¿No sabes cuál idioma aprender? Necesitas claridad

Si pudiera hacer que una sola idea le quedara clara a todas las personas que quisieran empezar a aprender otro idioma sería esta frase que Marie Forleo repite sin cansarse:

Clarity comes from engagement, not thought.”

Un hábito más o menos perjudicial que veo mucho en aquellos a quienes les comienza a hacer ruido la idea de aprender otro idioma es buscar opiniones en el exterior.

“Busqué en Internet acerca del ruso, y encontré que es muy difícil”

“Mi familia me dice que mejor aprenda inglés porque es el idioma que más me va a servir en el futuro”

“Quiero aprender mandarín, pero escuché que casi nadie puede aprender bien la escritura, entonces me desanimé”

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Tiene todo el sentido del mundo que queramos buscar información antes de tomar decisiones. Sobre todo si se trata de algo que tiene tantos mitos y fantasmas alrededor, como aprender otro idioma. Queremos que nos salga bien, no que sea un fracaso y una frustración o decepción.

Sin embargo, la única forma en la que vamos a saber si el ruso es difícil para nosotros o si no vamos a poder aprender bien la escritura china es aprendiendo ruso e intentando escribir el mandarín.

La gente varía. Quien escribió lo que leíste es diferente a ti. Quien dijo lo que escuchaste tiene una visión del mundo muy distinta a la tuya. Y aun si la dificultad de ciertas lenguas fuera objetivamente comprobable (no lo es del todo), hay un factor que estas personas que opinan están dejando de lado:

La pasión mueve montañas

Si comienzas a aprender hebreo y te empiezas a enamorar del hebreo y solo quieres hablar, pensar y comer en hebreo, ¿crees que te va a importar que sea complejo? Quizá terminas dominándolo sin entender exactamente de dónde surgió la idea de que era difícil.

Si lo odias, el hebreo va a convertirse en la lengua más difícil del mundo para ti.

Y es muy difícil saber si una lengua te va a gustar solo por verla “de lejos”. Tienes que empaparte de un idioma para saber si lo vas a amar.

Deja de buscar opiniones en Google, y deja de preguntarle a los demás.

La única respuesta válida y certera para ti va a venir de tu interior y de tu experiencia.

Por lo tanto, comienza a rodearte del idioma que te interesa, mantén una mente abierta (que pueda dejar de lado las opiniones externas que inevitablemente se han ido juntando) y empieza a construir tu propio criterio.

La claridad se obtiene haciendo, no pensando.

¿Alguna vez tu opinión sobre una lengua resultó ser totalmente distinta de lo que pensabas antes de aprenderla?

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Foto de Evan Leeson

¿Tienes problemas con la autoridad?

Hasta cierto punto, yo sí. No sabía esto de mí sino hasta hace poco.

Un buen día me di cuenta de que no estaba cumpliendo las metas que yo misma me ponía (“¡Leer durante 2 horas al día! o incluso “¡Hacer algo divertido todas las mañanas!”) porque me estaba rebelando contra mí misma.

En el momento en el que siento una fuente de autoridad, aun si viene de adentro, me vuelvo rebelde y ya no quiero hacer nada.

Rawr.

Si en el fondo es realmente importante hacerlo, encuentro maneras de llevarlo a cabo; no es que sea del todo rebelde. No habría logrado muchas cosas que he hecho si fuera incapaz de actuar aun con esa incomodidad.

No digo que esto esté bien, ni que sea algo malo. Solo cuento lo que me pasa porque sé que a muchas personas les sucede lo mismo. 

Rebel yell

Lo que normalmente se intenta cuando esto ocurre es aumentar la cantidad de fuerza de voluntad sobre lo que se quiere o se siente que se debe hacer:

“Ok, no estoy cumpliendo la meta que me puse, pero seguramente si busco un premio de-li-cio-so para después de haber terminado lo que tenía que hacer, podré hacerlo”.

A lo que decimos:

sloth-no
Y si mejor… NO

Toma dos

“Ok, la idea de placer no me motiva tanto, pero seguramente si me presiono y me asusto a mí mismo con la idea de un castigo doloroso, lo voy a lograr”.

Y vuelve a fallar.

¿La razón?

Los premios y los castigos nos siguen trayendo recuerdos de fuentes de autoridad.

Y, como es lógico, más autoridad no quita nuestra rebeldía frente a ella, solo la acentúa, pues además trae junto con ella una sensación de fracaso y de que no somos lo suficientemente fuertes o valientes.

Lo cual no es cierto.

Remedios

Una solución podría ser entender la raíz de nuestra incomodidad frente a ese tipo de influencias.

En general tiene que ver con nuestra historia y con el sentir que alguien o algo más está ejerciendo mucho control sobre nuestras vidas, por lo que buscamos rebelarnos (de mil y un maneras) para sentir que tenemos de vuelta al menos un poco de ese control.

Pero siempre va a haber aspectos de esta cuestión a los que no podamos acceder tan fácilmente.

Por lo tanto, una mejor y más viable solución es encontrar una manera de motivarnos a nosotros mismos que no asociemos con una fuente de autoridad.

Es decir, animarnos a hacer las cosas como si fuéramos nuestros iguales, no nuestros [jefes / maestros / padres / gobiernos]. Un amigo, un hermano, cualquier persona que nos aprecia mucho.

Pasar de un

“tengo que hacer X, es mi obligación porque vino de un [poder superior]”

a decir:

“estoy decidiendo hacer esto—aun si no lo hubiera elegido yo de entre otras actividades—porque, a fin de cuentas, me importan las consecuencias de (no) llevarlo a cabo”.

Ser muy amable y partir de una especie de simpatía hacia uno mismo.

Es muy difícil, y vale la pena.

Muy probablemente esto no solucione el 100% de la aversión que uno sienta por todas las figuras de autoridad (reales o percibidas), pero estoy convencida de que el simple hecho de dejar de estar en guerra con uno mismo, al menos en este aspecto, ya es una gran ganancia.

A mí en lo personal, dejar de obligarme a hacer las cosas, incluso aquellas que son proyectos propios, me ha dado mucho espacio para ser capaz de disfrutar un poco más todo lo que hago:

si logro entender que—por decir algo—al no leer aun cuando me lo propuse no estoy fallando con un Deber ni cediendo frente a ninguna autoridad, no siento que estoy defraudando a nadie, ni fallando como persona, sino simplemente comprendo que lo que sucedió fue que decidí hacer otra cosa en lugar de leer.

Hay más libertad.

Ahora todo tiene sentido

Mucha gente no soporta estar en clases de idiomas por esta misma razón. No le gusta que le digan qué hacer ni cuándo hacerlo. Y está bien, no todo es para todos.

En ocasiones este mismo fenómeno hace que uno abandone su aprendizaje autodidacta. A veces es más importante sentir que uno puede decidir qué hacer con su tiempo en determinado momento que mantener un ritmo o una disciplina impuesta por su Yo del pasado.

Otra vez: no digo que esté mal, solamente lo hago notar porque es algo real.

(Actualización 09/mar/15): Gretchen Rubin hizo una clasificación de cuatro tendencias de cada persona frente a la manera en que responde a las expectativas internas y externas, una de las cuales es “El Rebelde”. Vale la pena leerlo.

Tu turno

¿Tiendes a intentar motivarte a ti mismo con base en obligaciones, premios y castigos? ¿Crees que en algún momento tu interés por un idioma se vio afectado por tu relación con la autoridad?

Cuéntamelo todo en los comentarios.

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Foto de perrito rebelde de il_baro

Si no te gusta, déjalo ir

Cada vez me convenzo más de que la vida es demasiado corta como para seguir, por ejemplo, leyendo un libro que no me gusta.

Siento un gran alivio al recordar que tengo permiso de dejarlo a la mitad, y de no dejarme guiar por el sentido extraño de obligación que nos dice que debemos concluir TODO lo que empezamos.

Porque no es así.

Y mucho menos con los idiomas, y mucho menos si eres autodidacta y no tienes (tanta) prisa.

Poner atención

Si desarrollas la habilidad de observarte a ti misma(o) mientras estás haciendo las cosas, podrás darte cuenta, paulatinamente, de que tu actitud frente a cierto material (por ejemplo, un libro que decidiste estudiar todos los días) va cambiando con el tiempo:

  1. Al inicio te emociona mucho y te parece perfecto; ignoras sus defectos.
  2. Al otro día, algo sobre el material te frustra, pero, como estás muy motivada(o), lo pasas por alto.
  3. Luego comienzas a procrastinar un poco, pero tu fuerza de voluntad es más grande y puedes seguir.
  4. Después, aunque empiezas a procrastinar un mucho, te esfuerzas y hasta te desvelas por estudiar.
  5. Al día siguiente, cualquier pretexto es bueno, por lo que decides hacer otra cosa no relacionada con el idioma.
  6. Y, cuando menos te das cuenta, ya pasaste una semana sin estudiar. Se asoma la culpa.

Ese resultado no sería grave o malo si no fuera porque automáticamente nos echamos la culpa de nuestros “fracasos”.

No se nos ocurre que es totalmente normal ir cambiando nuestra perspectiva de un método a) conforme lo vamos conociendo más, b) a medida que va satisfaciendo nuestras necesidades —lingüísticas o psicológicas— de determinado momento, c) de acuerdo con nuestro estado de ánimo (o con el clima).

Nos gusta racionalizar el hecho de que ya no estamos estudiando con cosas como:

“Esto de la disciplina no es lo mío”

“No tengo fuerza de voluntad”

“En realidad no me importaba / gustaba lo suficiente”.

Pero no tiene por qué ser así.

Huevos y canastas

Si lees al menos un libro sobre el dinero o las finanzas personales, verás que por todos lados se repite, como un mantra, lo siguiente:

No tengas una sola fuente de ingreso.

No inviertas en un solo fondo.

No pongas todos tus huevos en una sola canasta.

Lo mismo aplica con los materiales que usas:

Si estudias con uno solo, y lo abandonas (ya sea porque te decepciona, te resulta demasiado pesado o hace que tus voces en la cabeza salgan a saludarte*), te quedas con las manos vacías.

*Voces que dicen cosas como
“No tiene caso seguir intentando,
es obvio que jamás podré dominar
todos los casos del alemán”
y otras cosas.

En cambio, si recibes información desde muchas fuentes, aprenderás mejor, tendrás muchas menos probabilidades de aburrirte del idioma y te rodearás de gran variedad de palabras y frases de diferentes niveles.

Asimismo, si sufres al escribir / hablar / leer / escuchar, déjalo por ahora; quizá en algún momento se vuelva más fácil.

Vuelvo a lo mismo: tenemos muchas reglas sobre nuestro supuesto deber de practicar las 4 habilidades del lenguaje TODO EL TIEMPO y hacerlo a la perfección, o de lo contrario explotará nuestra computadora (en el mejor de los casos).

Lo cierto es que no pasa absolutamente nada si durante los primeros seis meses de tu aprendizaje sólo te dedicas a leer (por decir algo).

Quizá algún día te nazcan ganas de escribir, o tal vez comiences a necesitar esa habilidad, y entonces comenzarás a practicar.

Está bien.

Recordar que tenemos la libertad de abandonar lo que ya no nos gusta o sirve trae consigo una gran sensación de alivio.

Es experimentar, una vez más, que tienes permiso de hacer lo que quieras, que este es tu aprendizaje de idioma, y que nadie te debe decir cómo hacerlo, o qué hacer.

No sé tú, pero a mí eso me parece genial.

A modo de resumen:

Aprende con unas cinco fuentes.

Es decir, por ejemplo: un libro, muchas canciones, un podcast, Duolingo, un amigo en Skype.

Verás que si estableces, por ejemplo, que todas las noches después de cenar sea La hora del ruso, y, para decidir con qué estudiar, te guías por aquello que te dan ganas de hacer, tendrás un aprendizaje muy variado.

¿Con qué tengo ganas de aprender hoy?

Responder esa pregunta hará que se vuelva evidente con qué materiales no te gusta trabajar (es decir, cuáles debes dejar descansar, o abandonar).

Si puedes obtener lo que obtienes de ellos (o algo mejor) con otra cosa, es momento de cambiar de estrategia.

Por lo tanto, haz pruebas para ver qué pasa si abandonas lo que menos te gusta, y date permiso de sentir una riqueza de opciones (actividades, materiales y herramientas).

Lo contrario de la escasez se siente bien.

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Nota: Recuerda que este domingo (27/jul) es el último día para enviar tu solicitud para la Segunda Temporada de la Liga. Todavía quedan lugares. ¡No te puedes quedar fuera!

Tus fracasos con las lenguas no son tu culpa. He aquí por qué.

Tal parece que no somos inmunes a sentir que alguno de nuestros intentos por aprender otra lengua ha sido un fracaso.

Cuando esto sucede, automáticamente nos vemos obligados a justificarlo, lo que no sería tan grave si no fuera porque casi siempre nos echamos la culpa de cosas de las que somos totalmente inocentes.

Decimos cosas como:

“Es que soy muy flojo”

“No tengo talento”

“No fui lo suficientemente valiente”

“En realidad no me interesaba tanto”.

“He de tener algún problema o algo malo porque mis compañeros sí pueden y yo no”.

Como no te conozco, no sé qué tan cierto sea esto para ti, pero lo que sí sé es que muchas veces decimos eso porque no tenemos un concepto fundamental en mente:

A veces las cosas están mal diseñadas

Si un aparato es demasiado difícil de usar o tiene un montón de características que nadie aprovecha; si tienes que tener un entrenamiento avanzado para poderlo usar y casi nadie entiende para qué sirven esos botones, entonces no es tu culpa que cuando te enfrentes a él te frustres, te enojes o te distraigas con lo que sea en el momento en el que te dispones a aprenderlo a usar.

Es culpa del aparato. Bueno, de las personas que lo diseñaron.

Lo mismo pasa con muchas cosas:

En ocasiones, le pedimos algo a una persona y no lo hace o hace algo totalmente distinto, y cuando le reclamamos nos dice “Wow, no había entendido que eso era lo que querías”. Quizá lo que dijimos estaba mal diseñado y no fue lo suficientemente claro.

Por su parte, intentar navegar en una página de Internet mal diseñada es lo más frustrante que hay (las dependencias de gobierno de mi país son expertas en páginas mal distribuidas y mal concebidas).

Todo esto está mal diseñado por varias razones.

La primera: es extremadamente difícil recordar cómo veíamos algo cuando no teníamos cierto conocimiento, es decir, se nos olvida qué se siente no saber algo que ya sabemos.

La segunda: ignoramos el concepto de “mal diseño” y “buen diseño” y damos por hecho que  si [el visitante de una página / el usuario de un aparato / el receptor de nuestro mensaje] está realmente interesado en recibir un beneficio del [artefacto] va a luchar por aprender a usarlo y entenderlo.

La tercera: algunos [artefactos] no corren pruebas de usuarios, esto es, no le piden a la gente que los use para ver por qué se traban, o dónde se frustran. Y, por lo tanto, no estamos en busca de qué se puede mejorar, por lo que no lo mejoramos.

Seguramente a estas alturas del texto ya te diste cuenta de a qué voy con todo esto:

No eres tú, es tu método mal diseñado

Hay varios escenarios:

1. El método está mal diseñado en general. El libro con el que estás aprendiendo otro idioma es del año del caldo, antes de que hubiera métodos “avalados” por la investigación lingüística en adquisición de segundas lenguas.

2. El método está mal diseñado para ti. Puede ser que tú seas una persona muy visual, y que tu curso tenga mucho énfasis en hablar y escuchar, sin escribir ni leer, por ejemplo.

3. Era un momento inadecuado. Quizá la etapa de tu vida en la que estabas intentando aprender otra lengua estaba “mal diseñado” para apoyar tu empresa. Tal vez estabas pasando mucho estrés por alguna(s) persona(s) indeseable(s), o era cuando tenías tres trabajos.

4. No tenías suficiente claridad. Puede ser que tu motivación haya estado mal diseñada en el sentido de que no tenías ni idea de en qué te estabas metiendo. Quizá pensaste que aprender idiomas era lo más fácil del mundo (no lo es), o tal vez no tenías claro por qué o para qué querías hacerlo.

Qué hacer al respecto

Si te reconociste en las líneas anteriores, puedes darle varios remedios.

1. En el caso de que hayas identificado que el método con el que estás aprendiendo esté mal diseñado en general, puedes cambiarlo. Si son clases, busca otro maestro u otra academia, y si es un libro, busca en Internet otras herramientas de aprendizaje.

2. Pon atención en lo que haces y en la manera en la que aprendes para saber qué es lo que tu cerebro prefiere:

¿Aprendes mejor leyendo o escuchando? ¿Te gusta más ponerte un reto muy difícil e irlo desentrañando, o prefieres ir paso a pasito? Todo eso hará que poco a poco vayas recolectando un conjunto de materiales que se adaptan a la manera exacta en la que aprendes mejor.

Por ejemplo: a mí me aburre ver videos en los que sólo aparecen personas hablando, pero he descubierto que si le pongo subtítulos (aunque sean en el mismo idioma) y/o tomo notas, no sólo me entretengo más, sino que se me graba mejor el contenido.

3. En el caso de que hayas descubierto que este momento es inadecuado para aprender otro idioma, piensa en soluciones:

¿De qué te puedes deshacer para que deje de ser un momento inadecuado? (¿tienes suficientes ahorros como para renunciar a uno de tus tres trabajos? ¿Puedes terminar alguna de tus relaciones desgastantes?).

O bien, si eso no es posible y lo mejor es dejar tu aprendizaje para otro momento, mete todo lo que estabas usando en una caja y escribe en qué te quedaste, junto con instrucciones precisas para retomarlo en cualquier momento. (Como una cápsula del tiempo 😮 ).

4. Y si tus motivaciones no son lo suficientemente claras, puedes hacer que sean claras ahora mismo:

¿Por qué quieres aprender otro idioma? Responder esta pregunta (con muchas respuestas) y tenerlo claro a lo largo del viaje es mucho más importante de lo que se cree a simple vista.

Asimismo, ir aprendiendo sobre la marcha (y gracias a este blog, yes?) cómo funciona el proceso de adquisición de una lengua, y todo lo que implica, hace que nos tome menos por sorpresa todo aquello que podría salir mal:

¿Que va a ser frustrante? Claro. Pero no lo será siempre.

¿Que vas a sentir que no avanzas durante mucho tiempo? Cierto. Pero de un día para otro ¡BAM! tu progreso va a dar un salto y todo el esfuerzo habrá valido la pena.

5. Sobre todo, deja de culparte a ti mismo:

El 98.976% de las veces no eres tú, es algo mal diseñado.

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¡No sé de quién es la imagen! Pero está basada en la portada del libro The Design of Everyday Things de Donald Norman, de donde saqué la idea para esta entrada. 

Qué hacer cuando quisieras dejar los idiomas

Quizá eres de las pocas personas a las que nunca les ha ocurrido, pero a la mayoría de los estudiantes de idiomas nos llega un momento (o varios) en el que sentimos que la pasión con las que antes estudiábamos horas y horas enteras se ha ido.

Para muchas personas, esta sensación es como una señal del apocalipsis, pero no tiene que ser así. A continuación te mostraré algunas actividades que puedes intentar para recuperar tu deseo por aprender lenguas o, en su defecto, llegar a buenos términos con la realidad.

La siguiente lista es más útil para los momentos en los que no tienes ni idea de por qué ya no quieres seguir adelante.

All life withers away.

1. Rodéate de personas que hablen o escriban sobre la adquisición idiomas.

Si tienes amigos o conocidos que hablen varias lenguas, saca el tema con ellos. Pregúntales por qué les gusta aprender idiomas, o cualquier otra cosa que los haga hablar emocionados del tema. Escucha con atención.

Visita blogs de políglotas famosos y ve sus videos en YouTube en los que hablan muchas lenguas.

Escribe lo que le dirías a una persona (imaginaria o real) para convencerla de que estudie idiomas. Intenta convencerla como si fueras un vendedor.

2. Recuerda tu intención

Cada vez que iniciamos algo, tenemos más o menos claro aquello que queremos obtener de nuestra iniciativa. Es muy útil en estos momentos de indiferencia recordar por qué queríamos aprender X lengua en particular, o hablar muchos idiomas en general.

En el caso de que no recuerdes tu intención, ya porque fue muy vaga, ya porque tu intención era “hablar japonés por hablar japonés”, dale la bienvenida a la oportunidad que se te presenta para plantearte una intención.

Las intenciones más efectivas son aquellas que representan aquello que más deseas en la vida. Si al pensar en eso tu mente se pone en blanco, puedes hacerte esta pregunta:

¿Por qué es importante para mí aprender esta lengua / hablar muchos idiomas / etc?

Escribe una lista de al menos 10 razones, y haz lo posible por no censurarte. Si una razón es “porque los [habitantes del país] son muy guapos”, y otra dice “porque quiero sentir que soy mejor que los demás”, déjalas ser. Nadie va a ver esa lista.

3. Sal a obtener perspectiva

En ocasiones sucede que nos metemos tanto en nuestras vidas que se nos olvida que hay miles de millones de formas de ser humano en este planeta. El antídoto para esto es obtener perspectiva.

Para lograrlo, puedes hacer un viaje tan grande o pequeño como sea (visitar otro código postal sí cuenta), o salir con amigos que no hayas visto en mucho tiempo para platicar de cualquier cosa no relacionada con las lenguas.

Otras opciones son ver películas extranjeras (evita Hollywood por ahora), o hacer algo totalmente distinto a lo que te gusta hacer (como ir a un partido de futbol si te gustan los museos).

Entre más curioso te muestres frente a las historias y vidas de otras personas, más cambiará tu perspectiva y podrás ver con otros ojos tu relación actual con las lenguas.

4. Conoce tus miedos

A veces dejamos de querer hacer algo porque nos da miedo lo que pueda suceder si seguimos adelante. Esto es totalmente normal y humano, y querer salir huyendo no habla mal de ti.

Si después de plantear o recordar tu intención (v. arriba) te diste cuenta de que aprender X idioma es muy importante para ti pero ya no quieres seguir intentándolo, lo que se interpuso es casi siempre un miedo (que puede ser muy pequeño o realmente grande).

Para superar esta situación, no necesitas enfrentar tu miedo y ser valiente para vencerlo y todas esas cosas aterradoras. La mayoría de las veces, sacarlos de tu cabeza y saludarlos es suficiente para que te dejen de atormentar.

Escribe otra lista (son efectivas, ¿qué puedo yo hacer?) con al menos 20 cosas que temas que pasen si sigues aprendiendo X lengua.

¿De qué tengo miedo? / Si tuviera miedo de algo con respecto a esto, ¿qué sería?

No le tengas miedo a tus temores: la mayoría resultan lo suficientemente absurdos como para darte risa una vez que los pones en papel.

5. Descansa

Tal vez lo que tu indiferencia te está diciendo es que has estudiado demasiado en las últimas semanas y que necesitas descansar. ¿Por qué no lo dejas de lado unas dos semanas, y regresas cuando te vuelvan a dar ganas?

Mientras tanto, ponte a cocinar o a hacer manualidades, o cualquier cosa que no tenga nada que ver con memorizar palabras y construir oraciones.

Si no te puedes dar este lujo porque tienes una fecha límite para un examen de inglés o algo por el estilo, hazte la promesa de que cuando pase ese evento vas a poder descansar.

Sé que puede dar un poco de miedo pensar que si lo dejas, quizá ya nunca regreses, pero como verás en el siguiente inciso, quizá no sea tan malo…

6. Considera otras posibilidades

Si siempre has tenido muchos intereses y te resulta familiar el hecho de empezar proyectos que de repente te dejan de parecer emocionantes, quizá pertenezcas al grupo de personas que Barbara Sher llama Scanners.

-¿Encuentras interesantes muchas cosas diferentes?
-Cuando realmente entiendes cómo funciona algo, dónde encaja, y/o cómo hacerlo, ¿pierdes el interés?
-¿Odias que se espere una sola respuesta a la pregunta, “¿Qué quieres hacer cuando seas grande?”
-¿Te es casi imposible describir lo que vas a estar haciendo en 5 años?
-¿Te cuesta mucho trabajo elegir a qué actividad dedicarte?
-Después de un año o dos de trabajar en un lugar o hacer algo, ¿sientes que necesitas cambiar a algo diferente?

Si contestaste “sí” a por lo menos 4 de estas preguntas, probablemente seas Scanner.

Un scanner se obsesiona con algo durante un rato y cuando obtiene lo que estaba buscando, su interés fluye a otra cosa que le resulta fascinante, sin importar que otros consideren que no ha terminado el primer proyecto, por ejemplo.

Considera, entonces, la posibilidad de que te hayan empezado a aburrir los idiomas porque ya encontraste aquello que necesitabas de ellos, y ahora es momento de seguir adelante con otra cosa que te llame poderosamente la atención. (Seas o no scanner)

Podría seguir escribiendo una apología de los scanners (sobre todo porque yo poseo esas características), pero sólo te diré que no tiene nada de malo tener hambre de conocer este fascinante mundo nuestro en todo su esplendor.

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El objetivo de esta entrada es que, si estás en una etapa de “ya no quiero estudiar X lengua”, intentes algunas de las ideas que te llamen la atención (no es necesario aplicar todas en orden, ni mucho menos) y que vayas tomando notas de qué funciona y qué no para ti en este momento.

Después de que lo hagas, cuéntanos en qué terminó: ¿recuperaste las ganas de estudiar? ¿Ya no te molesta que se te haya perdido la inspiración?

No olvides poner en los comentarios si te ha ocurrido algo así, y qué ha funcionado (o no) para ti en el pasado.

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Te recomiendo que leas también esta otra entrada.

Foto de sanpani

Prejuicios

¿Tienes un prejuicio contra los prejuicios? Yo ya no.

Pero durante mucho tiempo sí que lo tuve (creía que todos los prejuicios eran malos), porque es algo bastante frecuente una vez que te haces consciente de que existen y de que podrían tener aplicaciones desafortunadas.

Imposible escapar

Cuando decimos que alguien tiene un prejuicio en contra de algo, nos referimos a que tiene una opinión sobre ello a pesar de no conocer el tema a profundidad. Normalmente tiene una connotación negativa porque implica que esa opinión parte de la ignorancia.

Sin embargo, es imposible evitar los prejuicios porque para entender la realidad la clasificamos en categorías. Si nos faltara esta habilidad, tendríamos que recordar las características de cada objeto que conociéramos, y nuestra memoria tendría que guardar mucha más información de la que ya almacena.

Cuando nos enfrentamos a un objeto, una persona o un concepto por primera vez, hacemos lo siguiente:

1) Abstraemos su “esencia”, 2) la comparamos con las de otros objetos conocidos y 3) la “metemos” a la categoría a la que pertenezcan los objetos a los que más se parece, asignándole así las características de los demás miembros de la categoría, aunque en principio no las tengan.

Así, si nos presentan un fruto que jamás habíamos visto, automáticamente lo introducimos en la categoría de Fruta porque lo visible es que se puede comer y que tiene semillas.

Si le preguntas a cualquier persona qué es lo primero que piensa cuando le dices “fruta”, es casi seguro que te va a decir “manzana” porque es el miembro más prototípico de esa categoría; es decir, cumple con las características necesarias para que un objeto del mundo pueda ser considerado una fruta. Difícilmente te diría “patiti“. 

En este sentido, resulta imposible dejar de ver el mundo a través de categorías. Nos tenemos que hacer a la idea de que siempre vamos a tener prejuicios y que no todo prejuicio es malo.

The Three-Sided Truth

¿El lado oscuro?

Lo peligroso —y por lo que los prejuicios, en general, tienen mala fama— aparece cuando actuamos con respecto a ellos, pues nos llevan a simplificar demasiado las cosas y a no preguntarnos si hay algo más allá de lo que creemos saber a simple vista.

A mí me gusta mucho aprender acerca de infinidad de temas porque me hace darme cuenta de que difícilmente las causas de los efectos son tan sencillas. Por ejemplo, mucha gente cree que algunas personas hablan “mal” y que si tan sólo se pusieran a leer 20 minutos al día, sus “errores” se corregirían. Pero como verás en la siguiente entrada, no es tan fácil.

Si bien uno no se puede quitar todos los prejuicios y jamás lo hará, se pueden tomar cartas en el asunto.

Entrenamiento básico

Lo primero que hay que hacer es estar consciente de que uno siempre va a tener prejuicios, y que quizá toda opinión es un prejuicio, en cierto sentido.

Yo sé que cuando opino acerca de algo sobre lo que no he investigado, lo que saldrá de mi boca es un prejuicio. (E incluso después de que lo he investigado, estoy abierta a la posibilidad de haber estado en un error).

Después, hemos de recordarnos que muy probablemente nos falta información porque es extremadamente difícil saberlo todo de algo.

Y, sobre todo, tener presente que no es conveniente actuar con base en nuestro primer impulso.

Por ejemplo, nunca decirle a una persona que no hace ejercicio que sólo se pare y salga a correr (no es tan fácil), o a una persona triste que piense en cosas bonitas para sentirse mejor (probablemente eso la haga llorar más).

Es un poco más complicado que eso.

Pero lo que a nosotros nos importa más son los prejuicios frente a las diferentes culturas, y como verás en la siguiente entrada, hacia otras personas de tu misma cultura.

En todos lados

En el momento en el que ves a una persona te formas una idea de cómo es, basado en la forma en la que viste, en su estatura, su complexión, su color de piel y de cabello y de ojos y todo eso. Es inevitable.

Se pueden tener prejuicios que “contagien” lo positivo. Por ejemplo, tendemos a pensar que las personas que cumplen con ciertos estándares de belleza —esto es, que caen dentro de las categorías socioculturales de lo que resulta estético— son más inteligentes y mejores seres humanos que quienes no consideramos atractivos, aunque en realidad no hay una relación entre ambas características.

También puedes ir por la vida creyendo que una lengua es fácil o bonita hasta que la estudias y te das cuenta de que su forma de conjugar los verbos es la cosa más espeluznante que has intentado aprender. Been there, done that, got the t-shirt.

Hay muchos prejuicios que nos regalaron desde la cuna. Nuestra cultura nos otorga muchas ideas sobre cómo son las personas de otros países u otros colores de piel, y acerca de la manera en la que hablan los demás, sean de donde sean. ¿Alguna vez has oído que el alemán suena como una serie de ladridos? Bueno, pues eso. 

Muchas veces no nos podemos deshacer tan fácilmente de los prejuicios con pensar “Ah, tengo un prejuicio” porque vienen cargados emocionalmente. Cuando nos enseñan que x cosa es buena o mala, aceptable o desagradable, le asignamos una dosis de emoción positiva o negativa (aprobación o miedo, por ejemplo) y poco a poco esa emoción se convierte en lo único que recordamos sobre la cosa x.

Ese tipo de prejuicios son muy difíciles de atenuar porque rara vez nos queremos enfrentar a nuestras emociones. A veces la [idea + emoción] de que el inglés es {difícil / feo / imperialista / apestoso} es lo que nos aleja totalmente de lo que nos ayudaría a obtener una opinión más realista: acercarnos al idioma con ganas de conocerlo.

A mí me cuesta mucho trabajo hacer eso con algunas cosas. Por ejemplo, a veces no quiero ir a la biblioteca varias veces a la semana porque estoy segura” de que me voy a sentir demasiado cansada o que va a ser muy difícil o incómodo. Lo pienso porque situaciones anteriores que entran en la misma categoría me hicieron sentir así.

Pero me estoy volviendo buena para atraparme cuando pienso de esa manera, y puedo detenerme a mí misma y decir algo parecido a:

¿qué tal si dejo que esta experiencia, que es totalmente nueva (por aquello de que uno no se baña en el mismo río dos veces) me muestre cómo va a ser?

Es muy probable que sea distinto a la vez pasada porque las cosas siempre están cambiando (incluyendo mi cerebro). Por lo tanto, voy a tratarla como una experiencia totalmente nueva, en la medida de lo posible.

Esto ha cambiado por completo la manera en la que me enfrento a las cosas que no quiero hacer después de que experiencias pasadas me han causado sensaciones incómodas.

No siempre se puede aplicar, sobre todo cuando de otras personas u otros conceptos se trata, pero en general funciona.

En resumen:

  • Recuerda que los prejuicios son normales porque implican una memoria funcional.
  • Tener uno o varios prejuicios muy marcados en contra de algo no habla mal de ti porque nadie carece de prejuicios.
  • Mientras estés consciente de que estás viendo únicamente una parte de la situación o el objeto en cuestión, puedes estar más próximo a una visión más inclusiva y a aprender más sobre él, para quizá después admitir que es posible que estuvieras equivocado. (Eso es bueno).

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Acabas de leer la primera parte de una mini serie de (dos) entradas. En la próxima hablaré sobre la sociolingüística, la rama de la lingüística encargada de estudiar la relación entre el lenguaje y la sociedad, y todo aquello que tiene que ver con personas que hablan entre sí en comunidades.

No te lo pierdas.

(Actualización: ¡Da clic aquí para leer la nueva entrada!)

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Foto de Vittorio