¿Tienes una decisión que tomar?

A lo largo de toda mi vida me he considerado una persona indecisa.

Soy el tipo de persona que se agobia ante la incertidumbre y ante las posibilidades, y mi principal obstáculo para tomar decisiones es que pienso mucho y siento mucho.

Y no ayuda que mi mente automáticamente se viaja (se malviaja, mejor dicho) al futuro, pero no a una utopía, sino a todo lo que puede estar mal y va a salir mal.

Me gustaría decir que ahora soy un as de tomar decisiones pero estaría mintiendo. A veces, sobre todo entre más importante sea lo que necesito decidir, me agobio, me angustio y se me cierra el mundo.

Sin embargo, he encontrado una forma que me ha ayudado bastante, sobre todo con las decisiones binarias, es decir, aquellas que solo se tratan de sí o no.

El proceso completo (que viene del focusing) es mucho más complejo de lo que podría explicar aquí, pero en esencia es lo siguiente:

Ejemplo

Supongamos que llevas mucho tiempo luchando contra el inglés y ya te hartaste porque no ves progreso y sientes en el fondo que no sirves para eso y jamás lo vas a aprender y que de todos modos ni siquiera te lo han pedido para los trabajos a los que has aspirado.

Supongamos, también, que te estás convenciendo a ti misma/o de darle una última oportunidad al inglés pero no está funcionando, sobre todo porque hay otra vocecita en tu cabeza que te hace cuestionarte y dice algo así como:

¿Y si mejor solo lo dejas ir y decides que te vas a quedar con el nivel de inglés que tienes y eliges vivir feliz con eso?

(Que quede claro que esto último no es una “excusa” ni nada parecido, es una opción genuina que está surgiendo de un lugar sano en la mente de la persona que lo está diciendo).

Ahora, siguiendo con lo que estamos suponiendo, pensemos que estás considerando ambas opciones, que ves beneficios en ambas y no puedes tomar una decisión.

Has hecho tus listas de pros y contras y como que ninguna te acaba de convencer del todo. Te sigue dando vueltas en la cabeza y solo te agobias cada día más.

Te propongo lo siguiente

La esencia de esta manera de tomar decisiones consiste no tanto en pensar, sino en sentir.

Por ello, necesitas cierta tranquilidad y relajamiento para llevarla a cabo.

Se trata de que tengas muy claro cuáles son tus opciones, y sientas, con cada una de ellas, qué opinarías de ti misma/o.

Siguiendo con el ejemplo de arriba, las opciones serían:

a) Darle una oportunidad más al inglés (con algo que sí creo que tiene posibilidades de funcionar, no con lo mismo que he intentado siempre)

y

b) Dejar ir al 100% la presión de saber más inglés y dedicarle mi energía física mental y hasta espiritual a otras cosas que quiero o necesito hacer

Ahora, el paso siguiente sería respirar profundamente hasta encontrar cierta calma interna, y pasar la “película” de la opción a) como si ya la hubiera elegido, poniendo atención en cómo se siente en mi cuerpo y,

muy importante,

notando qué opino de mí después de haber tomado esa decisión

es decir, cómo embona esa elección en la imagen que tengo de mí misma.

Aquí necesitas tener cuidado y dejar que surja dentro de ti esa sensación, es decir, no intentes forzarlo con tu mente pensando en qué es lo que opinarías. Y mucho menos en qué es lo que opinarían otras personas.

Este ejercicio es algo muy personal, una oportunidad de que nuestra sabiduría interna se comunique con nosotros.

Cuando termines, tomas nota de lo que te “llegó” y lo escribes (o, si no quieres, lo guardas en tu mente y lo tienes muy muy claro).

Después, tomas la opción b) y vuelves a hacer lo mismo: imaginarte que ya elegiste eso y preguntarte qué opinas sobre ti al haber tomado esa decisión.

Al final registras qué sentiste en esta segunda ocasión y, si no es claro para entonces (lo más probable es que sí lo sea), comparas ambas notas.

¿Cuál de las dos opciones te hizo sentir mejor contigo misma/o?

¿Con qué decisión te quedas con una imagen más positiva de ti?

¿Cuál se siente bien, en general?

Listo, usted ha tomado una decisión.

😀

Resumen

Si necesitas tomar una decisión y tu lista de pros y contras simplemente no funciona, prueba relajarte y sentir en tu cuerpo qué opinarías de ti misma/o después de elegir cada una de las opciones.

Es un proceso que lleva práctica, como todo, por lo que te invito a intentarlo al menos unas tres veces, con decisiones pequeñas que sientas que no son tan fuertes (desde qué ponerte hasta qué comer o adónde salir) para que le vayas “agarrando la onda”, como se dice por acá.

También sirve para elegir qué lengua estudiar si estás en un dilema, o incluso para decidirte por un método o un libro o ese tipo de cosas.

Esta herramienta es hermosamente útil (sobre todo si recuerdas que existe).

Si la usas, no dudes en comentarme qué descubriste sobre ti y, sobre todo, qué decisión te ayudó a tomar.

Y si sientes que necesitas un poco más de apoyo para tomar alguna decisión, pon atención a tu correo, pues estoy por enviarte información sobre algo que te puede servir para eso.

¿Te suele costar trabajo tomar decisiones? ¿Qué te ha servido para hacerlo de manera más fácil? ¿Qué acaba pasando cuando te enfrentas a una decisión?

Pronto vas a poder dejar de estudiar idiomas

Sé que en ocasiones es difícil creerlo porque ya llevas mucho tiempo y esfuerzo dedicado en esto de estudiar una lengua y no ves muchos resultados que digamos, pero te lo prometo:

algún día vas a estar del otro lado

No tienes que hacerlo por siempre, un día terminarás de estudiar la lengua.

Probablemente ahora estás pensando:

“Pero si dejo de estudiar, voy a olvidar lo que aprendí”.

Y tienes razón.

Sin embargo, si el que estás estudiando es un idioma que vas a usar, y lo estás aprendiendo porque lo necesitas, eso no te va a pasar por la simple razón de que será parte de tu vida.

Solo olvidamos las lenguas cuando 1) no las aprendemos bien 2) las aprendimos sin realmente necesitarlas 3) realmente creíamos que las necesitábamos pero algo nos impedía usarlas (casi siempre, un bloqueo emocional).

Entonces, si el idioma que estás aprendiendo es uno que necesitas, es decir, si lo estás estudiando con un propósito en particular, algún día lo vas a dejar de estudiar y simplemente lo vas a disfrutar.

Es decir, el tipo de actividades que actualmente realizas para adquirir la lengua se convertirán en actividades que simplemente haces ahora en español.

(De hecho, si desde ahora puedes involucrar la mayor cantidad de actividades “cotidianas”, es decir, no de aprendizaje, en esa lengua, mejor y más rápido la aprenderás).

Algún día vas a buscar solo una (o ninguna) palabra en el diccionario cada vez que leas.

Algún día vas a entender lo que escuches, aun si hablan muy rápido, a la primera.

Algún día vas a encontrar errores de traducción en los subtítulos que leas.

Algún día vas a poder decir lo que piensas en ese idioma sin tenerlo que traducir del español primero.

¿Difícil de creer?

El hecho de que hasta ahora no hayas podido no significa que no vas a poder nunca, ni que sea imposible para ti.

Entre más rápido adquieras el hábito de estudiar, y entre más tiempo y más seguido estudies, más pronto vas a llegar a ese lugar.

Cuando tengas la gramática “completa” en la cabeza, es decir, cuando domines todos los tiempos verbales que realmente se usan, cuando sepas acomodar las palabras en las oraciones, y cuando tengas suficiente vocabulario para decir lo que quieres, vas a poder dejar de estudiar.

Si en este momento no ves la luz y sientes que esto de estudiar una lengua es algo que nunca termina y que vas a envejecer haciendo listas de verbos, o lo que es peor, sintiéndote frustrada(o) porque no comprendes lo que escuchas, deja ir esa idea.

No vas a tener que estudiar-estudiar la lengua toda tu vida. En algún momento —y quizá sea más pronto de lo que crees si te comprometes a ello— vas a poder dedicarte solo a mantener la lengua, y de hecho ni te vas a dar cuenta de que lo estás haciendo porque la estarás usando para lo que querías.

Una vez que tu cerebro llega a cierto punto de adquisición de la lengua, en que entiende su “personalidad”, ya no hay vuelta atrás. El resto se hace solo.

Si te quedas con algo de esta entrada, que sea lo siguiente:

No pierdas la esperanza. Algún día todo tu esfuerzo va a valer la pena y vas a poder disfrutar del idioma en vez de solo estudiarlo. No pierdas de vista esto; sí hay un “después”, una meta y un momento en el que todo hace clic. Y puede que esté más cerca de lo que crees. 

No te desilusiones mientras estudias (o antes de sentarte a hacerlo), no dejes que tu mente te ataque con sus preguntas tipo “¿qué caso tiene?” y pon la atención en el objetivo.

Eyes on the prize, baby. Eyes on the prize!

Nota: esto no significa que no debas intentar disfrutar del estudio, ni que debas apresurarte a aprender todo lo que puedas solo para llegar al final del camino, o algo así. Es solo un intento por ayudarte a vencer la resistencia que pueda surgir cuando tu mente siente que no tiene caso estudiar porque nunca lo vas a lograr. 😉

Cómo mejorar tu pronunciación y dejar de sonar como hispanohablante

En este artículo hablo sobre todo del inglés, pero también aplica para otras lenguas que se escriben diferente a como realmente suenan, o sea, lenguas no fonéticas.

Lo primero que hay que hacer para pronunciar mejor el inglés es: desconfiar de la grafía (grafía = “modo de escribir o representar los sonidos”).

Es conveniente asumir que lo que estás leyendo en inglés no suena para nada como está escrito.

Curiosamente, los hispanohablantes solemos ir por la vida pensando que cada palabra que suena muy distinto a como “debería” sonar por la manera en la que está escrita es la excepción a la regla, y seguimos manteniéndonos firmes a nuestra hipótesis (inconsciente) de que el inglés suena como está escrito.

Sin embargo, si pensamos que la excepción es lo contrario, es decir, que prácticamente ninguna palabra suena como está escrita, tendremos más oportunidades de mejorar nuestra pronunciación.

Lo que más importa es desconfiar, es pensar:

Ok, veo una palabra escrita así, y probablemente no se pronuncia así.

Voy a investigar cómo se pronuncia, y si no quiero o puedo hacerlo ahora, no me casaré con la idea que tengo de su pronunciación.

Lo dejaré pendiente como “palabra que no estoy segura(o) de cómo se pronuncia”.

Porque lo que solemos hacer es que nos encontramos una palabra nueva, nos imaginamos cómo suena—confiamos en la grafía—y luego, cuando vemos que no sonaba así, lo corregimos y tenemos que desaprender nuestra hipótesis, lo cual quita tiempo y genera frustraciones.

Ahora bien, es imposible erradicar del todo esta situación, siempre va a pasar en mayor o menor medida porque la influencia de la lengua materna en las lenguas que aprendemos es y siempre será enorme. Incluso en niveles altos de adquisición.

Pero es un gran avance comenzar a desconfiar más, pues se nos abre todo un universo de sonidos que no se tienen que adecuar a los del español.

A mí, por ejemplo, me acaba de pasar.

En una conversación con una estadounidense, dije la palabra “mud” (lodo) en un momento en el que carecía de contexto que le ayudara a ella a entender qué palabra era (no me preguntes cómo puede pasar eso, solo créeme).

Ella no entendió qué palabra era, me preguntó What? y le volví a repetir lo mismo y me dijo “mock”? y yo así de Noo, hasta que por fin le describí qué era lo que quería decir y me entendió y me dijo Ahhhmud” pero lo pronunció de manera muy distinta, la vocal se parecía más a una “a” que a una “o”, (que era como yo lo estaba diciendo).

(En realidad, esa vocal es una ʌ, una especie de “mezcla” entre la “a” y la “o” hispanas).

Y ya aprendí.

Otra cosa que puedes hacer para no dejarte llevar por la grafía es escuchar miles y miles de canciones.

Si no estás aprendiendo una lengua con música, te sugiero que lo empieces a hacer ya.

Si te das a la tarea de escuchar al menos una canción al día mientras ves la letra, tu pronunciación mejorará exponencialmente cada día que pase.

Lo “más mejor” es aprenderte las canciones de memoria y cantarlas al unísono.

Lo segundo mejor es solo aprenderlas o solo cantarlas.

Lo tercero mejor es leer la letra mientras la escuchas.

Lo cuarto mejor es solo escucharla con mucha atención, con la intención de adquirir la lengua.

Lo quinto mejor es solo leer la letra.

Y así.

Nada supera memorizar canciones, aunque tu pronunciación también puede mejorar con videos tipo TED Talks con subtítulos en inglés y escuchar al mismo tiempo que los lees.

Pare de sufrir

Poco a poco, tu cerebro irá reconociendo los patrones y aprenderás a pronunciar las palabras bien a la primera, pero no te agobies si te vuelve a pasar que no lo logras: el inglés es profundamente ilógico en sus grafías, y lo peor que puedes hacer es tomártelo personal y/o hacer que signifique algo negativo sobre ti.

(Por ejemplo: “Si pronuncio mal y no me entendieron, significa que nunca voy a aprender / que soy una fracasada(o) / que no nací para los idiomas”).

No serías la primera(o) ni la única(o) que se frustra con la grafía del inglés. Si no me crees, lee sobre la divertida historia del Alfabeto Shaviano.

Y piensa que, aun si todo falla, a veces entre hispanohablantes no nos entendemos por la manera en la que pronunciamos nuestros dialectos (el ceceo, las “s” aspiradas, las vocales perdidas, las consonantes ignoradas…).

A cualquiera le puede pasar.

Quizá tu pronunciación nunca sea idéntica a la de un gringo o un inglés (a menos que tomes clases de fonética o que te ayude un accent / dialect coach como los de Hollywood) pero te prometo que tendrás una pronunciación lo suficientemente  buena como para darte a comprender de manera satisfactoria.

Y si todavía sientes que no es suficiente solo darte a comprender y quieres tener la mejor pronunciación del mundo, considera que tal vez haya un poco de perfeccionismo asomando la cabeza, lo cual no tiene nada de malo.

Es loable buscar la excelencia, siempre y cuando sepas que lo imperfecto suele ser suficiente en la mayoría de los casos.

En resumen,

desconfía de la grafía, escucha y apréndete todas las canciones que puedas, cántalas mientras las escuchas y las lees y tómalo con calma.

Tu pronunciación puede mejorar y lo hará.  🙂

Cómo evitar que te distraigan cuando estás estudiando

Durante varias semanas (¿o fueron meses?) me di de topes contra una pared invisible.

Llegaba a mi casa a las 7:00 pm, me sentaba a escribir o a leer o a hacer cualquier cosa para la que necesitara concentración, y cuando menos me daba cuenta, eran las 10 de la noche, tenía hambre y sueño y no había hecho lo que me había propuesto.

Lo peor era que no entendía qué rayos había pasado, simplemente me frustraba, me prometía que al día siguiente sería diferente y la historia se repetía.

¿Por qué no estaba logrando hacer lo que quería?

Un buen día, no recuerdo muy bien cómo fue, pero me di cuenta de algo que parece totalmente obvio pero que—lo juro—no había notado: no me distraía, me distraían.

No me había dado cuenta de que las personas con las que vivo llegaban a las 8:00 pm, la hora en la que yo había por fin logrado concentrarme, y aunque no me hablaran directamente, hacían un montón de ruido y se comunicaban en voz alta de cuarto a cuarto, platicando de cosas que ni me interesaban ni me eran totalmente indiferentes pero que lograban que rompiera mi tan preciada concentración.

A veces sí me hablaban directamente y me pedían favores, o ayuda, o pasaban a saludarme o a contarme su día, frente a lo cual yo no reaccionaba con mi atención plena, sino—lo confieso—esperando a que se fueran. (No porque los odie sino porque ya estaba en “modo de concentración”).

Bien dicen que si no puedes contra el enemigo, te le unas, pero el primer paso, creo yo, es identificar y observar a este “enemigo” (que en realidad solo es una situación, neutral en sí misma).

En mi caso, puse muchísima atención, cuaderno en mano, en varias cosas:

  • A qué hora llegaba yo y cuánto tiempo tardaba en preparar todo para sentarme a concentrarme
  • Cuánto tiempo tardaba en lograr concentrarme y entrar en estado de flow (o lo más cercano a eso; no siempre lo logro)
  • A qué hora llegaban Las Personas
  • Cuánto tiempo duraban las conversaciones de cuarto a cuarto / los saludos / las “interrupciones” / el ruido en general (he notado que cuando la gente llega a su casa hace mucho ruido pero poco a poco, conforme se va enfocando en alguna actividad, el ruido disminuye).
  • A qué hora me daba hambre (yo con hambre ya no puedo concentrarme ni ser feliz)
  • A qué hora me daba sueño

Y así, con esta información y otras observaciones antropológicas tanto de mí como de las circunstancias, pude elegir más conscientemente qué hacer en ese momento, de 7 a 10pm.

Tenía varias opciones:

  1. Pedirle a Las Personas que cuando llegaran no hicieran ruido y/o encerrarme en mi cuarto y poner un letrero de no molestar (esto podría funcionar, pero entre más personas son, más difícil es modificar su comportamiento). (Además, la manera más fácil de mejorar una situación ajena a nosotros es cambiar cómo nos sentimos al respecto).
  2. Salir durante esas horas y llegar cuando estuvieran dormidos (este… no).
  3. Llevar a cabo una actividad que de cualquier forma tuviera que hacer pero que a) no importara si me interrumpían y b) no necesitara de un periodo largo de concentración mental.
  4. Resignarme y ver mi feed de Instagram hasta el día siguiente.

Al final me decidí por dejar de nadar contra corriente e hice una lista de cosas que cumplieran los requisitos que puse en 3., es decir, algo que de cualquier forma necesitara hacer y que no requiriera del silencio por un tiempo prolongado.

Ahora, cuando llego a mi casa a las 7:00 pm y noto el silencio de ser la primera en llegar, soy más consciente de que no durará mucho y me apuro a aprovecharlo, sabiendo que en cuando la primera Persona entre por la puerta el ambiente cambiará.

Además, busqué concienzudamente un nuevo momento para La Actividad Enfocada que quería llevar a cabo, con la finalidad de que no se quedara sin hacer. (Casi siempre es leer o escribir, soy súper predecible, ya lo sé).

Este simple (jaja, simple) cambio ha hecho que dejen de incomodarme las “interrupciones” de las otras personas (que de cualquier forma solo son intentos por satisfacer la muy humana necesidad de comunicarse y conectar), y me ha hecho sentir que tengo más poder sobre mi vida y mi tiempo, que puedo tomar decisiones de manera deliberada y que me puedo adaptar a mis circunstancias.

Yeah, baby.

Claro que no siempre funciona así y muchas veces se me olvida, o a veces yo misma llego haciéndole ruido a las Personas; a veces necesito usar ese tiempo y les pido por favor que no hagan ruido (y a veces me hacen caso y otras no).

Pero la idea ahí está, y los recuerdos de los momentos en que “el plan ideal” ha funcionado y salido bien me ayudan a seguir buscando la satisfacción que he llegado a sentir al final del día, esa sensación de:

Wow, hoy hice un montón de cosas que quería hacer y hasta lo disfruté; me siento orgullosa de mí misma.

Tu turno:

¿Cómo influyen las personas que te rodean en tus niveles de concentración?

¿Estás intentando concentrarte para aprender [idioma] o hacer lo que sea mientras hay una situación que no lo favorece?

¿Qué circunstancia o momento de tus días podrías observar para obtener más información y tomar decisiones más conscientes?

Me encantaría saber qué opinas sobre esto. 🙂

Los objetos que te rodean pueden entorpecer tu aprendizaje

Cuando le pregunto a la gente sobre los obstáculos que la detienen a sentarse a estudiar un idioma, normalmente viene a su mente que no tienen tiempo.

Pero hasta ahora nadie me ha dicho algo igual de importante pero mucho más invisible: lo que contiene el lugar donde se pretende estudiar.

Y vaya que es importante…

Todo lo que nos rodea nos hace sentir algo

Y lo que normalmente pasa es que, como no ponemos atención en esto, todo aquello que sentimos se vuelve en nuestra contra.

Sin embargo, hay por lo menos dos beneficios que podemos obtener si nos volvemos conscientes de que nuestro entorno modifica nuestro ánimo (y nuestra motivación) y hacemos algo al respecto:

  1. Recordar durante el día nuestra intención de exponernos al idioma
  2. Evitar distracciones y reducir la procrastinación

La idea detrás de esto consiste en vincular una pista visual con una actividad que deseas hacer, para añadir una acción.

O, si lo que quieres es romper un hábito o evitar distracciones, se trata de romper una asociación o evitar una pista que te lleve a hacer una actividad.

Suena muy complicado pero en realidad es sencillísimo, como verás.

Para recordar que es momento de repasar nuestras lecciones, algo que funciona es poner un libro o un texto a la vista por donde pases seguido.

O, puede ser algo que no esté escrito en tu lengua meta, (o que ni siquiera tenga nada escrito) pero que te recuerde tu interés o motivación profunda por aprender el idioma.

Puede ser en tu mesita de noche, o en un estante o mueble que veas seguido.

El secreto para hacer esto es que el objeto que pongas como recordatorio de estudiar no te genere una sensación negativa.

Si pones atención, te darás cuenta de que los objetos que vemos de manera cotidiana influyen en tu ánimo para bien o para mal.

El simple hecho de tener un escritorio con muchas cosas desordenadas encima hace que no nos den ganas de sentarnos a hacer nada, mucho menos de estudiar un idioma.

Y más que invitarte a que limpies tu escritorio (me consta de primera mano lo difícil que puede llegar a ser mantenerlo ordenado por más de una semana seguida), a lo que te quiero exhortar es a ir poniendo atención, en las habitaciones donde pasas más tiempo, en qué sensación te genera cada objeto presente ahí.

Lo más fácil suele ser identificar qué objetos te hacen sentir no-bien.

Muchas veces pasa que, sin que nos demos cuenta, las cosas que nos rodean nos traen malos recuerdos, nos generan arrepentimientos, nos hacen sentir culpables, incluso.

Ya sea porque fueron regalos de personas non-gratas, o porque fueron compras impulsivas, o porque simplemente los relacionamos con una versión de nosotros mismos que ya no somos.

Y cada vez que pasamos frente esos objetos, aun si no estamos poniendo atención, algo desagradable se activa en nuestro interior y nos impide acceder a la claridad mental que nos permite hacer cosas nuevas o avanzar en nuestros proyectos.

A mí eso me pasaba, de entre todas las cosas que tengo, con mis libros. Muchos de ellos están en unas repisas dentro de mi clóset / armario, pero tengo unos cuantos a la vista, en el librero de mi cuarto.

Un buen día decidí depurar esos libros y no solo quitar aquellos que relacionaba con cosas desagradables, sino todos los que no me encantaban.

Solo dejé aquellos que me hacían realmente feliz y que estaban actualizados con lo que realmente soy hoy en día.

Parece mentira que algo tan relativamente pequeño pudiera tener un cambio tan grande, pero en cuanto terminé de acomodar los libros que me daba felicidad ver, sentí como si un gran peso se me hubiera quitado de encima y empecé a sentirme bien cada que mis ojos pasaban por encima de ellos.

Te invito a hacer la prueba y observar lo que te hace sentir cada objeto que tienes. Obviamente, lo que se siente no es una pasión desbordante ni un odio infinito, sino una pequeña sensación de “Ash”, o de “¡me encanta eso!”. Pero cuando esas pequeñas sensaciones se van juntando, generan actitudes importantes.

Yo me resistía a hacer eso (y me resisto a hacerlo con otros objetos) porque en general me resulta muy pesado hacer limpieza profunda por todo el polvo que sale—y porque se hace un desastre aun más grande por varios días antes de que se vea el cambio—pero lo que más me hace resistirme es el miedo al vacío.

La sensación de: “¿qué va a pasar si termino tirándolo todo y me quedo con nada?”

Es como si prefiriera tener un montón de cosas obsoletas y anticuadas a tener un vacío actualizado.

Sé que es absurdo porque ese vacío no es un vacío, sino espacio para crear, para poner lo que sí quiero de mi vida. No se puede construir un edificio encima del otro, hay que tirar el anterior.

Pero igual da miedo la nada.

En fin.

Una vez dicho lo anterior, podemos pasar al inciso b), usar los objetos que nos rodean para evitar que el tiempo se nos vaya en algo que no nos beneficia.

Por ejemplo, si te das cuenta de que pasas mucho tiempo en Facebook, más incluso del que te gustaría, podrías poner tu teléfono celular en otra habitación de tu casa.

Esto te ayudará a romper la inercia que hace a este hábito difícil de abandonar.

Muchas veces, cuando el hábito es muy fuerte (como con casi todo lo que tenga que ver con los teléfonos móviles), puede ser que esto no sea suficiente, o que funcione durante un tiempo pero después deje de hacerlo.

Esto no quiere decir que el sistema haya estado mal diseñado, sino que es necesario añadirle otro elemento, como un recordatorio, por ejemplo.

Algo sencillo, como un post-it o una nota programada en el calendario de Google: “¿Todavía sigues dejando el celular en la cocina? ¿Recuerdas que era importante para ti? [carita feliz]”

En resumen,

Los lugares y objetos que nos rodean ejercen una influencia mucho mayor de lo que creemos, para bien o para mal, en nuestro estado de ánimo y nuestras ganas de llevar a cabo nuestros proyectos.

La buena noticia es que podemos deshacernos de (o simplemente esconder de la vista) todo aquello que no nos genera emociones positivas cuando lo vemos y, por lo tanto, aumentar nuestras probabilidades de seguir adelante con nuestros propósitos.

Si te decides a hacer la prueba y editar tu espacio para rodearte únicamente de objetos que armonicen con tu forma de ser y de pensar actual, no olvides contarme en los comentarios cómo te ayudó en tu aprendizaje del idioma que estás aprendiendo.

Estoy segura de que te sorprenderá la diferencia 🙂

¿Por qué nos ponemos metas que no cumplimos?

Por alguna razón, los seres humanos tendemos a fingir que no hemos vivido toda nuestra vida con nosotros mismos y que, por lo mismo, no sabemos cómo vamos a actuar.

Pero es eso, un fingimiento, porque en el fondo claro que lo sabemos.

Lo que pasa es que no actuamos como si nos conociéramos.

¿A qué me refiero?

Imagínate que te propones escuchar un podcast en alemán al día. Y entonces, en vez de decir,

Algo dentro de mí me dice que siendo como soy y estando mi vida como es, probablemente 7 episodios de podcast a la semana sean muchos, creo que debería ponerme una meta más fácil de alcanzar

Decimos:

Algo me dice que 7 episodios de podcast es mucho. Pero seguramente, como tengo mucha iniciativa y de verdad de verdad de verdad lo quiero hacer, me voy a esforzar (y forzar) mucho y lo voy a lograr, no me importa nada; ignoraré mis miedos y mis resistencias y CLARO QUE LO VOY A LOGRAR porque tengo que poder

Y en vez de escuchar 3 episodios de podcast a la semana, la meta factible, nos quedamos totalmente frustrados y pensando que tenemos que mejorar, que si tan solo tuviéramos más disciplina / menos distracción / más ganas / más [lo que sea] lo habríamos logrado.

¿Por qué seguimos empeñándonos en ponernos metas que no vamos a cumplir?

Creo que parte de esto reside en que pensamos que si nos aceptamos como somos vamos a dejar de mejorar como personas. Que si no nos ponemos metas “altas”, no vamos a crecer.

Y también tiene mucho que ver con que nos duele hacer evidente nuestras habilidades y capacidades actuales porque están muy lejos de ser lo que esperaríamos de nosotros mismos. Es una forma de no enfrentarnos a lo que no podemos hacer hoy.

Porque es mucho más fácil decir: “No, no pude, tendría que ser más [inteligente / capaz / talentosa / disciplinado] para lograrlo, y como no lo soy, bye a todo” (y entonces tirar los planes por la borda) que darnos cuenta de que todavía tenemos mucho que desarrollar en determinada habilidad.

Probablemente te pasa esto en varias areas de tu vida, no solo con los idiomas o los proyectos.

A mí muchas veces me pasa que compro comida (sobre todo vegetales) con la firme intención de que, ahora sí, esta semana sí, los cocinaré de una manera totalmente novedosa y comerlos no será para nada difícil.

Y-–oh sorpresa—al final de la semana me encuentro con que ni siquiera toqué las benditas verduras porque me olvidé por completo de su existencia. 😦

O algo que por fin aprendí, aunque no fue para nada fácil porque sentía que no era “cool”:

Que siempre siempre siempre siempre debo traer algo con lo que taparme del frío. Aunque haga sol. Aunque sea primavera o verano. Aunque me esté muriendo de calor justo en cuanto salgo de mi casa. Aunque… lo que sea.

Soy una persona que necesita cubrirse del frío cuando otras no, y ya, así soy.

(Y aun así, debo confesar que tan solo de escribir esto siento que la gente me va a juzgar y me va a decir que no invente, que no hace frío, bla bla bla. Ni modo).

Incluso me pasa con cosas tan pequeñas como: No voy a dejar como “no leído” este correo y sísí, sí me voy a acordar de comentarlo con Fulanita. (Es una trampa, sé que jamás me voy a acordar, mejor lo dejo como “no leído” y listo, me ahorro problemas y frustraciones y autoflagelaciones).

¿Qué se puede hacer?

Hay dos cosas que te invito a probar.

La primera es atreverte a mirarte tal y como eres, dejando de pensar que estás mal y que tienes que cambiar de preferencia lo más rápido posible.

Te lo juro, te lo prometo, te lo megagarantizo (what): no tienes que arreglarte porque no estás rota(o).

No tienes que exigirte ser de determinada forma que crees que te hará feliz o “mejor” o lo que sea.

De hecho, lo que yo he visto que funciona más para “mejorar” como persona es dejar de poner a luchar lo que somos hoy contra la imagen perfecta e idealizada que tenemos de nosotros mismos, porque entonces podemos ver nuestras verdaderas cualidades y fortalezas.

Si somos “menos que” esa imagen, solo podemos enfocarnos en lo que no somos y en lo que no tenemos.

En cambio, si somos lo que somos, hay mucha más oportunidad para vernos de manera global, con lo “bueno” y lo “malo”.

(Sí, ya sé que se dice fácil y no lo es tanto, pero es bueno tenerlo presente).

La segunda cosa que te invito a probar es, que si decides ponerte metas que significarían que te estiraras o que “cambiaras” para lograrlas, hagas un plan que de verdad vayas a seguir. (Es lo mismo, de hecho, haz un plan como si te conocieras).

Siguiendo con el ejemplo de los episodios de podcast, supongamos que estás 100% convencida(o) de que quieres escuchar 7 episodios a la semana, llueva, truene o relampaguee. Lo primero que tienes que hacer, después de elegirlo, es decidir por qué, cuándo, dónde y a qué hora del día lo vas a hacer.

Literalmente ponerlo en tu calendario, poner una alarma, un post-it, cosas que te lo recuerden.

Porque lo más seguro es que se te olvide que te propusiste algo ajeno a tu forma actual de hacer las cosas o de vivir tus días cotidianos. Incluso si te sientes tremendamente entusiasmada(o), esa emoción va a quedar en el pasado y tu propósito se te va a olvidar.

A veces pensamos que si tenemos que hacer un plan para cumplir nuestras metas, eso significa que no tenemos talento o que no somos tan inteligentes o tan [buenos] como creíamos, lo cual es totalmente absurdo.

Hacer un plan factible, amable, no habla mal de ti.

Cuando yo veo una persona que ha hecho un plan detallado, respetando su forma de ser, sus circunstancias actuales, el resto de sus necesidades, etc., no pienso que es la persona más loser del mundo; al contrario, lo que veo es que está comprometida con sus metas y que se está arriesgando a verse como es y a avanzar hacia lo que quiere ser a su propio ritmo.

¿Qué puedes hacer para facilitarle la vida a tu Yo del presente (tal y como es, como eres)?

Porque de eso se trata, esencialmente, de llevarse cada vez mejor con uno mismo.

¿Qué pasaría si comenzaras a tomar decisiones y a actuar como si te conocieras, como si ya supieras qué es lo que va a pasar si te pones en determinada situación?

En mi experiencia, lo que se encuentra después de eso es mucha, pero mucha paz.

¿Qué opinas? ¿Te gustaría compartir en los comentarios un escenario (o varios) en el que actúas como si no te conocieras?