Fuerza

Generalmente, cuando escribo una entrada de este blog, no sé muy bien cómo va a empezar pero pasa algo así:

Tengo una idea de lo que quiero decir, algo dentro de mí sugiere un comienzo, y de ahí sigo escribiendo con la conciencia de que no tiene que ser perfecto, que de todos modos siempre puedo cambiar las palabras que no me gusten.

Casi nunca he cambiado el inicio de un texto, en general suele funcionar.

Sin embargo, para llegar a este punto (o sea, a esta palabra que estás leyendo ahora) escribí cuatro inicios distintos y los borré. No sabía muy bien qué enfoque le quería dar a lo que necesito decir, pero creo que está relacionado con eso.

Con el miedo a la hoja en blanco que, con ligeras variaciones dependiendo de la persona, es una especie de forcejeo y una búsqueda por controlar lo que no se puede controlar.

Esto último ha sido un gran tema en mi vida últimamente. Me he dado cuenta, por un montón de circunstancias aparentemente inconexas, de que tengo una gran [necesidad] de sentir que controlo las cosas. (Hola, ansiedad).

Parte de querer controlarlo todo resulta en una especie de incapacidad o falta de voluntad para fluir con el presente, con lo que es.

Y en un forcejeo intenso, una lucha constante, contra mí misma sobre todo, contra mis deseos verdaderos. Es muy desgastante.

El punto de esta entrada es compartir lo mucho que he notado que me fuerzo (“forzar” se conjuga como “torcer”) a hacer las cosas, “por mi bien”.

Que siento que si no me estoy obligando o forzando a hacer algo, no lo voy a hacer nunca.

A mucha gente le pasa

Estoy consciente de que no soy la única a la que le sucede esto. Por eso escribo sobre el tema.

Sé que, si eres como muchas personas que conozco, vas por la vida obligándote a aprender inglés, y oh sorpresa, lo abandonas a las dos semanas porque a quién le va a gustar que la fuercen a hacer las cosas. (Rebeldía, anyone?)

Esto tiene mucho que ver con la cultura en la que vivimos, donde no se confía en las personas. Es como si el discurso subyacente fuera: “¿Cómo crees que tú sabes lo que es mejor para ti? Obvio no. Deja que yo te enseñe”.

Y entonces nos dejamos forzar, desde el jardín de niños hasta el posdoctorado, pasando por todos los trabajos que hemos tenido y la forma en la que nos trataron nuestros padres; aprendemos a forzarnos a nosotras mismas y nos dejamos meter esa idea en la cabeza:

Si no me obligo a hacer las cosas no voy a hacer nada,

o

La única forma en la que salen las cosas es forzándome a hacerlas

No tiene que ser así

Podemos encontrar maneras más sustentables, amables y amigables de motivarnos a hacer aquello que es importante.

Podemos darnos cuenta de que nos estamos forzando (es un cliché pero es verdad, darse cuenta es el primer paso) y, por lo menos, hacerlo de manera más consciente:

“Sí, me estoy forzando a hacer esto, de verdad no quiero llevarlo a cabo pero las consecuencias de no hacerlo no me gustarían; sé que habría otras opciones para motivarme pero por el momento no se me ocurre ninguna y necesito entregar esto rápido, entonces lo haré”.

Y poco a poco, ir decidiendo si quiero obligarme o no a hacerlo.

Valorar si es importante para mí o si es una regla absurda que estoy siguiendo a partir del “deber ser” de la sociedad.

Sopesar las consecuencias de no hacerlo.

Dejar ir, si se puede.

Pensar alternativas.

Hablar con otras personas para ver si se les ocurre algo que no he pensado.

Ese tipo de cosas.

En el fondo,

forzarse tanto a hacer cosas parte de que no confiamos en nosotros mismos, al menos no en el sentido de que creemos que, si nos permitiéramos ser quienes realmente somos y hacer solo lo que deseáramos, no podríamos funcionar en sociedad y moriríamos de hambre bajo un puente.

En mi experiencia, una opción es encontrar una (buena) razón.

Es decir, preguntarnos por qué una actividad que hacemos podría estar relacionada con algo que realmente nos importa en la vida.

Esto es algo que suelo hacer con quienes toman las Anticlases, preguntarles cuál es su verdadera razón para aprender inglés, porque una vez que se encuentra esa motivación profunda, es mucho más difícil desviarse con los obstáculos.

Para lograrlo, solo necesitas preguntarte “¿Por qué eso es importante para mí?” varias veces, hasta que llegues a algo que te haga sentir Ahhh, sí, sí lo es.

Por ejemplo:

Supongamos que ya te aburrió tu trabajo y has buscado otro pero no logras encontrarlo. Ya estás empezando a incomodarte pero renunciar sin tener otro en la mira simplemente no es una opción, y notas que te estás forzando (palabra clave) todos los días a ir.

Este sería un buen momento para reconectarte con tu “por qué”.

Entonces:

¿Por qué es importante para mí tener un trabajo, este trabajo?

Porque me permite percibir ingresos y tener estructura en mis días.

¿Por qué es importante para mí percibir ingresos y tener estructura?

Porque cuando no he tenido dinero y he tenido demasiado tiempo libre me he sentido muy mal conmigo mismo.

¿Por qué es importante para mí no sentirme mal conmigo mismo con respecto a eso?

Porque si lo hago me empieza a dar mucha ansiedad y todo se vuelve peor y más oscuro.

Entonces, tener un trabajo en este momento, aunque no sea el más agradable del mundo, está sirviendo para que no me dé tanta ansiedad, o al menos no del tipo que me da cuando no tengo dinero y tengo demasiado tiempo libre (que es horrible).


Si llevaste a cabo este ejercicio, seguramente tu forma de ver la situación a la que te estabas forzando cambió, aunque sea poco, lo cual ayudará a que la fuerza (la forzación, pues) no sea la única herramienta a tu alcance.

En las Anticlases exploramos otras formas en las que puedes motivarte que sean más sustentables a largo plazo, no desde la fuerza sino desde otros ángulos que funcionan mejor. Si te interesa, haz clic aquí.

¿Qué opinas?

¿Has notado que te fuerzas a estudiar una lengua? ¿Te funciona? ¿Te gustaría tener una alternativa (o varias)? ¿Cuál sería para ti la forma ideal de motivarte?

Cuéntamelo todo en los comentarios.

Vamos, di algo...

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