Juro que sigo viva.

Totalmente queridos lectores:

A un largo mes de haber escrito la última entrada en este adorable blog, darme cuenta de que la imagen de la derecha (sí, donde salgo con cara de posar para la foto), por alguna razón se había convertido en un cuadrado negro (y nadie me había avisado), escribir media decena de borradores que piensan que se lastimarían los ojos si salieran a la luz y contestar varios comentarios, siempre apreciados, he decidido escribir esta actualización para que no crean que ya pasé a mejor vida.

Nota: Si no te interesa la historia de otra de mis crisis porque ya tienes suficiente con las tuyas, o si no quieres leer +/-1000 palabras justo ahora, ve hasta abajo y lee las “Lecciones aprendidas”.

No es como que no pudieran dormir, pero a partir de ahora pueden saber que si no escribo es porque mi vida sufre cambios más o menos drásticos a los que me intento ajustar. Siento que no puedo escribir como me gusta hacerlo cuando ni yo sé quién soy. Escribir me mantiene cuerda, pero hay otro tipo de cosas que no puedo dejar de hacer porque son las que me mantienen viva.

Esta vez, luché por adaptarme a un agosto sin escuela. Después de 18 años (o tal vez más, no lo sé porque era demasiado pequeña) de ir a clases todos los días, de lunes a viernes, y tener una vida estructurada por la presión ajena que me imponía el sistema educativo de la nación, créeme cuando te digo que un agosto sin escuela es algo importante. Todo un acontecimiento.

Por si fuera poco, por esas fechas terminé con una relación de casi un año y medio.

Pero si eso no les parece suficiente, en ese agosto mismo empecé a trabajar. Mi primer trabajo formal, para el que no hay cantidad alguna de materias que te prepare. Luego, realizar los trámites para pagar impuestos. La bienvenida a lo que se han empeñado en llamar “mundo real”.

Nada es lo que te esperabas

Terminaron las vacaciones, en las que había logrado retomar mi tesis y hacer ejercicio durante más de un mes seguido. Empezó agosto y todos los cambios se empezaron a hacer presentes.

La sensación predominante fue de incertidumbre, pero sobre todo, de frustración: yo no quería que mi vida fuera así. No es esto lo que había planeado. Lo que planée fue… ejem… ok, no tenía plan, pero estaba segura de que así no se veía, y mucho menos se sentía.

Llegué a momentos en los que de verdad sentía que había perdido el rumbo. Estaba triste y no me podía concentrar. Procrastinaba todo el día. Luego me frustraba más, y como no hacía nada, me sentía peor. Creo que incluso llegué a postergar la procrastinación. Pero sabía que tenía que sentirme feliz porque, oye, ¿quién tiene un trabajo que le gusta al terminar la carrera?

Lo que más temía, sabiendo lo que sé sobre la vida, era que en mi procrastinar y en mi “sólo estar ahí” se fueran creando hábitos. Una cosa es levantarte a las 11am un día porque necesitas descansar, pero si lo sigues haciendo durante semanas, tu cama comienza a sentirse normal. Y siendo como soy, no me lo puedo permitir. O podría, pero no quiero. ME rehúso a hacer el esfuerzo para cambiar hábitos que yo misma vi cómo se creaban. Es como ver una tormenta de arena y quedarse sentado viendo cómo se acerca…

Poco a poco, y con mucho apoyo, o como dicen, “con el tiempo y un ganchito”, empecé a hacer que mi vida, que me veía desde el piso, se fuera componiendo.

Primer paso

Si quieres seguir obteniendo lo que obtienes, sigue haciendo lo que haces.

Identificar el problema:

Esta semana y las tres anteriores comí pura comida chatarra. Esto hace que me sienta mal porque sé que esa comida no me da lo que mi cuerpo requiere y porque es el símbolo inequívoco (para mí) de que no tengo control sobre mi vida y eso me deja en un círculo vicioso. Sigue pasando eso porque no había comida saludable en mi casa.

¿Por qué?

Porque no la compré.

¿Por qué?

Porque el domingo fui al cine en vez de ir al supermercado.

¿Por qué?

Porque me sentía mal y dejé que eso me impidiera hacer una lista de compras.

BINGO!

Entonces, para obtener resultados diferentes, tengo que cambiar una cosa (que sí pueda cambiar) a la vez:

Sé que no me voy a poder dejar de sentir mal sólo con desearlo, y que estar así, de hecho, es parte del proceso de adaptación, y que es temporal y que volverá a brillar el sol muy pronto. Pero lo que puedo cambiar es ya no permitir que eso me impida hacer las cosas. 

Esa comprensión y la pequeña, pequeñísima decisión de, en este caso, hacer la lista de compras aunque se cayera el cielo provocó un efecto dominó de logros mínimos, digno de “ver para creer”. Fue como magia y llevo ya varios días comiendo bien.

¿Te atreves a adivinar cómo me siento?

Muy bien. Gracias por preguntar. Mis días ya tienen estructura. Y el sistema educativo ya puede seguir su curso sin mí.

  • Lecciones aprendidas:

1. Aunque uno no viene a la tierra para sufrir y está bien que luche por ser feliz el mayor tiempo posible, a veces está bien sentirse mal porque es parte del show. A veces tienes que dejar que se junten las cenizas para tener de dónde renacer. (twt)

2. La paciencia sigue siendo una virtud aunque ya no la practiquemos mucho. Y siempre te recompensa cuando respiras profundo y dejas que el efecto dominó (que mencioné más arriba) se lleve a cabo.

3. Seguramente, más de una vez, la vida va a ser otra cosa, totalmente distinta de lo que te esperabas, pero eso no significa que tengas que permanecer frustrado. Como alguna vez escribí, hace algún tiempo decidiste la primera fase de lo que ahora tienes enfrente. Tú y yo sabemos que lo hiciste por tu bien en ese momento, ya sea porque era tu única opción o porque de verdad creías que te iba a hacer feliz. Algo bueno ha de salir de esto. Disponte a verlo.

4. Cuando salgas de la crisis, te va a dar gusto haber estado ahí porque ahora la puedes ver de lejos y sentirte poco menos que invencible.

Gracias por leer. Esta entrada y las demás.

Atte.
Georgina versión 2.0 

3 comentarios en “Juro que sigo viva.

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