Cómo frustrarse mejor

La frustración suele tener la capacidad de hacer que nos tiremos al piso y de que perdamos de vista incluso el objetivo más convincente que teníamos.

Pasa más o menos así:

Has intentado estudiar francés unas tres o cuatro o 15 veces, y aunque ya estabas dejándolo de lado, algo dentro de ti quiere volverlo a intentar.

Decides que ahora sí, que este intento será el bueno y no dejarás que nada te detenga.

Pero pasa algo (por lo visto, siempre pasa algo, es inevitable).

Ya sea que tu mente comience a recordarte todas las razones por las que seguramente fallarás, o porque la maestra que te caía bien se va, o por cualquier otra situación, regresas a un lugar conocido:

la frustración

El conocido “Ay, esta vez tampoco fue la buena porque algo se cruzó en mi camino”.

Le damos mucho poder

El problema no es frustrarnos, sino qué hacemos cuando empezamos a sentir la frustración.

Es lo que hacemos que signifique y el poder que le damos sobre nuestras decisiones.

Si algo no te sale como querías, es natural y sano sentirte frustrada/o. Si no lo sintieras así, probablemente es porque no te importaba aquello que estabas intentando conseguir.

Las cosas se ponen feas, sin embargo, cuando permitimos que esa frustración opaque todo lo demás que podemos sentir y pensar. Cuando dejamos que arrase con nuestros logros de este intento, e incluso con los de intentos anteriores.

Lo que sucede es que nos dejamos llevar por lo que sentimos en nuestro cuerpo y por los recuerdos de situaciones anteriores.

Es curioso porque, por un lado, culturalmente no le damos tanta importancia a las emociones y tratamos de reprimirlas 24/7 pero por otro, las hacemos lo más grande del mundo cuando encajan en nuestra visión de nosotros mismos.

Si yo me cuento la historia a mí misma de “Nada de lo que intento funciona”, y de repente me conecto con mi poder o mi optimismo e intento algo, y ese algo falla, me siento frustrada y permito que esa frustración me abrume y sea la confirmación de mi historia.

Una persona que no tiene esa historia, sino que se cuenta algo distinto, como “Es de esperarse que no todo salga como lo estoy imaginando y el fracaso es algo temporal”, que intenta hacer algo nuevo y ese algo falla, se puede sentir frustrada pero no permite que esa frustración abarque toda su existencia y puede seguir adelante.

Al final, también se acaba confirmando su historia.

Es como un iceberg

Es muy raro que, a estas alturas del partido, una emoción sea nueva en nosotros. Es decir, si te sientes muy frustrada/o porque tu último intento de aprender francés no funcionó y te está haciendo querer tirar todo por la borda a tal punto que una parte de ti siente que no es proporcional lo que sientes con lo que sucedió, seguramente es porque estás reviviendo algo del pasado.

Ni siquiera te tienes que acordar o ser consciente de qué es para que tenga efectos en ti. De hecho, muchas cosas que estamos reviviendo todo el tiempo, a nivel emocional, vienen desde que éramos muy bebés o incluso desde el vientre materno.

Una vez una maestra me dijo que prácticamente cualquier reacción emocional que podamos tener (sobre todo aquellas que sentimos como “fuertes”) son 20% de ahora y 80% de “antes”, es decir, de todas las veces que hemos sentido algo parecido y se ha ido quedando la emoción reprimida o sin procesarse en nuestro ser.

Algo así como un iceberg del que sólo podemos ver una parte pero su mayor porción se encuentra debajo del mar.

Pero es muy real

Lo que menos quiero es que al leer esto sientas que si tienes frustración en tu interior la intentes evadir o minimizar, intentando convencer a tu mente de que no es real. Nonono.

Mi intención es que logremos llegar a un punto —y sé que es difícil y, en mi experiencia, lleva años de práctica— en el que le podamos quitar un poco del poder que actualmente le damos a la frustración.

Es decir, que aprendamos a identificar cómo se siente en nuestro cuerpo (yo lo siento como un nudo en la boca del estómago) y poco a poco digamos, solo es una sensación en mi cuerpo, y después recordar, si se siente tan fuerte en este momento probablemente sea porque algo de mi pasado la está aumentando, y luego pensar, no tiene por qué significar nada malo sobre mí.

Significado

¿Qué significa para ti sentir frustración?

Como dije arriba, está muy relacionado con el tipo de historias que nos contamos a nosotros mismos.

Seguramente has visto cómo, de entre dos personas que están peleando, una de ellas (A) dice algo y la otra persona (B) se SUPEROFENDE y pone palabras en la boca de la otra persona. Tipo:

A: —Yo no vi que la puerta estuviera cerrada

B: —¿Entonces yo estoy loco y alucino y no se puede confiar en mí?

A: —¿?

No sé qué opines tú, pero yo veo claramente que, en mi ejemplo, redactado con una creatividad desbordante, B está poniendo significados que no son inherentes a lo que A dice. Los trae de su experiencia, de su pasado, o no tengo idea, pero no están ahí ahí.

Lo mismo hacemos con… todo. Pero, en este caso, con las emociones, y con la frustración en específico.

Queríamos tener nuestra primera plática con un francés y creíamos que nuestro nivel era bueno pero, al no entender nada y al trabarnos intensamente, nos damos cuenta de que todavía necesitamos practicar más.

Entonces: frustración.

En vez de decir un templado “Bueno, me hace falta practicar, no pasa nada, eso haré”, acabamos poniendo palabras en la boca de la frustración, por decirlo de algún modo, y terminamos pensando:

“Por ESTO no intento nada, seguramente el amigo francés pensó que soy una perdedora, no sirvió de nada todo lo que estudié estos meses, sabía que esto de aprender otra lengua no iba a ser fácil para mí, ya mejor me doy de baja del curso”.

¡Uouououo! 

En este caso, el significado que se añade al hecho “Mi nivel de francés no es tan alto como creía como para tener una conversación fluida” (lo cual es comprobable objetivamente) es:

-Es una prueba de que cada vez que intento algo, no sale como esperaba y mi destino es fallar por siempre

-Puedo leer la mente de la gente y estoy 100% segura de que el amigo francés piensa que cuando alguien no habla bien su lengua, implica que ese alguien es un perdedor (what)

-Todas las palabras que sí aprendí (y que me convencieron en primer lugar de que mi nivel era lo suficientemente alto) dejaron de existir porque “no sirvió de nada lo que estudié”.

-Todo lo nuevo que hago tiene que ser fácil para mí o no vale la pena intentarlo. Y cuando algo es difícil, implica que yo soy una mala persona y debo sentirme avergonzada porque la gente buena aprende bien y rápido.

-La única respuesta que se le puede dar a esta situación es abandonar el estudio de la lengua porque claramente no tiene otra solución y tiene que ser “todo o nada” para que valga.

-Etcétera

Qué se puede hacer

Ahora ya vimos más o menos cómo se va haciendo que la frustración sea uno de Los Obstáculos.

Se siente en el cuerpo y se le da mucha importancia. Se le dan significados —que no necesariamente son inherentes a la misma—, sobre nuestro valor como personas. Se le otorga mucho poder para decidir qué camino tomar después de una “falla” o situación inesperada.

Quizá solo con haber leído lo anterior algo se aclaró en tu mente.

También puedes, de ahora en adelante, poner atención en cómo se siente la frustración en tu cuerpo para que la identifiques más rápido. Saber que puedes tolerar esa sensación, por más desagradable que sea, y que no te va a hacer daño. Puedes convivir con ella. (De hecho, entre más te permitas sentirla, menos fuerte se hará).

Y si quieres ir más allá…

  1. Haz una lista de las veces que has intentado estudiar [idioma] y la frustración te ha detenido. Analiza cada una de ellas: ¿Qué tanto poder le diste? ¿Cómo fue el proceso?
  2. Recuerda o deduce qué significado le añadiste a esa sensación de frustración. Dicho de otra forma, si la frustración fuera una “señal” que confirma algo, ¿qué sería? (Por ejemplo, “la señal de que no debo intentar cosas nuevas”).
  3. Escribe cómo te gustaría reaccionar de ahora en adelante a la sensación de frustración. ¿Qué te gustaría pensar? ¿Cómo te gustaría actuar después de un “fracaso”? ¿Qué necesitas recordar para llegar a ello?

Espero que esto contribuya a que la frustración ya no te detenga, o al menos no tan fácilmente.

¿Y si vuelve a suceder? No pasa nada. De lo que se trata es de ir recabando información e ir practicando nuevas formas de relacionarnos con lo que nos pasa.

Tenemos toda la vida para hacerlo. Literal 🙂


Cuéntame en los comentarios cómo sueles reaccionar cuando te frustras y, sobre todo, qué pasó si intentaste algo de lo que escribí en esta entrada.

Y, si sientes que necesitas un tipo de apoyo más personalizado con una situación frustrante, considera apuntarte a una sesión de Orientación

Por qué no me gustan los consejos

Sé que suena raro y hasta un poco contradictorio, pero no me gustan los consejos.

No me gusta que me den consejos, y me parece absurdo que la cultura nos haya metido en la cabeza la idea de las personas necesitamos ser aconsejadas.

“¿No tienes un blog donde das consejos?”

Sí pero no. Veamos. Al principio, sí daba consejos. “Haz esto”, “Intenta lo otro”. Hasta escribía en modo imperativo.

Poco a poco me fui dando cuenta de que la gente no hacía lo que les decía, lo cual me frustraba. Ahora entiendo que no tienen por qué hacerlo, duh.

Con el tiempo —quizá te diste cuenta— fui cambiando mi forma de escribir: “Te invito a hacer esto”; “Si te llama la atención, puedes intentar…”, “Creo que sería interesante que probaras…”.

Es más amable. Y, como sabes, la amabilidad es una de las cosas más importantes para mí.

Fui descubriendo con el paso de los años y a medida que profundizaba en mi “proceso”, es decir, en mi conocimiento de mí misma y en mi aprendizaje sobre cómo relacionarme mejor conmigo misma, que era muy raro que necesitara que alguien me dijera qué hacer.

Es decir, si estaba en un momento de confusión, y lo quería comentar con alguien, me desconcertaba mucho que me dijera: “Yo creo que deberías…”.

En cambio, lo que veía que me funcionaba era cuando me hacían preguntas para dilucidar lo que yo realmente pensaba. Que me ayudaran a quitar capas de confusión y de ruido mental.

O, en el último de los casos, que me comentaran su experiencia, o qué hicieron en situaciones similares y cómo acabó. Obviamente, teniendo en cuenta que somos personas distintas y que es difícil que nos pase lo mismo al final. (Eso, y que cada quién habla de la feria como le fue en ella).

A medida que fui notando todo eso, me fue desagradando cada vez más que me dieran consejos, aun cuando estaba convencida de que las personas lo hacían con la mejor de las intenciones (quererme evitar cierto daño o cierto malestar).

Incluso me comenzó a incomodar darlos, porque sentía que no estaba permitiendo que la persona contactara con lo que realmente creía que estaba bien y solo le añadía a su ruido mental.

Así, como en mi naturaleza está querer ayudar a las personas, fui aprendiendo a identificar las preguntas que hacen que se acceda a la “sabiduría organísmica” que todas y todos tenemos.

Descubrí las preguntas (y otras herramientas) que hacen que una persona confundida o “perdida” pueda dejar de estarlo. Encontré el camino (que no es que sea solo uno, pero digámoslo así) de la claridad.

Y, sobre todo, identifiqué los procesos para conectar con lo que yo sé que es mejor para mí, aunque en algún momento de confusión o de angustia no sepa que lo sé o haya perdido el hilo.

Si le das un consejo a alguien, aunque sea muy bueno, no le estás enseñando a descubrir qué es lo que realmente quiere o necesita en cada momento.

En cambio, si lo escuchas, lo entiendes y le haces buenas preguntas, le estás regalando algo que —además de que es difícil de encontrar en esta sociedad feíta— le va a servir para el resto de su vida.

Esto, obviamente, no quiere decir que voy a dejar de escribir “tips” para aprender idiomas o ese tipo de cosas. Pero quiero dejar claro desde dónde lo hago.

No desde el “Ven a aprender de mí, que tú no sabes y yo sí”, sino desde “Mira, aprendí esto sobre la vida, te lo cuento porque quizá te ayuda a ver tu situación de manera distinta o a darte cuenta de algo sobre ti”.

“Pero yo siento que necesito un consejo”

Si estás en una encrucijada o en un momento de confusión o agobio, es natural si sientes que necesitas que alguien que sabe más de un tema, o que es mayor que tú, o que te da confianza, te diga qué hacer.

Y en ocasiones es lo que termina ayudándonos a tener otras perspectivas.

Sin embargo, en mi experiencia, me ha sido de mucha más utilidad que me ayuden a darme cuenta de cosas que no estoy viendo por medio de preguntas, porque eso desencadena un proceso de aprender a cambiar yo misma mi forma de ver las cosas en el futuro y estancarme o “perderme” menos.

A lo que voy es que está bien si sientes que necesitas consejos y si los pides. No es mi intención hacerte sentir mal si los buscas. Tendrás tus razones y estoy segura de que son buenas 🙂

Confianza

En general, cuando escribo alguna entrada un poco más personal que otra en este blog, digo que no necesito consejos y es verdad. Desde que comencé a ver todo lo que escribí arriba, me di cuenta de que nunca los necesito.

Claro, puedo querer otras perspectivas, que alguien me cuente su experiencia, pero ya nunca le pregunto a alguien Qué hago, o Qué me recomiendas, sobre todo porque es una forma muy —muy— sutil de echarle mi responsabilidad sobre mi vida a otras personas. (A fin de cuentas, si algo sale mal es porque ella me dijo que lo hiciera).

He ido desarrollando una confianza básica en mí y en la sabiduría de mi ser. Sí por lo que he leído y vivido, pero más porque sé, sin una sombra de duda (como se dice en inglés), que los seres humanos somos dignos de confianza.

Cuando se le da un consejo a alguien desde el “Yo creo que deberías hacer…”, estamos diciendo algo así como “No confío en que tú puedas descubrirlo por ti misma”.

Le quita poder a la gente.

Y yo estoy a favor de que se nos regrese ese poder (sobre todo a las mujeres).

Yo confío en ti. Confío en que sabes qué es lo mejor para ti.

Confío en que tienes la capacidad de descubrirlo si no lo tienes claro en este momento.

Confío en que si te metes en un problema o cometes un error, podrás resolverlo.

Confío en que sabes qué estás haciendo aunque ni tú misma/o lo entiendas por ahora.

Confío en que necesitas andar tu camino porque es tuyo y de nadie más.

Confío en que estás exactamente donde tienes que estar y que estás aprendiendo lo que necesitas aprender.


Si te sientes un poco perdida/o y te gustaría que te ayudara a descubrir tu propia verdad sobre algún tema y no te gustan los consejos, pon mucha atención a tu correo en días próximos (o suscríbete al blog) para saber cómo*.

*Ya sé que la última vez que
dije esto no envié nada, lo siento,
se cruzó el temblor. 

Soy una persona ansiosa

Hasta hace no mucho (digamos, a principios de este año) me resistía a admitir las señales de que yo era una persona ansiosa.

Era un poco porque temía que, al decirlo en voz alta, se fuera a empeorar. O que al ponerme esa etiqueta (que más bien parece un diagnóstico clínico), no iba a poder encontrar pruebas de otra cosa.

Pero como con cualquier situación que resistimos, cuando dejamos de resistirla se aligera; mencionarlo y dejármelo en claro me dio mucha libertad. Ahora ya no tengo que gastar energía en ocultármelo a mí misma ni a los demás. Soy una persona ansiosa.

Admitirlo me hizo darme cuenta de que era importante hacer algo al respecto. No porque fuera un “deber”, sino porque sabía que me beneficiaría. Por eso empecé a meditar, pues había leído que era muy útil para eso (sí lo es).

Gracias a ello, comencé a observar todos los lugares en mi vida en los que existen obstáculos relacionados con la ansiedad.

Por ejemplo, que muchas veces no me doy permiso de hacer las cosas que quiero porque hacerlas me genera mucho estrés y siento como si no valiera la pena pasar por eso.

O que a veces realmente la vida es un poco más difícil para mí que para las personas que son más “zen” por naturaleza. Y que tal vez toda esta ansiedad es una respuesta sana en mundo que, tristemente, no está tan sano.

Empecé a notar las actitudes y acciones que aumentan mi ansiedad (no dormir bien, dejar que me dé mucha hambre, alimentar un pensamiento negativo hasta volverlo catastrófico, identificarme con ella y pensar que TODO lo que soy yo es la ansiedad, lo cual no es cierto).

Vi esas conductas también en mi mamá, que mitad me modeló y mitad me heredó la mayoría de ellas. Y comencé a tenerle compasión, porque sé que no empezó con ella. Alguien se lo heredó y se lo modeló, y a esa persona también, quién sabe cuántas generaciones atrás.

También puse atención en las cosas que me ayudan a reducir la ansiedad. Dejar de ver las noticias (sobre todo las de este año, qué pedo). Estar menos tiempo en redes sociales o por lo menos dejar de seguir cuentas que no ayudan.

Respirar, estar en mi cuerpo en vez de en mi mente, dejarme sentir el miedo. Concentrarme totalmente en lo que estoy haciendo a cada momento. Escribir, bailar, leer literatura. Pensar en que yo no soy la ansiedad, soy mucho más que eso aunque la contengo.

Acostarme en el piso boca arriba por unos 10 minutos y permitirme sentir lo que siento, aunque sea incómodo. Ir a terapia. Identificar mis pensamientos y darme cuenta de cómo me hacen sentir. Evitar aislarme porque eso solo lo hace todo peor  (t-o-d-o).

Saber que soy una persona ansiosa me permitió entender que tenía que cuidarme a mí antes que a los demás cuando la tierra se movió el mes pasado. Que me iba a tardar un bueeeen rato en tranquilizar a mi sistema nervioso, quizá un poco más que los demás.

Que necesitaba poner mucha atención en lo que hacía para cuidarme a mí misma, que me iba a costar trabajo dormir y que tenía que poner mucha atención en lo que me pedía mi cuerpo porque no hacerlo iba a empeorar las cosas.

Comprender todo lo anterior me hizo predecir que, a diferencia de lo que se supone que debería ser según las verdades absolutas que hemos aprendido en las películas, me la iba a pasar francamente mal al inicio de una relación en la que estuve. Demasiada incertidumbre para mi sistema.

Me ha permitido practicar la compasión hacia mí misma. No es fácil, nada fácil, pero creo que voy mejorando. Estoy aprendiendo a aceptar esa parte de mí y poder decir, así soy, y no me avergüenzo aunque la sociedad entera está empeñada en hacernos creer que lo único que te convierte en un ser humano valioso es una salud mental (y física también) perfecta. (No lo es. Also: ¿eso existe?).

Es lidiar con el estigma y con la opresión. Con los consejos no solicitados acerca de qué debería o no hacer. Con la gente que no entiende y dice cosas como “¡Relájate!” o “No te preocupes”. JAJAJA.

Aunque no me gusta tanto, ver que soy una persona ansiosa también me da razones para exigirme cambiar y perfeccionarme y mejorar. Me ha hecho ser un poco cruel y hasta violenta conmigo misma.

O enojarme y decirme que no debería ser así, sobre todo cuando veo que mi ansiedad me hace pasármela mal en algún momento en que otras personas se ven estúpidamente felices. Sí, me hace compararme con los demás. Y, sobre todo, me hace juzgarme a mí misma.

Pero también veo todo lo bueno que viene de ello. Y sobre todo, las cosas que he aprendido y sigo aprendiendo. Veo que si no fuera tan miedosa no sería tan valiente. O que si me fijo en el progreso que he tenido, siento esperanza en que quizá lo que ahora me abruma en algún momento será parte de lo que me parezca normal.

También pienso que mi forma de ser incluye cosas positivas, que me gustan mucho de mí, y cosas no tan agradables, como la ansiedad; viene todo junto en el mismo paquete, y para dejar de tener las no agradables necesitaría no tener las positivas.

Me ha ayudado mucho comprender mi personalidad, y ver que todas las personas que la compartimos somos así. Unas más, y otras menos, claro está, pero tenemos eso en común. No estoy sola en eso, sé que un montón de gente me entiende y yo las entiendo 🙂 (…aunque lo intenten ocultar porque está estigmatizado y “mal visto”). (Fuck that shit).

Era importante para mí hablar de esto porque he visto que existe mucha presión en torno a las personas que tenemos blogs, sobre todo cuando hablamos de los temas de los que yo hablo, como de que tengamos la vida resuelta, o que seamos felices todo el tiempo, o ese tipo de cosas.

Lo que yo he notado con las personas que sigo es que me ayudan mucho más si se muestran como realmente son, en toda su humanidad, a que si intentan poner una cara de perfección y Photoshop.

Soy una persona ansiosa, eso no me define y soy muchas más cosas también.

¿Y tú?

Si quieres comentar, ten en cuenta que se necesita ser vulnerable para hablar de estas cosas y que muchas veces no es tan fácil. Y, sobre todo, que no necesito ni deseo leer consejos de ningún tipo.

Puedes compartir tu historia con la ansiedad (si es el caso) o escribir de lo que te diste cuenta sobre ti mientras leías esta entrada.

Gracias por leer y hasta la próxima.

¿Tienes una decisión que tomar?

A lo largo de toda mi vida me he considerado una persona indecisa.

Soy el tipo de persona que se agobia ante la incertidumbre y ante las posibilidades, y mi principal obstáculo para tomar decisiones es que pienso mucho y siento mucho.

Y no ayuda que mi mente automáticamente se viaja (se malviaja, mejor dicho) al futuro, pero no a una utopía, sino a todo lo que puede estar mal y va a salir mal.

Me gustaría decir que ahora soy un as de tomar decisiones pero estaría mintiendo. A veces, sobre todo entre más importante sea lo que necesito decidir, me agobio, me angustio y se me cierra el mundo.

Sin embargo, he encontrado una forma que me ha ayudado bastante, sobre todo con las decisiones binarias, es decir, aquellas que solo se tratan de sí o no.

El proceso completo (que viene del focusing) es mucho más complejo de lo que podría explicar aquí, pero en esencia es lo siguiente:

Ejemplo

Supongamos que llevas mucho tiempo luchando contra el inglés y ya te hartaste porque no ves progreso y sientes en el fondo que no sirves para eso y jamás lo vas a aprender y que de todos modos ni siquiera te lo han pedido para los trabajos a los que has aspirado.

Supongamos, también, que te estás convenciendo a ti misma/o de darle una última oportunidad al inglés pero no está funcionando, sobre todo porque hay otra vocecita en tu cabeza que te hace cuestionarte y dice algo así como:

¿Y si mejor solo lo dejas ir y decides que te vas a quedar con el nivel de inglés que tienes y eliges vivir feliz con eso?

(Que quede claro que esto último no es una “excusa” ni nada parecido, es una opción genuina que está surgiendo de un lugar sano en la mente de la persona que lo está diciendo).

Ahora, siguiendo con lo que estamos suponiendo, pensemos que estás considerando ambas opciones, que ves beneficios en ambas y no puedes tomar una decisión.

Has hecho tus listas de pros y contras y como que ninguna te acaba de convencer del todo. Te sigue dando vueltas en la cabeza y solo te agobias cada día más.

Te propongo lo siguiente

La esencia de esta manera de tomar decisiones consiste no tanto en pensar, sino en sentir.

Por ello, necesitas cierta tranquilidad y relajamiento para llevarla a cabo.

Se trata de que tengas muy claro cuáles son tus opciones, y sientas, con cada una de ellas, qué opinarías de ti misma/o.

Siguiendo con el ejemplo de arriba, las opciones serían:

a) Darle una oportunidad más al inglés (con algo que sí creo que tiene posibilidades de funcionar, no con lo mismo que he intentado siempre)

y

b) Dejar ir al 100% la presión de saber más inglés y dedicarle mi energía física mental y hasta espiritual a otras cosas que quiero o necesito hacer

Ahora, el paso siguiente sería respirar profundamente hasta encontrar cierta calma interna, y pasar la “película” de la opción a) como si ya la hubiera elegido, poniendo atención en cómo se siente en mi cuerpo y,

muy importante,

notando qué opino de mí después de haber tomado esa decisión

es decir, cómo embona esa elección en la imagen que tengo de mí misma.

Aquí necesitas tener cuidado y dejar que surja dentro de ti esa sensación, es decir, no intentes forzarlo con tu mente pensando en qué es lo que opinarías. Y mucho menos en qué es lo que opinarían otras personas.

Este ejercicio es algo muy personal, una oportunidad de que nuestra sabiduría interna se comunique con nosotros.

Cuando termines, tomas nota de lo que te “llegó” y lo escribes (o, si no quieres, lo guardas en tu mente y lo tienes muy muy claro).

Después, tomas la opción b) y vuelves a hacer lo mismo: imaginarte que ya elegiste eso y preguntarte qué opinas sobre ti al haber tomado esa decisión.

Al final registras qué sentiste en esta segunda ocasión y, si no es claro para entonces (lo más probable es que sí lo sea), comparas ambas notas.

¿Cuál de las dos opciones te hizo sentir mejor contigo misma/o?

¿Con qué decisión te quedas con una imagen más positiva de ti?

¿Cuál se siente bien, en general?

Listo, usted ha tomado una decisión.

😀

Resumen

Si necesitas tomar una decisión y tu lista de pros y contras simplemente no funciona, prueba relajarte y sentir en tu cuerpo qué opinarías de ti misma/o después de elegir cada una de las opciones.

Es un proceso que lleva práctica, como todo, por lo que te invito a intentarlo al menos unas tres veces, con decisiones pequeñas que sientas que no son tan fuertes (desde qué ponerte hasta qué comer o adónde salir) para que le vayas “agarrando la onda”, como se dice por acá.

También sirve para elegir qué lengua estudiar si estás en un dilema, o incluso para decidirte por un método o un libro o ese tipo de cosas.

Esta herramienta es hermosamente útil (sobre todo si recuerdas que existe).

Si la usas, no dudes en comentarme qué descubriste sobre ti y, sobre todo, qué decisión te ayudó a tomar.

Y si sientes que necesitas un poco más de apoyo para tomar alguna decisión, pon atención a tu correo, pues estoy por enviarte información sobre algo que te puede servir para eso.

¿Te suele costar trabajo tomar decisiones? ¿Qué te ha servido para hacerlo de manera más fácil? ¿Qué acaba pasando cuando te enfrentas a una decisión?

Dos mil diecisiete en retrospectiva 2/3

Tradición del blog: escribo recuentos del año en curso tres veces, una en abril, una en agosto (esta que lees) y otra en diciembre. Me gusta hacerlas porque tomo una pausa para ver con calma qué ha sucedido y porque mi sabiduría actual le echa luz a mi pasado y siempre me doy cuenta de cosas útiles. 

Debo confesar que se me andaba olvidando que a finales de agosto corresponde hacer esta segunda parte de la retrospectiva del año.

Eso, y que también siento mucha resistencia a revisar o repasar los últimos meses. La verdad no entiendo muy bien por qué, pero es como si me diera miedo encontrar cosas que ya había medio bloqueado o negado.

Siempre me sorprende lo mucho que olvido cosas que en su momento parecían lo más grande o importante de mi vida (y bueno, en cierto sentido lo eran porque constituían mi presente).

Eso solo me recuerda que todo pasa, lo “bueno” y lo “malo”, nada permanece.

Bueno, ya.

Mayo

Este fue uno de esos meses raros donde pude concentrarme muchísimo en un proyecto. Todos los días, hasta los fines de semana, trabajaba en él, pero no porque me forzara, sino porque había tomado un ritmo hermoso.

Al mismo tiempo, fue un mes en el que sentí que había progresado mucho en un [tema en específico que he venido arrastrando prácticamente toda mi vida] y después… no, lo cual fue muy fuerte para mí porque volví a visitar esas temibles cavernas de mi mente que tienen escrito en las paredes: “Nada de lo que has intentado funciona”.

Sin embargo, ahora que lo veo con distancia, fue realmente un mes en el que se gestaron muchas cosas muy buenas que ahora estoy disfrutando. Pero vaya que fue difícil.

Junio

En junio escribí el primer cuento que he escrito en mi vida motu proprio. Soy mundialmente famosa por no poder escribir ficción pero este cuento fue especial. No, no lo puedes leer (¿aún?). Quizá en un par de años.

Es sobre algo muy fuerte que estuvo a punto de pasarme pero no pasó y recurrí a la ficción para sacarlo de mi sistema. Amé (re)encontrarme con la parte de mí que encuentra un valor muy grande en la literatura.

En otro sentido, mi cuerpo resintió mucho este mes. Parte de lo que escribí arriba, sobre cómo estaba logrando proyectear a un ritmo agradable, etcétera, mi mente lo convirtió (algo que me pasa mucho) en un deber y en una meta y en una razón para exigirme resultados a mí misma.

Este es un patrón muy arraigado en mí, que no me sirve mucho que digamos, pero que está presente. Este mes me enfermé del estómago nivel antibiótico y me torcí el tobillo cayéndome en un hoyo en la calle bajo la lluvia, por mencionar sólo lo más aparatoso.

Aquí también comencé otra vez desde cero a meditar porque lo había dejado porque si no no sería yo. Intenté darle mil vueltas a no pagar la app de Headspace en los meses anteriores, buscando alternativas y todo eso, pero nada la supera. De verdad vale la pena, al menos para mí, y cada peso pagado tiene sentido, al menos para mí.

En resumen, siento que en junio aprendí lecciones que no había aprendido en años y tomé un montón de riesgos que no me había atrevido a tomar antes.

Además, terminé un curso que había comenzado a tomar hace más de dos años (¿o eran tres?) y eso siempre ayuda, como que se pone en movimiento la energía o algo así.

Julio

Empecé este mes un poco destanteada porque hice un pequeño viaje y eso siempre me desorienta. Pero esa falta de oriente (sic) no se comparó con lo que sentí como a mediados del mes, cuando una coach me hizo ver algo que de verdad no quería ver; es más, que llevaba años ignorando casi activamente porque dolía.

Fue uno de esos momentos fundamentales en la vida que son como un turning point, un antes y después, en los que ya no puedes seguir fingiendo que la realidad no existe y enfrentarse a ella DUELE UN MONTÓN.

Claro que al final fue lo mejor que me pudo haber pasado en lo que va del año, pero estuve en una crisis bastante fuerte un par de días.

Este mes mi cuerpo también sufrió considerablemente por un [desequilibrio] persistente que me generaba mucho malestar. Y luego fue el Jiu Jitsu. 😀

Fui a un par de clases de este arte marcial japonesa gracias, de hecho, a una lectora de este blog (¡hola, P!) y fui profundamente feliz por dos días. Después mis músculos sufrieron mucho por otros dos días pero valió la pena.

En julio también hubo un cambio bastante grande en mi vida que hizo que muchas cosas cambiaran y ahora que lo veo con los sabios ojos del futuro, me doy cuenta de que realmente no me di la oportunidad de dejar ir lo que fue y darle la bienvenida a lo que es, lo cual tiene que ver con que no le quise dar mucha importancia (pero sí la tuvo y la tiene).

Julio marca el mes en el que me abrí un poco más a sentir y a recibir la vida más como es y menos como yo creo que tiene que ser. Sobra decir que no es fácil, pues por algo (o muchos algos, en realidad) me he aferrado durante toda mi vida a querer controlar todo lo que pasa.

En fin.

Agosto

Creo que parte de aquello por lo que me resistía a hacer esta retrospectiva era este mes. Ay, agosto, ¿qué onda contigo? Si agosto es el mar, yo me quedé atrapada en las olas y me di unos 15 revolcones. Al día.

Leo mis notas y digo “auch por siempre” de todo lo que me pasó, sobre todo a nivel emocional. Es muy largo de contar, pero solo diré que tener apego ansioso is a real bitch y no se lo recomiendo a nadie.

Luego: las lluvias. Ya sé que no me puedo quejar porque cientos de personas han perdido sus pertenencias e incluso hasta la vida por los huracanes, y de verdad lo siento mucho, me gustaría que no fuera así, y mi corazoncito de pollo sufre mucho cuando ve las noticias.

Sin embargo, negar el hecho de que para mí, aun con los privilegios que tengo, ha sido muy difícil (sobre todo emocionalmente) moverme en la ciudad con las lluvias, sería una especie de auto abandono, y eso es lo que menos quiero hacer.

Hola, sí he sufrido y mi sufrimiento es válido aunque haya gente que sufre mucho más que yo. No es una competencia. 

De hecho, hablando de eso, este mes por fin comprendí lo que se siente como La Clave de la Vida: que si logramos validar y presenciar todas las emociones de nuestra(o) niña(o) interna(o), ella o él dejan de sufrir, y por lo tanto, nosotros podemos ser más libres.

Esto ya lo “sabía” intelectualmente, gracias en gran parte al hermoso y sumamente importante trabajo de Bethany, pero por fin lo comprendí de comprender, a un nivel muy profundo.

El resultado de los revolcones en el mar de agosto fue, entre otras cosas, un resfriado, a fin de mes, que se complicó (otra razón por la que publiqué esto casi una semana después del 31) y todo el estrés-por-hipocondria que eso conlleva.


No me deja de sorprender lo intenso que fueron para mí estos cuatro meses, ahora entiendo por qué lo evadía tanto 🙂

Pero me fue muy útil notar todo lo que ha pasado; hasta me di cuenta de que hay cosas que todavía no he procesado muy bien, y sobre todo entendí por qué de repente solo dejé de trabajar en el proyecto al que tanta diligencia puse en mayo.

Cosas maravillosas de estos cuatro meses:

  • Comprar una lata entera de mi té favorito :3
  • Las diosas. El oráculo de las diosas (¡!). Los oráculos aunque no sean de diosas. Ohmygod(dess) esto me hace muy feliz.
  • Dar un salto cuántico para sanar [tema de años que mencioné arriba], algo con lo que, estaba convencida, sentía que nadie me iba a poder ayudar. SÍ ME ESTÁN PUDIENDO AYUDAR, TODO EN ORDEN, GRACIAS MÉXICO.
  • Por fin por fin por fin terminar una relación-no-relación que me desgastaba considerablemente.
  • Aprender y volver a reaprender (sic) a disfrutar la vida. Suena fácil, no lo es.
  • Sentirme agradecida por poder caminar y moverme y tener movilidad (que no es lo mismo), así como por la resiliencia de mi cuerpo y su mágico poder de sanación. ❤
  • Hallar y leer algunos de los maravillosos libros de JSB y todo el orden que le trajeron al caos.
  • Reencontrarme con partes de mí que creía que estaban perdidas o que pensaba que ya no eran mías. (Sí lo son y están vivas).
  • Reunirme con mi profundo amor a la literatura en inglés gracias a bp.com.
  • Conectarme con mi fuerza creativa, poco a poco. Todavía no sé muy bien hacia dónde me quiere llevar, pero puedo sentirla y creo que es una buena señal.
  • Tener los recursos necesarios, de todo tipo, para navegar la vida. Aunque a veces las olas me arrastren un poco, aquí sigo y no he hecho más que aprender y crecer. Y eso es lo que cuenta.

Tu turno. Cuéntamelo todo. ¿Qué aprendiste o cómo creciste en estos cuatro meses? ¿Qué te pasó, qué creaste o qué construiste?

No necesitas escribirlo aquí en público, puedes escribirlo para ti misma. Lo importante es generar una pequeña reflexión sobre nuestros días, pues hay mucha riqueza en ello.

Si te diste cuenta de algo de tu vida al leer sobre la mía, me encantaría saberlo 🙂

Fuerza

Generalmente, cuando escribo una entrada de este blog, no sé muy bien cómo va a empezar pero pasa algo así:

Tengo una idea de lo que quiero decir, algo dentro de mí sugiere un comienzo, y de ahí sigo escribiendo con la conciencia de que no tiene que ser perfecto, que de todos modos siempre puedo cambiar las palabras que no me gusten.

Casi nunca he cambiado el inicio de un texto, en general suele funcionar.

Sin embargo, para llegar a este punto (o sea, a esta palabra que estás leyendo ahora) escribí cuatro inicios distintos y los borré. No sabía muy bien qué enfoque le quería dar a lo que necesito decir, pero creo que está relacionado con eso.

Con el miedo a la hoja en blanco que, con ligeras variaciones dependiendo de la persona, es una especie de forcejeo y una búsqueda por controlar lo que no se puede controlar.

Esto último ha sido un gran tema en mi vida últimamente. Me he dado cuenta, por un montón de circunstancias aparentemente inconexas, de que tengo una gran [necesidad] de sentir que controlo las cosas. (Hola, ansiedad).

Parte de querer controlarlo todo resulta en una especie de incapacidad o falta de voluntad para fluir con el presente, con lo que es.

Y en un forcejeo intenso, una lucha constante, contra mí misma sobre todo, contra mis deseos verdaderos. Es muy desgastante.

El punto de esta entrada es compartir lo mucho que he notado que me fuerzo (“forzar” se conjuga como “torcer”) a hacer las cosas, “por mi bien”.

Que siento que si no me estoy obligando o forzando a hacer algo, no lo voy a hacer nunca.

A mucha gente le pasa

Estoy consciente de que no soy la única a la que le sucede esto. Por eso escribo sobre el tema.

Sé que, si eres como muchas personas que conozco, vas por la vida obligándote a aprender inglés, y oh sorpresa, lo abandonas a las dos semanas porque a quién le va a gustar que la fuercen a hacer las cosas. (Rebeldía, anyone?)

Esto tiene mucho que ver con la cultura en la que vivimos, donde no se confía en las personas. Es como si el discurso subyacente fuera: “¿Cómo crees que tú sabes lo que es mejor para ti? Obvio no. Deja que yo te enseñe”.

Y entonces nos dejamos forzar, desde el jardín de niños hasta el posdoctorado, pasando por todos los trabajos que hemos tenido y la forma en la que nos trataron nuestros padres; aprendemos a forzarnos a nosotras mismas y nos dejamos meter esa idea en la cabeza:

Si no me obligo a hacer las cosas no voy a hacer nada,

o

La única forma en la que salen las cosas es forzándome a hacerlas

No tiene que ser así

Podemos encontrar maneras más sustentables, amables y amigables de motivarnos a hacer aquello que es importante.

Podemos darnos cuenta de que nos estamos forzando (es un cliché pero es verdad, darse cuenta es el primer paso) y, por lo menos, hacerlo de manera más consciente:

“Sí, me estoy forzando a hacer esto, de verdad no quiero llevarlo a cabo pero las consecuencias de no hacerlo no me gustarían; sé que habría otras opciones para motivarme pero por el momento no se me ocurre ninguna y necesito entregar esto rápido, entonces lo haré”.

Y poco a poco, ir decidiendo si quiero obligarme o no a hacerlo.

Valorar si es importante para mí o si es una regla absurda que estoy siguiendo a partir del “deber ser” de la sociedad.

Sopesar las consecuencias de no hacerlo.

Dejar ir, si se puede.

Pensar alternativas.

Hablar con otras personas para ver si se les ocurre algo que no he pensado.

Ese tipo de cosas.

En el fondo,

forzarse tanto a hacer cosas parte de que no confiamos en nosotros mismos, al menos no en el sentido de que creemos que, si nos permitiéramos ser quienes realmente somos y hacer solo lo que deseáramos, no podríamos funcionar en sociedad y moriríamos de hambre bajo un puente.

En mi experiencia, una opción es encontrar una (buena) razón.

Es decir, preguntarnos por qué una actividad que hacemos podría estar relacionada con algo que realmente nos importa en la vida.

Esto es algo que suelo hacer con quienes toman las Anticlases, preguntarles cuál es su verdadera razón para aprender inglés, porque una vez que se encuentra esa motivación profunda, es mucho más difícil desviarse con los obstáculos.

Para lograrlo, solo necesitas preguntarte “¿Por qué eso es importante para mí?” varias veces, hasta que llegues a algo que te haga sentir Ahhh, sí, sí lo es.

Por ejemplo:

Supongamos que ya te aburrió tu trabajo y has buscado otro pero no logras encontrarlo. Ya estás empezando a incomodarte pero renunciar sin tener otro en la mira simplemente no es una opción, y notas que te estás forzando (palabra clave) todos los días a ir.

Este sería un buen momento para reconectarte con tu “por qué”.

Entonces:

¿Por qué es importante para mí tener un trabajo, este trabajo?

Porque me permite percibir ingresos y tener estructura en mis días.

¿Por qué es importante para mí percibir ingresos y tener estructura?

Porque cuando no he tenido dinero y he tenido demasiado tiempo libre me he sentido muy mal conmigo mismo.

¿Por qué es importante para mí no sentirme mal conmigo mismo con respecto a eso?

Porque si lo hago me empieza a dar mucha ansiedad y todo se vuelve peor y más oscuro.

Entonces, tener un trabajo en este momento, aunque no sea el más agradable del mundo, está sirviendo para que no me dé tanta ansiedad, o al menos no del tipo que me da cuando no tengo dinero y tengo demasiado tiempo libre (que es horrible).


Si llevaste a cabo este ejercicio, seguramente tu forma de ver la situación a la que te estabas forzando cambió, aunque sea poco, lo cual ayudará a que la fuerza (la forzación, pues) no sea la única herramienta a tu alcance.

En las Anticlases exploramos otras formas en las que puedes motivarte que sean más sustentables a largo plazo, no desde la fuerza sino desde otros ángulos que funcionan mejor. Si te interesa, haz clic aquí.

¿Qué opinas?

¿Has notado que te fuerzas a estudiar una lengua? ¿Te funciona? ¿Te gustaría tener una alternativa (o varias)? ¿Cuál sería para ti la forma ideal de motivarte?

Cuéntamelo todo en los comentarios.