¿Se puede poner al clima de nuestro lado?

Me he dado cuenta de que enero es un mes difícil:

hace mucho frío, toda la gente en la calle tose, estornuda y te intenta contagiar de gripa (o gripe, si se dice así en tu país) y la publicidad aumenta considerablemente.

Y, sin embargo, culturalmente tenemos esta idea de que enero es un mes de propósitos, y de comenzar a comer ensaladas (¿a alguien en serio se le antoja una ensalada con este frío?), de salir a correr aunque el aire helado duela al respirar y de hacer todo lo contrario a quedarse en la cama a dormir hasta tarde.

Four Seasons - Longbridge Road

No me queda muy claro por qué estamos acostumbrados a darle más importancia a ese tipo de cuestiones culturales en vez de a lo que sería más natural: observar el clima, poner atención en nuestra reacción a las estaciones y al tiempo, atender nuestra necesidad por comer sal y carbohidratos y chocolate.

¿Qué pasaría si adecuáramos nuestras actividades al clima en la medida de lo posible?

O, mejor aún,

¿qué sucedería si planeáramos de antemano con base en lo que ya sabemos sobre la vida a lo largo del año?

Hace unos días empecé una lista de lo que ya sé que van a contener los doce meses que siguen. Me sorprendió mucho notar que para mí no había sido lo más obvio del mundo que en enero iba a hacer tanto frío que me podía enfermar de la garganta, y que, por lo tanto, no iba a querer hacer gran cosa.

Después de todo, llevo casi un cuarto de siglo pasando por todos los meses del año. 

Pero así fue: no tenía idea.

Entonces, continué la lista con lo que ya sé:

Que en marzo me dan alergia las florecitas de la primavera. Cuándo son los cumpleaños que me estresan (incluyendo el mío). Qué días son los aniversarios de acontecimientos dolorosos y cómo reacciono normalmente al recordarlos. Etcétera.

Como no recuerdo otro tipo de cosas –por increíble que parezca–, voy a prestar especial atención en Todo Lo Que Debo Recordar Porque Pasa Cada Año*y tomar notas durante todo el 2014.

*Ya sé que en español no se ponen así las mayúsculas, pero este es mi blog. 🙂

Esto me ayudará a tomar precauciones, sobre todo para no ponerme metas que desde el planteamiento estén destinadas al fracaso. (Como comer sólo ensaladas en pleno invierno.) No es que yo me pondría la meta de comer lechuga, pero entiendes la idea.

No digo que hacer planes en enero sea siempre una mala idea, o que si llevas años enteros corriendo, por ejemplo, debas dejar de hacerlo cuando hace frío, pero estoy segura de que hacer planes con más conciencia tiene mejores consecuencias. Y versos sin esfuerzo.

He estado pensando mucho en esto desde hace varios meses, y creo que no es tan mala idea.

Quizá no se puede poner al clima de nuestro lado porque no es algo que podamos controlar, pero podemos no ponerlo en nuestra contra si recordamos ciertas cosas.

¿Qué opinas?

Si vives en el hemisferio sur, por favor deja un comentario contándome cómo se vive allá el mes de enero. ¿La gente se propone comer lechuga y lo logra?

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Foto de b k

4 cosas que ya no pienso sobre el aprendizaje de idiomas

Antes, cuando apenas comenzaba a investigar acerca de este tema, tenía algunas ideas más o menos fijas.

No obstante, con el paso del tiempo las he ido poniendo a prueba, tanto voluntaria como involuntariamente, y he llegado a conclusiones totalmente distintas. Ahora ya no pienso así.

Cuatro creencias que sostenía y (más o menos) defendía:

1. “Aprender otro idioma solamente es cuestión de voluntad y la si la gente no aprende es porque no ha querido con la suficiente fuerza”.

Esto es falso. Y un poco cruel. En realidad, intervienen tantos factores que ni siquiera sé por dónde empezar. La voluntad es muy importante, pero no lo es todo.

2. La mejor forma de tener una mente abierta y apreciar la diversidad cultural es aprender otro idioma y viajar a otros países”.

Conozco a más de una persona que ha viajado muchísimo y sigue teniendo un montón de prejuicios y mucha ignorancia con respecto a los individuos de otras culturas. Ampliar los horizontes no depende sólo de estar en otros lugares y presenciar otras costumbres, sino de qué tan dispuesto estés a entender a los demás. (Entre otras cosas que no sé muy bien cómo explicar).

3. “Si aprender otro idioma te ha resultado fácil una vez, te resultará fácil por siempre.

No. Oh, no. Claro que no. No sólo porque cada lengua tiene diversos grados de dificultad, sino porque nuestro cerebro está cambiando todo el tiempo (más allá de la muerte de las neuronas y otros eventos tristes), adaptándose a nuestras circunstancias siempre cambiantes. Un día sientes que tienes mucho talento para los idiomas y al año siguiente ya no podrías estar tan seguro. O al revés. Nos estamos transformando todo el tiempo.

4. “Cualquiera puede aprender otro idioma, aunque esté muy ocupado, si usa pequeños momentos cada día. Decir ‘no tengo tiempo’ es un mal pretexto”.

Ya ni siquiera pienso que haya “malos pretextos”. Creo que existen por una razón y que no dicen nada negativo de la persona que los usa (o sea, todos. Son lo más normal del mundo.) Ahora opino que si alguien no está aprendiendo una lengua, o haciendo cualquier otra cosa buena / útil / provechosa / necesaria, es porque no es el momento adecuado para ella. Y que a veces la vida se pone tan pesada que ni siquiera hay tiempo de comer comida que no haya estado congelada.

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Aunque este tipo de textos suelen transmitir la sensación de que lo que se creía antes estaba Mal y lo que se cree ahora está Bien, podría seguir estando equivocada. Sólo el tiempo lo dirá. Por ahora, sólo seguiré poniendo atención en el mundo para continuar actualizando mis modelos de situación.

Es lo que más me gusta de intentar observar la realidad: todo lo que crees que es La Verdad puede ser solamente un espejismo, y siempre se corre el riesgo de creer que la nueva Verdad con la que cubres lo anterior sea, asimismo, una ilusión. Uno se vuelve humilde.

Me encanta ver que todo esto de la adquisición de segundas lenguas es más complicado de lo que parece a simple vista. Eso significa que nunca se nos van a agotar las ideas.

¿Cuáles de tus ideas sobre los idiomas han cambiado a lo largo del tiempo?

Otras dimensiones del esfuerzo

Después de la entrada anterior, me quedé pensando en el entusiasmo. Sobre todo en aquellos momentos en los que estar poseído por esa emoción conlleva mucho esfuerzo, o mucha dedicación.

En esta entrada, la autora, quien no vió objeción a escribir estas líneas en tercera persona, plantea otra idea para experimentar con distintas formas de conducirnos en presencia del entusiasmo.

Get Lost

Por ejemplo, una historia.

Hace no mucho, estaba muy emocionada sobre un plan que me había venido a la mente (llamémoslo Cocinar Recetas, aunque no tiene nada que ver con deliciosa comida).

Había conseguido administrar el entusiasmo, recordar lo que quería hacer, encontrar razones por las que era una excelente idea Cocinar esas Recetas y puse manos a la obra durante toda una semana. Fueron siete días fabulosamente productivos y “logradores”. Digno de recordarse.

Pasó la semana, pero como seguía emocionada, quería continuar a ese paso durante la siguiente semana. Después de todo, había conseguido Cocinar Recetas que jamás había logrado cocinar.

El domingo, que es cuando planeo la semana que sigue, no quería planear la semana que seguía. Me sentía un poco triste y no quería saber nada de Cocinar o de Recetas. Pero todo había sido maravilloso, así que me exhorté (de buen modo, como siempre) a continuar con el plan.

Llegó el lunes y aunque sabía cuáles eran los pasos que tenía que dar para tener otra semana fabulosa de Cocinar Recetas, realmente no tenía ganas de hacer nada.

Luego de usar dos horas de mi vida leyendo reseñas de gente grosera sobre libros de Amazon que jamás compraré, de un “¿Qué estoy haciendo?”  y de alejarme de la computadora, recordé algo que según yo ya había comprendido, pero que, por lo visto, necesitaba insertarse mejor en mi memoria:

Una época fabulosamente productiva siempre trae consigo (la necesidad de) una época fabulosamente restaurativa. No puede existir una sin la otra.

Esto se puede ver de dos maneras:

Por una parte, saber que resulta prácticamente imposible sostener un esfuerzo real por mucho tiempo* nos da la libertad de no sentirnos mal cuando intentamos fallidamente mantener una racha de “fabulosidad”.

Podemos entender que “todo lo que sube tiene que bajar” y que estar “abajo” no sólo es normal, sino totalmente indispensable para que sea posible volver a “subir”.

Por otra parte, podemos usar para nuestro provecho la posibilidad de predecir con bastante exactitud la mayoría de los momentos en los que no querremos hacer nada. (Pista: justo después de haberlo hecho todo).

Así, como parte de una práctica avanzada, conseguiríamos organizarnos de tal suerte que veríamos nuestra capacidad de esforzarnos como es en realidad (un ciclo de esfuerzo y descanso, de entusiasmo e indiferencia), y no como se supone que debería ser (logro tras logro tras logro tras logro tras logro).

*Mis respetos + mi absoluta admiración hacia las personas que parecen incansables, como los estudiantes universitarios y quienes tienen más de un trabajo. Confío en que pronto puedan restaurarse como se merecen. 

Oh, la utopía

Si esto se pudiera instaurar en las clases de idiomas (o en todos lados, mejor), se lograría más a largo plazo y se aprendería con mayor éxito. Una persona agotada –o sea, que no ha pasado por la época fabulosamente restaurativa– puede realizar muchas menos tareas que alguien que acaba de descansar.

Quizá en algunos años todos comprendamos cabalmente este concepto, y quizá las instituciones lo implementen. Mientras eso sucede, podemos comenzar a dejar de pensar que nos está pasando algo malo cuando no tenemos ganas de hacer nada después de haber estado involucrados en cuerpo y alma en un proyecto.

E instaurarlo en la medida de lo que podamos, marcando días de descanso más o menos obligatorios después de semanas pesadas, encontrando actividades que nos recarguen las baterías metafóricas que tenemos.

Da un poco de miedo porque una parte de nosotros cree que nos vamos a quedar ahí, como una especie de bulto inactivo, pero no es así.

A modo de resumen

Normal y necesario: no querer repasar apuntes durante las vacaciones entre niveles de las clases de árabe (cof cof).

Normal y necesario: pasar toda la tarde leyendo entradas pasadas de tu blog favorito después de haber hecho un examen difícil. Vamos, que hasta Twitter funciona.

Normal y necesario: ser, durante un tiempo, una “papa de sillón”, como se dice en inglés (couch potato) luego de hacer algo que te daba miedo.

Normal y necesario: sentir la mayor de las indiferencias (y hasta un poco de incomodidad) por algo que te entusiasmaba mucho.

Normal y necesario: que de repente se te quiten las ganas de aprender idiomas en general, o de subir de nivel en particular. Sobre todo si llevas años y años haciéndolo sin parar. Déjalo ser, ya regresarán. 

Todo se vale, en realidad.

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P.D.: Me acabo de dar cuenta de que esta entrada coincide con que se acercan las vacaciones de Navidad. No era mi intención, pero supongo que se pueden aprovechar para irse familiarizando con esta dimensión del esfuerzo.

Foto de Tim Green

Ser tímido es lo peor del mundo. (Excepto cuando no lo es)

La última entrada que publiqué, en la que hablo de cómo aprendí a ser amable conmigo misma y mis imperfecciones después de haberme sentido mal por haber dejado pasar una oportunidad muy valiosa, recibió muchos comentarios en muy poco tiempo.

(Creo que rompimos un récord, muchachos :P)

Algunos fueron empáticos, otros contaban sus historias. Pero lo que destacó fue la cantidad de consejos que (¿me?) escribieron en ellos, resumidos todos en “hay que cambiar, hay que dejar de ser así y de hacer eso”.

Yo sé que son bienintencionados pero, a decir verdad, me sorprendió que me sorprendiera que se piense que es necesario superar la timidez o los temores como se supera una adicción o una enfermedad.

Timid Visitor

El texto

Tenía escrita esa entrada desde hacía ya varias semanas. No quería publicarla porque sentía que no era mi estilo general aquí en el blog, pero me animé a hacerlo por dos razones.

La primera: llevaba dos semanas sin publicar y era el único borrador decente que tenía. Si no publicaba, se iba a generar un campo de fuerza metafórico alrededor del blog y no iba a poder escribir nada más. Así me pasa.

La segunda: quería ver qué sucedía si ponía en práctica algo de lo que ya había oído hablar en otros lados, pero que Neil Gaiman dice de la manera más transparente:

The moment that you feel that, just possibly, you’re walking down the street naked, exposing too much of your heart and your mind and what exists on the inside, showing too much of yourself, that’s the moment you may be starting to get it right. (Traducción)

Sólo quería entender a qué se refería. En carne propia.

Y créeme cuando te digo que, sin duda alguna, desde que publiqué esa entrada hasta… ahora mismo, me he sentido casi demasiado expuesta.

Pero si hay alguien a quien le gustan los experimentos y todas las enseñanzas que conllevan, es a mí. Por eso lo hice.

Las lecciones

Aprendí por qué Havi Brooks escribe una nota al final de cada entrada. Un “Refugio para los comentarios”:

This [blog] is a place of safety for creative play and exploration, with a very non-dogmatic approach. We don’t tell each other how to ask for things and we don’t give unsolicited advice. We play.

También comprendí que, cuando hablo de mis experiencias, o mis procesos mentales —por llamarlos de algún modo— tengo que ser más clara para que no se malinterpreten.

Sin embargo, lo que me quedó más claro que el agua fue que yo estoy en otra frecuencia radiofónica, y me olvidé de sintonizarlos, queridos lectores, o de pedirles que lo hicieran.

Estación 1: “Ser tímido es lo peor del mundo”…

Verán: yo siempre he sido una persona que podría entrar en la clasificación de “introvertida”. Tengo algunos problemas con esa etiqueta, pero no puedo evitarlo: yo soy así.

Soy más callada que platicadora, más tímida que escandalosa; no me gusta el ruido y adoro los libros.

Hace muchos años, yo detestaba ser así porque la cultura se la pasa diciéndonos que te pierdes de todo, que lo divertido es emborracharse hasta el amanecer, lanzarse de un paracaídas y del bungee y haberte roto 6.3 huesos antes de cumplir los 18 años.

Tuve muchos problemas, incluso de salud, por intentar ir en contra de mi naturaleza. Sobre todo, me daba cuenta de que cuando hacía las cosas que era “normal” que hiciera una persona de mi ciudad / edad / escuela / inteligencia / talla / lo que sea, no me la pasaba bien. Y vaya que sufría.

Conforme fui madurando y obteniendo información sobre cómo es la gente y cómo funcionan nuestras cabezas, me di cuenta de que no tenía ningún sentido ir en contra de lo que yo era.

Primero, me dejé de presionar tanto. Aprendí a ser una buena conversadora, busqué perfeccionar mis habilidades sociales porque es importante y porque, a fin de cuentas, sí me gusta la gente.

Segundo, comencé a respetar más mis limitaciones, mis deseos de quedarme a dormir en vez de ir a las fiestas, mi necesidad por taparme los oídos cuando hay sonidos muy fuertes.

Y después, poco a poco, empecé a aceptarlo y a apreciarlo. Es una de las cosas más difíciles que he hecho, sobre todo porque a cada paso hay alguien que te dice que ser como eres está mal. Créeme, les digo. Si yo hubiera podido decidir, no habría pedido ser así. (No porque sea malo, sino porque a veces se sufre).

Pero así soy. Me hace mucho más feliz entender cómo puedo pasármela bien según mis propios términos que aventarme a probar un montón de cosas (que nunca me interesó hacer desde el principio) con la única finalidad de sentirme “normal”, o de creer que ya no tengo ese terrible problema de la introversión / timidez.

(Estación 2) “…excepto cuando no lo es”.

De verdad me gustaría que en algún momento de la vida la gente pudiera dejar de maltratar a los que no encajan. Sería hermoso.

Pero mientras eso ocurre, yo decidí empezar a no maltratarme a mí misma, a dejar que no me afecte ese desgraciado discurso de que tienes algún problema si no eres extrovertido y escandaloso, de que las excusas son para los débiles.

Si escribo esta entrada (además de para que te puedas identificar) es porque cambiar de

“necesito ser normal y soy un pedazo de basura por no hacer x cosa loca que está de moda”

a

“así soy, así me puedo agradar y si parto de aquí puedo hacer cosas que realmente me gusten a mí

fue una de las mejores cosas que he hecho por mí misma. Quizá te ha pasado y comprendas la sensación de alivio por saber que no tienes ningún problema y que puede estar bien ser así.

Y no sólo eso, sino que esa actitud es ridículamente efectiva para lograr cosas. Probablemente hable de esto en un futuro. 

Por otro lado, tal vez te sientas muy orgulloso de haber superado la timidez (o como le llames a aquello de lo que estemos hablando aquí).

En ese caso, te felicito y te admiro mucho. Me parece genial que hayas encontrado una forma de relacionarte contigo mismo que funcione para no frustrarte y aun así respetarte.

Pero si estás en el punto en el que abusas de ti mismo, te presionas para ser “normal”, o te lastimas o enfermas cada vez que haces algo que en el fondo no querías llevar a cabo, entonces te doy la bienvenida al club de gente introvertida en una cultura habituada a la violencia.

La idea central de este ya largo post es transmitirte la noción de que ser calmado y silencioso no es una falla de la personalidad que debas corregir o cambiar en ti si no quieres, sino sólo una forma de ser, tan humana como cualquier otra.

Otra vez me siento desnuda, señor Gaiman. Maybe I’m getting it right this time?

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Foto de Bill & Vicki T

Un poco de amabilidad

El otro día fue de esos días en que me da por odiarme* a mí misma.

No mucho, y no todo lo que soy. Sólo a la parte de mi que me impide hacer cosas por razones misteriosas.

*Cuando digo “odiarme” no me refiero a esa emoción tan pesada y fuerte que es el odio real. Es algo más humano, menos contundente. Seguramente entiendes a qué me refiero.

Estaba en el metro. Era una de esas pocas veces en las que sí se podía respirar, porque no había tanta gente. Iba yo sola, y muy cerca de mí escuché a un hombre preguntando algo.

Su interlocutor, un mexicano, intentaba explicarle algo en un inglés rudimentario, pero el señor sólo hablaba francés, como después inferí de algunas palabras que intentaba decir en español. Lo bueno de haber oído mucho francés es que después puedes identificar la forma en la que sus hablantes hacen sonar otras lenguas.

La cuestión es que el francés (podía ser canadiense o belga, pero digamos que era francés) estaba muy perdido, algo nada difícil en esta ciudad.

Cuando escuché los infructuosos intentos de comunicación entre el mexicano y el francés, tuve esa sensación de certeza en el estómago de que era mi turno intervenir para ayudar al señor francés porque yo hablo esa lengua.

La dejé pasar porque la estación en la que me correspondía bajarme era la siguiente. No me iba a dar tiempo de ayudarlo.

Y justo cuando salí a la estación, el francés también se bajó del vagón con su cara de perdido. Otra vez tuve esa sensación de certeza en el estómago (si creyera en esas cosas diría que el que se hubiera bajado era una señal de que tenía que ayudarle), y ya estaba practicando cómo me iba a acercar al señor:

Salut, monsieur. Où allez vous? Est-ce que je peux vous aider? Je parle français… Y luego mostrar algo así como mi mejor sonrisa, para no espantarlo.

now-i-have-one-:)

También había imaginado su reacción al escucharme hablar francés: él feliz de que alguien pudiera entenderle y ayudarle, diciéndome incluso que mi acento no era tan marcado (alguna vez me dijeron eso) y quizá hasta acompañarlo al buen camino que lo fuera llevar adonde iba. O qué sé yo; algo bueno. Ya me estaba animando.

Sin embargo, al final me dio miedo y huí. Dejé al pobre señor con su cara de perdido en la estación (que, por cierto, es de las más difíciles de navegar) y me dediqué la siguiente hora a odiarme a mí misma.

Bueno, no a mí misma. Sólo a la parte de mí que no me dejó hablarle al francés en su idioma, o en español, o en cualquier lengua humana, puesto que todas las horas que pasé estudiando francés, y las que he dedicado a hablar de cómo las lenguas son maravillosas, se sintieron como tiempo perdido.

$%#@&!

Esa experiencia me sirvió para terminar de entender algo que llevaba unos meses nadando en mi cabeza:

No es muy fructífero odiarte a ti mismo.

Todavía no comprendo muy bien por qué me acobardé. Cuando le conté a mi mamá, me dijo que quizá me había quedado demasiado clara su lección —que es en gran parte cultural— de “no hables con extraños”.

No creo que sea eso, pero lo cierto es que tuve una razón legítima —aunque desde fuera parezca tonta e irracional— para no hablarle a ese extranjero extraño.

Busqué más respuestas. Me pregunté qué es lo que me pasa en estos casos. Surgieron voces en mi cabeza:

“¿Y si no me entiende o no me escucha?”

“¿Y si otros mexicanos me oyen y piensan que soy una presumida y me ven feo?”

“¿Y si me confundí y no hablaba francés sino otra lengua que no conozco y hago el ridículo?”

“¿Y si el señor no necesitaba ayuda?”

“¿Y si, cuando le hablara, sólo me veía raro y salía corriendo la dirección contraria?”

Recordé que habría podido lidiar con cada una de esas situaciones, y que no habría pasado a mayores porque nadie habría muerto.

Pero en ese momento no tenía claro que, si no me acerqué a ayudar al señor, fue porque todos esos escenarios (y más) estaban en mi cabeza.

Después de entender eso, y de “darme chance” por haber huido de esa maravillosa casualidad, todo fue un poco más fácil.

Decidí que ya no me iba a odiar a mí misma. Si no me acerqué al extranjero, definitivamente no fue por tonta, o por cobarde, o porque no me importa practicar francés. Estoy convencida de que todos los miedos, todas esas barreras que se interponen entre nosotros y esa otra cosa que queremos hacer son totalmente legítimas.

Decidí, también, que cuando me ocurra algo así otra vez ya no voy a pensar mal de mí misma, ni me voy a odiar, ni me voy a golpear (figurativamente) contra la pared. Sólo lo tomaré como una muestra de lo que no me satisface hacer:

No me gusta quedarme con las ganas de ayudar a un extranjero perdido, sobre todo si las condiciones para hacerlo parecen perfectas, ni arrepentirme por no haberlo hecho. 

Y con base en eso, puedo crear un plan, porque no fue la primera vez que reacciono así a un evento similar, y seguramente no será la última oportunidad de este tipo.

Puedo aprender a tranquilizarme en el momento preciso de OMG es mi turno, a darme valentía para no salir corriendo, a encontrar pruebas de que si algo saliera mal, no pasaría nada realmente malo.

De hecho, eso hice cuando dejé de sentirme mal. Ahora que esto me sirvió de práctica, ensayé mis líneas (y en alemán también) y estoy lista para el siguiente extranjero con cara de perdido. Sinceramente, dudo mucho que hubiera llegado a eso de haber seguido odiándome a mí misma.

Es muy difícil para mí detenerme justo cuando empiezo a decirme que soy una tonta y ese tipo de cosas, pero sé que cada vez será más fácil. Sigo practicando porque me gustan los resultados.

Como se diría en inglés (porque no me gusta ninguna de sus posibles traducciones), a little kindness goes a long way. 

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Foto de Esther Simpson

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¿Cómo reaccionas tú cuando te pasan este tipo de cosas?

Nota: esta es una de las entradas más difíciles que he escrito, y la que más me ha costado publicar. Siento que puede desencadenar comentarios desagradables para mí. Sin embargo, decidí publicarla porque sé que los lectores de este blog son muy respetuosos al escribir, incluso cuando no están de acuerdo.

No todo está perdido si no hablas con fluidez

Cada vez es más frecuente que alguien me cuente que puede comprender casi a la perfección una lengua cuando la lee o cuando la oye, pero que al momento de intentar hablarla, toda la magia se desvanece.

Si esto te pasa y quieres saber por qué, sigue leyendo.

Tiene solución

Me preguntan que qué se puede hacer al respecto, que cómo se llama ese fenómeno; me dicen que están desilusionados con las lenguas y que sienten que el tiempo dedicado a ellas ha sido en vano porque no pueden hablarla con fluidez. Pero no.

En realidad, les digo, lo único que les falta es un truquito.

La adquisición de una lengua extranjera es una cosa muy extraña: puedes haber “absorbido” la gramática de un idioma –es decir, las reglas de cómo se acomodan las palabras para hacer frases coherentes– y ser, al mismo tiempo, totalmente mudo en esa lengua.

La forma más natural de adquirir lenguas es escuchando a otras personas hablar. Es como lo hicimos cuando éramos niños.

Leer para aprender otro idioma es un proceso igual de efectivo, pero un poco más “artificial”. Ten en cuenta que sigue habiendo lenguas ágrafas, esto es, que no se escriben. No es necesaria la lengua escrita para poder decir que dominas un idioma. Lo que importa, como dije, son esas reglas sintácticas. Fin de la digresión.

Por lo tanto, si estuviste durante mucho tiempo recibiendo input, puedes tener la lengua “completa” en la cabeza. Puedes saber cómo se conjugan los verbos, o cómo se pronuncian las palabras que lees; puedes incluso dominar las preposiciones y estar 100% seguro de cuáles casos rigen; o conocer tan bien los géneros de las palabras (masculino, femenino, neutro) que hasta los adivinas. Sin mencionar, claro está, que la comprendes casi a la perfección.

Y aunque todo eso es muy bonito y te otorga mucha felicidad, no garantiza que puedas hablar esa lengua.

good luck to you !

No todo está perdido

Afortunadamente, lo anterior no significa que nunca vayas a tener la capacidad de hablarla. El truco que mencioné más arriba es, simple y sencillamente, sacar al idioma de tu cabeza.

¿Cómo se hace eso?

Intentando hablar hasta que hables con fluidez. Soportando la incomodidad de ser un principiante aunque sabes que ya no eres un principiante.

El que se nos olvide este pequeño detalle viene de la forma en la que nos han planteado –o hemos comprendido– la adquisición de otra lengua. Nos contaron que:

para aprender otro idioma es necesario exponerse a la lengua, y después de que puedas extraerle suficiente significado, te vas a poder comunicar con otras personas que también la conozcan.

De cierta forma, esta definición no tiene nada de malo, o de equivocado. Hasta que analizas un poco sus contenidos:

¿Qué es “aprender otro idioma”? ¿Es comprender al 100% una emisión radiofónica? ¿Leer una novela sin diccionario? ¿Hablar con fluidez sobre un tema complicado?

¿Quién define la fluidez? ¿Quién dice cuáles temas son complicados?

Etcétera, etcétera, etcétera.

La gran falla que quiero destacar de esa definición es que se salta un gran, gran paso: Dominar una lengua consta de cuatro habilidades básicas: escuchar, leer, hablar y escribir. Y si son cuatro, y no una o tres, es porque cada una requiere de práctica en sí misma

Seguramente conoces personas que hablan más que fluidamente su lengua materna. Pero en el momento en el que escriben, parece que su texto fue traducido desde el bengalí por Google Translate. Si practicaran su escritura, podrían escribir tan bien como hablan.

Como ves, no es algo que le sucede solamente a los que adquieren otras lenguas. A todos nos puede pasar si no practicamos lo suficiente.

Ten en cuenta que es toda una hazaña, incluso para los que llevamos toda una vida hablando nuestra lengua materna mantener en buena salud las cuatro habilidades. Para una persona que hablara 8 lenguas, tendría que ser su trabajo de tiempo completo.

No necesitas practicar

Lo cierto es que depende de muchas cosas qué tanto te conviene practicar todas las habilidades, y cuánto tiempo le has de dedicar a cada una.

A mí, por ejemplo, me gusta mucho hablar francés, pero en estos momentos de mi vida no me preocupa leerlo tan bien como leo en español o en inglés porque los textos que leo están en estas dos lenguas.

Quizá en un futuro requiera leer mucho más rápido el francés, y entonces me sentaré varias horas a la semana exclusivamente a practicar mi lectura en francés. Y seguramente me volveré muy buena porque el tiempo se traduce en experiencia.

El punto es que no te debes sentir mal si le has dado mucha importancia a una o dos habilidades exclusivamente. Tampoco te desilusiones de los idiomas, ni de tu capacidad de escuchar / hablar / escribir / leer.

El remedio

Si has notado que te molesta chapurrear la lengua que entiendes perfectamente cuando lees, abórdalo como un problema que tiene solución: ponte a hablar contigo mismo (sí, sí funciona; no, no estás loco), consigue alguien que te pueda corregir la pronunciación en polyglotclub.com y practica, practica, practica.

Más pronto de lo que crees (en cuestión de semanas) todas las reglas que has adquirido podrán salir de tu cabeza, a través de tu habla, para llegar a otras personas.

Sólo no te rindas en el momento en el que sientas que debería ser fácil para ti, ni cuando suenes como un principiante, o cuando te frustres o te desesperes.

En resumen:

  • Recuerda que “adquirir una lengua” no es algo que sólo sucede, sino que consta de cuatro habilidades bastante distintas.
  • Si notas que una de esas habilidades no es tu fuerte, practícala más. (De preferencia, que alguien te corrija).
  • Sigue intentando hasta que las habilidades que te interesan (o las cuatro) estén al mismo nivel avanzado.
  • Ten en mente que este desequilibrio es totalmente normal y que no significa que tengas un problema, o que los idiomas te han defraudado.

En este caso, como en todos los que requieran práctica, el secreto está en seguir perseverando.

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Lee más:

Cómo aprender otro idioma

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Foto de Andi