¿Y si el secreto es irse todavía más lento?

Nota: Esta entrada me quedó un poco más larga que otras. Pero también mucho más bonita, if I may say so myself.

Cero

Seguramente has escuchado que las personas vamos por la vida enseñando lo que necesitamos aprender, y en general yo he visto que es cierto. No sé si se pueda generalizar al 100% pero tampoco es falso.

En los casi ocho años que llevo escribiendo este blog, que es uno de mis principales espacios de “enseñanza”, he notado distintos matices de este fenómeno.

A veces escribo sobre algo que tengo super trabajado y en cierto sentido ya “aprendí”.

En ocasiones me animo a escribir algo que todavía no tengo tan claro, como para comprenderlo mejor, y casi siempre que hago eso el resultado de la entrada no me convence y suelo borrarla unas semanas después, o editarla considerablemente.

Y, curiosamente, estas entradas son de las que menos resuenan con la gente, lo cual muchas veces noto por la falta de likes en mi página de FB o por los comentarios que no recibo.

Casi siempre escribo desde un punto medio. Temas que ya experimenté y de los cuales vi varias aristas (no sé si sea posible verlas todas), y ya puedo dar mi perspectiva. Todavía no es algo que se siente “obvio”, pero ya es un espacio desde donde me puedo mover libremente.

La presente entrada es un tema que todavía no domino en la práctica pero me veo motivada a compartir desde ahora. Para entenderlo un poco mejor pero también para recordármelo a mí misma. Porque cuando ya publiqué sobre algo, se vuelve más real de cierta forma para mí.

En ese sentido, te invito a ser testigo de lo que suceda, quizá notes que está siendo un texto distinto a los que normalmente escribo.

Uno

Me cuesta mucho trabajo hacer las cosas lentamente.

Es como si me moviera entre dos extremos: hacer todo con un frenesí alocado en pos de una eficiencia que siento como un mandato irrefutable, o quedarme estancada, aferrada casi al lugar donde estoy, donde quizá pasan cosas tras bambalinas pero externamente no se ve que se mueva nada.

El año pasado fue para mí un tiempo en el que me acerqué mucho más a aprender a llevármela lento.

A inicios de año, estaba creando un proyecto y sentía una gran urgencia por terminarlo. Sentía que si no lo acababa antes de julio-agosto, más o menos, algo malo iba a pasar.

Como que se me iba a ir la idea, a pesar de que ya la había escrito y ya le había dado la bienvenida.

El resultado fue que me presioné a mí misma. Me forcé a trabajar cuando no tenía ganas, en nombre de una “disciplina” mal comprendida (¿te ha pasado con los idiomas?).

Cada vez que me sentaba a escribir, tenía una sensación muy fuerte de prisa (que nadie más que yo creaba y reforzaba) y quería hacerlo todo rápido.

Quería aprovechar al máximo el tiempo y escribir millones de palabras por segundo. Cuando me cansaba, me obligaba a seguir “solo cinco minutos más” o “hasta terminar esta idea”.

De verdad creía que estaba haciendo lo correcto, que así era como las grandes obras se creaban.

Y puede ser que a algunas personas les funcione, no estoy diciendo que no.

Pero para mí fue contraproducente.  

Yo no funciono así y mi cuerpo me lo cobró: a la mitad de este frenesí, un dia de lluvia me caí en un hoyo.

Independientemente de si estás de acuerdo o no con estas ideas de que los síntomas o las enfermedades son metáforas de lo que está pasando en nuestra vida, o una forma de comunicación de nuestro ser hacia nuestros necios egos, para mí fue muy claro.

Me esguincé el tobillo y me vi forzada a caminar lento. En cuanto acompañé a mi hermano al aeropuerto un día después y había que correr para alcanzar la hora del registro y yo tenía que ir despacio, más despacio, dolorosamente despacio, tuve la revelación:

este es el mensaje de que voy muy rápido

Y aun si no lo es, decido tomarlo como tal y aprender la lección.

Dos

En ese momento dejé de lado mi proyecto. Me gustaría decir que fue desde un lugar de comprensión profunda de la vida pero más bien fue desde el berrinche de Nada de lo que intento me sale bien, y desde el miedo a que me volviera a pasar algo o que me enfermara.

Me prometí que descansaría un mes o dos, y después lo retomaría, pero simplemente ya no podía. Me acercaba al proyecto y sentía mucho rechazo desde mi cuerpo. Y ya no quería forzarme, ya no le veía ningún sentido.

Entonces lo dejé ir, confiando en que en algún momento iba a sentir que era el momento de retomarlo, y si nunca lo sentía, entonces significaba que la misión de ese proyecto en mi vida no era que yo lo trajera al mundo, sino solo enseñarme que forzarme a ir más rápido y negar mis necesidades de descanso no me llevaban a nada bueno.

Ahora que ya pasaron más o menos ¾ de año desde que pasó eso, por fin estoy sintiendo que es momento de retomar el proyecto, así como de escribir otras cosas.

Tres

He estado pensando mucho en esto de la forzación. Hasta escribí una entrada sobre ello, y creo que ya estoy llegando a una comprensión mucho más clara de cuáles son los patrones que me hacen ponerme a trabajar a marchas forzadas.

No ha sido fácil porque es algo que la cultura no sólo promueve sino que premia.

“Si no duele no sirve”, “todos tenemos 24 horas en el día” y frases parecidas nos han lavado el cerebro y nos han convencido de que si escuchamos a nuestros cuerpos cuando nos dicen que tenemos que descansar (o si admitimos que solo podemos hacer algo durante 15 minutos al día antes de agotarnos) nos vamos a meter en problemas y no vamos a lograr lo que queremos.

La verdad es que en cierto sentido fue un golpe al ego darme cuenta de que yo también caí en eso.

Creía que ya lo tenía “superado” porque ya había pensado mucho en torno a cómo nos violentamos a nosotras/os mismas/os en un afán de obtener lo que queremos o lo que nos han convencido de que será bueno para nosotras/os.

Pero siempre hay puntos ciegos que podemos seguir descubriendo con nuestra experiencia, y es mucho mejor eso que ir por la vida creyendo que ya lo tenemos todo resuelto.

Eso también aprendí.

Cuatro

Como dije, ahora quiero retomar mis proyectos. Casi todos tienen que ver con escribir.

Me he enfrentado en el pasado a la sensación de que si solo escribo x palabras en un día nunca voy a acabar.

El futuro de mi texto da una especie de vértigo y eso hace que prefiera no escribir nada, mintiéndome a mí misma y diciéndome que voy a encontrar no solo un momento sino también la energía con los que pueda escribir 4 horas al día todos los días y acabar rápido.

Pero no es verdad, y no funciono así.

La única forma en la que he visto que se pueden hacer los proyectos es como la trilladísima gota en la piedra. Poco a poco. Día a día.

A mí me ha ganado la impaciencia muchas veces. Y también un poco la falta de fe. No en mí necesariamente, sino que muchas veces, por mi historia de vida, me ha pasado que llego con mucha ilusión a una [tarea] y algo sale mal muy mal, tan mal que lo tengo que abandonar.

Cinco

Estoy segura de que no soy la única persona a la que esto le pasa. Lo veo todo el tiempo en las personas que conozco que están haciendo su tesis, por ejemplo.

Me dicen que llevan años sin avanzar porque no tienen tiempo. Que les gustaría dedicarle dos horas al día a redactar o a investigar. Pero que están muy ocupados.

Cuando les pregunto si podrían encontrar 20 minutos al día, me dicen que sí, pero que así nunca van a terminar.

Yo los entiendo, y les digo (y me digo a mí misma) que en todos estos meses (y a veces hasta años) que llevan esperando que dos horas al día les caigan del cielo, ya habrían terminado si le dedicaran 20 minutos al día.

Lo mismo con la gente que quiere encontrar 10 horas a la semana para aprender un idioma.

No lo digo para hacerlos sentir culpables —como dije, es una trampa en la que también caigo muy seguido—, sino para escucharme a mí misma y ver si se puede grabar en mi ser.

Seis

Algo que me ayudó mucho fue una cita de Anaïs Nin (que Karen compartió conmigo antes de que me obsesionara, como ahora, con Anaïs) que dice, en escencia, que la mayoría de las personas adquirimos la verdad fragmento por fragmento, como un detallado mosaico.

Y mira que ella sabe de lo que habla porque escribió MUCHÍSIMO a lo largo de su vida, entre sus diarios, sus novelas, sus ensayos y sus poemas.

He decidido que, ahora, voy a ver todo lo que quiero hacer como un mosaico.

De hecho, hay cosas que siento que quieren ser llevadas a cabo así. No sé muy bien cómo explicarlo, pero esa sensación me da.

Cuando te acercas mucho a un mosaico, lo único que ves son pequeños cuadritos de colores, uno al lado del otro, sin mucho sentido. Pero después de un tiempo de haberlos puesto uno por uno, te alejas y lo que ves te deja sin palabras: una imagen hermosa, que construiste tú misma/o, día a día, con mucha paciencia y constancia, con mucha fe y llevándotela tan lento como tu cuerpo te lo pidiera.

Eso quiero hacer y recordar este año. Espero estar lista para recibir esa lección. Me gustaría muchísimo que fuera como me acerco ya por default a los proyectos.

Quizá esa sea el secreto, o la única forma de hacer cosas a largo plazo.

Si no lo es, de cualquier forma prefiero intentarlo así. Siento que hay mucho más espacio.  

¿Qué opinas?

Mujeres políglotas

Hice una divertídisima investigación de varias semanas para realizar una lista de mujeres que han hablado varias lenguas a lo largo de la historia.

Obviamente, no es ni la milésima parte de todas las que han existido, sino que hice una selección muy personal de algunas mujeres que me han llamado la atención por algo que me reflejan o que me resuena personalmente, o que me resultó increíble no haber sabido antes.

Espero que descubras algo que no conocías.

(No están en ningún orden en específico).

En el apartado de “Lenguas:”, me refiero a las que estudiaron, conocen, hablan, dominan, pueden leer, o una mezcla de las anteriores.

1. Reina Victoria de Inglaterra

Nació en 1819 y murió en 1901, es decir, vivió casi todo el siglo XIX.

Por qué la elegí:
Porque vi la película
Victoria & Abdul (corre a verla) y me obsesioné, pues no podía creer que yo no supiera que sobrevivieron 13 volúmenes de los diarios de la reina escritos en urdu, que es la versión del hindustaní que se escribe con el alfabeto árabe, lengua que estudió durante 13 años.

Trece. Años.

Shrabani Basu, la autora del libro en el que está basada la película de la que hablo, tradujo los diarios. No solo los hechos que narra la película son fascinantes, sino la historia del libro de Basu en sí y de los diarios de su maestro de urdu, el famoso Munshi (los cuales no se conocían cuando ese libro fue publicado, en el 2011).

Que no te extrañe si escribo una entrada solamente de esto próximamente.

Lenguas:
inglés, alemán, francés, italiano, latín y urdu.

Algo más que debes saber sobre ella:
Cuando decidió estudiar urdu tenía casi 70 años. Cada vez que te sientas demasiado mayor para empezar a aprender una lengua, di “Victoria Regina” tres veces, como un mantra, y se te pasará.

2. Aung San Suu Kyi

Nació en 1945 y sigue vivita y coleando en su país natal, Burma / Birmania / Myanmar.

Por qué la elegí:
Porque si hay algo que me admira en la vida son las personas que luchan por los derechos humanos de los demás, sobre todo cuando no la han tenido fácil.

Suu Kyi ganó el premio Nobel de la Paz en 1991 mientras estaba confinada por arresto domiciliario, durante el cual no podía ver a su esposo (quien murió de cáncer sin que ella pudiera estar con él) ni a sus hijos. En esos momentos se ponía a practicar idiomas, meditaba y tocaba el piano.

Lenguas:
Birmano, inglés, japonés y francés.

Algo más que debes saber sobre ella:
Hay una película del 2011 sobre su vida hasta ese momento, donde puedes ver lo admirable de su lucha pacífica. Actualmente tiene varios cargos en el gobierno de su país.

3. Lomb Kató / Kató Lomb

Vivió de 1909-2003, casi todo el siglo XX. Nació en Hungría y viajó mucho por el mundo.

Por qué la elegí:
Porque le dedicaba muchísimo tiempo a estudiar y conocer las lenguas que aprendió de manera autodidacta, y aunque estudió formalmente física y química, vivía de los idiomas que sabía al interpretarlos o traducirlos.

Además, porque escribió libros compartiendo su amor por las lenguas y la interpretación, así como lo que aprendía gracias a esas actividades. 

Lenguas:
De 17 a 28, según a quién le preguntes.

Su lengua materna era el húngaro. Ruso, alemán, inglés, francés eran aquellas que podía interpretar. Hablaba español, italiano, japonés, chino y polaco. Podía leer sueco, noruego, rumano, portugués, holandés, búlgaro y checo. Llegó a decir que ganaba dinero, además de algunas lenguas de las arriba mencionadas, con danés, hebreo, latín, eslovaco y ucraniano, y entendía algunas otras más que ya perdí de vista.

Algo más que debes saber sobre ella:
Fue una de las primeras intérpretes (en el sentido moderno de la palabra) y gracias a su trabajo como tal conoció al menos 40 países. Escribió cuatro libros sobre sus métodos de aprendizaje y sus experiencias al viajar.

4. Maya Angelou

Nació en Estados Unidos en 1928 y murió en el 2014.

Por qué la elegí:
Siempre que leo acerca de Maya, me da la sensación de que vivió muchas vidas en una, siendo además una escritora prolífica.

Fue una mujer que sufrió, escribió y vivió y, a juzgar por sus propias palabras en algunas entrevistas que le hicieron, disfrutaba la vida de una manera en la que pocas personas llegan a hacerlo.

No he leído muchos de sus textos pero los poemas que conozco me gustan bastante, y fue la primera mujer negra en hacer muchas cosas, incluyendo ganar algunos premios específicos por su obra literaria.

Lenguas:
Al menos 6: inglés (su lengua materna), francés, español, hebreo, italiano y fanti, un dialecto de la lengua akan, que se habla en Ghana.

Viajó a varios países en las giras que hacía con sus compañías de danza y teatro. Vivió algunos años en Egipto y Ghana, y le gustaba aprender las lenguas de los países en los que estaba, aun si lo hacía solo con un diccionario. También podía cantar en griego y en algunos lugares dice que estudió algo de serbo-croata y árabe*.

Algo más que debes saber sobre ella:
Era amiga de Martin Luther King Jr, a quien asesinaron el día del cumpleaños de ella. Grabó un disco de música y además creó un documental de 10 episodios sobre la influencia de los afroamericanos en Estados Unidos. Tuvo un hijo a los 16 años y estuvo en un montón de trabajos para mantenerlo. Nunca fue a la universidad a estudiar formalmente, pero recibió más de un doctorado honoris causa.


5. Elif Şafak / Elif Shafak

Nació en Francia de padres turcos en 1971 y vive actualmente en Londres.

Por qué la elegí:
Porque es una de las escritoras más interesantes de las que he tenido noticia, y cada que la leo o la oigo hablar me deja pensando mucho en cosas que siento que son muy importantes. Por su mezcla poco común de culturas, lenguas e ideas. Y porque comparto cumpleaños con ella 🙂

Lenguas:
Según
esta página, turco, inglés, francés, español, árabe y alemán.

Su madre se hizo diplomática cuando ella era niña y viajó por muchos países desde joven.

Por más que googleé, no encontré referencias fidedignas de las últimas dos, aunque sí lo hice de que vivió un tiempo en Jordania, donde se habla árabe, y de que ha visitado Berlín. 

De lo que no nos queda duda alguna es que escribe libros tanto en turco como en inglés, lengua que aprendió posteriormente con mucha conciencia de lo que hacía.  

Algo más que debes saber sobre ella:
Está muy bien “saber” datos sobre esta autora, pero realmente hay que leerla.

Ha escrito 15 libros, de los cuales 10 son novelas. Tiene muchas ideas muy poéticas y hermosas sobre el lenguaje, los idiomas, la diversidad, el multiculturalismo y la escritura.

Puedes empezar con sus dos charlas TED. Y te recomiendo leer todas las entrevistas que encuentres.

6. Nombre desconocido / (doña) Marina / Malintzin / Malinche

Vivió en México en el siglo XVI (c.1502 – c.1529), justo en la época de la Conquista española. 

Por qué la elegí:
Porque es una de las primeras mujeres políglotas, si no es que la única, que nos enseñan en la escuela aquí en México, y porque es un personaje muy controvertido y poco comprendido, en general. (Si me preguntas mi opinión, no, no fue una traidora).

Lenguas:
náhuatl en varios registros, maya chontal, maya yucateco, español castellano.

Antes de la llegada de Hernán Cortés a México, Jerónimo de Aguilar llevaba varios años viviendo con los mayas, (lee parte de su historia aquí), lo que hizo que aprendiera la lengua maya. Malintzin nació en Coatzacoalcos, lo que ahora es Veracruz, y hablaba náhuatl (su lengua materna).

Tras ser entregada (a una temprana edad) como esclava a una comunidad en Tabasco, aprendió maya chontal y un poco de maya yucateco. Tiempo después, Cortés llegó a Tabasco, ya habiendo “rescatado” a Jerónimo de Aguilar, y por un cuestiones políticas les regalaron 20 mujeres a él y a sus hombres, mismas que fueron con ellos durante sus avances hacia el interior del país en sus búsquedas de riquezas y poder.

Cuando abandonaron la zona donde se hablaba maya y entraron a la región donde se hablaba náhuatl, las habilidades lingüísticas de De Aguilar no servían y Malintzin decidió hacerles saber que ella sí comprendía, traduciendo de esta lengua al maya.

Por lo tanto, se comunicaba con Jerónimo, quien traducía del maya al español para Cortés y entonces todos se comprendían, más o menos, hasta que ella aprendió la lengua europea y pudo comunicarse sin intermediarios con los españoles.

Algo más que debes saber sobre ella:
El nombre de Malintzin, contrario a lo que se cree, no era su nombre original; de hecho, ese apelativo viene de Marina, el nombre con el que la bautizaron los españoles (porque en el náhuatl no existe el sonido “r” y se interpreta como “l”= Marina > Malina > Malintzin).

Se desconoce cuál era su nombre original, o si lo tenía incluso, debido a la configuración, en esa época, de la sociedad en la que nació. Parece que hemos vivido engañados.


Investigar sobre estas mujeres le dio mucha alegría a mi vida.

Mi deseo es haber podido contagiarte un poco de ella y de curiosidad para que leas a Maya y a Elif;

para que investigues sobre la Conquista no solo de México sino de América (seas de donde seas, pero sobre todo si eres de un país conquistador) desde una perspectiva distinta a la que nos enseñan en la escuela;

que te intrigue saber más sobre la larga vida de Victoria y cómo rayos fue que aprendió una lengua tan distante a ella;

que te pongas en el lugar de Aung San mientras estudiaba lenguas aunque no tenía con quién practicarlas porque estaba encerrada en su propia casa;

y que intentes imaginar qué se sentía vivir de, por y para las palabras y las lenguas como Kató.

Si logré aunque fuera algo de eso, mi objetivo fue cumplido y por ahora no tengo más que decir.

En los comentarios, te invito a compartir a) qué te sorprendió mientras leías esto y b) nombres de mujeres políglotas de las que tú sepas.

(Y si cometí un error garrafal en algo de lo que puse arriba, corrígeme con amabilidad).


Notas:

*Si buscas en algunos otros lugares, encontrarás que Maya Angelou hablaba árabe, lo cual tendría sentido dado que vivió un tiempo en El Cairo, Egipto, donde se habla esta lengua.

Sin embargo, decidí creerle a este artículo de The Atlantic en torno a que hablaba hebreo porque se ve muy legítima la lista que la autora del mismo publicó al escribir su reportaje sobre la entrevista que le hizo.

Pero por más que busqué no encontré referencias mucho más certeras. Si tienes información fidedigna al respecto (o eres especialista en Maya Angelou), por favor compártela conmigo.

Fuentes:

TOWNSEND, Camilla. Malintzin: Una Mujer Indígena en la Conquista de México, (2006 / 2015 en español). 

(Libro ALTAMENTE recomendado si te interesa el tema. Fue de donde saqué toda la información sobre Malintzin [porque, si soy sincera, no sabía NADA de ella]).

Páginas web:

Mujeres en la historia (Recomendada)
Wikipedia
Tandem
Living Language
Create Your Worldbook
History Extra 
BBC News

Mi lista de lectura del reto para el 2018

El otro día encontré, sin buscarlo, un reto de lectura para este año de la sorprendente página Librópatas, la cual no tenía el gusto de conocer.

Empecé a leer los 24 puntos que proponen y me emocioné muchísimo. Después, no podía dejar de pensar en ello.

Luego dije, bueno, sólo haré la lista, no creo leer ningún libro de ella. Pero mientras la hacía me iba dando cuenta de que quería leerlos prácticamente todos, y mucho.

Al final me terminé obsesionando y me puse a investigar como loca para crear mi lista de lectura. Y cuando la tenía… lista, casi lloro de lo hermosa que era y quise compartirla.

(Además de que no he podido hablar de otra cosa; ya traigo mareada a la gente cercana a mí).

He aquí mi lista #Retópata18 del reto de lectura de Librópatas para este año.

Róbatela, úsala como inspiración, hazle lo que quieras excepto ignorarla. (Es broma). (Sabes que no).

Notas:

  • No sé si voy a leer todos los libros. En ese sentido, no “entré” al reto. No estoy comprometida, pues. Pero en una de esas sí lo logro.
  • Sí estoy decidida a leer algunos libros, pero no en orden. Empezaré por los que ya tengo en mi haber o los que son muy fáciles de encontrar en pdf (sobre todo porque fueron editados hace mucho tiempo).
  • Si comienzo a leer alguno y no me gusta o me aburre o me distraigo, no me forzaré a leerlo. La vida es demasiado corta como para leer un libro que no me resuena.
  • Puede que mi investigación esté un poco… mal hecha. La hice medio de prisa, en Google y en mis tiempos libres. Tampoco me quise poner tan estricta, por lo que probablemente notes que algunos libros no encajan al 100% en su categoría. Sin embargo, si notas un error atroz, por favor corrígeme en los comentarios de esta entrada.
  • Me compliqué la vida un poco más y decidí que todos los libros tenían que estar escritos por mujeres.
  • Más o menos la mitad son libros de autoras que en mi vida había escuchado, así es que no tengo idea de si me vayan a gustar, o si alguien que sepa mucho de literatura y el famoso canon los consideraría “buenos”. Eso está por verse conforme los lea. De todos modos, no estoy tan casada con el canon. (Ya pasé esa etapa).

Sin mayor preámbulo, he aquí los 24 libros que elegí:

  1. Novela epistolar: Lady Susan de Jane Austen
  2. Poesía de alguien que nació en la Ciudad de México: Poesía no eres tú, de Rosario Castellanos
  3. Novela ambientada en Grecia: La curandera de Atenas, de Isabel Martín
  4. Novela que transcurre en Navidad: Silent Night, de Mary Higgins Clark.
  5. Libro en el que esté basada una película que ya vi: Victoria & Abdul: The True Story of the Queen’s Closest Confidant, de Shrabani Basu
  6. Novela clásica de detectives: The golden slipper, de  Anne Katharine Green
  7. Novela río: Homegoing, de Yaa Gyasi
  8. Literatura árabe contemporánea: Farewell, Damascus, de Ghada Samman
  9. Con fantasma: Beloved, de Toni Morrison. [Este libro lo intenté leer en inglés, su original, hace no mucho y entré en pánico por el tipo de lenguaje que usa. Quiero hacer una lectura simultánea con la versión traducida al español].
  10. Ensayo científico: Woman: An Intimate Geography, de Natalie Angier
  11. Obra de teatro: Las voces de Penélope, de Itziar Pascual
  12. Libro escrito por una persona famosa en un ámbito distinto a la literatura: Everything to live for, de Turia Pitt
  13. Antigüedad clásica: Poesía de Safo
  14. Ganadora del premio Cervantes: Algunos muchachos, de Ana María Matute
  15. Libro con un triángulo amoroso: Henry and June, de Anaïs Nin
  16. Autora latinoamericana publicada en el 2017: Dicen de mí, de Gabriela Wiener
  17. Novela que originalmente haya sido por entregas: La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe
  18. Libro LGBTIQ: The Color Purple, de Alice Walker
  19. Libro recomendado por un desconocido: AYÚDAME* (Edit: una lectora llamada Nuria me recomendó Mutant Message Down Under de Marlo Morgan, ¡GRACIAS!)
  20. Novela situada en Moscú: Bequest, de Anna Schevchenko
  21. Cómic de la guerra: Persépolis, de Marjane Satrapi
  22. Libro publicado en 1890: Una cristiana, de Emilia Pardo Bazán
  23. Testimonio histórico: Voces de Chernobyl – Svetlana Alexievich
  24. Óscar al mejor guión adaptado: The Little Foxes – Lillian Hellman

* Para el punto 19 necesito que me recomiendes un libro. Lo único que te pido es que esté escrito por una mujer, sea un libro que te guste mucho, y no sea de una autora que ya está en la lista ni que el título se repita en mi página de Libros que me encantan. YA ESTÁ LISTA LA LISTA, pero si lees esto y quieres recomendarme un libro, no te detengas. 🙂

Y para fines prácticos, cuentas como desconocida/o aun si te ubico por tu nombre y tu correo debido a que ya has comentado en el blog con anterioridad. No dejes que eso te intimide.

Si entras al reto, ¡avísame! Nada me gustaría más que ayudarte a conseguir lecturas o darte ideas sobre qué leer.

Gracias de antemano por tus recomendaciones; y ya te iré contando qué hago con los libros.


He aquí la lista original, copiada y pegada de la página oficial:

“¡Aquí están los 24 puntos a cumplir!

  1. Una novela epistolar o una recopilación de cartas.
  2. Un libro de poesía de un autor de tu región.
  3. Un libro ambientado en un país cuya inicial coincida con la de tu nombre (si tu nombre empieza por O, Q, X o alguna otra letra con la que no haya muchos países, te dejamos que escojas la inicial de tu apellido).
  4. Un libro que transcurra en Navidad.
  5. Un libro en el que se haya basado una película que ya viste.
  6. Una novela clásica de detectives.
  7. Una novela río.
  8. Un libro contemporáneo escrito originalmente en árabe.
  9. Un libro en el que aparezcan fantasmas.
  10. Un ensayo sobre un tema científico.
  11. Una obra de teatro.
  12. Un libro escrito por alguien famoso en otro ámbito (diferente de la literatura).
  13. Un libro de la antigüedad clásica.
  14. Un libro de un autor que haya ganado el premio Cervantes.
  15. Un libro en el que haya un triángulo amoroso.
  16. Un libro de una autora latinoamericana publicado en el último año.
  17. Una novela publicada originariamente por entregas.
  18. Una novela LGTBIQ.
  19. Un libro que te recomiende un desconocido.
  20. Un libro ambientado en una ciudad que esté a más de 10.000 km de distancia de la tuya.
  21. Un cómic sobre la guerra.
  22. Un libro publicado 100 años antes de tu nacimiento.
  23. Un testimonio histórico (un libro de tema histórico, pero publicado en un momento cercano al episodio que trata).
  24. Un libro cuya adaptación al cine se llevó el Óscar al mejor guión adaptado.”

Dos mil diecisiete en retrospectiva 3/3

Tradición del blog: escribo recuentos del año tres veces, una en abril, una en agosto y otra en diciembre (esta que lees). Me gusta hacerlas porque tomo una pausa para ver con calma qué ha sucedido y porque mi sabiduría actual le echa luz a mi pasado y siempre me doy cuenta de cosas super útiles. 

Ahora que empezó el año noté que tenía miedo. Miedo al 2018, al futuro, no sé, pero sentía mucho temor en cuanto se acercaba el final del 2017.

Si en tu vida hubo tantos cambios como en la mía, no me extrañaría que tú también sintieras algo parecido: una sensación como de “auch” frente a lo que está por venir.

Hasta Sarah Andersen hizo un comic al respecto:

El tercer cuatrimestre del año, que es lo que en esta entrada me pongo a reseñar, contribuyó mucho a esa sensación. Ahí te va. 

Septiembre

Antes, no le tenía miedo a los temblores. Sentía que la gente que se espantaba mucho estaba exagerando. Ahora ya les tengo mucho respeto. Yo tuve mucha suerte y no me pasó nada grave, pero no puedo decir lo mismo de miles de personas en mi país, sobre todo en la Ciudad de México, Oaxaca, Chiapas, Morelos y Puebla. Fue un mes muy duro, y lo que pasó opacó todo lo demás que hice o pude haber pensado.

Si me fuerzo a recordar, sin embargo, también fue un mes de comunidad y de sentir que pertenecía a ciertos lugares, de hacer clic con ciertas personas a las que no conocía bien y de intentar cosas que me daban miedo. 

Octubre

Yo tenía una idea sobre cómo iban a ser octubre y noviembre. Estaba en esa etapa en la que no puedes evitar hacerte ilusiones cuando sales con una persona y había visualizado / deseado que nuestros cumpleaños, por ejemplo (el mío en octubre y el suyo el mes siguiente) fueran de cierta forma. Mi mente siempre se vuela al futuro, no puedo evitarlo (¿aún?). 

Pero luego la vida me dijo, how about no? y a inicios del mes pasó algo que hizo que todos esos sueños se fueran por la borda. Más bien, yo decidí tirarlos por la borda, porque en el fondo y, si era sincera, en el no-tan-fondo, sabía que era lo mejor para mí aferrarme a ellos. 

Al final fue algo muy bueno para mí porque me di cuenta de muchas cosas sobre la forma en la que me obligo a ser de ciertas formas para sentirme aceptada por los hombres, entre otros patrones de mi pasado que no pude haber recordado de otra forma y que integré un poco más.

Sin embargo, no fue fácil y estuve varias semanas tristeando intensamente y sintiéndome mal por todo lo que sentí que perdí y porque, aunque me alejé de alguien con quien al final hubiera tenido una relación tóxica, había muchas cosas que me hacían sentir muy bien y que me gustaban mucho y que estaba segura de que no iba a poder encontrar en otras personas.

Pero todo bien ya 🙂

Noviembre

Este fue un mes mucho más tranquilo y reparador en el que me concentré más en lo que quería.

Me di cuenta de que me sentía muy desperdigada por todos lados; siempre he tenido 43 proyectos por minuto pero últimamente —supongo que a raíz de todo lo que pasó en el año— muchos de ellos se quedaban en mi mente, es decir, ni siquiera los comenzaba.

Un buen día noté que esto me desesperaba mucho y me di a la tarea de hacer una lista de TODO lo que tenía “en la mesa”, como se dice en inglés, y a tachar las cosas que ya no quería hacer, o aquellas que ya no me entusiasmaban, o que simplemente ya no le veía caso terminar pero seguían haciéndome ruidito en la cabeza.

Y fue bueno; cuando terminé me sentí mucho más ligera, y también me di cuenta de que quería realmente enfocarme a terminar un par de cosas de esa lista.

Una de ellas, un mágico libro-taller (por llamarlo de alguna forma) que había empezado en abril y me había gustado pero dejé porque me distraje. Lo retomé este mes y en las vacaciones de diciembre y me ha ayudado muchísimo, lo recomiendo ampliamente si el tema te llama la atención.  

Diciembre

Le di la bienvenida a este mes con una especie de crisis. Te puedes reír si quieres, pero una de las cosas más complicadas y estresantes a las que me enfrento en mi vida es sacarme lentes (gafas) nuevos.

Si no eres como yo, o ni siquiera usas lentes, probablemente esto te parezca lo más patético del mundo, pero para mí es un drama.

La graduación no me queda, me pesan demasiado, hacen que me duela el ojo, la nariz, la vida. He gastado miles de pesos en lentes que no puedo usar porque no me acomodan, y he ido con optometristas, oftamólogos, todo.

Pues este mes volví a intentar hacerme unos lentes nuevos (por necesidad, sobre todo) y aunque sufrí mucho más de lo que podría creer que fuera legal sufrir por unos anteojos, al final pasé por todo el proceso con mucha conciencia y entendí varios de mis patrones e integré un par de experiencias de mi pasado relacionadas con eso que ya ni siquiera recordaba (o había bloqueado, no sé).

No he resuelto del todo el problema, pero me sorprendí a mí misma mostrándome que no porque algo sea difícil y me cause agobio significa que no tenga solución o que no se puedan encontrar “huequitos” de esperanza en los que se puede hacer mucho.

Me gustó mucho la postura existencial que elegí (no sin hacer berrinche un rato) para enfrentarme a esta situación, muy distinta a la que solía tomar de “Soy la víctima de la vida y no tengo remedio #paquenaci”. Muy interesante.

Cosas maravillosas de estos cuatro meses:

  • Tener apoyo para [resolver] sin tener que esperar tanto tiempo los estragos emocionales que los sismos causaron en mí
  • Comer el pastel de matcha más rico del mundo para mi cumpleaños
  • Reiki
  • Karen 
  • El curso del Eneagrama al que fui con mi amiga B hasta el fin del mundo (o sea, muy lejos de donde vivo)
  • Leer un MONTÓN de libros maravillosos, más de los que leí en los demás meses del año juntos
  • Ver señales de progreso al ver cómo me acerqué a conflictos de forma muy, muy distinta a mi “piloto automático”
  • Tener muchísimo más claro qué quiero ser cuando sea grande (ja) y hacia dónde estoy yendo
  • Mindful Eating MéxicoMindful Eating MéxicoMindful Eating MéxicoMindful Eating México
  • Que me invitaran a formar parte de un proyecto en el que quiero mucho mucho estar a pesar de que las demás personas involucradas son bastante mayores que yo
  • Encontrar un lugar donde dan clases de baile en horarios decentes cerca de mi casa (aunque no he ido, pero pronto, pronto)
  • Haber ofrecido las sesiones de Orientación sin morir en el intento 🙂

En resumen,

fue un año de muchísimos cambios para muchísimas personas.

En mi caso, mi vida por fuera se sigue viendo igual, no me mudé de país, ni de casa, mi apariencia no cambió (ni siquiera mi corte de pelo, ja) y sigo haciendo prácticamente lo mismo que en el 2016.

Pero, al menos en mi caso, internamente se generaron muchos movimientos, la mayoría pequeños pero poderosos, que deseaba con mucho ahínco y que sobre todo me trajeron un alivio inconmensurable.

Este año estuvo muy “sobado” por mí en el sentido de que hice varias formas de recuentos porque quería sacarle todo el jugo y toda la riqueza que sabía que había tenido, así como recordar cosas que sentía que habían sido antes (y no, fueron en [marzo / mayo]).

Hice listas de cosas que pasaron, de síntomas o enfermedades que tuve (buena información sobre… toda nuestra vida), películas que vi, libros que leí, obras de teatro que vi (muchas menos de las que me hubiera gustado, nota para el 2018), etcétera.

Y dado que encontré esa riqueza que estaba buscando, me dieron muchas ganas de exhortar a las personas (o sea, a ti que lees esto) a que lo hagas también.

No creas que tengo la mejor memoria del mundo, cada mes (me gustaría que fuera diario pero se me olvida porque me cuesta mucho trabajo tenerlo como prioridad durante 365 días seguidos y una vez creé un hábito pero luego las cosas cambiaron y no volví a crear otro) voy escribiendo en una agenda, de esas donde la gente anota sus citas y eso, las cosas que voy viviendo, viendo o sintiendo. No todas, no siempre, pero lo más relevante.

Es decir, lo que quiero recordar para sentir que hice algo con mi tiempo, porque los meses se pasan rapidísimo en general. Y quiero eso para ti. Pero bueno, será tu decisión, yo solo puedo venderte las bondades de hacerlo. 🙂

¿Y tú? ¿Qué aprendiste este año? ¿Qué fue lo que más te gustó de él? ¿Y lo que menos? Cuéntame, no muerdo. 

Cómo frustrarse mejor

La frustración suele tener la capacidad de hacer que nos tiremos al piso y de que perdamos de vista incluso el objetivo más convincente que teníamos.

Pasa más o menos así:

Has intentado estudiar francés unas tres o cuatro o 15 veces, y aunque ya estabas dejándolo de lado, algo dentro de ti quiere volverlo a intentar.

Decides que ahora sí, que este intento será el bueno y no dejarás que nada te detenga.

Pero pasa algo (por lo visto, siempre pasa algo, es inevitable).

Ya sea que tu mente comience a recordarte todas las razones por las que seguramente fallarás, o porque la maestra que te caía bien se va, o por cualquier otra situación, regresas a un lugar conocido:

la frustración

El conocido “Ay, esta vez tampoco fue la buena porque algo se cruzó en mi camino”.

Le damos mucho poder

El problema no es frustrarnos, sino qué hacemos cuando empezamos a sentir la frustración.

Es lo que hacemos que signifique y el poder que le damos sobre nuestras decisiones.

Si algo no te sale como querías, es natural y sano sentirte frustrada/o. Si no lo sintieras así, probablemente es porque no te importaba aquello que estabas intentando conseguir.

Las cosas se ponen feas, sin embargo, cuando permitimos que esa frustración opaque todo lo demás que podemos sentir y pensar. Cuando dejamos que arrase con nuestros logros de este intento, e incluso con los de intentos anteriores.

Lo que sucede es que nos dejamos llevar por lo que sentimos en nuestro cuerpo y por los recuerdos de situaciones anteriores.

Es curioso porque, por un lado, culturalmente no le damos tanta importancia a las emociones y tratamos de reprimirlas 24/7 pero por otro, las hacemos lo más grande del mundo cuando encajan en nuestra visión de nosotros mismos.

Si yo me cuento la historia a mí misma de “Nada de lo que intento funciona”, y de repente me conecto con mi poder o mi optimismo e intento algo, y ese algo falla, me siento frustrada y permito que esa frustración me abrume y sea la confirmación de mi historia.

Una persona que no tiene esa historia, sino que se cuenta algo distinto, como “Es de esperarse que no todo salga como lo estoy imaginando y el fracaso es algo temporal”, que intenta hacer algo nuevo y ese algo falla, se puede sentir frustrada pero no permite que esa frustración abarque toda su existencia y puede seguir adelante.

Al final, también se acaba confirmando su historia.

Es como un iceberg

Es muy raro que, a estas alturas del partido, una emoción sea nueva en nosotros. Es decir, si te sientes muy frustrada/o porque tu último intento de aprender francés no funcionó y te está haciendo querer tirar todo por la borda a tal punto que una parte de ti siente que no es proporcional lo que sientes con lo que sucedió, seguramente es porque estás reviviendo algo del pasado.

Ni siquiera te tienes que acordar o ser consciente de qué es para que tenga efectos en ti. De hecho, muchas cosas que estamos reviviendo todo el tiempo, a nivel emocional, vienen desde que éramos muy bebés o incluso desde el vientre materno.

Una vez una maestra me dijo que prácticamente cualquier reacción emocional que podamos tener (sobre todo aquellas que sentimos como “fuertes”) son 20% de ahora y 80% de “antes”, es decir, de todas las veces que hemos sentido algo parecido y se ha ido quedando la emoción reprimida o sin procesarse en nuestro ser.

Algo así como un iceberg del que sólo podemos ver una parte pero su mayor porción se encuentra debajo del mar.

Pero es muy real

Lo que menos quiero es que al leer esto sientas que si tienes frustración en tu interior la intentes evadir o minimizar, intentando convencer a tu mente de que no es real. Nonono.

Mi intención es que logremos llegar a un punto —y sé que es difícil y, en mi experiencia, lleva años de práctica— en el que le podamos quitar un poco del poder que actualmente le damos a la frustración.

Es decir, que aprendamos a identificar cómo se siente en nuestro cuerpo (yo lo siento como un nudo en la boca del estómago) y poco a poco digamos, solo es una sensación en mi cuerpo, y después recordar, si se siente tan fuerte en este momento probablemente sea porque algo de mi pasado la está aumentando, y luego pensar, no tiene por qué significar nada malo sobre mí.

Significado

¿Qué significa para ti sentir frustración?

Como dije arriba, está muy relacionado con el tipo de historias que nos contamos a nosotros mismos.

Seguramente has visto cómo, de entre dos personas que están peleando, una de ellas (A) dice algo y la otra persona (B) se SUPEROFENDE y pone palabras en la boca de la otra persona. Tipo:

A: —Yo no vi que la puerta estuviera cerrada

B: —¿Entonces yo estoy loco y alucino y no se puede confiar en mí?

A: —¿?

No sé qué opines tú, pero yo veo claramente que, en mi ejemplo, redactado con una creatividad desbordante, B está poniendo significados que no son inherentes a lo que A dice. Los trae de su experiencia, de su pasado, o no tengo idea, pero no están ahí ahí.

Lo mismo hacemos con… todo. Pero, en este caso, con las emociones, y con la frustración en específico.

Queríamos tener nuestra primera plática con un francés y creíamos que nuestro nivel era bueno pero, al no entender nada y al trabarnos intensamente, nos damos cuenta de que todavía necesitamos practicar más.

Entonces: frustración.

En vez de decir un templado “Bueno, me hace falta practicar, no pasa nada, eso haré”, acabamos poniendo palabras en la boca de la frustración, por decirlo de algún modo, y terminamos pensando:

“Por ESTO no intento nada, seguramente el amigo francés pensó que soy una perdedora, no sirvió de nada todo lo que estudié estos meses, sabía que esto de aprender otra lengua no iba a ser fácil para mí, ya mejor me doy de baja del curso”.

¡Uouououo! 

En este caso, el significado que se añade al hecho “Mi nivel de francés no es tan alto como creía como para tener una conversación fluida” (lo cual es comprobable objetivamente) es:

-Es una prueba de que cada vez que intento algo, no sale como esperaba y mi destino es fallar por siempre

-Puedo leer la mente de la gente y estoy 100% segura de que el amigo francés piensa que cuando alguien no habla bien su lengua, implica que ese alguien es un perdedor (what)

-Todas las palabras que sí aprendí (y que me convencieron en primer lugar de que mi nivel era lo suficientemente alto) dejaron de existir porque “no sirvió de nada lo que estudié”.

-Todo lo nuevo que hago tiene que ser fácil para mí o no vale la pena intentarlo. Y cuando algo es difícil, implica que yo soy una mala persona y debo sentirme avergonzada porque la gente buena aprende bien y rápido.

-La única respuesta que se le puede dar a esta situación es abandonar el estudio de la lengua porque claramente no tiene otra solución y tiene que ser “todo o nada” para que valga.

-Etcétera

Qué se puede hacer

Ahora ya vimos más o menos cómo se va haciendo que la frustración sea uno de Los Obstáculos.

Se siente en el cuerpo y se le da mucha importancia. Se le dan significados —que no necesariamente son inherentes a la misma—, sobre nuestro valor como personas. Se le otorga mucho poder para decidir qué camino tomar después de una “falla” o situación inesperada.

Quizá solo con haber leído lo anterior algo se aclaró en tu mente.

También puedes, de ahora en adelante, poner atención en cómo se siente la frustración en tu cuerpo para que la identifiques más rápido. Saber que puedes tolerar esa sensación, por más desagradable que sea, y que no te va a hacer daño. Puedes convivir con ella. (De hecho, entre más te permitas sentirla, menos fuerte se hará).

Y si quieres ir más allá…

  1. Haz una lista de las veces que has intentado estudiar [idioma] y la frustración te ha detenido. Analiza cada una de ellas: ¿Qué tanto poder le diste? ¿Cómo fue el proceso?
  2. Recuerda o deduce qué significado le añadiste a esa sensación de frustración. Dicho de otra forma, si la frustración fuera una “señal” que confirma algo, ¿qué sería? (Por ejemplo, “la señal de que no debo intentar cosas nuevas”).
  3. Escribe cómo te gustaría reaccionar de ahora en adelante a la sensación de frustración. ¿Qué te gustaría pensar? ¿Cómo te gustaría actuar después de un “fracaso”? ¿Qué necesitas recordar para llegar a ello?

Espero que esto contribuya a que la frustración ya no te detenga, o al menos no tan fácilmente.

¿Y si vuelve a suceder? No pasa nada. De lo que se trata es de ir recabando información e ir practicando nuevas formas de relacionarnos con lo que nos pasa.

Tenemos toda la vida para hacerlo. Literal 🙂


Cuéntame en los comentarios cómo sueles reaccionar cuando te frustras y, sobre todo, qué pasó si intentaste algo de lo que escribí en esta entrada.

Y, si sientes que necesitas un tipo de apoyo más personalizado con una situación frustrante, considera apuntarte a una sesión de Orientación

Por qué no me gustan los consejos

Sé que suena raro y hasta un poco contradictorio, pero no me gustan los consejos.

No me gusta que me den consejos, y me parece absurdo que la cultura nos haya metido en la cabeza la idea de las personas necesitamos ser aconsejadas.

“¿No tienes un blog donde das consejos?”

Sí pero no. Veamos. Al principio, sí daba consejos. “Haz esto”, “Intenta lo otro”. Hasta escribía en modo imperativo.

Poco a poco me fui dando cuenta de que la gente no hacía lo que les decía, lo cual me frustraba. Ahora entiendo que no tienen por qué hacerlo, duh.

Con el tiempo —quizá te diste cuenta— fui cambiando mi forma de escribir: “Te invito a hacer esto”; “Si te llama la atención, puedes intentar…”, “Creo que sería interesante que probaras…”.

Es más amable. Y, como sabes, la amabilidad es una de las cosas más importantes para mí.

Fui descubriendo con el paso de los años y a medida que profundizaba en mi “proceso”, es decir, en mi conocimiento de mí misma y en mi aprendizaje sobre cómo relacionarme mejor conmigo misma, que era muy raro que necesitara que alguien me dijera qué hacer.

Es decir, si estaba en un momento de confusión, y lo quería comentar con alguien, me desconcertaba mucho que me dijera: “Yo creo que deberías…”.

En cambio, lo que veía que me funcionaba era cuando me hacían preguntas para dilucidar lo que yo realmente pensaba. Que me ayudaran a quitar capas de confusión y de ruido mental.

O, en el último de los casos, que me comentaran su experiencia, o qué hicieron en situaciones similares y cómo acabó. Obviamente, teniendo en cuenta que somos personas distintas y que es difícil que nos pase lo mismo al final. (Eso, y que cada quién habla de la feria como le fue en ella).

A medida que fui notando todo eso, me fue desagradando cada vez más que me dieran consejos, aun cuando estaba convencida de que las personas lo hacían con la mejor de las intenciones (quererme evitar cierto daño o cierto malestar).

Incluso me comenzó a incomodar darlos, porque sentía que no estaba permitiendo que la persona contactara con lo que realmente creía que estaba bien y solo le añadía a su ruido mental.

Así, como en mi naturaleza está querer ayudar a las personas, fui aprendiendo a identificar las preguntas que hacen que se acceda a la “sabiduría organísmica” que todas y todos tenemos.

Descubrí las preguntas (y otras herramientas) que hacen que una persona confundida o “perdida” pueda dejar de estarlo. Encontré el camino (que no es que sea solo uno, pero digámoslo así) de la claridad.

Y, sobre todo, identifiqué los procesos para conectar con lo que yo sé que es mejor para mí, aunque en algún momento de confusión o de angustia no sepa que lo sé o haya perdido el hilo.

Si le das un consejo a alguien, aunque sea muy bueno, no le estás enseñando a descubrir qué es lo que realmente quiere o necesita en cada momento.

En cambio, si lo escuchas, lo entiendes y le haces buenas preguntas, le estás regalando algo que —además de que es difícil de encontrar en esta sociedad feíta— le va a servir para el resto de su vida.

Esto, obviamente, no quiere decir que voy a dejar de escribir “tips” para aprender idiomas o ese tipo de cosas. Pero quiero dejar claro desde dónde lo hago.

No desde el “Ven a aprender de mí, que tú no sabes y yo sí”, sino desde “Mira, aprendí esto sobre la vida, te lo cuento porque quizá te ayuda a ver tu situación de manera distinta o a darte cuenta de algo sobre ti”.

“Pero yo siento que necesito un consejo”

Si estás en una encrucijada o en un momento de confusión o agobio, es natural si sientes que necesitas que alguien que sabe más de un tema, o que es mayor que tú, o que te da confianza, te diga qué hacer.

Y en ocasiones es lo que termina ayudándonos a tener otras perspectivas.

Sin embargo, en mi experiencia, me ha sido de mucha más utilidad que me ayuden a darme cuenta de cosas que no estoy viendo por medio de preguntas, porque eso desencadena un proceso de aprender a cambiar yo misma mi forma de ver las cosas en el futuro y estancarme o “perderme” menos.

A lo que voy es que está bien si sientes que necesitas consejos y si los pides. No es mi intención hacerte sentir mal si los buscas. Tendrás tus razones y estoy segura de que son buenas 🙂

Confianza

En general, cuando escribo alguna entrada un poco más personal que otra en este blog, digo que no necesito consejos y es verdad. Desde que comencé a ver todo lo que escribí arriba, me di cuenta de que nunca los necesito.

Claro, puedo querer otras perspectivas, que alguien me cuente su experiencia, pero ya nunca le pregunto a alguien Qué hago, o Qué me recomiendas, sobre todo porque es una forma muy —muy— sutil de echarle mi responsabilidad sobre mi vida a otras personas. (A fin de cuentas, si algo sale mal es porque ella me dijo que lo hiciera).

He ido desarrollando una confianza básica en mí y en la sabiduría de mi ser. Sí por lo que he leído y vivido, pero más porque sé, sin una sombra de duda (como se dice en inglés), que los seres humanos somos dignos de confianza.

Cuando se le da un consejo a alguien desde el “Yo creo que deberías hacer…”, estamos diciendo algo así como “No confío en que tú puedas descubrirlo por ti misma”.

Le quita poder a la gente.

Y yo estoy a favor de que se nos regrese ese poder (sobre todo a las mujeres).

Yo confío en ti. Confío en que sabes qué es lo mejor para ti.

Confío en que tienes la capacidad de descubrirlo si no lo tienes claro en este momento.

Confío en que si te metes en un problema o cometes un error, podrás resolverlo.

Confío en que sabes qué estás haciendo aunque ni tú misma/o lo entiendas por ahora.

Confío en que necesitas andar tu camino porque es tuyo y de nadie más.

Confío en que estás exactamente donde tienes que estar y que estás aprendiendo lo que necesitas aprender.


Si te sientes un poco perdida/o y te gustaría que te ayudara a descubrir tu propia verdad sobre algún tema y no te gustan los consejos, pon mucha atención a tu correo en días próximos (o suscríbete al blog) para saber cómo*.

*Ya sé que la última vez que
dije esto no envié nada, lo siento,
se cruzó el temblor.