La historia de mis idiomas

Desde que tengo memoria los idiomas me han buscado y encontrado.

Mi papá me enseñaba palabras en inglés cuando yo era bebé. Después de haber estado en una escuela bilingüe durante los primeros años de mi vida, al salir de ahí comencé a sentir que olvidaba el inglés.

Un día decidí que iba a aprenderlo bien y como a los 14 años me puse a aprenderme canciones y cantarlas de memoria (gracias a los closed captions que ponían en la televisión).

Poco a poco me fui enamorando de la manera en la que mi cerebro iba “atrapando” el inglés y el mundo se iba haciendo un poco mucho más ancho.

Hasta la fecha, el inglés es el idioma que mejor domino (después del español, mi lengua materna) y que más uso para todo. De hecho, voy por la vida diciendo que soy bilingüe.

Después empecé a aprender francés porque solía deprimirme en las vacaciones de verano entre años escolares.

No solo me salvó de la tristeza y la desesperanza adolescentes, sino que me permitió darme cuenta de la gran pasión que sentía por el lenguaje en general (lo cual me acabó llevando a elegir la carrera que estudié, Lengua y Literaturas Hispánicas), y de lo feliz que me hacía aprender idiomas de manera autodidacta.

Llegué a un nivel bastante alto de francés (B2), y lo seguí practicando durante varios años, (incluso tuve la oportunidad de ir a Canadá un tiempo breve) pero después no le encontré mucho uso y poco a poco se me ha ido olvidando.😦

Todavía entiendo bastante y estoy segura de que si tuviera que vivir en un país de habla francesa (o algo por el estilo) podría retomarlo muy rápidamente. De cualquier manera, sigue siendo la lengua en la que pienso con más cariño.

Luego, cuando estaba en la universidad, decidí que quería aprender alemán y así lo hice. Después de estar un par de semestres en clases de 10 horas a la semana, tuve que dejarlo.

A partir de ahí, he tenido romances tórridos con el alemán en los que puedo avanzar muchísimo en uno o dos meses y después olvidarlo todo en el resto del año. Siento que camino dos pasos y retrocedo uno, lo cual a veces me frustra bastante.

Aunque me gusta mucho la lengua alemana y su cultura me intriga sobremanera, se me resiste mucho. Entiendo varias cosas pero sigo en un nivel básico. Todavía sueño con hablarla fluidamente algún día.

Poco después de terminar la licenciatura me dio por estudiar árabe. Entré al mismo centro de lenguas donde había estudiado alemán y estuve ahí durante un semestre.

Aprendí a leer y a escribir (muuuy lento) y después me salí. Aunque me gusta mucho cómo suena y amo amo amo amo la caligrafía, creo que no es una de las lenguas que voy a dominar en mi vida. O quién sabe, la vida da muchas vueltas…

Por último, tuve un pequeño affair con el japonés, (duró menos de un mes). Me aprendí completo el hiragana y cuando intenté aprender los kanjis me di cuenta de que mi impaciencia no estaba siendo compatible con la escritura oriental.

Como dejé de practicarlo, lo olvidé. Me gustó mucho entrar en contacto con esa lengua que había estado tan lejana para mí, pero ya no he ido más allá. Sin embargo, eso no significa que las puertas estén cerradas.

Actualmente (2015), mis días giran en torno a leer y aprender de manera natural una cantidad casi obscena de inglés (estoy obsesionada con perfeccionarlo lo más que se pueda) mientras intento, por un lado, mantener mi español libre de anglicismos—en la medida de lo posible—y, por el otro, aprender todo lo que puedo sobre enseñanza de estas dos lenguas.

Los idiomas ocupan un lugar muy grande de mi corazón.