Mi lista de lectura del reto para el 2018

El otro día encontré, sin buscarlo, un reto de lectura para este año de la sorprendente página Librópatas, la cual no tenía el gusto de conocer.

Empecé a leer los 24 puntos que proponen y me emocioné muchísimo. Después, no podía dejar de pensar en ello.

Luego dije, bueno, sólo haré la lista, no creo leer ningún libro de ella. Pero mientras la hacía me iba dando cuenta de que quería leerlos prácticamente todos, y mucho.

Al final me terminé obsesionando y me puse a investigar como loca para crear mi lista de lectura. Y cuando la tenía… lista, casi lloro de lo hermosa que era y quise compartirla.

(Además de que no he podido hablar de otra cosa; ya traigo mareada a la gente cercana a mí).

He aquí mi lista #Retópata18 del reto de lectura de Librópatas para este año.

Róbatela, úsala como inspiración, hazle lo que quieras excepto ignorarla. (Es broma). (Sabes que no).

Notas:

  • No sé si voy a leer todos los libros. En ese sentido, no “entré” al reto. No estoy comprometida, pues. Pero en una de esas sí lo logro.
  • Sí estoy decidida a leer algunos libros, pero no en orden. Empezaré por los que ya tengo en mi haber o los que son muy fáciles de encontrar en pdf (sobre todo porque fueron editados hace mucho tiempo).
  • Si comienzo a leer alguno y no me gusta o me aburre o me distraigo, no me forzaré a leerlo. La vida es demasiado corta como para leer un libro que no me resuena.
  • Puede que mi investigación esté un poco… mal hecha. La hice medio de prisa, en Google y en mis tiempos libres. Tampoco me quise poner tan estricta, por lo que probablemente notes que algunos libros no encajan al 100% en su categoría. Sin embargo, si notas un error atroz, por favor corrígeme en los comentarios de esta entrada.
  • Me compliqué la vida un poco más y decidí que todos los libros tenían que estar escritos por mujeres.
  • Más o menos la mitad son libros de autoras que en mi vida había escuchado, así es que no tengo idea de si me vayan a gustar, o si alguien que sepa mucho de literatura y el famoso canon los consideraría “buenos”. Eso está por verse conforme los lea. De todos modos, no estoy tan casada con el canon. (Ya pasé esa etapa).

Sin mayor preámbulo, he aquí los 24 libros que elegí:

  1. Novela epistolar: Lady Susan de Jane Austen
  2. Poesía de alguien que nació en la Ciudad de México: Poesía no eres tú, de Rosario Castellanos
  3. Novela ambientada en Grecia: La curandera de Atenas, de Isabel Martín
  4. Novela que transcurre en Navidad: Silent Night, de Mary Higgins Clark.
  5. Libro en el que esté basada una película que ya vi: Victoria & Abdul: The True Story of the Queen’s Closest Confidant, de Shrabani Basu
  6. Novela clásica de detectives: The golden slipper, de  Anne Katharine Green
  7. Novela río: Homegoing, de Yaa Gyasi
  8. Literatura árabe contemporánea: Farewell, Damascus, de Ghada Samman
  9. Con fantasma: Beloved, de Toni Morrison. [Este libro lo intenté leer en inglés, su original, hace no mucho y entré en pánico por el tipo de lenguaje que usa. Quiero hacer una lectura simultánea con la versión traducida al español].
  10. Ensayo científico: Woman: An Intimate Geography, de Natalie Angier
  11. Obra de teatro: Las voces de Penélope, de Itziar Pascual
  12. Libro escrito por una persona famosa en un ámbito distinto a la literatura: Everything to live for, de Turia Pitt
  13. Antigüedad clásica: Poesía de Safo
  14. Ganadora del premio Cervantes: Algunos muchachos, de Ana María Matute
  15. Libro con un triángulo amoroso: Henry and June, de Anaïs Nin
  16. Autora latinoamericana publicada en el 2017: Dicen de mí, de Gabriela Wiener
  17. Novela que originalmente haya sido por entregas: La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe
  18. Libro LGBTIQ: The Color Purple, de Alice Walker
  19. Libro recomendado por un desconocido: AYÚDAME* (Edit: una lectora llamada Nuria me recomendó Mutant Message Down Under de Marlo Morgan, ¡GRACIAS!)
  20. Novela situada en Moscú: Bequest, de Anna Schevchenko
  21. Cómic de la guerra: Persépolis, de Marjane Satrapi
  22. Libro publicado en 1890: Una cristiana, de Emilia Pardo Bazán
  23. Testimonio histórico: Voces de Chernobyl – Svetlana Alexievich
  24. Óscar al mejor guión adaptado: The Little Foxes – Lillian Hellman

* Para el punto 19 necesito que me recomiendes un libro. Lo único que te pido es que esté escrito por una mujer, sea un libro que te guste mucho, y no sea de una autora que ya está en la lista ni que el título se repita en mi página de Libros que me encantan. YA ESTÁ LISTA LA LISTA, pero si lees esto y quieres recomendarme un libro, no te detengas. 🙂

Y para fines prácticos, cuentas como desconocida/o aun si te ubico por tu nombre y tu correo debido a que ya has comentado en el blog con anterioridad. No dejes que eso te intimide.

Si entras al reto, ¡avísame! Nada me gustaría más que ayudarte a conseguir lecturas o darte ideas sobre qué leer.

Gracias de antemano por tus recomendaciones; y ya te iré contando qué hago con los libros.


He aquí la lista original, copiada y pegada de la página oficial:

“¡Aquí están los 24 puntos a cumplir!

  1. Una novela epistolar o una recopilación de cartas.
  2. Un libro de poesía de un autor de tu región.
  3. Un libro ambientado en un país cuya inicial coincida con la de tu nombre (si tu nombre empieza por O, Q, X o alguna otra letra con la que no haya muchos países, te dejamos que escojas la inicial de tu apellido).
  4. Un libro que transcurra en Navidad.
  5. Un libro en el que se haya basado una película que ya viste.
  6. Una novela clásica de detectives.
  7. Una novela río.
  8. Un libro contemporáneo escrito originalmente en árabe.
  9. Un libro en el que aparezcan fantasmas.
  10. Un ensayo sobre un tema científico.
  11. Una obra de teatro.
  12. Un libro escrito por alguien famoso en otro ámbito (diferente de la literatura).
  13. Un libro de la antigüedad clásica.
  14. Un libro de un autor que haya ganado el premio Cervantes.
  15. Un libro en el que haya un triángulo amoroso.
  16. Un libro de una autora latinoamericana publicado en el último año.
  17. Una novela publicada originariamente por entregas.
  18. Una novela LGTBIQ.
  19. Un libro que te recomiende un desconocido.
  20. Un libro ambientado en una ciudad que esté a más de 10.000 km de distancia de la tuya.
  21. Un cómic sobre la guerra.
  22. Un libro publicado 100 años antes de tu nacimiento.
  23. Un testimonio histórico (un libro de tema histórico, pero publicado en un momento cercano al episodio que trata).
  24. Un libro cuya adaptación al cine se llevó el Óscar al mejor guión adaptado.”

Dos mil diecisiete en retrospectiva 3/3

Tradición del blog: escribo recuentos del año tres veces, una en abril, una en agosto y otra en diciembre (esta que lees). Me gusta hacerlas porque tomo una pausa para ver con calma qué ha sucedido y porque mi sabiduría actual le echa luz a mi pasado y siempre me doy cuenta de cosas super útiles. 

Ahora que empezó el año noté que tenía miedo. Miedo al 2018, al futuro, no sé, pero sentía mucho temor en cuanto se acercaba el final del 2017.

Si en tu vida hubo tantos cambios como en la mía, no me extrañaría que tú también sintieras algo parecido: una sensación como de “auch” frente a lo que está por venir.

Hasta Sarah Andersen hizo un comic al respecto:

El tercer cuatrimestre del año, que es lo que en esta entrada me pongo a reseñar, contribuyó mucho a esa sensación. Ahí te va. 

Septiembre

Antes, no le tenía miedo a los temblores. Sentía que la gente que se espantaba mucho estaba exagerando. Ahora ya les tengo mucho respeto. Yo tuve mucha suerte y no me pasó nada grave, pero no puedo decir lo mismo de miles de personas en mi país, sobre todo en la Ciudad de México, Oaxaca, Chiapas, Morelos y Puebla. Fue un mes muy duro, y lo que pasó opacó todo lo demás que hice o pude haber pensado.

Si me fuerzo a recordar, sin embargo, también fue un mes de comunidad y de sentir que pertenecía a ciertos lugares, de hacer clic con ciertas personas a las que no conocía bien y de intentar cosas que me daban miedo. 

Octubre

Yo tenía una idea sobre cómo iban a ser octubre y noviembre. Estaba en esa etapa en la que no puedes evitar hacerte ilusiones cuando sales con una persona y había visualizado / deseado que nuestros cumpleaños, por ejemplo (el mío en octubre y el suyo el mes siguiente) fueran de cierta forma. Mi mente siempre se vuela al futuro, no puedo evitarlo (¿aún?). 

Pero luego la vida me dijo, how about no? y a inicios del mes pasó algo que hizo que todos esos sueños se fueran por la borda. Más bien, yo decidí tirarlos por la borda, porque en el fondo y, si era sincera, en el no-tan-fondo, sabía que era lo mejor para mí aferrarme a ellos. 

Al final fue algo muy bueno para mí porque me di cuenta de muchas cosas sobre la forma en la que me obligo a ser de ciertas formas para sentirme aceptada por los hombres, entre otros patrones de mi pasado que no pude haber recordado de otra forma y que integré un poco más.

Sin embargo, no fue fácil y estuve varias semanas tristeando intensamente y sintiéndome mal por todo lo que sentí que perdí y porque, aunque me alejé de alguien con quien al final hubiera tenido una relación tóxica, había muchas cosas que me hacían sentir muy bien y que me gustaban mucho y que estaba segura de que no iba a poder encontrar en otras personas.

Pero todo bien ya 🙂

Noviembre

Este fue un mes mucho más tranquilo y reparador en el que me concentré más en lo que quería.

Me di cuenta de que me sentía muy desperdigada por todos lados; siempre he tenido 43 proyectos por minuto pero últimamente —supongo que a raíz de todo lo que pasó en el año— muchos de ellos se quedaban en mi mente, es decir, ni siquiera los comenzaba.

Un buen día noté que esto me desesperaba mucho y me di a la tarea de hacer una lista de TODO lo que tenía “en la mesa”, como se dice en inglés, y a tachar las cosas que ya no quería hacer, o aquellas que ya no me entusiasmaban, o que simplemente ya no le veía caso terminar pero seguían haciéndome ruidito en la cabeza.

Y fue bueno; cuando terminé me sentí mucho más ligera, y también me di cuenta de que quería realmente enfocarme a terminar un par de cosas de esa lista.

Una de ellas, un mágico libro-taller (por llamarlo de alguna forma) que había empezado en abril y me había gustado pero dejé porque me distraje. Lo retomé este mes y en las vacaciones de diciembre y me ha ayudado muchísimo, lo recomiendo ampliamente si el tema te llama la atención.  

Diciembre

Le di la bienvenida a este mes con una especie de crisis. Te puedes reír si quieres, pero una de las cosas más complicadas y estresantes a las que me enfrento en mi vida es sacarme lentes (gafas) nuevos.

Si no eres como yo, o ni siquiera usas lentes, probablemente esto te parezca lo más patético del mundo, pero para mí es un drama.

La graduación no me queda, me pesan demasiado, hacen que me duela el ojo, la nariz, la vida. He gastado miles de pesos en lentes que no puedo usar porque no me acomodan, y he ido con optometristas, oftamólogos, todo.

Pues este mes volví a intentar hacerme unos lentes nuevos (por necesidad, sobre todo) y aunque sufrí mucho más de lo que podría creer que fuera legal sufrir por unos anteojos, al final pasé por todo el proceso con mucha conciencia y entendí varios de mis patrones e integré un par de experiencias de mi pasado relacionadas con eso que ya ni siquiera recordaba (o había bloqueado, no sé).

No he resuelto del todo el problema, pero me sorprendí a mí misma mostrándome que no porque algo sea difícil y me cause agobio significa que no tenga solución o que no se puedan encontrar “huequitos” de esperanza en los que se puede hacer mucho.

Me gustó mucho la postura existencial que elegí (no sin hacer berrinche un rato) para enfrentarme a esta situación, muy distinta a la que solía tomar de “Soy la víctima de la vida y no tengo remedio #paquenaci”. Muy interesante.

Cosas maravillosas de estos cuatro meses:

  • Tener apoyo para [resolver] sin tener que esperar tanto tiempo los estragos emocionales que los sismos causaron en mí
  • Comer el pastel de matcha más rico del mundo para mi cumpleaños
  • Reiki
  • Karen 
  • El curso del Eneagrama al que fui con mi amiga B hasta el fin del mundo (o sea, muy lejos de donde vivo)
  • Leer un MONTÓN de libros maravillosos, más de los que leí en los demás meses del año juntos
  • Ver señales de progreso al ver cómo me acerqué a conflictos de forma muy, muy distinta a mi “piloto automático”
  • Tener muchísimo más claro qué quiero ser cuando sea grande (ja) y hacia dónde estoy yendo
  • Mindful Eating MéxicoMindful Eating MéxicoMindful Eating MéxicoMindful Eating México
  • Que me invitaran a formar parte de un proyecto en el que quiero mucho mucho estar a pesar de que las demás personas involucradas son bastante mayores que yo
  • Encontrar un lugar donde dan clases de baile en horarios decentes cerca de mi casa (aunque no he ido, pero pronto, pronto)
  • Haber ofrecido las sesiones de Orientación sin morir en el intento 🙂

En resumen,

fue un año de muchísimos cambios para muchísimas personas.

En mi caso, mi vida por fuera se sigue viendo igual, no me mudé de país, ni de casa, mi apariencia no cambió (ni siquiera mi corte de pelo, ja) y sigo haciendo prácticamente lo mismo que en el 2016.

Pero, al menos en mi caso, internamente se generaron muchos movimientos, la mayoría pequeños pero poderosos, que deseaba con mucho ahínco y que sobre todo me trajeron un alivio inconmensurable.

Este año estuvo muy “sobado” por mí en el sentido de que hice varias formas de recuentos porque quería sacarle todo el jugo y toda la riqueza que sabía que había tenido, así como recordar cosas que sentía que habían sido antes (y no, fueron en [marzo / mayo]).

Hice listas de cosas que pasaron, de síntomas o enfermedades que tuve (buena información sobre… toda nuestra vida), películas que vi, libros que leí, obras de teatro que vi (muchas menos de las que me hubiera gustado, nota para el 2018), etcétera.

Y dado que encontré esa riqueza que estaba buscando, me dieron muchas ganas de exhortar a las personas (o sea, a ti que lees esto) a que lo hagas también.

No creas que tengo la mejor memoria del mundo, cada mes (me gustaría que fuera diario pero se me olvida porque me cuesta mucho trabajo tenerlo como prioridad durante 365 días seguidos y una vez creé un hábito pero luego las cosas cambiaron y no volví a crear otro) voy escribiendo en una agenda, de esas donde la gente anota sus citas y eso, las cosas que voy viviendo, viendo o sintiendo. No todas, no siempre, pero lo más relevante.

Es decir, lo que quiero recordar para sentir que hice algo con mi tiempo, porque los meses se pasan rapidísimo en general. Y quiero eso para ti. Pero bueno, será tu decisión, yo solo puedo venderte las bondades de hacerlo. 🙂

¿Y tú? ¿Qué aprendiste este año? ¿Qué fue lo que más te gustó de él? ¿Y lo que menos? Cuéntame, no muerdo. 

Cómo frustrarse mejor

La frustración suele tener la capacidad de hacer que nos tiremos al piso y de que perdamos de vista incluso el objetivo más convincente que teníamos.

Pasa más o menos así:

Has intentado estudiar francés unas tres o cuatro o 15 veces, y aunque ya estabas dejándolo de lado, algo dentro de ti quiere volverlo a intentar.

Decides que ahora sí, que este intento será el bueno y no dejarás que nada te detenga.

Pero pasa algo (por lo visto, siempre pasa algo, es inevitable).

Ya sea que tu mente comience a recordarte todas las razones por las que seguramente fallarás, o porque la maestra que te caía bien se va, o por cualquier otra situación, regresas a un lugar conocido:

la frustración

El conocido “Ay, esta vez tampoco fue la buena porque algo se cruzó en mi camino”.

Le damos mucho poder

El problema no es frustrarnos, sino qué hacemos cuando empezamos a sentir la frustración.

Es lo que hacemos que signifique y el poder que le damos sobre nuestras decisiones.

Si algo no te sale como querías, es natural y sano sentirte frustrada/o. Si no lo sintieras así, probablemente es porque no te importaba aquello que estabas intentando conseguir.

Las cosas se ponen feas, sin embargo, cuando permitimos que esa frustración opaque todo lo demás que podemos sentir y pensar. Cuando dejamos que arrase con nuestros logros de este intento, e incluso con los de intentos anteriores.

Lo que sucede es que nos dejamos llevar por lo que sentimos en nuestro cuerpo y por los recuerdos de situaciones anteriores.

Es curioso porque, por un lado, culturalmente no le damos tanta importancia a las emociones y tratamos de reprimirlas 24/7 pero por otro, las hacemos lo más grande del mundo cuando encajan en nuestra visión de nosotros mismos.

Si yo me cuento la historia a mí misma de “Nada de lo que intento funciona”, y de repente me conecto con mi poder o mi optimismo e intento algo, y ese algo falla, me siento frustrada y permito que esa frustración me abrume y sea la confirmación de mi historia.

Una persona que no tiene esa historia, sino que se cuenta algo distinto, como “Es de esperarse que no todo salga como lo estoy imaginando y el fracaso es algo temporal”, que intenta hacer algo nuevo y ese algo falla, se puede sentir frustrada pero no permite que esa frustración abarque toda su existencia y puede seguir adelante.

Al final, también se acaba confirmando su historia.

Es como un iceberg

Es muy raro que, a estas alturas del partido, una emoción sea nueva en nosotros. Es decir, si te sientes muy frustrada/o porque tu último intento de aprender francés no funcionó y te está haciendo querer tirar todo por la borda a tal punto que una parte de ti siente que no es proporcional lo que sientes con lo que sucedió, seguramente es porque estás reviviendo algo del pasado.

Ni siquiera te tienes que acordar o ser consciente de qué es para que tenga efectos en ti. De hecho, muchas cosas que estamos reviviendo todo el tiempo, a nivel emocional, vienen desde que éramos muy bebés o incluso desde el vientre materno.

Una vez una maestra me dijo que prácticamente cualquier reacción emocional que podamos tener (sobre todo aquellas que sentimos como “fuertes”) son 20% de ahora y 80% de “antes”, es decir, de todas las veces que hemos sentido algo parecido y se ha ido quedando la emoción reprimida o sin procesarse en nuestro ser.

Algo así como un iceberg del que sólo podemos ver una parte pero su mayor porción se encuentra debajo del mar.

Pero es muy real

Lo que menos quiero es que al leer esto sientas que si tienes frustración en tu interior la intentes evadir o minimizar, intentando convencer a tu mente de que no es real. Nonono.

Mi intención es que logremos llegar a un punto —y sé que es difícil y, en mi experiencia, lleva años de práctica— en el que le podamos quitar un poco del poder que actualmente le damos a la frustración.

Es decir, que aprendamos a identificar cómo se siente en nuestro cuerpo (yo lo siento como un nudo en la boca del estómago) y poco a poco digamos, solo es una sensación en mi cuerpo, y después recordar, si se siente tan fuerte en este momento probablemente sea porque algo de mi pasado la está aumentando, y luego pensar, no tiene por qué significar nada malo sobre mí.

Significado

¿Qué significa para ti sentir frustración?

Como dije arriba, está muy relacionado con el tipo de historias que nos contamos a nosotros mismos.

Seguramente has visto cómo, de entre dos personas que están peleando, una de ellas (A) dice algo y la otra persona (B) se SUPEROFENDE y pone palabras en la boca de la otra persona. Tipo:

A: —Yo no vi que la puerta estuviera cerrada

B: —¿Entonces yo estoy loco y alucino y no se puede confiar en mí?

A: —¿?

No sé qué opines tú, pero yo veo claramente que, en mi ejemplo, redactado con una creatividad desbordante, B está poniendo significados que no son inherentes a lo que A dice. Los trae de su experiencia, de su pasado, o no tengo idea, pero no están ahí ahí.

Lo mismo hacemos con… todo. Pero, en este caso, con las emociones, y con la frustración en específico.

Queríamos tener nuestra primera plática con un francés y creíamos que nuestro nivel era bueno pero, al no entender nada y al trabarnos intensamente, nos damos cuenta de que todavía necesitamos practicar más.

Entonces: frustración.

En vez de decir un templado “Bueno, me hace falta practicar, no pasa nada, eso haré”, acabamos poniendo palabras en la boca de la frustración, por decirlo de algún modo, y terminamos pensando:

“Por ESTO no intento nada, seguramente el amigo francés pensó que soy una perdedora, no sirvió de nada todo lo que estudié estos meses, sabía que esto de aprender otra lengua no iba a ser fácil para mí, ya mejor me doy de baja del curso”.

¡Uouououo! 

En este caso, el significado que se añade al hecho “Mi nivel de francés no es tan alto como creía como para tener una conversación fluida” (lo cual es comprobable objetivamente) es:

-Es una prueba de que cada vez que intento algo, no sale como esperaba y mi destino es fallar por siempre

-Puedo leer la mente de la gente y estoy 100% segura de que el amigo francés piensa que cuando alguien no habla bien su lengua, implica que ese alguien es un perdedor (what)

-Todas las palabras que sí aprendí (y que me convencieron en primer lugar de que mi nivel era lo suficientemente alto) dejaron de existir porque “no sirvió de nada lo que estudié”.

-Todo lo nuevo que hago tiene que ser fácil para mí o no vale la pena intentarlo. Y cuando algo es difícil, implica que yo soy una mala persona y debo sentirme avergonzada porque la gente buena aprende bien y rápido.

-La única respuesta que se le puede dar a esta situación es abandonar el estudio de la lengua porque claramente no tiene otra solución y tiene que ser “todo o nada” para que valga.

-Etcétera

Qué se puede hacer

Ahora ya vimos más o menos cómo se va haciendo que la frustración sea uno de Los Obstáculos.

Se siente en el cuerpo y se le da mucha importancia. Se le dan significados —que no necesariamente son inherentes a la misma—, sobre nuestro valor como personas. Se le otorga mucho poder para decidir qué camino tomar después de una “falla” o situación inesperada.

Quizá solo con haber leído lo anterior algo se aclaró en tu mente.

También puedes, de ahora en adelante, poner atención en cómo se siente la frustración en tu cuerpo para que la identifiques más rápido. Saber que puedes tolerar esa sensación, por más desagradable que sea, y que no te va a hacer daño. Puedes convivir con ella. (De hecho, entre más te permitas sentirla, menos fuerte se hará).

Y si quieres ir más allá…

  1. Haz una lista de las veces que has intentado estudiar [idioma] y la frustración te ha detenido. Analiza cada una de ellas: ¿Qué tanto poder le diste? ¿Cómo fue el proceso?
  2. Recuerda o deduce qué significado le añadiste a esa sensación de frustración. Dicho de otra forma, si la frustración fuera una “señal” que confirma algo, ¿qué sería? (Por ejemplo, “la señal de que no debo intentar cosas nuevas”).
  3. Escribe cómo te gustaría reaccionar de ahora en adelante a la sensación de frustración. ¿Qué te gustaría pensar? ¿Cómo te gustaría actuar después de un “fracaso”? ¿Qué necesitas recordar para llegar a ello?

Espero que esto contribuya a que la frustración ya no te detenga, o al menos no tan fácilmente.

¿Y si vuelve a suceder? No pasa nada. De lo que se trata es de ir recabando información e ir practicando nuevas formas de relacionarnos con lo que nos pasa.

Tenemos toda la vida para hacerlo. Literal 🙂


Cuéntame en los comentarios cómo sueles reaccionar cuando te frustras y, sobre todo, qué pasó si intentaste algo de lo que escribí en esta entrada.

Y, si sientes que necesitas un tipo de apoyo más personalizado con una situación frustrante, considera apuntarte a una sesión de Orientación

Por qué no me gustan los consejos

Sé que suena raro y hasta un poco contradictorio, pero no me gustan los consejos.

No me gusta que me den consejos, y me parece absurdo que la cultura nos haya metido en la cabeza la idea de las personas necesitamos ser aconsejadas.

“¿No tienes un blog donde das consejos?”

Sí pero no. Veamos. Al principio, sí daba consejos. “Haz esto”, “Intenta lo otro”. Hasta escribía en modo imperativo.

Poco a poco me fui dando cuenta de que la gente no hacía lo que les decía, lo cual me frustraba. Ahora entiendo que no tienen por qué hacerlo, duh.

Con el tiempo —quizá te diste cuenta— fui cambiando mi forma de escribir: “Te invito a hacer esto”; “Si te llama la atención, puedes intentar…”, “Creo que sería interesante que probaras…”.

Es más amable. Y, como sabes, la amabilidad es una de las cosas más importantes para mí.

Fui descubriendo con el paso de los años y a medida que profundizaba en mi “proceso”, es decir, en mi conocimiento de mí misma y en mi aprendizaje sobre cómo relacionarme mejor conmigo misma, que era muy raro que necesitara que alguien me dijera qué hacer.

Es decir, si estaba en un momento de confusión, y lo quería comentar con alguien, me desconcertaba mucho que me dijera: “Yo creo que deberías…”.

En cambio, lo que veía que me funcionaba era cuando me hacían preguntas para dilucidar lo que yo realmente pensaba. Que me ayudaran a quitar capas de confusión y de ruido mental.

O, en el último de los casos, que me comentaran su experiencia, o qué hicieron en situaciones similares y cómo acabó. Obviamente, teniendo en cuenta que somos personas distintas y que es difícil que nos pase lo mismo al final. (Eso, y que cada quién habla de la feria como le fue en ella).

A medida que fui notando todo eso, me fue desagradando cada vez más que me dieran consejos, aun cuando estaba convencida de que las personas lo hacían con la mejor de las intenciones (quererme evitar cierto daño o cierto malestar).

Incluso me comenzó a incomodar darlos, porque sentía que no estaba permitiendo que la persona contactara con lo que realmente creía que estaba bien y solo le añadía a su ruido mental.

Así, como en mi naturaleza está querer ayudar a las personas, fui aprendiendo a identificar las preguntas que hacen que se acceda a la “sabiduría organísmica” que todas y todos tenemos.

Descubrí las preguntas (y otras herramientas) que hacen que una persona confundida o “perdida” pueda dejar de estarlo. Encontré el camino (que no es que sea solo uno, pero digámoslo así) de la claridad.

Y, sobre todo, identifiqué los procesos para conectar con lo que yo sé que es mejor para mí, aunque en algún momento de confusión o de angustia no sepa que lo sé o haya perdido el hilo.

Si le das un consejo a alguien, aunque sea muy bueno, no le estás enseñando a descubrir qué es lo que realmente quiere o necesita en cada momento.

En cambio, si lo escuchas, lo entiendes y le haces buenas preguntas, le estás regalando algo que —además de que es difícil de encontrar en esta sociedad feíta— le va a servir para el resto de su vida.

Esto, obviamente, no quiere decir que voy a dejar de escribir “tips” para aprender idiomas o ese tipo de cosas. Pero quiero dejar claro desde dónde lo hago.

No desde el “Ven a aprender de mí, que tú no sabes y yo sí”, sino desde “Mira, aprendí esto sobre la vida, te lo cuento porque quizá te ayuda a ver tu situación de manera distinta o a darte cuenta de algo sobre ti”.

“Pero yo siento que necesito un consejo”

Si estás en una encrucijada o en un momento de confusión o agobio, es natural si sientes que necesitas que alguien que sabe más de un tema, o que es mayor que tú, o que te da confianza, te diga qué hacer.

Y en ocasiones es lo que termina ayudándonos a tener otras perspectivas.

Sin embargo, en mi experiencia, me ha sido de mucha más utilidad que me ayuden a darme cuenta de cosas que no estoy viendo por medio de preguntas, porque eso desencadena un proceso de aprender a cambiar yo misma mi forma de ver las cosas en el futuro y estancarme o “perderme” menos.

A lo que voy es que está bien si sientes que necesitas consejos y si los pides. No es mi intención hacerte sentir mal si los buscas. Tendrás tus razones y estoy segura de que son buenas 🙂

Confianza

En general, cuando escribo alguna entrada un poco más personal que otra en este blog, digo que no necesito consejos y es verdad. Desde que comencé a ver todo lo que escribí arriba, me di cuenta de que nunca los necesito.

Claro, puedo querer otras perspectivas, que alguien me cuente su experiencia, pero ya nunca le pregunto a alguien Qué hago, o Qué me recomiendas, sobre todo porque es una forma muy —muy— sutil de echarle mi responsabilidad sobre mi vida a otras personas. (A fin de cuentas, si algo sale mal es porque ella me dijo que lo hiciera).

He ido desarrollando una confianza básica en mí y en la sabiduría de mi ser. Sí por lo que he leído y vivido, pero más porque sé, sin una sombra de duda (como se dice en inglés), que los seres humanos somos dignos de confianza.

Cuando se le da un consejo a alguien desde el “Yo creo que deberías hacer…”, estamos diciendo algo así como “No confío en que tú puedas descubrirlo por ti misma”.

Le quita poder a la gente.

Y yo estoy a favor de que se nos regrese ese poder (sobre todo a las mujeres).

Yo confío en ti. Confío en que sabes qué es lo mejor para ti.

Confío en que tienes la capacidad de descubrirlo si no lo tienes claro en este momento.

Confío en que si te metes en un problema o cometes un error, podrás resolverlo.

Confío en que sabes qué estás haciendo aunque ni tú misma/o lo entiendas por ahora.

Confío en que necesitas andar tu camino porque es tuyo y de nadie más.

Confío en que estás exactamente donde tienes que estar y que estás aprendiendo lo que necesitas aprender.


Si te sientes un poco perdida/o y te gustaría que te ayudara a descubrir tu propia verdad sobre algún tema y no te gustan los consejos, pon mucha atención a tu correo en días próximos (o suscríbete al blog) para saber cómo*.

*Ya sé que la última vez que
dije esto no envié nada, lo siento,
se cruzó el temblor. 

Soy una persona ansiosa

Hasta hace no mucho (digamos, a principios de este año) me resistía a admitir las señales de que yo era una persona ansiosa.

Era un poco porque temía que, al decirlo en voz alta, se fuera a empeorar. O que al ponerme esa etiqueta (que más bien parece un diagnóstico clínico), no iba a poder encontrar pruebas de otra cosa.

Pero como con cualquier situación que resistimos, cuando dejamos de resistirla se aligera; mencionarlo y dejármelo en claro me dio mucha libertad. Ahora ya no tengo que gastar energía en ocultármelo a mí misma ni a los demás. Soy una persona ansiosa.

Admitirlo me hizo darme cuenta de que era importante hacer algo al respecto. No porque fuera un “deber”, sino porque sabía que me beneficiaría. Por eso empecé a meditar, pues había leído que era muy útil para eso (sí lo es).

Gracias a ello, comencé a observar todos los lugares en mi vida en los que existen obstáculos relacionados con la ansiedad.

Por ejemplo, que muchas veces no me doy permiso de hacer las cosas que quiero porque hacerlas me genera mucho estrés y siento como si no valiera la pena pasar por eso.

O que a veces realmente la vida es un poco más difícil para mí que para las personas que son más “zen” por naturaleza. Y que tal vez toda esta ansiedad es una respuesta sana en mundo que, tristemente, no está tan sano.

Empecé a notar las actitudes y acciones que aumentan mi ansiedad (no dormir bien, dejar que me dé mucha hambre, alimentar un pensamiento negativo hasta volverlo catastrófico, identificarme con ella y pensar que TODO lo que soy yo es la ansiedad, lo cual no es cierto).

Vi esas conductas también en mi mamá, que mitad me modeló y mitad me heredó la mayoría de ellas. Y comencé a tenerle compasión, porque sé que no empezó con ella. Alguien se lo heredó y se lo modeló, y a esa persona también, quién sabe cuántas generaciones atrás.

También puse atención en las cosas que me ayudan a reducir la ansiedad. Dejar de ver las noticias (sobre todo las de este año, qué pedo). Estar menos tiempo en redes sociales o por lo menos dejar de seguir cuentas que no ayudan.

Respirar, estar en mi cuerpo en vez de en mi mente, dejarme sentir el miedo. Concentrarme totalmente en lo que estoy haciendo a cada momento. Escribir, bailar, leer literatura. Pensar en que yo no soy la ansiedad, soy mucho más que eso aunque la contengo.

Acostarme en el piso boca arriba por unos 10 minutos y permitirme sentir lo que siento, aunque sea incómodo. Ir a terapia. Identificar mis pensamientos y darme cuenta de cómo me hacen sentir. Evitar aislarme porque eso solo lo hace todo peor  (t-o-d-o).

Saber que soy una persona ansiosa me permitió entender que tenía que cuidarme a mí antes que a los demás cuando la tierra se movió el mes pasado. Que me iba a tardar un bueeeen rato en tranquilizar a mi sistema nervioso, quizá un poco más que los demás.

Que necesitaba poner mucha atención en lo que hacía para cuidarme a mí misma, que me iba a costar trabajo dormir y que tenía que poner mucha atención en lo que me pedía mi cuerpo porque no hacerlo iba a empeorar las cosas.

Comprender todo lo anterior me hizo predecir que, a diferencia de lo que se supone que debería ser según las verdades absolutas que hemos aprendido en las películas, me la iba a pasar francamente mal al inicio de una relación en la que estuve. Demasiada incertidumbre para mi sistema.

Me ha permitido practicar la compasión hacia mí misma. No es fácil, nada fácil, pero creo que voy mejorando. Estoy aprendiendo a aceptar esa parte de mí y poder decir, así soy, y no me avergüenzo aunque la sociedad entera está empeñada en hacernos creer que lo único que te convierte en un ser humano valioso es una salud mental (y física también) perfecta. (No lo es. Also: ¿eso existe?).

Es lidiar con el estigma y con la opresión. Con los consejos no solicitados acerca de qué debería o no hacer. Con la gente que no entiende y dice cosas como “¡Relájate!” o “No te preocupes”. JAJAJA.

Aunque no me gusta tanto, ver que soy una persona ansiosa también me da razones para exigirme cambiar y perfeccionarme y mejorar. Me ha hecho ser un poco cruel y hasta violenta conmigo misma.

O enojarme y decirme que no debería ser así, sobre todo cuando veo que mi ansiedad me hace pasármela mal en algún momento en que otras personas se ven estúpidamente felices. Sí, me hace compararme con los demás. Y, sobre todo, me hace juzgarme a mí misma.

Pero también veo todo lo bueno que viene de ello. Y sobre todo, las cosas que he aprendido y sigo aprendiendo. Veo que si no fuera tan miedosa no sería tan valiente. O que si me fijo en el progreso que he tenido, siento esperanza en que quizá lo que ahora me abruma en algún momento será parte de lo que me parezca normal.

También pienso que mi forma de ser incluye cosas positivas, que me gustan mucho de mí, y cosas no tan agradables, como la ansiedad; viene todo junto en el mismo paquete, y para dejar de tener las no agradables necesitaría no tener las positivas.

Me ha ayudado mucho comprender mi personalidad, y ver que todas las personas que la compartimos somos así. Unas más, y otras menos, claro está, pero tenemos eso en común. No estoy sola en eso, sé que un montón de gente me entiende y yo las entiendo 🙂 (…aunque lo intenten ocultar porque está estigmatizado y “mal visto”). (Fuck that shit).

Era importante para mí hablar de esto porque he visto que existe mucha presión en torno a las personas que tenemos blogs, sobre todo cuando hablamos de los temas de los que yo hablo, como de que tengamos la vida resuelta, o que seamos felices todo el tiempo, o ese tipo de cosas.

Lo que yo he notado con las personas que sigo es que me ayudan mucho más si se muestran como realmente son, en toda su humanidad, a que si intentan poner una cara de perfección y Photoshop.

Soy una persona ansiosa, eso no me define y soy muchas más cosas también.

¿Y tú?

Si quieres comentar, ten en cuenta que se necesita ser vulnerable para hablar de estas cosas y que muchas veces no es tan fácil. Y, sobre todo, que no necesito ni deseo leer consejos de ningún tipo.

Puedes compartir tu historia con la ansiedad (si es el caso) o escribir de lo que te diste cuenta sobre ti mientras leías esta entrada.

Gracias por leer y hasta la próxima.

¿Tienes una decisión que tomar?

A lo largo de toda mi vida me he considerado una persona indecisa.

Soy el tipo de persona que se agobia ante la incertidumbre y ante las posibilidades, y mi principal obstáculo para tomar decisiones es que pienso mucho y siento mucho.

Y no ayuda que mi mente automáticamente se viaja (se malviaja, mejor dicho) al futuro, pero no a una utopía, sino a todo lo que puede estar mal y va a salir mal.

Me gustaría decir que ahora soy un as de tomar decisiones pero estaría mintiendo. A veces, sobre todo entre más importante sea lo que necesito decidir, me agobio, me angustio y se me cierra el mundo.

Sin embargo, he encontrado una forma que me ha ayudado bastante, sobre todo con las decisiones binarias, es decir, aquellas que solo se tratan de sí o no.

El proceso completo (que viene del focusing) es mucho más complejo de lo que podría explicar aquí, pero en esencia es lo siguiente:

Ejemplo

Supongamos que llevas mucho tiempo luchando contra el inglés y ya te hartaste porque no ves progreso y sientes en el fondo que no sirves para eso y jamás lo vas a aprender y que de todos modos ni siquiera te lo han pedido para los trabajos a los que has aspirado.

Supongamos, también, que te estás convenciendo a ti misma/o de darle una última oportunidad al inglés pero no está funcionando, sobre todo porque hay otra vocecita en tu cabeza que te hace cuestionarte y dice algo así como:

¿Y si mejor solo lo dejas ir y decides que te vas a quedar con el nivel de inglés que tienes y eliges vivir feliz con eso?

(Que quede claro que esto último no es una “excusa” ni nada parecido, es una opción genuina que está surgiendo de un lugar sano en la mente de la persona que lo está diciendo).

Ahora, siguiendo con lo que estamos suponiendo, pensemos que estás considerando ambas opciones, que ves beneficios en ambas y no puedes tomar una decisión.

Has hecho tus listas de pros y contras y como que ninguna te acaba de convencer del todo. Te sigue dando vueltas en la cabeza y solo te agobias cada día más.

Te propongo lo siguiente

La esencia de esta manera de tomar decisiones consiste no tanto en pensar, sino en sentir.

Por ello, necesitas cierta tranquilidad y relajamiento para llevarla a cabo.

Se trata de que tengas muy claro cuáles son tus opciones, y sientas, con cada una de ellas, qué opinarías de ti misma/o.

Siguiendo con el ejemplo de arriba, las opciones serían:

a) Darle una oportunidad más al inglés (con algo que sí creo que tiene posibilidades de funcionar, no con lo mismo que he intentado siempre)

y

b) Dejar ir al 100% la presión de saber más inglés y dedicarle mi energía física mental y hasta espiritual a otras cosas que quiero o necesito hacer

Ahora, el paso siguiente sería respirar profundamente hasta encontrar cierta calma interna, y pasar la “película” de la opción a) como si ya la hubiera elegido, poniendo atención en cómo se siente en mi cuerpo y,

muy importante,

notando qué opino de mí después de haber tomado esa decisión

es decir, cómo embona esa elección en la imagen que tengo de mí misma.

Aquí necesitas tener cuidado y dejar que surja dentro de ti esa sensación, es decir, no intentes forzarlo con tu mente pensando en qué es lo que opinarías. Y mucho menos en qué es lo que opinarían otras personas.

Este ejercicio es algo muy personal, una oportunidad de que nuestra sabiduría interna se comunique con nosotros.

Cuando termines, tomas nota de lo que te “llegó” y lo escribes (o, si no quieres, lo guardas en tu mente y lo tienes muy muy claro).

Después, tomas la opción b) y vuelves a hacer lo mismo: imaginarte que ya elegiste eso y preguntarte qué opinas sobre ti al haber tomado esa decisión.

Al final registras qué sentiste en esta segunda ocasión y, si no es claro para entonces (lo más probable es que sí lo sea), comparas ambas notas.

¿Cuál de las dos opciones te hizo sentir mejor contigo misma/o?

¿Con qué decisión te quedas con una imagen más positiva de ti?

¿Cuál se siente bien, en general?

Listo, usted ha tomado una decisión.

😀

Resumen

Si necesitas tomar una decisión y tu lista de pros y contras simplemente no funciona, prueba relajarte y sentir en tu cuerpo qué opinarías de ti misma/o después de elegir cada una de las opciones.

Es un proceso que lleva práctica, como todo, por lo que te invito a intentarlo al menos unas tres veces, con decisiones pequeñas que sientas que no son tan fuertes (desde qué ponerte hasta qué comer o adónde salir) para que le vayas “agarrando la onda”, como se dice por acá.

También sirve para elegir qué lengua estudiar si estás en un dilema, o incluso para decidirte por un método o un libro o ese tipo de cosas.

Esta herramienta es hermosamente útil (sobre todo si recuerdas que existe).

Si la usas, no dudes en comentarme qué descubriste sobre ti y, sobre todo, qué decisión te ayudó a tomar.

Y si sientes que necesitas un poco más de apoyo para tomar alguna decisión, pon atención a tu correo, pues estoy por enviarte información sobre algo que te puede servir para eso.

¿Te suele costar trabajo tomar decisiones? ¿Qué te ha servido para hacerlo de manera más fácil? ¿Qué acaba pasando cuando te enfrentas a una decisión?