Lingüística cartesiana (Reseña)

Noam Chomsky, Lingüística cartesiana, Gredos, 1969, 158 pp.

Lingüística CartesianaExiste un tipo de obra para la cual tienes que prepararte mentalmente y tener un estado de predisposición para lograr una mejor explotación de los contenidos impresos sobre las páginas.

Este, sin duda, ha sido el caso para mí; principalmente porque se trata de un libro que analiza sus temas de manera amplia, con constantes citas y comentarios que ahondan en el tratamiento de la Lingüística Cartesiana y sus diferentes vértices.

Dentro del libro encontrarás ensayos que pretenden desarrollar y presentar teorías del lenguaje, que, según Chomsky, hasta ese momento habían sido carentes e inconexas.

Así es, pues, que Chomsky busca conectar las diferentes ideas de sus predecesores sobre una misma masa de influencia Cartesiana, pues Descartes no trató este tema como línea de trabajo principal.

Presenta, por ejemplo, ideas sobre las diferencias fundamentales entre los humanos y los animales, que marcan la definición de nuestra capacidad de comunicarnos de manera compleja a través del lenguaje y la incapacidad de los animales, aún bajo entrenamiento, de lograr esta acción aparentemente innata dentro de la raza humana.

Lo anterior se conecta, en esta obra, a diferentes teorías que van desde la capacidad mental que presupone el lenguaje y su naturaleza, hasta las mejores aproximaciones al estudio del lenguaje en el contexto histórico e intelectual apropiado.

El autor afirma:

“El hombre tiene una capacidad específica, un tipo único de organización intelectual que no puede atribuirse a órganos exteriores ni relacionarse con la inteligencia general y que se manifiesta en lo que podemos denominar «aspecto creador» del uso del lenguaje corriente, y cuya propiedad consiste en ser ilimitado en cuanto a su alcance y en no precisar de estímulo” (p. 20)

La propuesta de este libro está muy bien lograda y es una lectura de gran aporte por los diferentes niveles en los que se acerca a las teorías del lenguaje; lo hace de una manera ligeramente desorganizada pero atrapante, pues si en cualquier momento temes que el libro ya lo ha dicho todo y aún te falta mucho para acabarlo, tendrás la sorpresa de continuar y ver quue el objetivo sigue siendo aproximado de diversos ángulos más.

La mejor de las aportaciones de este libro es la apertura del tema a una gran cantidad de interrogantes que siguen nutriendo el interés de la lingüística en continuar desarrollando teorías y que invita al lector a usar sus propios conocimientos actualizados (ya que el libro fue originalmente escrito hace más de 40 años) en el noble empleo de la razón.

Creo firmemente que este libro puede ser de gran interés tanto para las personas que gusten de conocer la obra de Chomsky, así como para a quienes interesa una teoría lingüística que abarque lo superficial y lo profundo.

La densidad con la que están llenas las páginas de esta obra particular es cautivante, así que si tienes tiempo de darle una lectura con la mente preparada, yo te invito a que lo hagas.

Genaro Martínez

Sobre la traducción (Reseña)

Paul Ricoeur, Sobre la traducción, Paidós, 2005, 75 pp.

ricoeurCuando visitamos una biblioteca nos es imposible recorrer la estantería en búsqueda de libros sin toparnos con una gran cantidad de ejemplares de literatura universal, redactados en diferentes idiomas y mágicamente conversos del lenguaje original a cuantos otros podamos contar.

Pero… ¿es esta conversión magia?

La respuesta es no.

Dentro de las páginas de este libro podremos adentrarnos en el entorno de la traducción; profesión muy necesaria para la diversidad de obras literarias que pueden estar en estantes de otros países y regiones con una nueva interpretación lingüística.

El libro de Ricoeur aborda, además, los muy distintos y específicos problemas que enfrentan los traductores, desde el inmediato asumir que la traducción es inferior por el simple hecho de serlo hasta los conflictos éticos sobre los cambios a realizar cuando resulta imposible traducir “a la perfección” una obra, arriesgándose a cambiar el significado del original.

Nos son relatados diversos paradigmas de la traducción, desde las diferentes teorías sobre el tipo de textos a tratar (textos religiosos, textos románticos o filosóficos) hasta los discursos sobre la dicotomía presente entre la fidelidad y la traición al texto original con respecto a la carencia de un criterio absoluto para juzgar a las traducciones.

Para dejarlo más claro, el libro aborda el gran reto que presentan las diferencias estructurales entre idiomas, así como los conceptos abstractos que imponen al traductor un dilema situado entre las opciones de buscar palabras equivalentes o sacrificar la equivalencia para buscar impregnar el significado percibido en la obra en cuestión, pues las diferencias culturales pueden marcar una diferencia aun en la supuesta equivalencia.

Uno de los discursos del libro específica esta dificultad así:

«No sólo los campos semánticos no se superponen; tampoco las sintaxis son equivalentes. Los signos idiomáticos  no transmiten los mismos legados culturales; y qué decir de las connotaciones a medias mudas, que pesan sobre las denotaciones mejor delimitadas del vocabulario de origen y que flotan de alguna manera entre los signos , las oraciones, las secuencias cortas o largas. A ese complejo de heterogeneidad, el texto extranjero le debe sus resistencia a la traducción, y en este sentido, su intraducibilidad esporádica.» (p.22)

Este es un libro sobre traducción que se desenvuelve en los temas sin preámbulos y resulta en una lectura fluida e interesante que incluye las perspectivas de diversos estudiosos de la materia que generan un debate en el complicado e inconcluso ámbito de la conversión de textos extranjeros.

La lectura de este ejemplar me proveyó de una perspectiva personal, como entusiasta de los idiomas, bastante única, pues la forma en que el tema fue tratado en tres discursos principales me pareció excelente para explorar los temas y motivarse a tomar distintas obras traducidas y notar sutiles diferencias con respecto a los originales; y quizá, también, motiva a traducir.

Si alguna vez en tu vida has leído una obra traducida y te interesa el desarrollo literario, te recomiendo leer este libro y no perder la oportunidad de conocer los criterios y teorías sobre el noble arte de transformar el idioma de maneras efectivas y diversas.

Definitivamente, este libro es una opción agradable para leer y pensar.

Genaro Martínez

Los prejuicios lingüísticos (Reseña)

Nota de Georgina: ¿Recuerdas que hace poco puse un anuncio para buscar reseñas de libros interesantes? El suspenso ha valido la pena, pues me complace presentarte con mucho orgullo la primera reseña de Genaro, el reseñista estrella de Necesitas otra lengua. Léela con atención, es genial. 

Jesús Tusón Valls, Los Prejuicios Lingüísticos, Octaedro, 1996, 125 pp.

 Prejuicios LingŸ’sticos CUB.indd¿Tenemos tolerancia lingüística?

¿Contamos con las sensibilidades necesarias para promover la variedad cultural que nos ofrecen las lenguas?

¿Estamos bien informados sobre la cantidad de lenguas que nos rodean en nuestro país, en nuestro mundo?

Las preguntas anteriores se dispararon en mí durante la lectura de este libro.

¿Cómo se siente hablar un idioma “minoritario”, “no-oficial” o “étnico” en nuestro entorno que poco lo propicia?

Propongo al lector imaginarse un mundo que se sienta como visitar un país lejano, sin que nadie alrededor hable español, con un escaso número de obras literarias en tu idioma y sin un respaldo para los trámites esenciales de un ciudadano; aunado a la discriminación educativa y la constante condescendencia con la que tu habla es tratada; con el fin de comenzar a entender que hablar un idioma diferente a los mayoritarios y  cargar con una cruz lingüística es un problema real de nuestro mundo que dentro de las páginas de este libro recibe una merecida mirada.

La estulticia lingüística se puede presentar en todos nosotros. Emitir discursos prejudicativos en contra o a favor de una lengua está lejos de lo inusual; más aún, se ha presentado incesantemente durante siglos. Esta obra nos ofrece una analítica mirada a muchos de los prejuicios que afectan al creciente número de lenguas muertas.

Jesús Tusón nos traduce sus palabras de refutación (originalmente en catalán) sobre las sentencias negativas que tan comúnmente se escuchan y se leen en todo tipo de discursos lingüísticos; cómo estos se niegan a abrir las puertas de la diversidad y usan el sinrazón para descartar a otros hablantes con calificativos ignorantes y todo tipo de ataques con variadas e inválidas excusas.

Razona, por ejemplo, en contra del romanticismo que exalta a la lengua propia por encima de las demás, ya sea debido a un monolingüismo defensivo o por alegoría entre una comunidad de diversidad meramente plurilingüe.

Expone con claridad la falsedad detrás de declarar a un idioma como “mejor para el razonamiento científico” o sus muchas afirmaciones símiles, así como falacias sobre el número de hablantes a modo de argumentación.

Consecuentemente, también existen persecuciones dentro de lenguas que se consideran la misma, apelando en contra de un modo o inclusive a favor de la lengua escrita por sobre la hablada; más aún, dentro del mismo aprendizaje de lenguas, clasificando injustamente a algunas dentro de un panorama de difíciles y fáciles, complejas y simplistas o gramaticales y no-gramaticales.

En palabras de Jesús Tusón:

“Hay que ver con claridad: si alguien necesita otra lengua, la aprenderá con agrado y sin complejos; pero lo que no puede pretenderse (porque no parece ético) es valorar a las lenguas de mayor a menor en función de número de hablantes. Una lengua es el patrimonio de un pueblo, es parte de sus señas de identidad; y, en cuestión de identidad, las estadísticas no tienen nada que ver ni nada que decir.” (p. 67)

También añade otros argumentos críticos como:

“Quienes valoran la lengua sobre la base de la literatura parece que ignoran (y es grave) que la inmensa mayoría de las lenguas humanas han sido habladas y no escritas durante los tramos más extensos de su recorrido” (p. 83)

Adicionalmente, contiene citas de diversos autores en este tema, variando el espectro de la defensa, pues esto ayuda a no centrarse sólo en prejuicios sociales tomando a los expertos en el tema como apoyo, citando a algunos en sus tropiezos y completando el discurso de otros en las muchas defensas del plurilingüismo tolerante y progresivo.

Al finalizar la lectura, todas las preconcepciones que he tenido volvieron a mí para revisarlas con nuevos ojos, pues el gran aporte de este libro es su presentación accesible y lógica que no se permite caer en generalizaciones y errores comunes, como defensas agresivas e inútiles que no dan más que un golpe de vuelta al no presentar argumentos sólidos.

Es por lo anterior que este libro es especialmente recomendable, pues comienza con una perspectiva individual sobre los idiomas en España, pero rápidamente nos levanta sobre un panorama mundial apoyado en un discurso lógico y amable, comprensivo hacia las preguntas mentales del lector y bastante inmersivo.

Si te interesa adentrarte en la lingüística como un agente racional y tolerante, este libro te dará una buena pauta para reconsiderar muchas cosas, aun más allá de lo que está impreso en sus páginas.

Genaro Martínez

Sociolingüística o: Dime cómo hablas y te diré quién eres

Es común tener la impresión, cuando nos acercamos a otra lengua, de que el idioma que estamos aprendiendo es homogéneo.

Pensamos, por ejemplo, que todos los japoneses hablan exactamente igual, y que si tan sólo aprendemos ciertas reglas gramaticales vamos a poder comunicarnos a la perfección con todos.

Sin embargo, seguramente has escuchado la historia de alguien que llegó a otro país después de haber estudiado su lengua durante varios años, sólo para darse cuenta de que no comprendía n-a-d-a de lo que la gente estaba diciendo en las calles.

Pocas cosas son más desesperantes.

En esta entrada te explicaré por qué sucede eso y cuáles son las fuerzas que esculpen tal fenómeno, pues ese es el objeto de estudio de la sociolingüística, la disciplina encargada de estudiar lo que sucede con la lengua en la sociedad y con la sociedad en la lengua.

Successful integration / Gelungene Integration

La lengua no es homogénea

Ya había hablado de cómo las lenguas no son una sola cosa cuando escribí acerca de los dialectos. Sin embargo, incluso dentro de una misma región geográfica la gente habla distinto. Tiene que ver con muchos factores, como la edad, el género, la ocupación, la clase social y la educación que se haya recibido.

Así, no hablan igual las mujeres de clase alta que los adolescentes que no saben leer, ni se expresan igual los abogados que los doctores en matemáticas aunque todos hablen español (la misma lengua). A este tipo de diferencias se les llama “dialectos sociales” o “sociolectos”. 

Como dice Suzanne Romaine, “los dialectos regionales revelan de dónde procedemos y los dialectos sociales qué estatus tenemos”.

Además, por si fuera poco, las actitudes frente a estas diferentes formas de hablar tampoco son homogéneas. Algunas personas muestran aceptación por determinadas maneras de expresarse (incluyendo la propia, evidentemente) mientras que otras juran que como habla X grupo es lo más feo que han oído y que eso no puede ser considerado “hablar español”.

Así, la lengua va cambiando a medida que se tiene una opinión —a nivel social— sobre cuán prestigiosas nos resultan algunas palabras o frases.

Por ejemplo, el latín se convirtió en español (y en el resto de las lenguas romance) porque las personas que lo hablaban iban decidiendo que alguna palabra o determinado fonema se oía “elegante” o “corriente” y, por lo tanto, lo usaban más o dejaban de usarlo. Si cuidamos nuestra forma de hablar es porque nos gusta pensar que sonamos como personas con estatus.

Estigma social

Lo contrario del prestigio es el estigma. Cuando a una manera de hablar se le asocian actitudes negativas, comienza a estar estigmatizado y, por lo tanto, se vuelve una especie de tabú hablar “mal” o “incorrectamente”.

En realidad, el problema con pensar así radica en que la lengua en sí misma es inocente, pues no tiene la culpa de los prejuicios y opiniones asignados contra las personas de cierto(s) grupo(s) social(es). El lenguaje sólo existe para que podamos comunicarnos, y las actitudes frente a otros usuarios del mismo son sólo una construcción social (relacionada con nuestras ideas sobre el poder y el estatus), no una realidad lingüística, y mucho menos algo inherente a las palabras o sonidos o frases mismas.

Tomemos por ejemplo las groserías. El uso de insultos y otro tipo de palabras altisonantes está regido únicamente por las normas que nos enseñaron nuestros padres sobre cómo funciona la sociedad. Esas palabras no significan nada agresivo por sí mismas, sino por el uso que se les ha dado.

Todos los hablantes tenemos en la cabeza un montón de reglas sobre cómo mediar nuestras expresiones frente a distintas personas: sabemos que si nos referimos con groserías al director de la empresa nos podemos meter en problemas, pero que no pasa absolutamente nada si las decimos con nuestros amigos. De igual modo, tenemos claro que si hay niños cerca debemos evitar la altisonancia. Como si no hubieran oído cosas peores…

¿Por qué molestarse?

Es importante tener esto en mente, sea como hablantes de nuestra propia lengua o sea como aprendices de una segunda.

Como hablantes de nuestra lengua materna, hemos de tener precaución para no usar palabras o construcciones que puedan estar estigmatizadas, pues como la gente no sabe de lingüística y no entiende este tipo de conceptos, automáticamente nos pueden asignar características negativas (ignorante, pobre, tonto, etc) sólo por nuestra forma de hablar. Para solucionarlo, hay que poner mucha atención en cómo hablan las personas con más estatus.

Asimismo, hemos de tener cuidado antes de juzgar a una persona por la manera en la que habla. Podemos pensar para nuestros adentros que un sociolecto distinto al nuestro suena horrible, pero tenemos que recordar que sigue siendo “hablar nuestra lengua”, y que a fin de cuentas lo estamos comprendiendo (a menos que sea una jerga diseñada con la finalidad de hablar en un código secreto).

En cuanto a nuestro papel como aprendices, lo que debemos tener en cuenta es que si viajamos al país en el que se habla la lengua que aprendemos, muy probablemente nos vamos a encontrar con que la gente habla muy distinto a como nos enseñaron en las aulas.

Esto sucede porque en las clases y en los métodos de enseñanza nos muestran la lengua estándar, es decir, una construcción casi artificial que puedan comprender todos los hablantes de un mismo idioma. Nadie habla con la lengua estándar en la vida cotidiana a menos que haga un esfuerzo. Mucho menos si se trata de lenguas habladas por muchas personas, pues entre más se extienda, más propensa a la variación se vuelve.

La única forma de aprender a usar todos los matices sociales (de los registros formal e informal, o de algunas palabras estigmatizadas o prestigiosas) es insertarnos en la sociedad en la que queramos encajar e imitar todo lo que se pueda. Supongo que también se puede leer al respecto, pero nada sustituye la experiencia de primera mano y una mente llena de curiosidad.

E, independientemente del idioma, el dialecto o el sociolecto que hablemos, es nuestra obligación moral recordar que cualquier manera de usar lengua es correcta mientras podamos comunicarnos.

Aunque suene feo según nosotros.

Aunque la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española digan que no es recomendable.

Aunque difiera de lo que nos enseñaron en la escuela o lo estipulado en las gramáticas y diccionarios.

Nos puede parecer todo lo desagradable que queramos, e incluso nos podemos burlar de cómo hablan otros, pero en el fondo hemos de tener presente que la lengua es neutra y nuestras opiniones sobre ella son sólo eso: ideas. Son dos cosas distintas.

Nota final

Después de superar el enojo que implicó saber que toda la gente que yo creía que hablaba “mal” en realidad sólo habla como le enseñaron (igual que todos), me sentí feliz de apreciar que la diversidad de culturas no es algo exclusivo de nuestro contacto con países exóticos, sino que se encuentra presente en todos lados.

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Foto de Daniela Hartmann

Me dan ternura las faltas de ortografía

Me acuerdo muchísimo de una vez, hace como 10 años, que llegué con mis papás y les pregunté que por qué se decía “no hay nadie” en vez de sólo “hay nadie”.

¿No se supone que la doble negación acaba siendo una afirmación?

Mis papás, con la mejor intención del mundo pero con poco o ningún conocimiento de lingüística, me dijeron que sí, que estaba mal dicho, pero que no había nada que hacer. Por alguna razón, en ese momento yo tomé la decisión de que le iba a enseñar al mundo a hablar bien.

Mientras crecía, dejé de luchar contra las dobles negaciones*, pero me peleaba con todos y cada uno de los letreros que encontraba en la calle. ¿Cómo es posible que ahí esté escrito “Grasias” o “proibido”? ¿Por qué no le enseñan a escribir a la gente? ¿¡Qué futuro nos espera!?

*Que, por cierto, no tienen nada de incorrecto
y existen en varias lenguas del mundo

Lo peor de todo eran los subtítulos en las películas, o incluso, las faltas de ortografía en libros publicados. De verdad me enojaba y me quejaba frente a quien fuera (no es como que a ellos les gustara…)

Pero un buen día, casi como por arte de magia, me dejé de enojar.

Es decir, no tuve que convencerme de que dejaría de sentir coraje, sino que simplemente sucedió.

Y ahora quiero contarte cómo pasó para que tú también te dejes de enojar, si te pasa, porque la verdad es que me lo he pasado de lo mejor. Hasta disfruto las faltas de ortografía y me causan cierta ternura los errores ajenos.

Cómo dejar de enojarse sin perder la corrección en el intento

Yo siempre he tenido muy buena ortografía. De hecho, no te miento si te digo que fue la principal razón por la que sabía que tenía que estudiar letras.

Por lo tanto, hacer corajes frente a los errores me permitía sentir que yo sabía más que las demás personas, que mi talento era aprovechado en el mundo y que podía aportarle algo a la gente al saber escribir bien.

Además, era parte de mi identidad, y todos sacamos las garras cuando se atenta contra aquello con lo que nos identificamos.

= // =

Comprender estas seis cosas sobre la lengua fue lo que me dio la paz mental de la que ahora gozo:

1. La noción de “correcto” es independiente de la lengua misma. La idea de que un texto tiene corrección es algo que una institución o academia con prestigio estableció. No tiene casi nada que ver con cómo funciona la lengua por dentro.

Hablar con corrección, decir ciertas palabras y evitar otras, o incluso hablar con un acento específico nos ayuda a estar dentro de un círculo social al que pertenecemos o aspirarmos a pertenecer.

Por lo tanto, lo que está “bien” o “mal” dicho o escrito es una cuestión puramente social, de prestigio y estatus.

2. No puede ser incorrecto si sirvió para comunicarse. Cuando lees “Pulceras $15” en vez de “Pulseras”, igual entendiste que se vendían brazaletes, aunque esté mal escrito. Las lenguas sólo sirven para comunicarse, y en ese sentido, sólo son. Si hubo éxito comunicativo, estuvo bien dicho. Aunque en el diccionario nunca vayas a encontrar “pulcera”.

3. Todo evoluciona y las lenguas no son la excepción. Todo se está transformando todo el tiempo. La gente escucha “almuada” en vez de “almohada” porque la personalidad del español hace que dos vocales fuertes (la “o” y la “a”) se vuelvan un diptongo, como “ua”.

Nuestro cerebro analiza la lengua todo el tiempo para ver si nos seguimos entendiendo con las personas que nos importan, y la modificamos cuando creemos que deja de ser así. Es un hecho de la vida, y no va a cambiar, nos agrade o no.

4. Todos, absolutamente todos, hablamos mal. Esto es en varios aspectos:

a) Cuando escribimos muy rápido y no nos damos cuenta de que cometimos un error. O si decimos algo y otra persona nos corrige con razón.

b) Cuando estamos aprendiendo un segundo idioma y decimos muchas barbaridades. Tantas, que a veces se ríen de nosotros.

c) Cuando somos niños y pensamos que se dice “se ignifica” en vez de “significa”

d) porque el español no es sino un latín con muchísimas incorrecciones dichas por gente que no tenía acceso a la educación. Esas incorrecciones se hicieron tan presentes que se fueron aceptando como la norma y lo que está bien. Las lenguas romance son diferentes tipos de latín mal hablado.

No podemos ir por la vida diciendo que nuestra forma de hablar es la única buena o la mejor. En realidad, todos estamos sujetos a errores e incorrecciones porque somos humanos.

5. El mundo escrito nunca va a ser perfectamente correcto. Y menos ahora que cada quien escribe como puede en las redes sociales. Esto significa, entonces, que el coraje tiene el potencial de ser infinito, y la vida es demasiado corta como para estar enojado todo el tiempo.

Además, creo yo, hay cosas mucho más indignantes que merecen nuestro enojo, pues es una emoción que nos motiva a reclamar nuestros derechos y a actuar contra las injusticias, de las que, ciertamente, hay muchas en el mundo.

6. La lengua no educada nos muestra cómo funciona la mente. ¿Me creerías si te dijera que la educación ha hecho que la lengua española evolucione más lentamente?

Cuando un hablante dice “haya” y se muerde la lengua para no decir lo que su instinto le dice (“haiga”, que tendría más sentido porque se parece más a “caiga”), lo que está haciendo es moldear, de una forma artificial, la manera en la que su mente le dice que hable.

La cosa es que la mente continúa siguiendo un conjunto de reglas cuando no está encerrada en las normas de la corrección, y conocer cómo funciona nos ayuda a comprendernos mejor a nosotros mismos.

Las personas que escriben o hablan como pueden, sin ponerse a buscar cada palabra en el diccionario, o simplemente como ellos creen que es lo correcto, nos dan muchas pistas sobre cómo el cerebro procesa el lenguaje, un área de estudio que todavía podría desarrollarse mucho más.

A veces está bien que te moleste

Quizá lo anterior no haga que te dejes de enojar porque, a fin de cuentas, vivimos en un mundo que nos exige que lo que escribimos esté bien redactado por una gran razón: beneficia la comprensión y la comunicación. (Seguramente te ha sucedido que tienes que leer 5 o 6 veces un texto sin comas y sin acentos porque no le entiendes con facilidad).

En ese sentido, la habilidad de encontrar faltas de ortografía es y seguirá siendo valiosa. Siempre se va a apreciar (¡y a requerir!) un texto pulcro y bien escrito porque, además, está bien visto por los miembros de la sociedad que tienen la capacidad de apreciarlo.

De hecho, el que exista una noción de lengua “correcta” e “incorrecta” hace que entre hispanohablantes podamos comprender un español estándar que nos unifica y nos permite comunicarnos con 420 millones de personas (más los que la hablan como lengua extranjera).

Como traductor, como corrector de estilo, o como autor de textos, créeme cuando te digo que necesitamos que no te agraden los errores y que te parezcan algo anormal, obsceno, feo.

Ciertamente yo sería la última en decir que cada quién debería hablar como pueda y que hay que tirar a la basura las reglas gramaticales y de ortografía. Si yo diera clases a jóvenes y me entregaran trabajos con “ke” en lugar de “que”, les explicaría que no les conviene hacerlo.

Pero hay una gran diferencia entre hacerle honores a esa lengua estándar, formal, correcta, bien vista socialmente y agradable de leer, y hacer corajes que no van a arreglar la situación educativa del país.

Por todo lo anterior fue que dejé de enojarme y empecé a ver que la lengua es como es, evoluciona como evoluciona y nos enseña lo que nos tiene que enseñar. El juicio de valor está en nosotros.

Pero eso sí: si me dan un texto a corregir porque su autor necesita que esté impecable, puedo ser la persona más feliz arreglándolo.

Grasias por leer. (Es para que vayas practicando) 😉

Te recomiendo ampliamente que veas este video, que explica de manera muy amena las mismas ideas.

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Foto de ant.photos

¿Qué dialecto quieres hablar? (Porque todos hablamos uno)

Porque todos hablamos un dialecto.

Hay una cosa curiosa…

y es que todos creemos que todos tienen acento salvo nosotros.

En realidad, todos hablamos una forma distinta del idioma que sabemos.

Un dialecto es una variante geográfica. Es decir, que no es lo mismo el español de España que el de Argentina o el de Costa Rica. Ni el español del norte de México es el mismo que el de las costas mexicanas del sur. Es un poco un desastre, pero incluso dentro de eso, tiene un sentido y una lógica que te explicaré si sigues leyendo.

Una posible explicación por la que el uso de la palabra “dialecto” para referirse a las lenguas indígenas u originarias de un lugar donde no son lenguas oficiales, viene de que esas lenguas tienen muchos dialectos. Así, cuando los estudiosos de esas culturas (tal vez antropólogos o lingüistas) hablaban de las variantes, decían: “el dialecto costeño (la forma específica de cómo hablan en la costa) tiene tales características…” y después el significado de la palabra se extendió.

Lo que te quería decir con ese párrafo es que, técnicamente, los “dialectos indígenas” son lenguas, con todas las de la ley. Se puede decir lo que sea con ellas, y la gente se comunica muy satisfactoriamente a través de esos idiomas.

Hace unos años, cuando yo entendí que el náhuatl (la lengua mexicana más famosa) era un idioma que se podía aprender igual que el francés o el ruso, me quedé sorprendida. Después fui feliz.

Alto

Si todos hablamos una variante, ¿de cuál lengua se parte? ¿Por qué es mejor?

La pregunta del millón. La respuesta:

No es que una forma de hablar una lengua u otra sea mejor. Es una cuestión política, social y, sobre todo, económica. Normalmente se establece como lengua estándar aquella variedad que se habla donde hay más gente, más dinero, y donde está el poder. Es decir, las grandes ciudades.

Por lo tanto, cuando aprendes otra lengua, tienes que tomar en cuenta que puedes llegar a Francia hablando un nivel muy alto de francés estándar y no entender ni una sola palabra de lo que te preguntan en el aeropuerto. Si llegas a una universidad en París y pides que te hablen despacio, probablemente entiendas más que si te vas a la parte que colinda con Alemania.

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Hablando de eso… ¿Por qué no hay lenguas homogéneas?

Porque los idiomas son cosas vivas. Así como una persona se alimenta y crece con aquello que está a su alrededor, una lengua tiene diferentes realidades que nombrar en diferentes lugares. De nada te sirve hablar de la nieve con detenimiento si en tu ciudad nunca hace frío. Si dos lenguas necesitan hablar más o menos de lo mismo porque tienen condiciones geográficas o culturales similares, entonces se nutren entre sí. Por eso existen mezclas como el spanglish, el portuñol, etc.

Como habrás podido ver, cada lengua tiene conceptos de las que otras carecen. Por lo tanto, se adaptan sonidos, se roban palabras, se interpretan frases, se traducen proverbios.

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Una vez estaba ayudando a un estadounidense a aprender español. Le corregí una construcción que me pareció rara y me dijo: Es que una colombiana me dijo que así se decía. Le pregunté: ¿Quieres aprender español colombiano o español mexicano? (Es decir, ¿qué dialecto quieres hablar?)

“Mexicano”, me respondió.

“Entonces créeme a mí”, le dije.

 ¿Y tú? ¿Qué dialecto estás aprendiendo? Si estás yendo a clases, es el alemán/francés/inglés estándar, que probablemente nadie habla tal cual pero es de gran utilidad para los textos escritos (tiene que haber un acuerdo para que si sabes español entiendas algo escrito en Madrid, en Buenos Aires o en Monterrey).

Si estás adquiriendo la lengua gracias a la amable ayuda de alguien, vale la pena preguntarle qué dialecto habla (pero no con esas palabras, se puede espantar). ¿Te interesa hablar esa variante? Ten en cuenta que sólo se habla así en ese lugar en específico. Si te mueves, tienes que cambiar tu forma de hablar.

No te compliques la vida

Tal vez lo hago sonar como si esto de los dialectos fuera el gran tema del mundo, pero en realidad no es tan fundamental. Lo importante es que aprendas uno (ya sea al azar o el estándar) y avances lo más que puedas para que después, si viajas o si conoces a un hablante de un dialecto en específico, le hagas ajustes (normalmente suelen quedarse a nivel de sonidos o palabras) sin romperte la cabeza.

Resumen:

  • Los dialectos son las formas distintas en las que se habla una lengua. Estas diferencias surgen por motivos principalmente geográficos.
  • La lengua estándar (con más prestigio, más aceptada como la “oficial”) es aquella hablada donde hay más poder y más dinero.
  • La diferencia entre lengua y dialecto es que uno puede entender fácilmente otros dialectos de su lengua, pero tiene que pasar por un proceso de aprendizaje para producir otra lengua.
  • Todos creemos que hablamos la variante más neutral de una lengua, pero los demás hablantes de nuestro mismo idioma no siempre opinan lo mismo.
  • Las lenguas indígenas son idiomas con sus propios dialectos.
  • La dialectología es la rama de la lingüística que estudia todo esto y más. Mucho más 😀

Y para que nunca se te olvide, ve este divertidísimo e informativo video sobre los dialectos del español.

Lee más:

La lingüística es bonita

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Imagen de Changhua Coast Conservation Action