irse todavía más lento?

Nota: Esta entrada me quedó un poco más larga que otras. Pero también mucho más bonita, if I may say so myself.

Cero

Seguramente has escuchado que las personas vamos por la vida enseñando lo que necesitamos aprender, y en general yo he visto que es cierto. No sé si se pueda generalizar al 100% pero tampoco es falso.

En los casi ocho años que llevo escribiendo este blog, que es uno de mis principales espacios de “enseñanza”, he notado distintos matices de este fenómeno.

A veces escribo sobre algo que tengo super trabajado y en cierto sentido ya “aprendí”.

En ocasiones me animo a escribir algo que todavía no tengo tan claro, como para comprenderlo mejor, y casi siempre que hago eso el resultado de la entrada no me convence y suelo borrarla unas semanas después, o editarla considerablemente.

Y, curiosamente, estas entradas son de las que menos resuenan con la gente, lo cual muchas veces noto por la falta de likes en mi página de FB o por los comentarios que no recibo.

Casi siempre escribo desde un punto medio. Temas que ya experimenté y de los cuales vi varias aristas (no sé si sea posible verlas todas), y ya puedo dar mi perspectiva. Todavía no es algo que se siente “obvio”, pero ya es un espacio desde donde me puedo mover libremente.

La presente entrada es un tema que todavía no domino en la práctica pero me veo motivada a compartir desde ahora. Para entenderlo un poco mejor pero también para recordármelo a mí misma. Porque cuando ya publiqué sobre algo, se vuelve más real de cierta forma para mí.

En ese sentido, te invito a ser testigo de lo que suceda, quizá notes que está siendo un texto distinto a los que normalmente escribo.

Uno

Me cuesta mucho trabajo hacer las cosas lentamente.

Es como si me moviera entre dos extremos: hacer todo con un frenesí alocado en pos de una eficiencia que siento como un mandato irrefutable, o quedarme estancada, aferrada casi al lugar donde estoy, donde quizá pasan cosas tras bambalinas pero externamente no se ve que se mueva nada.

El año pasado fue para mí un tiempo en el que me acerqué mucho más a aprender a llevármela lento.

A inicios de año, estaba creando un proyecto y sentía una gran urgencia por terminarlo. Sentía que si no lo acababa antes de julio-agosto, más o menos, algo malo iba a pasar.

Como que se me iba a ir la idea, a pesar de que ya la había escrito y ya le había dado la bienvenida.

El resultado fue que me presioné a mí misma. Me forcé a trabajar cuando no tenía ganas, en nombre de una “disciplina” mal comprendida (¿te ha pasado con los idiomas?).

Cada vez que me sentaba a escribir, tenía una sensación muy fuerte de prisa (que nadie más que yo creaba y reforzaba) y quería hacerlo todo rápido.

Quería aprovechar al máximo el tiempo y escribir millones de palabras por segundo. Cuando me cansaba, me obligaba a seguir “solo cinco minutos más” o “hasta terminar esta idea”.

De verdad creía que estaba haciendo lo correcto, que así era como las grandes obras se creaban.

Y puede ser que a algunas personas les funcione, no estoy diciendo que no.

Pero para mí fue contraproducente.  

Yo no funciono así y mi cuerpo me lo cobró: a la mitad de este frenesí, un dia de lluvia me caí en un hoyo.

Independientemente de si estás de acuerdo o no con estas ideas de que los síntomas o las enfermedades son metáforas de lo que está pasando en nuestra vida, o una forma de comunicación de nuestro ser hacia nuestros necios egos, para mí fue muy claro.

Me esguincé el tobillo y me vi forzada a caminar lento. En cuanto acompañé a mi hermano al aeropuerto un día después y había que correr para alcanzar la hora del registro y yo tenía que ir despacio, más despacio, dolorosamente despacio, tuve la revelación:

este es el mensaje de que voy muy rápido

Y aun si no lo es, decido tomarlo como tal y aprender la lección.

Dos

En ese momento dejé de lado mi proyecto. Me gustaría decir que fue desde un lugar de comprensión profunda de la vida pero más bien fue desde el berrinche de Nada de lo que intento me sale bien, y desde el miedo a que me volviera a pasar algo o que me enfermara.

Me prometí que descansaría un mes o dos, y después lo retomaría, pero simplemente ya no podía. Me acercaba al proyecto y sentía mucho rechazo desde mi cuerpo. Y ya no quería forzarme, ya no le veía ningún sentido.

Entonces lo dejé ir, confiando en que en algún momento iba a sentir que era el momento de retomarlo, y si nunca lo sentía, entonces significaba que la misión de ese proyecto en mi vida no era que yo lo trajera al mundo, sino solo enseñarme que forzarme a ir más rápido y negar mis necesidades de descanso no me llevaban a nada bueno.

Ahora que ya pasaron más o menos ¾ de año desde que pasó eso, por fin estoy sintiendo que es momento de retomar el proyecto, así como de escribir otras cosas.

Tres

He estado pensando mucho en esto de la forzación. Hasta escribí una entrada sobre ello, y creo que ya estoy llegando a una comprensión mucho más clara de cuáles son los patrones que me hacen ponerme a trabajar a marchas forzadas.

No ha sido fácil porque es algo que la cultura no sólo promueve sino que premia.

“Si no duele no sirve”, “todos tenemos 24 horas en el día” y frases parecidas nos han lavado el cerebro y nos han convencido de que si escuchamos a nuestros cuerpos cuando nos dicen que tenemos que descansar (o si admitimos que solo podemos hacer algo durante 15 minutos al día antes de agotarnos) nos vamos a meter en problemas y no vamos a lograr lo que queremos.

La verdad es que en cierto sentido fue un golpe al ego darme cuenta de que yo también caí en eso.

Creía que ya lo tenía “superado” porque ya había pensado mucho en torno a cómo nos violentamos a nosotras/os mismas/os en un afán de obtener lo que queremos o lo que nos han convencido de que será bueno para nosotras/os.

Pero siempre hay puntos ciegos que podemos seguir descubriendo con nuestra experiencia, y es mucho mejor eso que ir por la vida creyendo que ya lo tenemos todo resuelto.

Eso también aprendí.

Cuatro

Como dije, ahora quiero retomar mis proyectos. Casi todos tienen que ver con escribir.

Me he enfrentado en el pasado a la sensación de que si solo escribo x palabras en un día nunca voy a acabar.

El futuro de mi texto da una especie de vértigo y eso hace que prefiera no escribir nada, mintiéndome a mí misma y diciéndome que voy a encontrar no solo un momento sino también la energía con los que pueda escribir 4 horas al día todos los días y acabar rápido.

Pero no es verdad, y no funciono así.

La única forma en la que he visto que se pueden hacer los proyectos es como la trilladísima gota en la piedra. Poco a poco. Día a día.

A mí me ha ganado la impaciencia muchas veces. Y también un poco la falta de fe. No en mí necesariamente, sino que muchas veces, por mi historia de vida, me ha pasado que llego con mucha ilusión a una [tarea] y algo sale mal muy mal, tan mal que lo tengo que abandonar.

Cinco

Estoy segura de que no soy la única persona a la que esto le pasa. Lo veo todo el tiempo en las personas que conozco que están haciendo su tesis, por ejemplo.

Me dicen que llevan años sin avanzar porque no tienen tiempo. Que les gustaría dedicarle dos horas al día a redactar o a investigar. Pero que están muy ocupados.

Cuando les pregunto si podrían encontrar 20 minutos al día, me dicen que sí, pero que así nunca van a terminar.

Yo los entiendo, y les digo (y me digo a mí misma) que en todos estos meses (y a veces hasta años) que llevan esperando que dos horas al día les caigan del cielo, ya habrían terminado si le dedicaran 20 minutos al día.

Lo mismo con la gente que quiere encontrar 10 horas a la semana para aprender un idioma.

No lo digo para hacerlos sentir culpables —como dije, es una trampa en la que también caigo muy seguido—, sino para escucharme a mí misma y ver si se puede grabar en mi ser.

Seis

Algo que me ayudó mucho fue una cita de Anaïs Nin (que Karen compartió conmigo antes de que me obsesionara, como ahora, con Anaïs) que dice, en escencia, que la mayoría de las personas adquirimos la verdad fragmento por fragmento, como un detallado mosaico.

Y mira que ella sabe de lo que habla porque escribió MUCHÍSIMO a lo largo de su vida, entre sus diarios, sus novelas, sus ensayos y sus poemas.

He decidido que, ahora, voy a ver todo lo que quiero hacer como un mosaico.

De hecho, hay cosas que siento que quieren ser llevadas a cabo así. No sé muy bien cómo explicarlo, pero esa sensación me da.

Cuando te acercas mucho a un mosaico, lo único que ves son pequeños cuadritos de colores, uno al lado del otro, sin mucho sentido. Pero después de un tiempo de haberlos puesto uno por uno, te alejas y lo que ves te deja sin palabras: una imagen hermosa, que construiste tú misma/o, día a día, con mucha paciencia y constancia, con mucha fe y llevándotela tan lento como tu cuerpo te lo pidiera.

Eso quiero hacer y recordar este año. Espero estar lista para recibir esa lección. Me gustaría muchísimo que fuera como me acerco ya por default a los proyectos.

Quizá esa sea el secreto, o la única forma de hacer cosas a largo plazo.

Si no lo es, de cualquier forma prefiero intentarlo así. Siento que hay mucho más espacio.  

¿Qué opinas?

Cómo frustrarse mejor

La frustración suele tener la capacidad de hacer que nos tiremos al piso y de que perdamos de vista incluso el objetivo más convincente que teníamos.

Pasa más o menos así:

Has intentado estudiar francés unas tres o cuatro o 15 veces, y aunque ya estabas dejándolo de lado, algo dentro de ti quiere volverlo a intentar.

Decides que ahora sí, que este intento será el bueno y no dejarás que nada te detenga.

Pero pasa algo (por lo visto, siempre pasa algo, es inevitable).

Ya sea que tu mente comience a recordarte todas las razones por las que seguramente fallarás, o porque la maestra que te caía bien se va, o por cualquier otra situación, regresas a un lugar conocido:

la frustración

El conocido “Ay, esta vez tampoco fue la buena porque algo se cruzó en mi camino”.

Le damos mucho poder

El problema no es frustrarnos, sino qué hacemos cuando empezamos a sentir la frustración.

Es lo que hacemos que signifique y el poder que le damos sobre nuestras decisiones.

Si algo no te sale como querías, es natural y sano sentirte frustrada/o. Si no lo sintieras así, probablemente es porque no te importaba aquello que estabas intentando conseguir.

Las cosas se ponen feas, sin embargo, cuando permitimos que esa frustración opaque todo lo demás que podemos sentir y pensar. Cuando dejamos que arrase con nuestros logros de este intento, e incluso con los de intentos anteriores.

Lo que sucede es que nos dejamos llevar por lo que sentimos en nuestro cuerpo y por los recuerdos de situaciones anteriores.

Es curioso porque, por un lado, culturalmente no le damos tanta importancia a las emociones y tratamos de reprimirlas 24/7 pero por otro, las hacemos lo más grande del mundo cuando encajan en nuestra visión de nosotros mismos.

Si yo me cuento la historia a mí misma de “Nada de lo que intento funciona”, y de repente me conecto con mi poder o mi optimismo e intento algo, y ese algo falla, me siento frustrada y permito que esa frustración me abrume y sea la confirmación de mi historia.

Una persona que no tiene esa historia, sino que se cuenta algo distinto, como “Es de esperarse que no todo salga como lo estoy imaginando y el fracaso es algo temporal”, que intenta hacer algo nuevo y ese algo falla, se puede sentir frustrada pero no permite que esa frustración abarque toda su existencia y puede seguir adelante.

Al final, también se acaba confirmando su historia.

Es como un iceberg

Es muy raro que, a estas alturas del partido, una emoción sea nueva en nosotros. Es decir, si te sientes muy frustrada/o porque tu último intento de aprender francés no funcionó y te está haciendo querer tirar todo por la borda a tal punto que una parte de ti siente que no es proporcional lo que sientes con lo que sucedió, seguramente es porque estás reviviendo algo del pasado.

Ni siquiera te tienes que acordar o ser consciente de qué es para que tenga efectos en ti. De hecho, muchas cosas que estamos reviviendo todo el tiempo, a nivel emocional, vienen desde que éramos muy bebés o incluso desde el vientre materno.

Una vez una maestra me dijo que prácticamente cualquier reacción emocional que podamos tener (sobre todo aquellas que sentimos como “fuertes”) son 20% de ahora y 80% de “antes”, es decir, de todas las veces que hemos sentido algo parecido y se ha ido quedando la emoción reprimida o sin procesarse en nuestro ser.

Algo así como un iceberg del que sólo podemos ver una parte pero su mayor porción se encuentra debajo del mar.

Pero es muy real

Lo que menos quiero es que al leer esto sientas que si tienes frustración en tu interior la intentes evadir o minimizar, intentando convencer a tu mente de que no es real. Nonono.

Mi intención es que logremos llegar a un punto —y sé que es difícil y, en mi experiencia, lleva años de práctica— en el que le podamos quitar un poco del poder que actualmente le damos a la frustración.

Es decir, que aprendamos a identificar cómo se siente en nuestro cuerpo (yo lo siento como un nudo en la boca del estómago) y poco a poco digamos, solo es una sensación en mi cuerpo, y después recordar, si se siente tan fuerte en este momento probablemente sea porque algo de mi pasado la está aumentando, y luego pensar, no tiene por qué significar nada malo sobre mí.

Significado

¿Qué significa para ti sentir frustración?

Como dije arriba, está muy relacionado con el tipo de historias que nos contamos a nosotros mismos.

Seguramente has visto cómo, de entre dos personas que están peleando, una de ellas (A) dice algo y la otra persona (B) se SUPEROFENDE y pone palabras en la boca de la otra persona. Tipo:

A: —Yo no vi que la puerta estuviera cerrada

B: —¿Entonces yo estoy loco y alucino y no se puede confiar en mí?

A: —¿?

No sé qué opines tú, pero yo veo claramente que, en mi ejemplo, redactado con una creatividad desbordante, B está poniendo significados que no son inherentes a lo que A dice. Los trae de su experiencia, de su pasado, o no tengo idea, pero no están ahí ahí.

Lo mismo hacemos con… todo. Pero, en este caso, con las emociones, y con la frustración en específico.

Queríamos tener nuestra primera plática con un francés y creíamos que nuestro nivel era bueno pero, al no entender nada y al trabarnos intensamente, nos damos cuenta de que todavía necesitamos practicar más.

Entonces: frustración.

En vez de decir un templado “Bueno, me hace falta practicar, no pasa nada, eso haré”, acabamos poniendo palabras en la boca de la frustración, por decirlo de algún modo, y terminamos pensando:

“Por ESTO no intento nada, seguramente el amigo francés pensó que soy una perdedora, no sirvió de nada todo lo que estudié estos meses, sabía que esto de aprender otra lengua no iba a ser fácil para mí, ya mejor me doy de baja del curso”.

¡Uouououo! 

En este caso, el significado que se añade al hecho “Mi nivel de francés no es tan alto como creía como para tener una conversación fluida” (lo cual es comprobable objetivamente) es:

-Es una prueba de que cada vez que intento algo, no sale como esperaba y mi destino es fallar por siempre

-Puedo leer la mente de la gente y estoy 100% segura de que el amigo francés piensa que cuando alguien no habla bien su lengua, implica que ese alguien es un perdedor (what)

-Todas las palabras que sí aprendí (y que me convencieron en primer lugar de que mi nivel era lo suficientemente alto) dejaron de existir porque “no sirvió de nada lo que estudié”.

-Todo lo nuevo que hago tiene que ser fácil para mí o no vale la pena intentarlo. Y cuando algo es difícil, implica que yo soy una mala persona y debo sentirme avergonzada porque la gente buena aprende bien y rápido.

-La única respuesta que se le puede dar a esta situación es abandonar el estudio de la lengua porque claramente no tiene otra solución y tiene que ser “todo o nada” para que valga.

-Etcétera

Qué se puede hacer

Ahora ya vimos más o menos cómo se va haciendo que la frustración sea uno de Los Obstáculos.

Se siente en el cuerpo y se le da mucha importancia. Se le dan significados —que no necesariamente son inherentes a la misma—, sobre nuestro valor como personas. Se le otorga mucho poder para decidir qué camino tomar después de una “falla” o situación inesperada.

Quizá solo con haber leído lo anterior algo se aclaró en tu mente.

También puedes, de ahora en adelante, poner atención en cómo se siente la frustración en tu cuerpo para que la identifiques más rápido. Saber que puedes tolerar esa sensación, por más desagradable que sea, y que no te va a hacer daño. Puedes convivir con ella. (De hecho, entre más te permitas sentirla, menos fuerte se hará).

Y si quieres ir más allá…

  1. Haz una lista de las veces que has intentado estudiar [idioma] y la frustración te ha detenido. Analiza cada una de ellas: ¿Qué tanto poder le diste? ¿Cómo fue el proceso?
  2. Recuerda o deduce qué significado le añadiste a esa sensación de frustración. Dicho de otra forma, si la frustración fuera una “señal” que confirma algo, ¿qué sería? (Por ejemplo, “la señal de que no debo intentar cosas nuevas”).
  3. Escribe cómo te gustaría reaccionar de ahora en adelante a la sensación de frustración. ¿Qué te gustaría pensar? ¿Cómo te gustaría actuar después de un “fracaso”? ¿Qué necesitas recordar para llegar a ello?

Espero que esto contribuya a que la frustración ya no te detenga, o al menos no tan fácilmente.

¿Y si vuelve a suceder? No pasa nada. De lo que se trata es de ir recabando información e ir practicando nuevas formas de relacionarnos con lo que nos pasa.

Tenemos toda la vida para hacerlo. Literal 🙂


Cuéntame en los comentarios cómo sueles reaccionar cuando te frustras y, sobre todo, qué pasó si intentaste algo de lo que escribí en esta entrada.

Y, si sientes que necesitas un tipo de apoyo más personalizado con una situación frustrante, considera apuntarte a una sesión de Orientación

Por qué no me gustan los consejos

Sé que suena raro y hasta un poco contradictorio, pero no me gustan los consejos.

No me gusta que me den consejos, y me parece absurdo que la cultura nos haya metido en la cabeza la idea de las personas necesitamos ser aconsejadas.

“¿No tienes un blog donde das consejos?”

Sí pero no. Veamos. Al principio, sí daba consejos. “Haz esto”, “Intenta lo otro”. Hasta escribía en modo imperativo.

Poco a poco me fui dando cuenta de que la gente no hacía lo que les decía, lo cual me frustraba. Ahora entiendo que no tienen por qué hacerlo, duh.

Con el tiempo —quizá te diste cuenta— fui cambiando mi forma de escribir: “Te invito a hacer esto”; “Si te llama la atención, puedes intentar…”, “Creo que sería interesante que probaras…”.

Es más amable. Y, como sabes, la amabilidad es una de las cosas más importantes para mí.

Fui descubriendo con el paso de los años y a medida que profundizaba en mi “proceso”, es decir, en mi conocimiento de mí misma y en mi aprendizaje sobre cómo relacionarme mejor conmigo misma, que era muy raro que necesitara que alguien me dijera qué hacer.

Es decir, si estaba en un momento de confusión, y lo quería comentar con alguien, me desconcertaba mucho que me dijera: “Yo creo que deberías…”.

En cambio, lo que veía que me funcionaba era cuando me hacían preguntas para dilucidar lo que yo realmente pensaba. Que me ayudaran a quitar capas de confusión y de ruido mental.

O, en el último de los casos, que me comentaran su experiencia, o qué hicieron en situaciones similares y cómo acabó. Obviamente, teniendo en cuenta que somos personas distintas y que es difícil que nos pase lo mismo al final. (Eso, y que cada quién habla de la feria como le fue en ella).

A medida que fui notando todo eso, me fue desagradando cada vez más que me dieran consejos, aun cuando estaba convencida de que las personas lo hacían con la mejor de las intenciones (quererme evitar cierto daño o cierto malestar).

Incluso me comenzó a incomodar darlos, porque sentía que no estaba permitiendo que la persona contactara con lo que realmente creía que estaba bien y solo le añadía a su ruido mental.

Así, como en mi naturaleza está querer ayudar a las personas, fui aprendiendo a identificar las preguntas que hacen que se acceda a la “sabiduría organísmica” que todas y todos tenemos.

Descubrí las preguntas (y otras herramientas) que hacen que una persona confundida o “perdida” pueda dejar de estarlo. Encontré el camino (que no es que sea solo uno, pero digámoslo así) de la claridad.

Y, sobre todo, identifiqué los procesos para conectar con lo que yo sé que es mejor para mí, aunque en algún momento de confusión o de angustia no sepa que lo sé o haya perdido el hilo.

Si le das un consejo a alguien, aunque sea muy bueno, no le estás enseñando a descubrir qué es lo que realmente quiere o necesita en cada momento.

En cambio, si lo escuchas, lo entiendes y le haces buenas preguntas, le estás regalando algo que —además de que es difícil de encontrar en esta sociedad feíta— le va a servir para el resto de su vida.

Esto, obviamente, no quiere decir que voy a dejar de escribir “tips” para aprender idiomas o ese tipo de cosas. Pero quiero dejar claro desde dónde lo hago.

No desde el “Ven a aprender de mí, que tú no sabes y yo sí”, sino desde “Mira, aprendí esto sobre la vida, te lo cuento porque quizá te ayuda a ver tu situación de manera distinta o a darte cuenta de algo sobre ti”.

“Pero yo siento que necesito un consejo”

Si estás en una encrucijada o en un momento de confusión o agobio, es natural si sientes que necesitas que alguien que sabe más de un tema, o que es mayor que tú, o que te da confianza, te diga qué hacer.

Y en ocasiones es lo que termina ayudándonos a tener otras perspectivas.

Sin embargo, en mi experiencia, me ha sido de mucha más utilidad que me ayuden a darme cuenta de cosas que no estoy viendo por medio de preguntas, porque eso desencadena un proceso de aprender a cambiar yo misma mi forma de ver las cosas en el futuro y estancarme o “perderme” menos.

A lo que voy es que está bien si sientes que necesitas consejos y si los pides. No es mi intención hacerte sentir mal si los buscas. Tendrás tus razones y estoy segura de que son buenas 🙂

Confianza

En general, cuando escribo alguna entrada un poco más personal que otra en este blog, digo que no necesito consejos y es verdad. Desde que comencé a ver todo lo que escribí arriba, me di cuenta de que nunca los necesito.

Claro, puedo querer otras perspectivas, que alguien me cuente su experiencia, pero ya nunca le pregunto a alguien Qué hago, o Qué me recomiendas, sobre todo porque es una forma muy —muy— sutil de echarle mi responsabilidad sobre mi vida a otras personas. (A fin de cuentas, si algo sale mal es porque ella me dijo que lo hiciera).

He ido desarrollando una confianza básica en mí y en la sabiduría de mi ser. Sí por lo que he leído y vivido, pero más porque sé, sin una sombra de duda (como se dice en inglés), que los seres humanos somos dignos de confianza.

Cuando se le da un consejo a alguien desde el “Yo creo que deberías hacer…”, estamos diciendo algo así como “No confío en que tú puedas descubrirlo por ti misma”.

Le quita poder a la gente.

Y yo estoy a favor de que se nos regrese ese poder (sobre todo a las mujeres).

Yo confío en ti. Confío en que sabes qué es lo mejor para ti.

Confío en que tienes la capacidad de descubrirlo si no lo tienes claro en este momento.

Confío en que si te metes en un problema o cometes un error, podrás resolverlo.

Confío en que sabes qué estás haciendo aunque ni tú misma/o lo entiendas por ahora.

Confío en que necesitas andar tu camino porque es tuyo y de nadie más.

Confío en que estás exactamente donde tienes que estar y que estás aprendiendo lo que necesitas aprender.


Si te sientes un poco perdida/o y te gustaría que te ayudara a descubrir tu propia verdad sobre algún tema y no te gustan los consejos, pon mucha atención a tu correo en días próximos (o suscríbete al blog) para saber cómo*.

*Ya sé que la última vez que
dije esto no envié nada, lo siento,
se cruzó el temblor. 

Soy una persona ansiosa

Hasta hace no mucho (digamos, a principios de este año) me resistía a admitir las señales de que yo era una persona ansiosa.

Era un poco porque temía que, al decirlo en voz alta, se fuera a empeorar. O que al ponerme esa etiqueta (que más bien parece un diagnóstico clínico), no iba a poder encontrar pruebas de otra cosa.

Pero como con cualquier situación que resistimos, cuando dejamos de resistirla se aligera; mencionarlo y dejármelo en claro me dio mucha libertad. Ahora ya no tengo que gastar energía en ocultármelo a mí misma ni a los demás. Soy una persona ansiosa.

Admitirlo me hizo darme cuenta de que era importante hacer algo al respecto. No porque fuera un “deber”, sino porque sabía que me beneficiaría. Por eso empecé a meditar, pues había leído que era muy útil para eso (sí lo es).

Gracias a ello, comencé a observar todos los lugares en mi vida en los que existen obstáculos relacionados con la ansiedad.

Por ejemplo, que muchas veces no me doy permiso de hacer las cosas que quiero porque hacerlas me genera mucho estrés y siento como si no valiera la pena pasar por eso.

O que a veces realmente la vida es un poco más difícil para mí que para las personas que son más “zen” por naturaleza. Y que tal vez toda esta ansiedad es una respuesta sana en mundo que, tristemente, no está tan sano.

Empecé a notar las actitudes y acciones que aumentan mi ansiedad (no dormir bien, dejar que me dé mucha hambre, alimentar un pensamiento negativo hasta volverlo catastrófico, identificarme con ella y pensar que TODO lo que soy yo es la ansiedad, lo cual no es cierto).

Vi esas conductas también en mi mamá, que mitad me modeló y mitad me heredó la mayoría de ellas. Y comencé a tenerle compasión, porque sé que no empezó con ella. Alguien se lo heredó y se lo modeló, y a esa persona también, quién sabe cuántas generaciones atrás.

También puse atención en las cosas que me ayudan a reducir la ansiedad. Dejar de ver las noticias (sobre todo las de este año, qué pedo). Estar menos tiempo en redes sociales o por lo menos dejar de seguir cuentas que no ayudan.

Respirar, estar en mi cuerpo en vez de en mi mente, dejarme sentir el miedo. Concentrarme totalmente en lo que estoy haciendo a cada momento. Escribir, bailar, leer literatura. Pensar en que yo no soy la ansiedad, soy mucho más que eso aunque la contengo.

Acostarme en el piso boca arriba por unos 10 minutos y permitirme sentir lo que siento, aunque sea incómodo. Ir a terapia. Identificar mis pensamientos y darme cuenta de cómo me hacen sentir. Evitar aislarme porque eso solo lo hace todo peor  (t-o-d-o).

Saber que soy una persona ansiosa me permitió entender que tenía que cuidarme a mí antes que a los demás cuando la tierra se movió el mes pasado. Que me iba a tardar un bueeeen rato en tranquilizar a mi sistema nervioso, quizá un poco más que los demás.

Que necesitaba poner mucha atención en lo que hacía para cuidarme a mí misma, que me iba a costar trabajo dormir y que tenía que poner mucha atención en lo que me pedía mi cuerpo porque no hacerlo iba a empeorar las cosas.

Comprender todo lo anterior me hizo predecir que, a diferencia de lo que se supone que debería ser según las verdades absolutas que hemos aprendido en las películas, me la iba a pasar francamente mal al inicio de una relación en la que estuve. Demasiada incertidumbre para mi sistema.

Me ha permitido practicar la compasión hacia mí misma. No es fácil, nada fácil, pero creo que voy mejorando. Estoy aprendiendo a aceptar esa parte de mí y poder decir, así soy, y no me avergüenzo aunque la sociedad entera está empeñada en hacernos creer que lo único que te convierte en un ser humano valioso es una salud mental (y física también) perfecta. (No lo es. Also: ¿eso existe?).

Es lidiar con el estigma y con la opresión. Con los consejos no solicitados acerca de qué debería o no hacer. Con la gente que no entiende y dice cosas como “¡Relájate!” o “No te preocupes”. JAJAJA.

Aunque no me gusta tanto, ver que soy una persona ansiosa también me da razones para exigirme cambiar y perfeccionarme y mejorar. Me ha hecho ser un poco cruel y hasta violenta conmigo misma.

O enojarme y decirme que no debería ser así, sobre todo cuando veo que mi ansiedad me hace pasármela mal en algún momento en que otras personas se ven estúpidamente felices. Sí, me hace compararme con los demás. Y, sobre todo, me hace juzgarme a mí misma.

Pero también veo todo lo bueno que viene de ello. Y sobre todo, las cosas que he aprendido y sigo aprendiendo. Veo que si no fuera tan miedosa no sería tan valiente. O que si me fijo en el progreso que he tenido, siento esperanza en que quizá lo que ahora me abruma en algún momento será parte de lo que me parezca normal.

También pienso que mi forma de ser incluye cosas positivas, que me gustan mucho de mí, y cosas no tan agradables, como la ansiedad; viene todo junto en el mismo paquete, y para dejar de tener las no agradables necesitaría no tener las positivas.

Me ha ayudado mucho comprender mi personalidad, y ver que todas las personas que la compartimos somos así. Unas más, y otras menos, claro está, pero tenemos eso en común. No estoy sola en eso, sé que un montón de gente me entiende y yo las entiendo 🙂 (…aunque lo intenten ocultar porque está estigmatizado y “mal visto”). (Fuck that shit).

Era importante para mí hablar de esto porque he visto que existe mucha presión en torno a las personas que tenemos blogs, sobre todo cuando hablamos de los temas de los que yo hablo, como de que tengamos la vida resuelta, o que seamos felices todo el tiempo, o ese tipo de cosas.

Lo que yo he notado con las personas que sigo es que me ayudan mucho más si se muestran como realmente son, en toda su humanidad, a que si intentan poner una cara de perfección y Photoshop.

Soy una persona ansiosa, eso no me define y soy muchas más cosas también.

¿Y tú?

Si quieres comentar, ten en cuenta que se necesita ser vulnerable para hablar de estas cosas y que muchas veces no es tan fácil. Y, sobre todo, que no necesito ni deseo leer consejos de ningún tipo.

Puedes compartir tu historia con la ansiedad (si es el caso) o escribir de lo que te diste cuenta sobre ti mientras leías esta entrada.

Gracias por leer y hasta la próxima.