Crea lo que quieres crear (3 miedos, 3 ideas)

Mi amiga I me dijo que quería empezar un blog. Acto seguido, su mente me empezó a bombardear con miedos y razones por las que era una mala idea.

Si bien no soy la experta número uno del mundo cuando se trata de escribir blogs, he aprendido un par de cosas a lo largo de los 10 años (sí, 10) que he mantenido el que estás leyendo, y me di cuenta de que tenía mucho que decir al respecto.

Decidí escribir esta entrada porque estoy segura de que hay muchas otras personas que quieren compartir sus ideas (ya sea en un blog, podcast, canal de YouTube, o hasta eventos presenciales) pero la avalancha de miedos se lo impide.

He aquí los tres principales que hablé con I (quien, por cierto, me dio permiso de escribir este texto; no creas que hago esto con todo lo que me cuentan mis amigos xD):

1. Me da miedo que me critiquen o me juzguen

Es totalmente comprensible. Después de todo, es un acto vulnerable decir lo que piensas en Internet. Y sí, hay muchos trolls y personas que se divierten poniendo comentarios groseros en las creaciones de las personas.

Sin embargo, hay dos partes del proceso que estás mezclando en una sola:

Una cosa es crear tu contenido y otra es que las personas lo consuman.

Lo que quieres es crearlo porque tienes una necesidad de expresarte, o porque quieres ver qué va saliendo conforme escribes / hablas.

Puedes crear unos 5 episodios / posts y después decidir si quieres publicarlo.

O puedes compartirlo solo con las personas más cercanas a ti, o tus amigos de Facebook.

No pienses que por estar en Internet automáticamente se va a hacer viral y lo van a ver 999,999 personas, de las cuales 999,900 te criticarán.

Si todo falla, siempre puedes desactivar los comentarios para que la gente no pueda opinar.

Puedes controlar su visibilidad hasta que te vayas sintiendo segura(o) de que más gente lo vea. Y si no llegas a ese punto, también está bien. ¡Ya creaste lo que querías!

Ahora bien: si te da miedo que te critiquen, te recomiendo que escribas una lista de las peores cosas que te podrían decir. Por lo menos unas 20. Sé tan cruel como te imaginas que podrían ser contigo, y poco a poco ve encontrando razones por las que podrías estar bien si alguien te dijera eso.

Casi siempre los comentarios críticos que nos duelen lo hacen porque son cosas que ya pensamos de nosotros mismos. Te recomiendo este hermoso y acertado post de Tara Mohr al respecto (en inglés).

2. Temo no poder ser constante y abandonarlo a la mitad

Yo tengo la convicción de que uno no es quien decide de antemano cuánto van a durar las cosas, sino que solo se va dando.

Por ejemplo, yo puedo tener el deseo de durar 30 años con una persona con la que salgo pero no hay nada que pueda hacer para que eso sea una realidad. Puedo intentarlo pero nada lo garantiza.

Lo mismo pasa con las creaciones. Puedo tener, al menos inconscientemente, la idea de que voy a escribir durante años o muchos meses y tener miles de lectores que me AMEN y demás.

Pero lo que suele pasar es al revés: empiezas a escribir y conforme avanzas te das cuenta de que no tenías tantas entradas en ti, sino que a los 10 artículos ya se satisfizo la necesidad que te llevó a crearlo y entonces lo dejas.

Sin embargo, eso no lo puedes saber de antemano.

Las cosas, incluso (¿o sobre todo?) las que nosotros creamos, nos van a otorgar lo que nos vayan a otorgar y no podemos decidir eso.

Aferrarse a la “constancia” o a publicar diario o a empezar y nunca abandonarlo no solo es artificial sino que se convierte en un deber ser, una obligación impuesta, una especie de prisión.

Si empiezas, quizá en el camino te das cuenta de que lo que querías era hablar de tres temas solamente y después se te pasa la emoción. (Sobre todo, si eres Scanner).

Yo una vez hice un podcast que solo ha escuchado una persona. Hice tres episodios y eso era todo lo que descubrí que quería hacer. Se satisfizo mi necesidad de grabarme hablando y estoy bien con eso. Me dio lo que necesitaba.

Claro que esto es mucho más difícil si lo que quieres empezar a crear tiene la finalidad de ser algo que te dé dinero o algo por el estilo, pero aun así tienes que estar dispuesta(o) a que evolucione, a que te aburra, a que el hecho de crearlo te dé otra idea para tu proyecto siguiente.

Sé que es incómodo pensar en términos de tanta incertidumbre pero lo cierto es que ir buscando certezas no es más que una ilusión.

Parte de por qué nos da miedo abandonar este tipo de proyectos es porque nos imaginamos que tendremos fans a los que de repente decepcionaremos si dejamos de escribir.

¡Primero consigue fans y luego te preocupas por ellos! Los de tu mente no cuentan todavía. 🙂

Por otro lado, y aunque suene un poco feo, no eres tan importante para otras personas. Es seguro decepcionar a la gente. No van a ir a tu casa a atacarte hasta que vuelvas a publicar. Seguramente van a encontrar a alguien más a quien seguir y van a estar bien.

Si esto te pesa, pregúntate a quién sientes que has decepcionado y qué consecuencias ha tenido. Rastrea de dónde viene ese miedo. Seguramente tiene que ver con tu infancia (como un montón de cosas) pero es muy útil hacerlo consciente. ¿Por qué se siente tan grave no cumplir las expectativas que otras personas puedan tener sobre ti?

3. Me da miedo que me digan que quién me creo que soy para escribir sobre x

Oh, sí. Muchos asociamos “escribir” con “ser la autoridad en un tema”, o “ser experta(o) en él”.

Si en tus creaciones te describes a ti misma(o), incluso sin darte cuenta, como “soy quien más sabe en el mundo del tema”, te arriesgas a darte cuenta de que no, de que hay gente que sabe más que tú, y te exiges mucho más, pues no debes ni puedes fallar.

Sin embargo, si solo partes de “voy a compartir mi perspectiva, mis vivencias, mi particular punto de vista desde donde estoy experimentando este tema”, nadie te puede contradecir.

Claro que habrá gente que no esté de acuerdo contigo, que tenga una perspectiva muy distinta y quizá hasta contradictoria con la tuya, pero eso no significa que debas esconder tu forma de ver las cosas.

Todas las perspectivas son válidas porque, aunque es lo más trillado del mundo, no hay dos personas iguales que vean la vida exactamente de la misma forma.

Por lo tanto, vale la pena que nos compartas tu perspectiva, que nos cuentes cómo has superado tus obstáculos o que nos digas las lecciones vitales que te costó mucho trabajo aprender.

Quizá le ahorras tiempo a alguien, o quizá le salvas la vida (uno nunca sabe, de verdad) o simplemente haces que se sienta menos solo.


Espero que esto te haya inspirado a sacar tus creaciones de tu cabeza y ponerlas en el mundo si es algo en lo que has estado pensando.

Sé que suena aterrador por momentos pero a mí me da mucho más miedo pensar en todas las cosas maravillosas que mucha gente se va a llevar a la tumba solo por miedo al qué dirán o a juicios que a veces ni siquiera duelen tanto una vez que se reciben.

¡Comparte lo que quieres crear! No necesita ser bueno siquiera, ni estar bien diseñado o bien planteado; definitivamente no necesitas leer más libros ni buscar más inspiración; no es necesario pulirlo tanto como tu mente te dice.

Haz que exista, después ya ves qué haces con ello.

El proceso simple para mejorar tu pronunciación

Como probablemente ya sabes, acabo de crear un programa nuevo llamado Pronunciation Practicums que te ayudará a mejorar tu pronunciación en el inglés (o el español, si no es tu lengua materna).

En él, te llevo a través de 7 pasos que, una vez llevados a la práctica, resultan muy simples y poderosos:

  1. Hacerte consciente de los 43 sonidos del inglés.

Los sonidos son una de las partes de la lengua que se adquieren cerca del “final” del aprendizaje. Es decir, necesitas tener gran parte del idioma en la cabeza para que puedas dedicarte a escucharlos y adquirirlos.

No entiendo muy bien por qué pasa esto, pero sucede. Por eso hay que hacerlos conscientes, porque rara vez pasa automáticamente.

2. Identificarlos cuando escuchas la lengua hablada.

Una vez que eres consciente de los sonidos, comienzan a saltar a tu oído.

En las canciones que ya escuchabas y que hasta te sabes de memoria, en las películas que veas. Siempre han estado ahí pero tu cerebro no te permitía escucharlos. Ahora ya puedes.

3. Reconocer las formas en las que tu cerebro hispanohablante los filtró

(y hace, por ejemplo, que la “th” de “this” acabe sonando como una “d” de “día”).

Existe un fenómeno llamado “asimilación” mediante el cual, cuando escuchas un sonido que no existe en español, tu cerebro te hace creer que suena como el más cercano a él que sí existe en español.

Si oyes la “i” de “bird”, vas a escuchar “clarito” una “e”, y la vas a pronunciar así. Todo esto, sin que te des cuenta. Pero no lo es, sino una vocal que no existe en español y que tienes que aprender a identificar.

4. Romper esos hábitos lingüísticos. 

Necesitas reconocer todos los momentos en los que ya tienes la costumbre de decir esa “e” que no es “e” y esa “d” que no es “d”, dejar de hacerlo y crear un espacio donde quepan los sonidos correctos.

4.5 Desbloquear las barreras mentales y/o emocionales que puedas tener. 

Por alguna razón, muchas personas están convencidas de que DE VERDAD no pueden pronunciar los sonidos. Maestros malos, intentos por forzar un sonido cuando el cerebro todavía no está listo para recibirlo, burlas, humillaciones, malas experiencias, creencias sobre cómo la gente te puede percibir, etcétera.

Todo esto se tiene que ir para que mejorar tu pronunciación no genere sufrimiento en tu ser y, sobre todo, sea un proceso que se pueda llevar a cabo.

5. Aprender a producir o pronunciar los sonidos reales del inglés. 

Necesitamos reentrenar tu aparato fonador (tu lengua, tus labios, tus dientes, tus cuerdas vocales, hasta tu saliva) para que produzca los sonidos que ahora ya escuchas. No te mentiré, al principio es incómodo pero después es divertido y te sientes como con superpoderes.

Mucha gente que enseña pronunciación realmente no sabe cómo decirte que pongas los labios o la boca para que generes cierto sonido.

Yo he adquirido a lo largo de los años un montón de trucos del tipo “Ok, estás haciendo una ‘a’ pero ahora haz los labios más hacia los lados” que sí funcionan y que hacen que las personas digan “Ahhhh” y lo puedan hacer por sí mismas.   

6. Practicar hasta que sean parte inalienable de ti. 

Esta parte es la que más depende de ti. De verdad me gustaría que hubiera un sustituto de la práctica porque a veces se siente lento y desesperante pero no la hay. Se necesita repetir y repetir las cosas hasta que estén completamente integradas a ti.

7. Integrarlos en el inglés que hablas espontáneamente. 

Ya que tienes cada sonido hecho consciente, ya que rompiste el hábito que tu cerebro hizo sin pedirte permiso, ya que practicaste los nuevos sonidos y ya pudiste hacerlos sin pensarlo, ahora estás lista(o) para que surjan de ti automáticamente cuando hablas.

Felicidades, mejoraste tu pronunciación.

Lo mismo se hace con la entonación (prosodia) y con un montón de cosas más que pueden hacer que tu inglés suene mejor a los oídos de quienes te escuchan hablarlo.

Como dije en la página del programa, la mayor parte de esto va sucediendo inconscientemente. No necesitas hacer un gran esfuerzo ni memorizar la gran cosa. 

Es mucho más simple de lo que parece (aunque no digo que siempre vayas a sentir que es fácil; hay algunos sonidos un poco truculentos). 

Y he visto a personas “negadas” replicar sonidos que nunca habían siquiera escuchado conscientemente. 

Muchas personas que enseñan pronunciación parten de la grafía, es decir, de la parte escrita de la lengua y te explican todas las formas en las que suena la “t” cuando la ves en un texto.

El problema con este enfoque es que:

a) el inglés no es una lengua que suene como está escrita, a diferencia del español; de hecho se podría decir que hace lo que quiere cada vez y tiene casi más excepciones que reglas y

b) es mucho mejor desconfiar de la grafía y saltarte la parte escrita. Si quieres aprender a escuchar y pronunciar tienes que partir de la lengua hablada y quedarse ahí.

No necesitas los textos de intermediarios, son una distracción y te puedes abrumar con tanta información.

En fin.

El proceso de arriba es lo más cercano a la magia que he visto, y quiero compartirlo contigo porque me encanta ser testigo una y otra vez de cómo las personas mejoran su pronunciación a pasos agigantados. 

Lee más sobre el programa si esto suena (ja) como algo que te interesa: 

Pronunciation Practicums

El último día para apartar tu lugar (sin hacer ningún pago aún) es el miércoles 9 de octubre.

Cómo perdí el miedo a hablar inglés

Durante varios años, no hablé inglés a pesar de que ya sabía inglés.

Si has estudiado (en mayor o menor medida) esta lengua toda tu vida, como muchas personas en países de habla hispana, seguramente entiendes a qué me refiero.

Tienes toda la gramática en la cabeza, entiendes lo que escuchas y lees, hasta encuentras errores en posts de Facebook escritos en ese idioma, pero no lo usas mucho que digamos para hablar-hablar.

Yo estuve así muchos años, hasta que me empecé a obsesionar con los blogs por ahí del 2010. Hasta creé uno, el que estás leyendo, hola.

Los que leía eran escritos por personas de Irlanda, Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Australia. Y aunque empecé leyendo a Benny, el políglota irlandés, poco a poco los links me comenzaron a llevar a páginas de coaches y gente por el estilo que ya no tenía nada que ver con los idiomas.

Algunos de ellos, en diferentes ocasiones, ofrecían sesiones gratuitas para que conocieras sus servicios, por ejemplo, o para que averiguaras si eras un buen match con su forma de trabajar.

Yo las tomaba porque de verdad me interesaba genuinamente eso. Y hablaba inglés como efecto secundario.

Las primeras veces me ponía super nerviosa y me daba cuenta de que no me entendían bien. Una vez, quise decir “medicamentos” y dije drugs porque en ciertos contextos así se dice, pero por una mezcla rara de sociolingüística y dialectología, acabé dando a entender que me drogaba, cosa que no hago ni me interesa.

Poco a poco, y a lo largo de todos estos años, he ido participando llamadas (casi todas por Skype) de infinidad de temas, individuales y grupales, en cursos, conferencias, webinars, y decenas de horas de interacciones con personas de habla inglesa, de muchos lugares del mundo.

Cuando menos me di cuenta, ya no me sentía nerviosa. Ya no me encontraba en situaciones vergonzosas. Ya hasta podía hacer bromas y la gente se reía.

Cuando eran llamadas grupales, empezaba a escuchar cómo decían “As Georgina said…”, y me llenaba de emoción y felicidad que otra persona no solo comprendiera mi mensaje sino que hiciera referencia a él.

Debo confesar que me hice adicta a esa sensación.

A poder decir:

yo
hablo
inglés

y la gente me entiende

siempre había soñado esto

Disculpa

Al principio, antes de empezar a hablar, decía —como para sentir que estaba evitando burlas o algo parecido—: “Perdón, es que el inglés no es mi lengua materna”.

Después vi que era totalmente innecesario, no porque hable como nativa (creo que me acerco mucho pero dudo que alguien pudiera confundirme con una estadounidense, por ejemplo) sino porque cuando no lo decía, nadie hacía ningún comentario al respecto del tipo: “¡Qué bien hablas!”.

(Eso se le suele decir a la gente cuando no habla bien, pero se ve que lo intenta mucho. ¿Lo has notado?).

Como no eran personas con las que estaba hablando para aprender inglés, sino con el fin de usar la lengua como medio de comunicación, no me corregían.

Seguramente te estarás preguntando cómo fui subsanando mis errores si no me hacían correcciones.

La respuesta:

si de algo me sirvió estudiar lingüística durante más de cuatro años, además de toda la experiencia que he acumulado al escribir este blog y hablar con sus lectores, fue para mejorar mi inglés con una minuciosidad deliciosa.

Yo misma iba usando mis propios métodos y mis conocimientos (sobre todo de fonética) para ajustar los detalles que veía que me faltaban.

Ahora, después de ocho años de hacer eso (y otras cosas más, como literal ponerme a practicar vocales), me siento profundamente confiada cuando tengo que hablar inglés.

Y, obviamente, como es un proceso que realmente nunca se termina, lo sigo haciendo.

¿Mi inglés es perfecto? No.

Ni siquiera mi español lo es. Y estoy bien con eso.

Aun así, busco todas las oportunidades que puedo (no solo en Internet, también en la vida real) para usar mi inglés, porque lo amo y porque me parece maravilloso cada vez.

Creo que es una sensación que nunca voy a dar por hecha en el sentido de decir, Ah sí, hablo inglés pero también duermo todos los días, como sea.

Es algo que me genera endorfinas cada vez que siquiera pienso en ello.

Esto no quiere decir que te vas a tardar ocho años en pasar del estado de “sé inglés pero no lo hablo tan bien” a “hablar inglés es parte inherente de mi vida y lo amo”. Yo no me tardé tanto, en realidad fue mucho menos.

Hay gente que pasa por este proceso en pocos meses cuando tiene gente que le corrija y le enseñe, por ejemplo. Hay gente que se va a vivir a un país de habla inglesa y en semanas lo logra.

Solo te estoy contando mi historia porque así fueron los hechos.

Entonces,

le perdí el miedo a hablar inglés…

Lanzándome a hablar antes de que me sintiera realmente lista.

Aprendiendo a tomarme un poco menos en serio.

Tomando oportunidades para practicar pero no necesariamente con esa finalidad.

Usando mis conocimientos de fonética y lingüística y adquisición de lenguas extranjeras.

Escuchando música, podcasts y entrevistas con devoción fonológica.

Hablando con un montón de gente de varios dialectos del inglés.

Imitando a las personas cuando decían ciertas cosas que no había oído.

Cazando muletillas y copiándolas.

Dejando de pedir disculpas por que el inglés no sea mi lengua materna.

Soltando la idea de perfección.

Atreviéndome a sonar ridícula.

Dándome permiso de cometer errores, incluso frente a otras personas.

Haciendo que no importara cuando se reían (no burlaban) de mí por decir palabras que no eran.

Queriendo mucho hacerme entender y solo dejándome llevar por las conversaciones.

En resumen, el miedo se me fue quitando solo a medida que veía que no se iba acabando el mundo.

Los nervios se fueron reduciendo.

La satisfacción y la alegría tomaron su lugar.

Y ahora sé que eso es accesible para cualquier persona que lo intente con los medios adecuados. No es nada que otra persona no podría hacer. 

Si lo has intentado por tu cuenta o con clubes de conversación en academias y no ha funcionado, pon mucha atención a tu correo (si te has suscrito al blog) porque estoy por mandarte información que te puede interesar.

¿Y si el secreto es irse todavía más lento?

Nota: Esta entrada me quedó un poco más larga que otras. Pero también mucho más bonita, if I may say so myself.

Cero

Seguramente has escuchado que las personas vamos por la vida enseñando lo que necesitamos aprender, y en general yo he visto que es cierto. No sé si se pueda generalizar al 100% pero tampoco es falso.

En los casi ocho años que llevo escribiendo este blog, que es uno de mis principales espacios de “enseñanza”, he notado distintos matices de este fenómeno.

A veces escribo sobre algo que tengo super trabajado y en cierto sentido ya “aprendí”.

En ocasiones me animo a escribir algo que todavía no tengo tan claro, como para comprenderlo mejor, y casi siempre que hago eso el resultado de la entrada no me convence y suelo borrarla unas semanas después, o editarla considerablemente.

Y, curiosamente, estas entradas son de las que menos resuenan con la gente, lo cual muchas veces noto por la falta de likes en mi página de FB o por los comentarios que no recibo.

Casi siempre escribo desde un punto medio. Temas que ya experimenté y de los cuales vi varias aristas (no sé si sea posible verlas todas), y ya puedo dar mi perspectiva. Todavía no es algo que se siente “obvio”, pero ya es un espacio desde donde me puedo mover libremente.

La presente entrada es un tema que todavía no domino en la práctica pero me veo motivada a compartir desde ahora. Para entenderlo un poco mejor pero también para recordármelo a mí misma. Porque cuando ya publiqué sobre algo, se vuelve más real de cierta forma para mí.

En ese sentido, te invito a ser testigo de lo que suceda, quizá notes que está siendo un texto distinto a los que normalmente escribo.

Uno

Me cuesta mucho trabajo hacer las cosas lentamente.

Es como si me moviera entre dos extremos: hacer todo con un frenesí alocado en pos de una eficiencia que siento como un mandato irrefutable, o quedarme estancada, aferrada casi al lugar donde estoy, donde quizá pasan cosas tras bambalinas pero externamente no se ve que se mueva nada.

El año pasado fue para mí un tiempo en el que me acerqué mucho más a aprender a llevármela lento.

A inicios de año, estaba creando un proyecto y sentía una gran urgencia por terminarlo. Sentía que si no lo acababa antes de julio-agosto, más o menos, algo malo iba a pasar.

Como que se me iba a ir la idea, a pesar de que ya la había escrito y ya le había dado la bienvenida.

El resultado fue que me presioné a mí misma. Me forcé a trabajar cuando no tenía ganas, en nombre de una “disciplina” mal comprendida (¿te ha pasado con los idiomas?).

Cada vez que me sentaba a escribir, tenía una sensación muy fuerte de prisa (que nadie más que yo creaba y reforzaba) y quería hacerlo todo rápido.

Quería aprovechar al máximo el tiempo y escribir millones de palabras por segundo. Cuando me cansaba, me obligaba a seguir “solo cinco minutos más” o “hasta terminar esta idea”.

De verdad creía que estaba haciendo lo correcto, que así era como las grandes obras se creaban.

Y puede ser que a algunas personas les funcione, no estoy diciendo que no.

Pero para mí fue contraproducente.  

Yo no funciono así y mi cuerpo me lo cobró: a la mitad de este frenesí, un dia de lluvia me caí en un hoyo.

Independientemente de si estás de acuerdo o no con estas ideas de que los síntomas o las enfermedades son metáforas de lo que está pasando en nuestra vida, o una forma de comunicación de nuestro ser hacia nuestros necios egos, para mí fue muy claro.

Me esguincé el tobillo y me vi forzada a caminar lento. En cuanto acompañé a mi hermano al aeropuerto un día después y había que correr para alcanzar la hora del registro y yo tenía que ir despacio, más despacio, dolorosamente despacio, tuve la revelación:

este es el mensaje de que voy muy rápido

Y aun si no lo es, decido tomarlo como tal y aprender la lección.

Dos

En ese momento dejé de lado mi proyecto. Me gustaría decir que fue desde un lugar de comprensión profunda de la vida pero más bien fue desde el berrinche de Nada de lo que intento me sale bien, y desde el miedo a que me volviera a pasar algo o que me enfermara.

Me prometí que descansaría un mes o dos, y después lo retomaría, pero simplemente ya no podía. Me acercaba al proyecto y sentía mucho rechazo desde mi cuerpo. Y ya no quería forzarme, ya no le veía ningún sentido.

Entonces lo dejé ir, confiando en que en algún momento iba a sentir que era el momento de retomarlo, y si nunca lo sentía, entonces significaba que la misión de ese proyecto en mi vida no era que yo lo trajera al mundo, sino solo enseñarme que forzarme a ir más rápido y negar mis necesidades de descanso no me llevaban a nada bueno.

Ahora que ya pasaron más o menos ¾ de año desde que pasó eso, por fin estoy sintiendo que es momento de retomar el proyecto, así como de escribir otras cosas.

Tres

He estado pensando mucho en esto de la forzación. Hasta escribí una entrada sobre ello, y creo que ya estoy llegando a una comprensión mucho más clara de cuáles son los patrones que me hacen ponerme a trabajar a marchas forzadas.

No ha sido fácil porque es algo que la cultura no sólo promueve sino que premia.

“Si no duele no sirve”, “todos tenemos 24 horas en el día” y frases parecidas nos han lavado el cerebro y nos han convencido de que si escuchamos a nuestros cuerpos cuando nos dicen que tenemos que descansar (o si admitimos que solo podemos hacer algo durante 15 minutos al día antes de agotarnos) nos vamos a meter en problemas y no vamos a lograr lo que queremos.

La verdad es que en cierto sentido fue un golpe al ego darme cuenta de que yo también caí en eso.

Creía que ya lo tenía “superado” porque ya había pensado mucho en torno a cómo nos violentamos a nosotras/os mismas/os en un afán de obtener lo que queremos o lo que nos han convencido de que será bueno para nosotras/os.

Pero siempre hay puntos ciegos que podemos seguir descubriendo con nuestra experiencia, y es mucho mejor eso que ir por la vida creyendo que ya lo tenemos todo resuelto.

Eso también aprendí.

Cuatro

Como dije, ahora quiero retomar mis proyectos. Casi todos tienen que ver con escribir.

Me he enfrentado en el pasado a la sensación de que si solo escribo x palabras en un día nunca voy a acabar.

El futuro de mi texto da una especie de vértigo y eso hace que prefiera no escribir nada, mintiéndome a mí misma y diciéndome que voy a encontrar no solo un momento sino también la energía con los que pueda escribir 4 horas al día todos los días y acabar rápido.

Pero no es verdad, y no funciono así.

La única forma en la que he visto que se pueden hacer los proyectos es como la trilladísima gota en la piedra. Poco a poco. Día a día.

A mí me ha ganado la impaciencia muchas veces. Y también un poco la falta de fe. No en mí necesariamente, sino que muchas veces, por mi historia de vida, me ha pasado que llego con mucha ilusión a una [tarea] y algo sale mal muy mal, tan mal que lo tengo que abandonar.

Cinco

Estoy segura de que no soy la única persona a la que esto le pasa. Lo veo todo el tiempo en las personas que conozco que están haciendo su tesis, por ejemplo.

Me dicen que llevan años sin avanzar porque no tienen tiempo. Que les gustaría dedicarle dos horas al día a redactar o a investigar. Pero que están muy ocupados.

Cuando les pregunto si podrían encontrar 20 minutos al día, me dicen que sí, pero que así nunca van a terminar.

Yo los entiendo, y les digo (y me digo a mí misma) que en todos estos meses (y a veces hasta años) que llevan esperando que dos horas al día les caigan del cielo, ya habrían terminado si le dedicaran 20 minutos al día.

Lo mismo con la gente que quiere encontrar 10 horas a la semana para aprender un idioma.

No lo digo para hacerlos sentir culpables —como dije, es una trampa en la que también caigo muy seguido—, sino para escucharme a mí misma y ver si se puede grabar en mi ser.

Seis

Algo que me ayudó mucho fue una cita de Anaïs Nin (que Karen compartió conmigo antes de que me obsesionara, como ahora, con Anaïs) que dice, en escencia, que la mayoría de las personas adquirimos la verdad fragmento por fragmento, como un detallado mosaico.

Y mira que ella sabe de lo que habla porque escribió MUCHÍSIMO a lo largo de su vida, entre sus diarios, sus novelas, sus ensayos y sus poemas.

He decidido que, ahora, voy a ver todo lo que quiero hacer como un mosaico.

De hecho, hay cosas que siento que quieren ser llevadas a cabo así. No sé muy bien cómo explicarlo, pero esa sensación me da.

Cuando te acercas mucho a un mosaico, lo único que ves son pequeños cuadritos de colores, uno al lado del otro, sin mucho sentido. Pero después de un tiempo de haberlos puesto uno por uno, te alejas y lo que ves te deja sin palabras: una imagen hermosa, que construiste tú misma/o, día a día, con mucha paciencia y constancia, con mucha fe y llevándotela tan lento como tu cuerpo te lo pidiera.

Eso quiero hacer y recordar este año. Espero estar lista para recibir esa lección. Me gustaría muchísimo que fuera como me acerco ya por default a los proyectos.

Quizá esa sea el secreto, o la única forma de hacer cosas a largo plazo.

Si no lo es, de cualquier forma prefiero intentarlo así. Siento que hay mucho más espacio.  

¿Qué opinas?

Cómo frustrarse mejor

La frustración suele tener la capacidad de hacer que nos tiremos al piso y de que perdamos de vista incluso el objetivo más convincente que teníamos.

Pasa más o menos así:

Has intentado estudiar francés unas tres o cuatro o 15 veces, y aunque ya estabas dejándolo de lado, algo dentro de ti quiere volverlo a intentar.

Decides que ahora sí, que este intento será el bueno y no dejarás que nada te detenga.

Pero pasa algo (por lo visto, siempre pasa algo, es inevitable).

Ya sea que tu mente comience a recordarte todas las razones por las que seguramente fallarás, o porque la maestra que te caía bien se va, o por cualquier otra situación, regresas a un lugar conocido:

la frustración

El conocido “Ay, esta vez tampoco fue la buena porque algo se cruzó en mi camino”.

Le damos mucho poder

El problema no es frustrarnos, sino qué hacemos cuando empezamos a sentir la frustración.

Es lo que hacemos que signifique y el poder que le damos sobre nuestras decisiones.

Si algo no te sale como querías, es natural y sano sentirte frustrada/o. Si no lo sintieras así, probablemente es porque no te importaba aquello que estabas intentando conseguir.

Las cosas se ponen feas, sin embargo, cuando permitimos que esa frustración opaque todo lo demás que podemos sentir y pensar. Cuando dejamos que arrase con nuestros logros de este intento, e incluso con los de intentos anteriores.

Lo que sucede es que nos dejamos llevar por lo que sentimos en nuestro cuerpo y por los recuerdos de situaciones anteriores.

Es curioso porque, por un lado, culturalmente no le damos tanta importancia a las emociones y tratamos de reprimirlas 24/7 pero por otro, las hacemos lo más grande del mundo cuando encajan en nuestra visión de nosotros mismos.

Si yo me cuento la historia a mí misma de “Nada de lo que intento funciona”, y de repente me conecto con mi poder o mi optimismo e intento algo, y ese algo falla, me siento frustrada y permito que esa frustración me abrume y sea la confirmación de mi historia.

Una persona que no tiene esa historia, sino que se cuenta algo distinto, como “Es de esperarse que no todo salga como lo estoy imaginando y el fracaso es algo temporal”, que intenta hacer algo nuevo y ese algo falla, se puede sentir frustrada pero no permite que esa frustración abarque toda su existencia y puede seguir adelante.

Al final, también se acaba confirmando su historia.

Es como un iceberg

Es muy raro que, a estas alturas del partido, una emoción sea nueva en nosotros. Es decir, si te sientes muy frustrada/o porque tu último intento de aprender francés no funcionó y te está haciendo querer tirar todo por la borda a tal punto que una parte de ti siente que no es proporcional lo que sientes con lo que sucedió, seguramente es porque estás reviviendo algo del pasado.

Ni siquiera te tienes que acordar o ser consciente de qué es para que tenga efectos en ti. De hecho, muchas cosas que estamos reviviendo todo el tiempo, a nivel emocional, vienen desde que éramos muy bebés o incluso desde el vientre materno.

Una vez una maestra me dijo que prácticamente cualquier reacción emocional que podamos tener (sobre todo aquellas que sentimos como “fuertes”) son 20% de ahora y 80% de “antes”, es decir, de todas las veces que hemos sentido algo parecido y se ha ido quedando la emoción reprimida o sin procesarse en nuestro ser.

Algo así como un iceberg del que sólo podemos ver una parte pero su mayor porción se encuentra debajo del mar.

Pero es muy real

Lo que menos quiero es que al leer esto sientas que si tienes frustración en tu interior la intentes evadir o minimizar, intentando convencer a tu mente de que no es real. Nonono.

Mi intención es que logremos llegar a un punto —y sé que es difícil y, en mi experiencia, lleva años de práctica— en el que le podamos quitar un poco del poder que actualmente le damos a la frustración.

Es decir, que aprendamos a identificar cómo se siente en nuestro cuerpo (yo lo siento como un nudo en la boca del estómago) y poco a poco digamos, solo es una sensación en mi cuerpo, y después recordar, si se siente tan fuerte en este momento probablemente sea porque algo de mi pasado la está aumentando, y luego pensar, no tiene por qué significar nada malo sobre mí.

Significado

¿Qué significa para ti sentir frustración?

Como dije arriba, está muy relacionado con el tipo de historias que nos contamos a nosotros mismos.

Seguramente has visto cómo, de entre dos personas que están peleando, una de ellas (A) dice algo y la otra persona (B) se SUPEROFENDE y pone palabras en la boca de la otra persona. Tipo:

A: —Yo no vi que la puerta estuviera cerrada

B: —¿Entonces yo estoy loco y alucino y no se puede confiar en mí?

A: —¿?

No sé qué opines tú, pero yo veo claramente que, en mi ejemplo, redactado con una creatividad desbordante, B está poniendo significados que no son inherentes a lo que A dice. Los trae de su experiencia, de su pasado, o no tengo idea, pero no están ahí ahí.

Lo mismo hacemos con… todo. Pero, en este caso, con las emociones, y con la frustración en específico.

Queríamos tener nuestra primera plática con un francés y creíamos que nuestro nivel era bueno pero, al no entender nada y al trabarnos intensamente, nos damos cuenta de que todavía necesitamos practicar más.

Entonces: frustración.

En vez de decir un templado “Bueno, me hace falta practicar, no pasa nada, eso haré”, acabamos poniendo palabras en la boca de la frustración, por decirlo de algún modo, y terminamos pensando:

“Por ESTO no intento nada, seguramente el amigo francés pensó que soy una perdedora, no sirvió de nada todo lo que estudié estos meses, sabía que esto de aprender otra lengua no iba a ser fácil para mí, ya mejor me doy de baja del curso”.

¡Uouououo! 

En este caso, el significado que se añade al hecho “Mi nivel de francés no es tan alto como creía como para tener una conversación fluida” (lo cual es comprobable objetivamente) es:

-Es una prueba de que cada vez que intento algo, no sale como esperaba y mi destino es fallar por siempre

-Puedo leer la mente de la gente y estoy 100% segura de que el amigo francés piensa que cuando alguien no habla bien su lengua, implica que ese alguien es un perdedor (what)

-Todas las palabras que sí aprendí (y que me convencieron en primer lugar de que mi nivel era lo suficientemente alto) dejaron de existir porque “no sirvió de nada lo que estudié”.

-Todo lo nuevo que hago tiene que ser fácil para mí o no vale la pena intentarlo. Y cuando algo es difícil, implica que yo soy una mala persona y debo sentirme avergonzada porque la gente buena aprende bien y rápido.

-La única respuesta que se le puede dar a esta situación es abandonar el estudio de la lengua porque claramente no tiene otra solución y tiene que ser “todo o nada” para que valga.

-Etcétera

Qué se puede hacer

Ahora ya vimos más o menos cómo se va haciendo que la frustración sea uno de Los Obstáculos.

Se siente en el cuerpo y se le da mucha importancia. Se le dan significados —que no necesariamente son inherentes a la misma—, sobre nuestro valor como personas. Se le otorga mucho poder para decidir qué camino tomar después de una “falla” o situación inesperada.

Quizá solo con haber leído lo anterior algo se aclaró en tu mente.

También puedes, de ahora en adelante, poner atención en cómo se siente la frustración en tu cuerpo para que la identifiques más rápido. Saber que puedes tolerar esa sensación, por más desagradable que sea, y que no te va a hacer daño. Puedes convivir con ella. (De hecho, entre más te permitas sentirla, menos fuerte se hará).

Y si quieres ir más allá…

  1. Haz una lista de las veces que has intentado estudiar [idioma] y la frustración te ha detenido. Analiza cada una de ellas: ¿Qué tanto poder le diste? ¿Cómo fue el proceso?
  2. Recuerda o deduce qué significado le añadiste a esa sensación de frustración. Dicho de otra forma, si la frustración fuera una “señal” que confirma algo, ¿qué sería? (Por ejemplo, “la señal de que no debo intentar cosas nuevas”).
  3. Escribe cómo te gustaría reaccionar de ahora en adelante a la sensación de frustración. ¿Qué te gustaría pensar? ¿Cómo te gustaría actuar después de un “fracaso”? ¿Qué necesitas recordar para llegar a ello?

Espero que esto contribuya a que la frustración ya no te detenga, o al menos no tan fácilmente.

¿Y si vuelve a suceder? No pasa nada. De lo que se trata es de ir recabando información e ir practicando nuevas formas de relacionarnos con lo que nos pasa.

Tenemos toda la vida para hacerlo. Literal 🙂


Cuéntame en los comentarios cómo sueles reaccionar cuando te frustras y, sobre todo, qué pasó si intentaste algo de lo que escribí en esta entrada.

Y, si sientes que necesitas un tipo de apoyo más personalizado con una situación frustrante, considera apuntarte a una sesión de Orientación

¿Tienes una decisión que tomar?

A lo largo de toda mi vida me he considerado una persona indecisa.

Soy el tipo de persona que se agobia ante la incertidumbre y ante las posibilidades, y mi principal obstáculo para tomar decisiones es que pienso mucho y siento mucho.

Y no ayuda que mi mente automáticamente se viaja (se malviaja, mejor dicho) al futuro, pero no a una utopía, sino a todo lo que puede estar mal y va a salir mal.

Me gustaría decir que ahora soy un as de tomar decisiones pero estaría mintiendo. A veces, sobre todo entre más importante sea lo que necesito decidir, me agobio, me angustio y se me cierra el mundo.

Sin embargo, he encontrado una forma que me ha ayudado bastante, sobre todo con las decisiones binarias, es decir, aquellas que solo se tratan de sí o no.

El proceso completo (que viene del focusing) es mucho más complejo de lo que podría explicar aquí, pero en esencia es lo siguiente:

Ejemplo

Supongamos que llevas mucho tiempo luchando contra el inglés y ya te hartaste porque no ves progreso y sientes en el fondo que no sirves para eso y jamás lo vas a aprender y que de todos modos ni siquiera te lo han pedido para los trabajos a los que has aspirado.

Supongamos, también, que te estás convenciendo a ti misma/o de darle una última oportunidad al inglés pero no está funcionando, sobre todo porque hay otra vocecita en tu cabeza que te hace cuestionarte y dice algo así como:

¿Y si mejor solo lo dejas ir y decides que te vas a quedar con el nivel de inglés que tienes y eliges vivir feliz con eso?

(Que quede claro que esto último no es una “excusa” ni nada parecido, es una opción genuina que está surgiendo de un lugar sano en la mente de la persona que lo está diciendo).

Ahora, siguiendo con lo que estamos suponiendo, pensemos que estás considerando ambas opciones, que ves beneficios en ambas y no puedes tomar una decisión.

Has hecho tus listas de pros y contras y como que ninguna te acaba de convencer del todo. Te sigue dando vueltas en la cabeza y solo te agobias cada día más.

Te propongo lo siguiente

La esencia de esta manera de tomar decisiones consiste no tanto en pensar, sino en sentir.

Por ello, necesitas cierta tranquilidad y relajamiento para llevarla a cabo.

Se trata de que tengas muy claro cuáles son tus opciones, y sientas, con cada una de ellas, qué opinarías de ti misma/o.

Siguiendo con el ejemplo de arriba, las opciones serían:

a) Darle una oportunidad más al inglés (con algo que sí creo que tiene posibilidades de funcionar, no con lo mismo que he intentado siempre)

y

b) Dejar ir al 100% la presión de saber más inglés y dedicarle mi energía física mental y hasta espiritual a otras cosas que quiero o necesito hacer

Ahora, el paso siguiente sería respirar profundamente hasta encontrar cierta calma interna, y pasar la “película” de la opción a) como si ya la hubiera elegido, poniendo atención en cómo se siente en mi cuerpo y,

muy importante,

notando qué opino de mí después de haber tomado esa decisión

es decir, cómo embona esa elección en la imagen que tengo de mí misma.

Aquí necesitas tener cuidado y dejar que surja dentro de ti esa sensación, es decir, no intentes forzarlo con tu mente pensando en qué es lo que opinarías. Y mucho menos en qué es lo que opinarían otras personas.

Este ejercicio es algo muy personal, una oportunidad de que nuestra sabiduría interna se comunique con nosotros.

Cuando termines, tomas nota de lo que te “llegó” y lo escribes (o, si no quieres, lo guardas en tu mente y lo tienes muy muy claro).

Después, tomas la opción b) y vuelves a hacer lo mismo: imaginarte que ya elegiste eso y preguntarte qué opinas sobre ti al haber tomado esa decisión.

Al final registras qué sentiste en esta segunda ocasión y, si no es claro para entonces (lo más probable es que sí lo sea), comparas ambas notas.

¿Cuál de las dos opciones te hizo sentir mejor contigo misma/o?

¿Con qué decisión te quedas con una imagen más positiva de ti?

¿Cuál se siente bien, en general?

Listo, usted ha tomado una decisión.

😀

Resumen

Si necesitas tomar una decisión y tu lista de pros y contras simplemente no funciona, prueba relajarte y sentir en tu cuerpo qué opinarías de ti misma/o después de elegir cada una de las opciones.

Es un proceso que lleva práctica, como todo, por lo que te invito a intentarlo al menos unas tres veces, con decisiones pequeñas que sientas que no son tan fuertes (desde qué ponerte hasta qué comer o adónde salir) para que le vayas “agarrando la onda”, como se dice por acá.

También sirve para elegir qué lengua estudiar si estás en un dilema, o incluso para decidirte por un método o un libro o ese tipo de cosas.

Esta herramienta es hermosamente útil (sobre todo si recuerdas que existe).

Si la usas, no dudes en comentarme qué descubriste sobre ti y, sobre todo, qué decisión te ayudó a tomar.

Y si sientes que necesitas un poco más de apoyo para tomar alguna decisión, pon atención a tu correo, pues estoy por enviarte información sobre algo que te puede servir para eso.

¿Te suele costar trabajo tomar decisiones? ¿Qué te ha servido para hacerlo de manera más fácil? ¿Qué acaba pasando cuando te enfrentas a una decisión?